Un invierno casi perfecto (Casi perfecto 2) 35
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Bea Salgado publicó el martes a las nueve de la mañana y publicó cuatro cosas.

La primera, el vídeo entero en una sola toma, desde antes de que dos chavales con chándal azul levantaran un panel por encima de una barandilla hasta que un hombre le devolvió un micro a un chico del gimnasio. Sin cortes, sin música, sin rótulos y con el sonido de la sala tal cual, que era malo.

La segunda, dos fotografías de la misma hoja de cálculo. En una, la fila treinta y uno estaba tachada con dos rayas. En la otra, la de la copia que había circulado toda la semana, no.

La tercera, un texto de once líneas firmado con su nombre y sus dos apellidos.

El sábado añadí a la escaleta de la gala una acción que se había rechazado el martes anterior delante de siete personas. La rechazaron la propietaria y la productora del archivo, y yo estaba delante y taché la fila.

Lo volví a poner en las copias que repartí. Dos voluntarios del club, de dieciséis y diecisiete años, bajaron el panel porque estaba en la hoja. No sabían nada. El técnico de sonido y el encargado de mantenimiento hicieron lo que estaba aprobado.

El vídeo que circula está cortado. Este es entero y lo grabé yo.

Lo hice porque quería que la última noche terminara en algo y porque llevaba desde noviembre buscando dinero para que treinta niños puedan patinar en septiembre. Eso no lo justifica.

Y la cuarta cosa fue lo que se ahorró.

No publicó nada del archivo. No publicó ni un fotograma de las cinco piezas, ni una imagen del libro, ni el nombre de ninguno de los entrevistados.

No publicó el número de nadie, ni los correos internos de Marea, ni el desglose del patrocinio, ni una sola línea de las trescientas cuarenta y una respuestas del formulario.

Publicó lo que hacía falta para que se entendiera lo que había pasado, y ni una cosa más.

A las nueve de la noche, el vídeo entero tenía cuarenta y un mil reproducciones.

El recorte iba por un millón novecientos mil.

—Es que era previsible —dijo Nagore en la cocina de la redacción, con el táper y sin ninguna crueldad—. Un vídeo de un cuarto de hora largo no lo ve nadie. Lo ve el que ya está a favor.

—Pero queda.

—¿Cómo que queda?

—Que dentro de tres semanas, cuando alguien busque esto, lo primero que va a salir es el largo. —Cerró el microondas—. Los cortos se mueven y los largos se quedan. Eso lo dice Rosa desde hace años y a mí me parecía una tontería de vieja hasta que lo vi funcionar dos veces.

Lo de CONTRALUZ se resolvió el martes por la mañana en once minutos.

—No lo damos —dijo Rosa Bao.

—¿Nada?

—Nada. Ni pieza, ni nota, ni recopilatorio, ni las dieciocho tonterías que me han propuesto ya esta mañana.

Quim levantó una mano.

—Rosa, es que es la más vista de Madrid en cuarenta y ocho horas.

—Ya lo sé.

—Y lo tenemos delante.

—Lo tenemos delante y por eso no lo damos. —Rosa se sentó en el borde de la mesa—. Vamos a hacerlo al revés. Si esto pasara en otra pista de hielo, con otra gente, ¿lo daríamos?

El editor lo pensó de verdad, que era lo bueno de Quim.

—Una nota corta —dijo—. Cuatro párrafos. Un vídeo se hace viral cortado, aparece el completo, lo entero cambia el sentido.

—Vale. ¿Y quién la firma?

—Iñigo no.

—Iñigo no puede tocarlo ni con un palo.

—Yo tampoco —dijo Quim—. Yo firmé la rectificación de febrero y estoy metido hasta el cuello.

—Entonces la firma Nagore, que no tiene ningún vínculo, y la escribe con lo que haya publicado gente que no seamos nosotros. —Rosa se levantó—. Y va sin fotos, sin nombres de particulares y en cuatro párrafos, y lo escribo en el registro con el motivo.

—Ponlo por escrito, por favor.

—Es lo que acabo de decir.

La nota salió a las seis de la tarde, la firmó Nagore, tenía cuatro párrafos y no la leyó casi nadie.

Y en el registro de conflictos, en la fila de aquel día, quedó escrito con la letra de Rosa Bao que CONTRALUZ no cubría el asunto por tres razones: uno de sus redactores era parte, el editor de sección había firmado una rectificación previa sobre el mismo proyecto y, aplicando los criterios de la casa, una gala de barrio no era noticia.

Ni una palabra de proteger a nadie.

Los dos chavales se llaman Dani y Óscar y tienen dieciséis y diecisiete años, y a Iñigo le costó tres días averiguar eso porque no pensaba ponerlo en ningún sitio.

El del pelo largo, el de diecisiete, había estado el domingo entero sin salir de casa. Se lo contó su madre a Bea por teléfono, y Bea se lo contó a Iñigo en la acera, y las dos veces la frase fue la misma: que el chaval creía que había hecho algo malo.

Bea fue a su casa el lunes por la tarde, con la madre delante, y le explicó punto por punto lo que había pasado.

—¿Y qué te dijo?

—Que él vio la fila en la hoja.

—Ya.

—Y que la fila estaba entre la treinta y la treinta y dos, y que las otras dos las había hecho igual, y que por qué iba a preguntar por una y no por las otras.

—Bea se apretó el puente de la nariz—. Y tiene diecisiete años y tiene toda la razón, y yo estuve veinte minutos explicándole a un crío que el que se había equivocado no era él.

La junta del Club Alameda se reunió el jueves a las siete y media en la trastienda del negocio de recambios de Paco, entre cajas de filtros, y duró una hora y diez minutos.

Iñigo no estuvo. Se lo contó Bea después, en la acera, sin adornos.

—Me han rescindido.

—¿La coordinación?

—La coordinación entera. —Se subió la cremallera—.

Y no me han echado por lo del vídeo, ¿eh?

Que eso quiero que quede claro porque lo va a decir la gente.

Me han echado porque metí a dos críos de dieciséis y diecisiete años a hacer una cosa que la propietaria del edificio había prohibido delante de mí.

—Y tienen razón. —Se le puso una cara rara—. Es que eso es lo que me revienta. Que si yo estuviera en esa junta, votaría lo mismo.

—¿Y Paco?

—Paco ha llorado.

—Joder.

—Paco ha llorado y ha votado que sí, que es lo que hay que hacer. —Bea se frotó los ojos con el pulgar y el índice—. Setenta y un años. Y me lo ha dicho él, uno a uno, en la trastienda, con las cajas de filtros al lado. Podía haber mandado a otro.

Lo del dinero lo hizo el viernes y lo hizo bien, que es lo que a Iñigo le costó más aceptar.

Porque una franja de una instalación municipal no la compra nadie a título personal, y Bea lo sabía mejor que él.

Lo que hizo fue una donación.

Mil setecientos euros al Club Deportivo Elemental Alameda, transferencia con concepto, aportación a fondo perdido, aceptada por la junta el viernes por la mañana en un acta de cuatro líneas que firmó Paco.

Mil setecientos no son dos mil ochocientos, y esa fue la parte que Iñigo tardó dos días en entender, hasta que Paco se lo explicó en la trastienda con una calculadora de sobremesa y un bolígrafo de propaganda.

Setecientos los puso el club. Eran los que tenía en la cuenta y los que Paco llevaba cuatro meses sin querer tocar por si acaso, y en la junta del jueves fue él quien propuso ponerlos, después de haber votado que sí a lo otro.

Y cuatrocientos veinte los puso la máquina de chocolate.

Doscientos diez vasos a dos euros, que era lo que había dado la última noche entre las seis y las once.

Teresa Belmonte los contó ella sola el domingo por la mañana, en el despacho, con el edificio ya vacío y la caja registradora encima de la mesa, los metió en un sobre y los llevó al negocio de recambios el lunes por la tarde sin decírselo a nadie.

Dos mil ochocientos veinte.

Sobraron veinte euros y siguen en la cuenta del club.

Con ese dinero, el club contrató la póliza de responsabilidad civil, pagó las licencias de los treinta y abonó el precio público del primer trimestre. Y con la póliza en la mano, el club presentó la subsanación el lunes veintiséis, un día antes de que venciera el plazo.

—¿Y qué te han dicho en la ventanilla?

—Que faltaba el certificado de la aseguradora.

—¿Otro papel?

—Otro papel. —Bea se rio sin ganas—. Que la póliza no vale, que vale el certificado de que la póliza está pagada, que es un pdf distinto y que lo manda la aseguradora en tres días.

—¿Y llegaste?

—Llegué el lunes a las trece cuarenta con el certificado impreso y con la solicitud registrada. —Se encogió de hombros—. Y la funcionaria me dijo «pues ya está», y yo me quedé ahí como una tonta esperando que dijera otra cosa.

—¿Y qué iba a decir?

—Nada. Es que no hay nada que decir. —Miró la calle—. Es un trámite. Yo llevo cuatro meses con esto y para ella es el número setenta y uno de la mañana.

La escuela sigue.

No sigue en La Aurora, porque La Aurora no existe. Sigue en la municipal, los sábados, en la franja que le adjudicaron al club para septiembre, y hasta septiembre no hay hielo para nadie, y de treinta van a volver los que vuelvan.

Y no la da Bea.

La da una monitora que se llama Nuria, que trabaja en el club de la municipal y a la que propuso Rafa, el entrenador del hockey, que llamó a Paco por su cuenta el viernes por la tarde sin que nadie se lo pidiera.

—¿Y tú?

—Yo puedo ir.

—¿Puedes ir?

—Puedo ir a echar una mano cuando el club lo autorice, y nunca sola con menores. Siempre con otro adulto delante. —Lo dijo sin ninguna amargura—. Lo revisan en septiembre.

—Bea.

—Está bien puesto —dijo—. Si me lo hubieran puesto más flojo, no valdría para nada.

—¿Y de qué vas a vivir?

—Del gimnasio y de la bolera. —Ladeó la cabeza—. Doce horas de sala y los domingos veinte críos y una tarta. Es lo que hacía antes y es lo que voy a hacer ahora, y encima ahora tengo los sábados libres, que llevo cuatro años sin tener un sábado.

—No lo digas así.

—Es que es verdad. —Miró la acera—. Y me voy a pasar el primer sábado de septiembre mirando el reloj a las nueve y media, y eso ya lo sé, y no me va a matar.

Estuvieron los dos en la acera del ayuntamiento, con el frío del final de marzo, que es peor que el de enero porque ya no lo esperas.

—Una cosa que no he preguntado nunca —dijo Iñigo—. El panel.

—El panel qué.

—Quién lo pagó.

—Yo. —Bea no tardó ni medio segundo—. Ciento sesenta euros, en efectivo, el jueves por la tarde, y lo recogí con la furgoneta y lo tuve dos días detrás de las cajas de conos.

—¿En efectivo?

—Es que si lo pago con tarjeta queda el cargo y el cargo lo ve mi madre, que me lleva la declaración. —Se rio sin ganas—. Fíjate en lo que estaba pensando yo el jueves.

—Eso no lo has puesto en el texto.

—No.

—¿Por qué?

—Porque el texto es para explicar lo que hice, no para que se me tenga lástima —dijo—. Ahí van los ciento sesenta también, en lo que he perdido. Lo que pasa es que en esa lista no los apunta nadie.

—El curso —dijo Iñigo.

—El curso, nada.

—¿Los mil doscientos?

—Los mil doscientos y quinientos más que le he pedido a mi madre. —Se colocó la correa del bolso—. Mil setecientos justos, que es lo que costaba la matrícula con los bloques y el desplazamiento, y que es lo que le he dado al club.

—O sea que le has pedido dinero a tu madre para dárselo al club.

—Le he pedido dinero a mi madre para el curso —dijo Bea— y luego he hecho otra cosa con él. Y sí, mi madre está a punto de decírmelo, y me lo va a decir en Semana Santa, y voy a tener que oírlo.

—¿Y la convocatoria de octubre?

—En octubre no. Y probablemente el año que viene tampoco.

Él la miró.

—Bea, ¿tú te arrepientes?

Y ahí ella tardó bastante, y cuando contestó se calló de lo que él esperaba.

—Me arrepiento de lo de los críos —dijo—. De eso me arrepiento perfectamente, sin ningún matiz, y me voy a arrepentir toda la vida, y cuando los vea por la calle voy a cambiarme de acera.

—¿Y de lo demás?

—De lo demás no me arrepiento igual de bien.

—Eso no es arrepentirse.

—Ya lo sé. —Lo miró de frente—. Yo no te voy a decir que me arrepiento de todo para que te quedes tranquilo. Hice una cosa que no se hace, y la hice a sabiendas, y me ha costado el trabajo y el curso y va a costarme más. Y aun así los sábados existen en septiembre.

—Eso no es por lo que hiciste.

—No.

—Eso es por lo que pagaste después.

—Eso es exactamente lo que estoy diciendo —dijo Bea—. Que no salió bien por lo que hice. Que salió bien por lo que me ha costado. Y esas dos cosas no son la misma y no me las voy a mezclar para dormir mejor.

Se dieron la mano.

No se dieron dos besos, que es lo que llevaban cuatro meses haciendo. Se dieron la mano, y fue rarísimo, y para \1 aquello era aquello era lo más honesto que había pasado en toda la semana.

—Dile a Celia una cosa —dijo Bea antes de irse.

—Dile tú lo que quieras. Tienes su teléfono.

—Ya. —Se paró—. Es que no la voy a llamar. Y no es por cobardía, que también. Es que si la llamo ahora, la estoy poniendo a ella a decirme algo, y ya la he puesto bastante en sitios donde no quería estar.

—¿Y qué quieres que le diga?

—Que la hoja se la dejé en la barandilla a propósito.

Iñigo levantó la cabeza.

—¿Qué?

—La hoja de cálculo. La doblé y la dejé encima del tubo, a la vista. —Bea se ajustó el abrigo—. Podía habérmela llevado. La habría cogido cualquiera y nadie lo habría sabido nunca.

—¿Y por qué la dejaste?

—Porque en algún momento del segundo clac me di cuenta de lo que estaba haciendo —dijo— y ya no se podía parar.