Un invierno casi perfecto (Casi perfecto 2) 2
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En la joyería Bertrán tenían un árbol de plástico encima del mostrador con una guirnalda que se apagaba cada vez que alguien abría la puerta, y a Loli aquello le parecía un misterio y no un enchufe.

—Es el frío —dijo—. Con el frío se contrae.

Iñigo dijo que sí, que sería el frío. Llevaba once minutos allí y en once minutos había firmado dos cosas y todavía no le habían enseñado el anillo.

Detrás de él esperaba un señor con una bolsa del Mercadona entre los pies, y detrás del señor, un mostrador de relojes de pared desfasados dos minutos entre sí, que en una joyería es una manera de decir algo.

—El certificado. Aquí, donde la crucecita. Y aquí. —Loli fue dando la vuelta a las hojas con el dedo mojado—. Esto es la garantía, dos años, y esto es la hoja de devolución. Muy importante. Treinta días naturales.

—Treinta días.

—Desde hoy. Desde que se lo lleva usted, no desde la señal de octubre. —Sacó un rotulador fosforito de un vaso lleno de rotuladores fosforitos y subrayó la fecha con una raya gorda—. La gente se confunde con eso y luego viene en marzo y se enfada conmigo.

—Yo no me voy a confundir.

—Todos me dicen lo mismo. —Subrayó otra vez la misma línea, por si acaso—. Con el estuche, la factura y sin usar. Si está usado ya no hay devolución, ¿eh? Y usado es usado. Que aquí ha venido gente con la mano de la señora todavía calentita.

El señor de la bolsa del Mercadona hizo un ruido con la nariz que podía ser una risa o podía ser diciembre.

Venía a que le cambiaran la pila de un reloj y llevaba esperando lo mismo que Iñigo, o sea once minutos, y no había protestado ni una vez, lo cual en un hombre de esa edad y a esa hora era casi una declaración de principios.

—Ahora mismo le atiendo, Anselmo.

—No corra, no corra.

—Es que este señor lleva desde octubre.

—Pues entonces menos.

Loli le puso el estuche delante. Granate, con la tapa dura. Lo abrió hacia él con las dos manos, como quien abre una ventana pequeña.

Era el mismo de octubre. Sencillo, de catálogo, de los que hay veinte iguales en esa bandeja y otros veinte en el almacén, y eso era exactamente lo que había ido a buscar en octubre, porque conocía a Celia lo suficiente para saber dos cosas: que se pondría cualquier cosa que él le diera, y que si le daba algo dramático se pasaría dos semanas calculando cuánto costaba.

Mil ochocientos setenta euros. Lo había pagado de su cuenta en tres veces, sin tocar nada de los gastos de la casa, y ese detalle le había parecido en octubre una manera de portarse bien.

—¿Se lo grabo? —dijo Loli—. Hasta el treinta y uno la grabación va incluida.

—No.

—Es gratis.

—Ya. No.

—Una fecha, una inicial, lo que sea. Una vez me pidieron una frase entera y no cabía, se lo tuve que poner en dos anillos, uno para cada uno, y todavía me mandan la foto todas las navidades.

—Es que si lo grabo no lo puedo devolver —dijo Iñigo.

Loli levantó la cabeza y lo miró de otra manera. Fue un segundo. Después bajó la vista otra vez a los papeles y empezó a doblar la hoja de devolución en tres partes, muy despacio, marcando bien los dobleces con la uña.

—Bueno, hombre —dijo—. Tampoco hay que ponerse así.

—No lo digo por eso.

—Ya sé por qué lo dice. —Le metió la hoja doblada dentro de la funda de la factura—. ¿Y qué le va a decir?

—¿Perdón?

—Que qué le va a decir usted a la señora. —Loli apoyó las dos manos en el mostrador—. Porque el anillo lo tienen todos. Lo que no tienen es la frase. Y luego vienen aquí a contármelo, ¿eh?, que yo llevo veintiocho años detrás de este mostrador y me lo cuentan todos.

Iñigo abrió la boca y la cerró.

—Todavía no la tengo —dijo.

—Pues eso es lo caro —dijo Loli, y le metió el estuche en una bolsa de cartón con el nombre de la joyería en letras doradas de once centímetros—. El anillo son mil ochocientos setenta euros. La frase es gratis y es la que le va a costar dormir.

—¿A usted se lo pidieron bien?

—A mí me lo pidieron en un Seat Panda en la carretera de Toledo y llevo cuarenta y un años casada. —Le dio el tique con las dos manos—. Que eso no quiere decir nada, ¿eh?, que también hay gente que lo hace en la playa con un violín y dura año y medio. Ande, váyase.

Once centímetros fue lo primero que midió al salir. Lo segundo, el escaparate de enfrente, donde había un tío mirándose una chaqueta con una bolsa en la mano. O sea él. O sea que aquello se veía desde la otra acera.

Sacó el estuche, tiró la bolsa en la primera papelera y se metió el anillo en el bolsillo interior del abrigo, el de la cremallera, el que usaba para las tarjetas de memoria.

Eran las once y veinte.

En octubre no había ido a la joyería a comprar nada.

Había ido a que le arreglaran la correa de un reloj, y mientras esperaba se puso a mirar la bandeja de los sencillos como se mira un escaparate de inmobiliaria, sin intención, por deporte.

Venía de tres días en un pueblo de Cuenca haciendo el reportaje de una empresa que cerraba, y la última tarde una mujer de sesenta años que llevaba veintidós en la cadena de envasado le había preguntado, entre dos preguntas suyas, si él estaba casado.

Había dicho que no. Y se oyó decirlo. Y le sonó, en aquella nave con las luces a medias, a una respuesta administrativa sobre una vida que no era la que estaba viviendo.

Dejó la señal antes de salir de la tienda. Después vino noviembre y el trabajo de él y el trabajo de ella, y el mes entero se fue en aviones baratos y en jornadas de doce horas, y el anillo se quedó en un cajón de la calle Bertrán esperando a que hubiera un día que no fuera un día de trabajo.

Hoy empezaba el archivo. El archivo terminaba en marzo.

Era hoy o era en marzo.

Llamó al restaurante desde el semáforo. Era un sitio de la calle Belén al que había ido una vez y del que se acordaba por una razón muy concreta: tenía la peor luz de Madrid.

Bombillas amarillas a media altura, mesas separadas, ni un espejo.

Se podía cenar allí durante dos horas sin que ninguna foto de nadie saliera bien.

Lo había elegido por eso.

—Arce, para dos, a las nueve —dijo—. Lo confirmo.

—Confirmado, sí. ¿Es una ocasión especial? —preguntó la chica—. Lo digo por si quiere que le pongamos algo.

—No.

—¿Seguro? Que no cuesta nada.

—Seguro. Gracias.

Colgó y tuvo la vista en el semáforo, que llevaba en verde para peatones el tiempo suficiente como para que ya casi no lo estuviera, y cruzó corriendo los últimos metros por una tontería.

En el metro fue de pie aunque había sitio.

La primera versión le duró dos paradas.

Llevo un año pensándolo. No es una cosa que se me haya ocurrido esta semana ni el mes pasado. Lo pensé en Cantaloya y lo he pensado todos los meses desde entonces, y he esperado hasta hoy porque quería que fuera un día en que no estuviéramos trabajando.

Se paró ahí. Aquello no era una pregunta. Era un informe. Estaba explicándole a Celia por qué su decisión era razonable, con fechas, como si tuviera que defenderla delante de alguien.

Empezó otra.

Sé lo que va a parecer. Nos vamos a meter cuatro meses en una historia de gente que se pide matrimonio, y si te lo pido ahora vas a pensar que...

Peor. Esa empezaba justificándose de una acusación que ella no había hecho todavía.

La tercera duró siete palabras y no llegó a terminarla, porque el vagón entró en la curva de antes de la estación y se llenó de ese chirrido que no deja pensar.

En la ventanilla de enfrente se veía el reflejo del vagón entero. Una mujer sentada con las manos en el regazo, una encima de otra, quietas. Encima de la mujer, un anuncio de una compañía de seguros que le cortaba la cabeza por la mitad y le dejaba en su sitio la palabra TRANQUILIDAD.

Ahí estaba el problema, y no era el chirrido.

Llevaba veinte años entrando en casas ajenas para que la gente le contara lo peor que le había pasado, y era bueno porque sabía estar callado, porque sabía esperar y porque sabía, sobre todo, cuándo no preguntar. Su vida profesional entera consistía en no pedir nada y en que se lo dieran igual.

Y ahora tenía que pedir.

Se acordó, y no le hizo ninguna gracia acordarse justo en ese momento, de que era el primer día del invierno.

Aquella noche, en la casa de postas, Sagrario había puesto la caja de madera encima de la mesa y el bolígrafo de través encima de la tapa, y lo había dicho como quien dice una hora de tren: que las echaba el primer día del invierno, sin falta, que ella esas cosas las cumplía.

Olía a leña y había una mosca dando vueltas debajo de la lámpara en pleno noviembre.

O sea que su carta estaba entrando hoy en un buzón de Cantaloya.

O sea que en cuatro o cinco días Celia iba a leer, con su letra, la frase que él había escrito hacía un año a las once de la noche en una cocina prestada, y que no había vuelto a leer porque se la sabía.

Prefería preguntárselo antes.

No para que no lo leyera. Para que cuando lo leyera ya estuviera hecho.

Pensó, por un momento, en hacerlo en casa. Sin reserva, sin calle Belén, sin la incomodidad de una carta de vinos. Los dos en la cocina, a las once de la noche, con la caldera funcionando o sin funcionar. Sería más suyo. Sería más ellos.

Y lo descartó, y supo por qué lo descartaba mientras lo estaba descartando: porque en casa ella podía decirle que lo hablaran, y lo hablarían, y hablarlo era la especialidad de los dos. En un restaurante, con un camarero rondando y la cuenta pedida, la gente contesta.

No le gustó nada haber pensado eso. Lo dejó donde estaba y siguió con la tercera versión, que tampoco iba a ninguna parte.

Salió del metro y subió las escaleras de dos en dos, que era una manera bastante mala de gestionar aquello, y en la boca del metro se paró a mandar un mensaje.

¿Estás dentro ya?

llevo veinte minutos y he alquilado unos patines del 39 que huelen a pies del 39

¿Del 39? Tú calzas 38.

no había 38

Voy para allá.

iñigo

no vamos a salir nosotros en esto. lo pone hasta el contrato, cláusula cuarta

Que no, mujer.

Guardó el móvil, se subió la cremallera del bolsillo interior y comprobó con dos dedos que el estuche seguía ahí, que era la cuarta vez que lo comprobaba desde la joyería.

Podía dejarlo en el coche. No tenía coche. Podía dejarlo en una taquilla del vestuario, con una llave de plástico y una goma naranja, entre las bolsas de deporte de treinta desconocidos.

La Aurora estaba al final de una calle de bloques bajos, entre un locutorio y una tienda de reformas de baño.

El rótulo era de letras redondas de los setenta y le faltaba la luz de dos de ellas, así que de lejos se leía LA AU RO A.

Había una fila de niños con bolsas de deporte esperando en la acera y una madre repartiendo calcetines largos igual que reparte munición.

Iñigo se paró antes de entrar y midió lo de siempre, que era la única cosa útil que sabía hacer parado en una acera: que el edificio era feo, que la luz de las dos de la tarde le entraba de lado por unos lucernarios que alguien había pintado de blanco por dentro, y que aquello, con la máquina recién pasada, iba a ser una lámina de espejo con gente encima.

Se le pasó por la cabeza que era un sitio muy bonito para que se acabara.

Empujó la puerta de aluminio con el hombro. Dentro hacía cuatro grados y olía a hierro y a chocolate de máquina, y al fondo trabajaba el motor de una máquina grande.

Entró con el abrigo puesto.