Un invierno casi perfecto (Casi perfecto 2) 3
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Los patines del treinta y nueve tenían el forro deshecho por dentro y un número escrito con rotulador en la lengüeta, y olían a todos los pies que habían pasado por ellos desde que se compraron, que por el aspecto de la piel debían de ser unos cuatro mil.

Se los ató sentada en el banco del vestuario, apretando de abajo arriba como le había dicho la chica de la ventanilla, y al llegar al último ojal llevaba dos minutos sin respirar bien.

—Más arriba —dijo Bea, que pasaba con dos conos de plástico debajo del brazo—. Los tres de arriba, fuerte. Si te queda flojo el tobillo lo vas a pasar mal.

—¿Lo voy a pasar mal igual?

—Sí. Pero menos.

Bea tenía veintiséis años, tres trabajos y una manera de andar con los patines puestos por el suelo de goma que era exactamente igual que andar con zapatos. Se agachó, le deshizo los dos últimos lazos sin pedir permiso, se los ató otra vez en tres segundos y se fue con los conos.

En la cafetería, detrás del cristal, había cuatro mesas de formica y un tablón de corcho lleno de papeles pinchados con chinchetas: horarios, un cartel de un cumpleaños de 2019 que nadie había quitado, y una hoja escrita a ordenador que decía ÚLTIMA TEMPORADA, GRACIAS A TODOS, sin ningún signo de exclamación, lo cual a Celia le pareció una decisión.

La pista era más pequeña de lo que se esperaba y estaba mejor cuidada de lo que se esperaba también.

La grada tenía cinco filas de madera y el barniz comido en la tercera.

Al fondo, detrás de un cristal grande y sucio, la cafetería con una máquina de chocolate que llevaba encendida desde antes que ella.

La ventanilla de alquiler, con las estanterías de patines por tallas y un cartel escrito a mano que decía SOLO CALCETÍN LARGO.

Y encima de la grada, en alto, con una ventana interior que daba a la pista, el despacho.

En el despacho había una mujer de pie mirando el hielo. Llevaba una rebeca gruesa y no se movió en todo el rato que Celia tardó en llegar hasta la barandilla.

Kike estaba pasando la máquina. Era un armatoste azul con el nombre pintado a mano en el lateral, GLORIA, y hacía un ruido de camión de basura al ralentí. Kike tenía sesenta y un años y no había dicho más de nueve palabras seguidas desde que Celia había entrado.

—¿Cuánto tarda? —le preguntó.

—Doce.

—¿Y luego cuánto aguanta bien?

El hombre lo pensó.

—Media hora buena.

—¿Y después?

—Después ya se ve todo.

Eso fue lo que le dio la primera idea buena del día, y Celia la apuntó en la libreta con la letra fea que le salía cuando iba con prisa: rodar siempre a los 25 min de máquina, no antes. Hielo con marcas = hay gente. Espejo = está vacío y parece un anuncio.

Marga fregaba el pasillo del vestuario a esa hora, en diagonal, dejando siempre un carril seco para que se pudiera pasar.

Le dio los buenos días y Marga le contestó que buenos días y que tuviera cuidado con la esquina, y siguió fregando, y Celia tardaría semanas en entender que aquella mujer era la única persona del edificio que se lo había oído todo.

A las doce y media, Teresa Belmonte bajó del despacho.

Era pequeña y andaba despacio por la escalera, agarrada al pasamanos, y cuando llegó abajo dejó de andar despacio.

—Usted es la productora.

—Celia Olmedo.

—Ya. —Le dio la mano, corta y seca—. Suba.

El despacho olía a papel y a estufa eléctrica. Había un archivador de cuatro cajones, una mesa con una lámpara de flexo y la ventana interior, que era como el escaparate de una tienda pero mirando hacia dentro, hacia el hielo, con la pista entera puesta ahí como en una bandeja.

Teresa abrió el cajón de abajo y sacó un libro de contabilidad de tapas de tela.

—Esto es lo que ha venido usted a ver. Lo demás son patines.

Lo puso encima de la mesa y lo abrió por el principio con las dos manos. Papel cuadriculado, tres columnas hechas a regla. Nombres, fecha, respuesta. La primera línea estaba escrita con pluma y una letra inclinada que no era la de Teresa.

—Mil novecientos setenta y uno abrimos —dijo—. Aquí hay ochenta y una.

—¿Ochenta y una pedidas?

—Ochenta y una. La primera es del setenta y dos y la escribió mi padre, que empezó esto por hacer la gracia y luego ya no pudo parar. —Pasó tres hojas con el pulgar—. Sí, sí, sí, no, sí. Aquí hay de todo.

En la tercera columna, casi todo eran síes. Había noes, menos de los que ella habría imaginado, y en algún sitio, de tarde en tarde, una palabra distinta escrita en la casilla con la misma tinta que las demás.

Pendiente.

—¿Y eso?

—Tres hay. En más de medio siglo, tres.

—¿Y qué quiere decir?

—Quiere decir lo que pone. —Teresa pasó el dedo por el renglón sin llegar a tocarlo—. Que no hubo respuesta.

Celia se inclinó sobre la mesa. La letra de las primeras hojas era ancha y con adornos, y hacia el final se volvía pequeña y muy derecha, que era la de Teresa. En medio había un tramo entero escrito con bolígrafo azul y una caligrafía de colegio.

—Ese era Baltasar —dijo Teresa—. Estuvo en la ventanilla veintidós años y escribía como un niño. Ya murió.

—¿Puedo leer una?

Teresa giró el libro hacia ella y le puso el dedo en una línea de la parte de arriba de la hoja.

—Esta.

Elvira Nadal y Domingo Cortés. Sábado, 1979. NO.

—Delante de cuarenta personas —dijo Teresa—. Él había traído a la familia entera, con la abuela. Ella dijo que no y se fue a por un chocolate, y él estuvo dos horas dando vueltas a la pista sin quitarse el abrigo.

—Dios.

—Se casaron los dos. Con otras personas.

—Teresa cerró el libro—. Le voy a decir cómo funciona esto, porque es la única cosa que le voy a pedir y no la voy a repetir.

Aquí no se apunta nada hasta que ha pasado.

Nada. Ni aunque se vea venir, ni aunque lo esté viendo yo con estos ojos desde esa ventana.

Se baja, se pregunta, y se escribe después.

—De acuerdo.

—No me diga «de acuerdo» tan rápido.

Celia levantó la vista. Al otro lado de la mesa, Teresa tenía la mano encima de la tapa y no la había quitado.

—Usted quiere seis parejas y tiene dinero para dos, que eso también lo sé, que la hoja de encargo la he firmado yo.

Le van a entrar ganas de rellenar huecos.

—Volvió a abrir el libro, esta vez por el final, y le enseñó la última hoja, que estaba en blanco y con el renglón limpio—.

Esta la dejé el día que firmé la venta del edificio.

Para la última. Si no hay última, se queda así.

Bajaron juntas. Ya en la escalera, agarrada otra vez al pasamanos, Teresa dijo sin girarse:

—Y lo de la cláusula no es por usted. Es que a este sitio ya le han hecho bastantes fotos bonitas.

Iñigo llegó a la una menos veinte con el abrigo puesto y con esa cara de haber subido escaleras corriendo. Alquiló unos patines, se los ató en cuarenta segundos y salió al hielo sin agarrarse a nada, y Celia pensó un abuso.

—¿Desde cuándo sabes patinar?

—Guadalajara, mil novecientos noventa y dos.

—¿Y no me lo has dicho nunca?

—No ha salido el tema en un año. —Iñigo dio media vuelta hacia atrás, muy despacio, muy chulo, y volvió—. ¿Tú vienes o te traigo un carrito de esos de los niños?

Tardaron cuarenta minutos en montar el primer plano, que fue lo que Celia había calculado, y en ese rato ella se cayó dos veces.

La primera de culo y la segunda con las dos rodillas, delante de un grupo de jubilados que a la una y media ya llevaban puesta media hora de martes y que aplaudieron las dos.

A la una y cincuenta y ocho, con la máquina pasada hacía veinticinco minutos y la clase de Bea entrando por la puerta pequeña, Celia dio la salida.

—Va. Grabando.

Miró el reloj y lo apuntó en la libreta, porque llevaba doce años apuntando la hora de arranque de todas las cámaras que había tenido a su cargo.

—Una cosa antes —dijo, y lo dijo para Iñigo pero lo dijo también para ella—. Aquí no salimos nosotros. Ni un plano, ni una voz, ni una mano. Está en el contrato.

—Está en el contrato —repitió él.

—Lo digo en serio.

—Yo también.

Y se pusieron a trabajar, que fue lo mejor de aquel día y lo que Celia recordaría luego con más pena.

Rodaron a los niños entrando. Rodaron a Bea colocando los conos en dos filas y contando cabezas en voz alta, y a Bruno, que se cayó tres veces en el primer minuto y las tres se levantó solo.

Rodaron a Kike sacando la máquina. Rodaron el cartel de SOLO CALCETÍN LARGO y las estanterías de patines por tallas, que era el plano que Celia llevaba queriendo desde que había entrado.

—Oye, ¿esto lo puedo hacer normal? —preguntó Bea en un descanso, con el silbato entre los dientes—. Es que si me pongo a hacerlo bonito, se me van.

—Hazlo como lo haces siempre.

—Es que lo hago gritando.

—Grita.

Bea gritó. Sasha, que tenía once años y patinaba de verdad, se salió de la fila sin pedir permiso y cruzó la pista entera hacia atrás delante de la cámara, y Bea le dijo algo que Celia no oyó y la niña volvió a la fila con una cara de haberlo conseguido igualmente.

Los jubilados pedían a gritos desde el otro extremo que los sacaran a ellos también.

Una señora con anorak morado se acercó a la barandilla y le explicó a Celia, sin que nadie se lo hubiera preguntado, que ella venía los martes desde que se quedó viuda y que la del anorak verde venía por el bar y no por el hielo.

Iñigo hacía fotos por su lado, moviéndose de espaldas, agachándose, sin decir nada. En un momento se quedó parado a tres metros, mirando la grada, y bajó la cámara.

—Se ha llenado —dijo.

Celia miró. En la tercera fila había siete u ocho madres con los abrigos puestos y los móviles en la mano, que es lo que hacen las madres a las dos de la tarde de un sábado por la mañana en cualquier sitio del mundo donde sus hijos hagan algo.

—Bueno, es su clase.

—Ya.

A las dos y cuarto se apartó hacia la barandilla, se abrió el abrigo, se bajó la cremallera del bolsillo de dentro y sacó una tarjeta de memoria.

Con la tarjeta salió el estuche.

Fue un ruido pequeño, de plástico duro contra el hielo, y después un ruido largo, porque el estuche se abrió al caer y se fue deslizando. Cruzó tres metros él solo, granate y abierto sobre el hielo blanco, y se paró justo delante de las cuchillas de Celia, que se había girado al oírlo.

Iñigo hincó la rodilla izquierda para pararlo antes de que llegara al hueco de la barandilla.

Y entonces el sitio entero se paró.

Después Celia intentaría reconstruirlo muchas veces y siempre le saldría igual de corto. El estuche granate abierto en el hielo. La rodilla de él bajando. Ella girándose. Todo eso cabía en menos tiempo del que tarda alguien en levantar un teléfono, y sin embargo alguien levantó un teléfono.

Fue una cosa muy rápida. Dos segundos de silencio de verdad, con la máquina de chocolate zumbando al fondo, y después un grito de mujer desde la tercera fila, y después los niños, los veintitantos a la vez, chillando de esa manera que chillan los niños cuando no saben por qué chillan pero hay que hacerlo.

Bea metió dos dedos en la boca y silbó. Alguien empezó a aplaudir.

Los jubilados se sumaron desde el otro extremo sin tener ni idea de a qué se sumaban.

—No —dijo Celia—. No, no, no. Esto no es lo que...

Nadie la oyó.

Iñigo cerró la mano encima del estuche, se levantó y se lo metió en el bolsillo con la cremallera bien subida, y lo hizo con la cara de un hombre que se ha caído un vaso, y a Celia le pareció, mientras lo miraba desde metro y medio, que aquella era la cara más triste que le había visto nunca.

Levantó la vista hacia el despacho.

Teresa estaba en la ventana interior, de pie, con la rebeca gruesa y las dos manos en el marco, mirando el hielo.

Cuando el ruido bajó, Bea tenía otra vez a la clase en dos filas y a Bruno de la mano, y Kike había vuelto al cuarto de máquinas como si allí no hubiera pasado nada, que era su manera de opinar.

—¿Estás bien? —preguntó Iñigo.

—Sí.

—Celia.

—Que sí. —Y como no era verdad, y como había veintitantos niños a diez metros, añadió lo único que se podía añadir—: Nos quedan cuarenta minutos de máquina buena.

Él tardó un segundo en contestar.

—Luego.

—Vale. Celia fue hasta la cámara, cortó y miró el monitor.

El minutado marcaba diecisiete minutos y cuarenta segundos.

—Perdona. Perdona, guapa. —Una de las madres estaba en la puerta de la pista, con el abrigo abierto y el móvil en la mano—. Vanesa, la madre de Bruno. Que perdona, ¿eh?, que yo no quería molestar. Es que se me ha ido el dedo solo.

—No pasa nada.

—Es que mira cómo ha salido. Mira. Mira, mira.

Le giró el móvil. La habían hecho desde la tercera fila, desde arriba, y desde ahí el hielo salía como una lámina lisa y limpia, sin marcas, y encima del hielo estaban ellos dos: Iñigo con una rodilla puesta y la mano estirada, el estuche abierto en el suelo delante de él, y ella de pie, girándose, con la cara de alguien a quien le acaban de preguntar algo.

Los tres metros que había cruzado el estuche no se veían. Desde arriba no existían.

—Es que es preciosa —dijo Vanesa.

—Vanesa. —Le salió la voz muy tranquila, la de las reuniones—. ¿Me harías el favor de no subirla a ningún sitio?

—Ay, que no, mujer. Faltaría más.

Y se guardó el móvil en el bolsillo de atrás.

Marga pasó por detrás con el cubo y la fregona, camino del vestuario, y se paró un segundo a mirar el hielo que habían dejado los niños, todo rayado, con las marcas cruzadas de cuarenta cuchillas.

—Ya lo pasa Kike otra vez —dijo, sin dirigirse a nadie en concreto—. Eso se quita enseguida.