Un invierno casi perfecto (Casi perfecto 2) 1
3%
Un invierno casi perfecto (Casi perfecto 2)

Un invierno casi perfecto (Casi perfecto 2)

Por Elena Miralles

© inepub.com

1

La caja de arriba pesaba más que la de abajo, y eso era justo al revés de como las había apilado en agosto. O alguien las había movido sin decírselo, o se acordaba mal. Las dos opciones le parecieron igual de molestas a las ocho menos veinte de la mañana.

Las bajó de la cama de una en una, abrazándolas por debajo, y las sacó al pasillo.

La cinta de embalar tenía ese color de uña vieja que le sale a la cinta cuando lleva cuatro años cerrando algo.

Encima de la primera ponía COCINA / VARIOS con su letra.

Encima de la segunda ponía lo mismo, lo cual no ayudaba a saber qué había dentro de ninguna de las dos.

Las dejó debajo de la balda de los abrigos, el único hueco del pasillo donde no molestaban del todo. Molestaban bastante. Para entrar en el baño había que meter la barriga.

—Perdón —dijo Iñigo, que venía del baño de lado, con el pelo mojado y la toalla en la mano.

—No pidas perdón, pasa.

—Es que no paso.

—Pasas si te giras.

—Me estoy girando. Esto es girado.

Se quedó ahí, encajado entre la pared y la balda, sin ninguna prisa por resolverlo, y a ella le entraron unas ganas absurdas de dejarlo así todo el día. Se acercó, le puso las dos manos frías en las costillas y él pegó un bote y dijo algo que no era una palabra.

—Hoy necesito la habitación —dijo—. Necesito una superficie plana para las cesiones y la mesa la tienes tú.

—La mesa la tengo yo desde que vives aquí.

—Ya. Eso lo hablamos otro día.

Él la miró un segundo más de lo que dura mirar a alguien que acaba de decir «otro día». Después se agachó y le dio dos golpecitos con los nudillos a la caja de arriba, como se llama a una puerta.

—¿Y si las abrimos el sábado?

—El sábado grabo.

—El otro sábado.

—El otro también.

—Pues un martes. —Iñigo se puso la toalla al hombro—. Un martes por la noche, con birra, y lo que no quieras lo bajamos al contenedor y ya está. Son dos cajas, Celia. Serán dos horas.

—Son dos horas que hoy no tengo.

Lo dijo bien, en el tono de las cosas que se resuelven con una agenda, y él la dejó ahí, que fue lo que ella quería y también lo que menos le gustó de toda la mañana.

En el paragüero de la entrada seguía el paraguas roto, con dos varillas para dentro y la tela suelta por un lado. Cogió el negro y cerró la puerta del armario con la cadera.

La cocina estaba a doce grados. No lo decía ningún termómetro, porque no había: lo decía Iñigo de pie delante de la caldera, con los brazos cruzados, esperando como se espera a que conteste una persona.

—¿Le has dado?

—Le he dado dos veces.

—Le has dado suave.

—Le he dado como me dijiste.

—Te dije con el canto. —Dejó el bolso en la silla, se remangó y le dio con el canto de la mano derecha, arriba, en la esquina de la chapa, dos golpes secos. La Junkers hizo el ruido de garganta que hacía y se encendió el piloto—. Con el canto.

—Es humillante.

—Es una caldera del noventa y ocho.

—Es humillante para ella, digo. Lleva veintisiete años trabajando y le pegamos.

Iñigo puso la cafetera. El termostato del pasillo estaba en veintiuno y ella lo bajó a diecinueve sin decir nada, y él lo vio desde la cocina, porque él veía ese tipo de cosas, y no dijo nada tampoco.

Diecinueve eran unos doce euros menos al mes.

Lo sabía porque lo había mirado, y lo había mirado porque llevaba desde septiembre mirando todo lo que costara entre diez y veinte euros al mes, que era el rango en el que se le había puesto la vida.

Doce euros era la mitad de un gorro. Era un tercio del abono transporte.

Era, exactamente, la diferencia entre el termostato de él y el termostato de ella.

—Está en diecinueve —dijo él.

—Sí.

—¿Vale qué?

—Vale que está en diecinueve. —Se dio la vuelta con las dos tazas—. Yo tengo frío y tú tienes razón. Se puede tener las dos cosas.

Le dio la suya y le puso la palma en la nuca un momento, caliente de la ducha, y le pasó el pulgar por detrás de la oreja una vez, sin más intención que esa. A ella se le olvidó por qué estaba enfadada, cosa que le pasaba con una facilidad que llevaba once meses sin reconocerle a nadie.

—Como me toques ahora no salgo de casa —dijo.

—Eso es un cálculo o una amenaza.

—Es un presupuesto.

Se bebió el café de pie, apoyada en la encimera, mientras él buscaba dos baterías y las metía en el bolsillo del abrigo. En la mesa de la cocina tenía abierta la libreta con las notas de la semana, y las repasó por encima con el dedo, más por gusto que por necesidad, porque se las sabía.

La Aurora abrió en el setenta y uno. Salió en el telediario en el noventa y cuatro porque se rompió el compresor en Nochebuena y trescientas personas se quedaron sin fiesta, y la crónica de entonces duraba cuarenta segundos y en el fondo del plano se veía a un hombre joven con un mono azul cargando una bombona.

Ese hombre seguía trabajando allí. Se llamaba Kike.

Eso lo había encontrado ella un jueves a las once de la noche y llevaba desde entonces con ganas de que llegara el lunes.

—¿Sabes lo mejor? —dijo—. Que la señora lo apuntaba todo. Cincuenta y cuatro años apuntando cosas a mano.

—Lo sé. Me escribió a mí, ¿te acuerdas?

—Te escribió a ti hace un año, sí, y menos mal que hay alguien en esta casa que abre el correo. —Cerró la libreta—. La parte de organizar seis rodajes con dinero para dos me ha tocado a mí.

—¿Y cómo lo vas a hacer?

—Ya lo pensaré por el camino.

—Yo llego a las doce y media —dijo Iñigo desde la habitación—. Tengo que pasar antes por un sitio.

—¿Por dónde?

—Por un sitio.

—Vale, misterio. —Celia se puso el abrigo—. Y luego a montaje conmigo, que quiero dejar sincronizado lo de hoy.

—Luego no puedo.

Se paró con un brazo dentro de la manga.

—¿Luego tampoco?

—Luego tengo una cosa. —Iñigo salió al pasillo con la cámara colgada y la cara de alguien que ha decidido no explicar algo y no sabe hacerlo—. A las nueve. Nosotros dos.

—¿Es un plan o es una gestión?

—Es un plan.

—Ah. —Celia terminó de meter el brazo—. Pues avisa con más antelación, que yo los planes los meto en el calendario.

—Está metido en el calendario desde octubre —dijo él, y se metió en la cocina.

Ella estuvo mirando el pasillo vacío. Después miró el reloj, calculó que si salía en cuatro minutos llegaba con margen, y dejó de pensarlo.

El fontanero contestó a las nueve y diez, mientras metía el portátil en la mochila.

Buenos días. Mil novecientos con la instalación y la retirada de la vieja. Es lo que hay, la pieza esa ya no la fabrican. Si me dice algo esta semana se la pongo antes de Reyes.

Mil novecientos. Leyó el mensaje dos veces y luego hizo lo que hacía siempre con los números que no le cabían, que era convertirlos en otra cosa a ver si así entraban.

Mil novecientos eran cuatro meses de su mitad de los gastos.

Eran también, y esto lo pensó sin querer, casi la mitad de lo que Marea le había dado para hacer el archivo entero de una pista de hielo con más de medio siglo de historia dentro.

Guardó el móvil.

—¿El fontanero? —preguntó Iñigo desde la habitación.

—Luego lo vemos.

—Eso significa que es caro.

—Significa que llego tarde.

El teléfono sonó cuando bajaba las escaleras, con esa puntería que tienen los jefes para pillarte con una mano en la barandilla.

—Dos cosas rápidas y te dejo. Una buena y una regular.

—La regular.

—No, la buena primero, que si no no me escuchas. Te han firmado el encargo de La Aurora. Cuatro mil doscientos, IVA incluido, y ya está transferida la mitad. Eso te da dos entrevistas con cámara y sonido, jornada completa las dos, y el montaje lo haces tú.

—El montaje lo hago yo.

—El montaje lo haces tú, sí. ¿Te parece mal?

—Me parece que ya lo sabía. —Se paró en el rellano del primero, se cambió el móvil de oreja y sacó la libreta con una mano, que era una cosa que sabía hacer desde los veintitantos—. Nieves, son seis parejas.

—Son las que tú quieras. Yo te pago dos.

—Con dos no hay archivo. Con dos hay dos vídeos.

—Con dos hay lo que hay. —Nieves bajó la voz medio tono, que era lo que hacía cuando iba a decir la verdad—. Y hazme caso, empieza por las que estén vivas y cerca. Que te conozco y vas a querer irte a Alicante a por una señora de noventa años.

—Puede que la señora de noventa años sea la buena.

—Puede. ¿Y la regular te la digo ya?

—Dímela.

—Te renuevan tres meses más. Media jornada.

Hubo un silencio de esos que se pagan.

—Vale —dijo Celia.

—Lo he peleado, ¿eh?

—Ya lo sé.

—Es que el ayuntamiento nos paga a noventa días y yo no puedo...

—Nieves, que vale. Que sin problema. —Lo dijo demasiado rápido y demasiado alegre, y en cuanto lo dijo se oyó decirlo y le entró un calor pequeño y sucio en la cara, ahí en el rellano del primero, delante del felpudo de unos vecinos que ponía BIENVENIDOS con una hoja dibujada.

Tres meses más. Otra vez media. Llevaba así desde febrero y todavía no había encontrado la manera de decirlo en voz alta en su propia casa. En la casa. En la casa de él.

—Ah, y una cosa del contrato —dijo Nieves—. Que la pone ella, no yo. Está en la hoja de encargo, cláusula cuarta. Te la leo: «El material no incluirá a la productora ni al autor de la crónica como pareja ni como sujetos del relato». Firmado por Teresa Belmonte.

Se detuvo en el descansillo.

—¿Eso lo ha escrito ella?

—Eso lo ha escrito ella. A mano y luego pasado a limpio, con dos faltas que le ha corregido el abogado. —Nieves resopló una risa—. Oye, no te ofendas, pero yo esa cláusula la habría puesto igual.

—No me ofendo.

—Con lo del otoño...

—No me ofendo, Nieves.

—Vale. Pues nada. Pásalo bien, que es un sitio precioso, he visto las fotos.

Bajó los dos tramos que quedaban leyendo la cláusula cuarta en el pdf que le había llegado a las nueve y cuarto, y descubrió que le hacía gracia. Que Teresa Belmonte, setenta y nueve años, hubiera decidido por escrito y con abogado que ellos dos no eran interesantes.

Perfectamente de acuerdo, señora.

En el metro sacó la libreta otra vez. Tenía el cuestionario base escrito desde el jueves, doce preguntas, y siete de ellas eran malas y lo sabía.

Las buenas eran tres: qué se dijeron después, quién lo contó primero y a quién, y qué hicieron con el objeto.

Esa última se le había ocurrido a las dos de la mañana y todavía le duraba el subidón, porque una pedida siempre deja un objeto, y la gente miente sobre los sentimientos con mucha facilidad y sobre los objetos casi nunca.

Dónde está el anillo. Dónde está la servilleta. Dónde está la foto que hizo tu hermano.

Iba a hacer seis. Tenía dinero para dos. Ya lo resolvería.

En la agencia habría sabido cómo. En la agencia se cogía el teléfono, se llamaba a un anunciante y se le vendía un patrocinio en cuarenta minutos, y ella lo había hecho decenas de veces y se le daba bien.

Ahora no tenía a quién llamar y tampoco tenía muchas ganas de acordarse de lo bien que se le daba.

Ese era el problema de aquel trabajo, y era también la razón por la que se levantaba a las siete y veinte a mover cajas: que le gustaba.

Le gustaba de una manera que no le había gustado nada en la agencia en cuatro años.

Le gustaba tanto que cobrar la mitad le parecía un detalle administrativo hasta que llegaba un fontanero y le ponía precio a una caldera.

Un chico se sentó enfrente con una bolsa de deporte entre las piernas y unos patines colgando del asa por los cordones, atados de esa manera en que los atan los que van todas las semanas.

Celia miró los patines y luego miró su propia hoja de encargo abierta en el móvil y se dio cuenta, con dos paradas de retraso, de que iban al mismo sitio.

Se bajó dos paradas antes por costumbre, para andar. El móvil le vibró en la mano.

Era un número que no tenía guardado, y el mensaje ocupaba tres líneas y no tenía una sola falta.

Buenos días. Soy Teresa Belmonte. Hoy grabamos con la pista abierta y con gente dentro, no vacía. Traiga patines o alquílelos abajo, número treinta y ocho para arriba están mejor. Desde la barandilla no se ve nada y usted ha venido a ver.

Leyó las tres líneas dos veces.

Después miró hacia el final de la calle, donde estaba el edificio bajo con el rótulo de letras redondas y la puerta de aluminio, y le vino a la cabeza que no se ponía unos patines desde los once años, y que aquella mujer acababa de decirle, con mucha educación, que su manera de trabajar no le servía.