Un invierno casi perfecto (Casi perfecto 2) 36
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La caldera llevaba dos meses funcionando y ya no se acordaba nadie.

Eso fue lo que pensó Celia el sábado por la noche, de pie en la cocina a las once menos veinte, mientras esperaba a que hirviera el agua de la pasta y notaba el radiador caliente contra la parte de atrás de las piernas.

Dos meses sin darle con el canto de la mano.

Dos meses sin discutir por dos grados.

Y lo increíble no fue que estuviera arreglada. Lo increíble fue que llevaban sesenta días viviendo en una casa caliente y ninguno de los dos lo había mencionado ni una sola vez, porque las cosas que funcionan no se mencionan, que es exactamente el problema de las cosas que funcionan.

Iñigo estaba sentado a la mesa con el portátil, mirando por décima vez el correo del ayuntamiento sobre el depósito del libro.

—Nos piden una cosa más.

—Ya me imagino.

—Un informe de un técnico diciendo que el fondo tiene interés documental.

—¿Y quién hace ese informe?

—Un técnico de ellos.

—O sea que ellos nos piden un papel que hacen ellos.

—Eso es.

—Bien. Muy bien. Me encanta.

En la mesa, entre el salero y el portátil, seguía el folio.

Llevaba cinco días ahí, encima del sobre roto por el borde de arriba, y ninguno de los dos lo había tocado ni lo había apartado para poner los platos. Lo esquivaban. Comían alrededor.

Celia escurrió la pasta, la echó en la sartén y apagó el fuego.

—Iñigo.

—Dime.

—Cierra eso.

Él cerró el portátil.

—¿Pasa algo?

—Voy a decirte lo de la carta.

Y ahí Iñigo Arce se puso muy quieto, como se pone la gente cuando no quiere estropear nada, y no dijo ni media palabra.

—No te la voy a leer —dijo Celia—. Y no te la voy a dar. La escribí hace catorce meses y medio en la cocina de una señora, y está mal escrita, y tiene dos bolígrafos porque se me acabó uno, y si te la leo ahora te estoy leyendo a otra tía.

—De acuerdo.

—Lo que te voy a decir es lo que pone, pero con las palabras de hoy. Que es lo que acordamos.

—Vale.

Se sentó enfrente. Se puso las manos encima de la mesa, y eso era lo que hacía en las reuniones, y esta vez no le sirvió de nada, y las quitó.

—A ver.

Empezó tres veces y las tres se paró.

—Es que si lo digo bien queda a discurso —dijo—. Y si lo digo mal, no se entiende.

—Dilo mal.

—Vale. —Cogió aire—. Yo llevo toda la vida colocándome en un sitio desde el que nadie me pueda decir nunca que he pedido algo.

—Ya.

—No, espera, que eso ya lo sabes. Lo que no sabes es lo que hago con eso.

—Se echó hacia delante—. Yo me instalo en los sitios como si estuviera de paso, para que si un día me tengo que ir no le tenga que explicar a nadie por qué me voy.

Y como estoy de paso, no pido nada. Y como no pido nada, nadie me da nada. Y luego, a los cuatro años, me indigno.

Iñigo no se movió.

—Yo me mudé aquí en agosto —siguió Celia— y no me mudé. Me instalé. Puse los libros en tu estantería y la taza en tu armario y los zapatos debajo de tu cama, y dejé dos cajas cerradas en el pasillo durante cuatro meses.

—Y el otro día las abrí y había un wok.

—Un wok.

—Un wok, dos vasos rotos y las nóminas de dos mil once. —Se le escapó una risa muy corta—. Cuatro años. Cuatro años cargando eso por dos mudanzas, y cuatro meses haciéndote meter la barriga para entrar en el baño, para tener una puerta cerrada dentro de tu casa.

—No es mi casa.

—Sí es tu casa, y por eso estamos hablando de esto. —Levantó una mano—. Pero eso no es lo peor.

—¿Qué es lo peor?

Celia miró el folio de la mesa.

—Lo peor es lo que pone al final.

—No hace falta que...

—Sí hace falta. —Puso el dedo encima del papel sin cogerlo—. Pone que no te la iba a mandar porque mandártela ya sería pedirte algo.

Se hizo un silencio bastante largo.

—Catorce meses —dijo ella—. Y yo estuve una semana entera discutiendo contigo sobre si tenía derecho a grabar a Mila Palau diciendo que se había pasado veintiocho años sin decir que quería una boda porque le daba miedo que pareciera una exigencia.

Una semana. Y yo tenía esa frase escrita a nueve metros.

Él se apretó los labios.

—¿Y por qué lo abriste el lunes?

—Porque el lunes una señora en un supermercado me dio dos palmaditas en el brazo —dijo Celia— y porque me di cuenta de que llevaba cuatro días muy enfadada con un vídeo cortado, y de que yo llevaba catorce meses cortándome a mí misma.

Se levantó, cogió los dos platos y los llenó, y aquello, que fue una tontería, sirvió para que los dos pudieran respirar dos veces.

—A mí Rosalía me dijo una cosa en diciembre —dijo, de espaldas, con la sartén en la mano.

—Lo de la pregunta buena.

—Lo de la pregunta buena. Le pregunté si volvería a decirle que sí y me dijo que esa no era la pregunta buena, y no me dijo cuál era. Y me ha tenido cuatro meses.

—A mí también.

—Ya lo sé. —Dejó los platos en la mesa y se sentó—. Y yo creo que no hay ninguna pregunta buena, Iñigo. Yo creo que lo que quería decir esa mujer es que llevaba media vida atándole los patines a un hombre los martes y que el sábado del sesenta y dos no es lo importante.

—Setenta y dos.

—Setenta y dos, perdón.

—Sigue.

—Que ya está. —Hizo un gesto con la boca—. Que la pregunta no era si volvería a decirle que sí. La pregunta era si volvería a los martes.

Comieron cuatro o cinco minutos.

Y a las once y veinte de la noche de un sábado de finales de marzo, en una cocina a veintiún grados, Celia Olmedo dejó el tenedor, se limpió con la servilleta de papel y dijo:

—Vamos a hacer una cosa.

—Dime.

—Yo no te voy a preguntar si me quieres, porque eso ya lo sé y porque tengo un vídeo de diecisiete minutos.

Iñigo soltó una carcajada, una sola, muy fuerte y muy fea.

—Perdón —dijo.

—No, si es verdad. —Celia se rio también—. Es que es verdad. Es lo más caro que ha dicho nadie por mí nunca.

—Sigue, por favor, que me estás matando.

—Vale. —Puso las dos manos otra vez encima de la mesa y esta vez las dejó—. Te voy a preguntar si quieres hacer esto los martes.

—¿Los martes?

—Los martes, y los miércoles, y los febreros malos, y las cinco horas hablando de dinero, y las hojas debajo del salero.

—Se le fue la voz un poco y siguió—. Y quiero pactarlo.

No quiero que salga solo. Quiero un papel, quiero saber qué pasa con la casa, quiero saber qué pasa si un día no puedo pagar mi treinta y cinco por ciento y quiero que si me muero tú no tengas que explicarle a nadie en un hospital quién eres.

—Celia.

—Espera, que llevo cuatro días con esto y lo tengo que decir entero.

—Hecho.

—Y quiero que lo hagamos porque lo elijo yo. Hoy. En esta cocina. Sin nadie mirando, sin una hoja de dos metros y sin doscientos móviles.

Tardó un segundo.

—¿Te casas conmigo?

Iñigo Arce no dijo nada durante dos segundos y medio.

Después dijo:

—Sí.

—¿Sí?

—Sí. Claro que sí. —Y se pasó las dos manos por la cara y las dejó ahí—. Joder, Celia.

—¿Estás llorando?

—No.

—Estás llorando.

—Estoy sudando por los ojos.

—Ven aquí, anda.

Y se levantaron los dos a la vez y se dieron con la mesa, porque la cocina tenía nueve metros cuadrados y la mesa estaba en medio, y él le dio un golpe al plato con el codo y el plato se cayó al suelo y se rompió en tres trozos.

—El plato.

—Da igual el plato.

—Es de los buenos.

—Celia, cállate.

Y se callaron.

Estuvieron un rato largo de pie en la cocina, entre tres trozos de plato y una sartén sin lavar, y en algún momento ella le dijo al oído que llevaba desde el jueves preparándolo y que le había salido fatal, y él le dijo que le había salido bien, y ella le dijo que había dicho lo del vídeo, que no pensaba decir lo del vídeo, y él se echó a reír otra vez con la cara pegada a su cuello.

—Una cosa —dijo Celia contra su camiseta.

—Dime.

—Que no lo he hecho por el vídeo.

Iñigo la apartó medio palmo para verle la cara.

—Ya lo sé.

—No, escúchame, que esto sí lo tengo que decir. —Le puso las dos manos en el pecho—. Llevo cuatro días con esto y podía haberlo hecho el lunes, y el lunes habría sido por el vídeo. Habría sido por la señora del supermercado y por mi madre y por el millón cuatrocientos mil.

—Ya.

—Y por eso he esperado al sábado. —Se le quebró un poco—. Para saber que era mío.

—Vale.

—Y todavía no estoy segura del todo.

—Eso es lo que más me gusta de lo que has dicho en toda la noche —dijo Iñigo.

Recogieron los trozos del plato a las doce y media.

Y a la una y veinte, en la cama, con la luz apagada, Iñigo dijo:

—Una cosa.

—Dime.

—No tengo anillo.

—Ya lo sé.

—Es que lo devolvimos.

—Lo devolvimos los dos, en la calle Bertrán, un jueves a las siete cuarenta —dijo Celia—. Y lo apuntamos en un papel. Y por cierto, ese papel sigue debajo del salero.

—Ya lo sé.

—Y hay que actualizarlo.

—El lunes.

—El lunes.

—Y hay que pedir la cita esa.

—El lunes también.

—Y hay que llamar a tu madre.

Se incorporó de golpe en la oscuridad.

—Ay, la Virgen. Mi madre.

—¿Qué pasa?

—Que mi madre lleva desde el domingo pensando que me has dejado delante de todo Madrid.

—Ah.

—Y son las dos menos veinte de la mañana del domingo.

—Mañana.

—Mañana a las nueve —dijo Celia, y se volvió a tumbar—. Y va a llorar, y va a decir que ya era hora, y va a empezar a contar invitados, y para el martes van a ser cuarenta y uno.

—Cuarenta y uno.

—Cuarenta y uno. Y no vamos a hacer boda todavía, ¿eh?

—No.

—Que lo del papel es una cosa y lo de cuarenta y una cenas es otra.

—Estoy completamente de acuerdo.

—Bien.

—Aunque tu tía Pura...

—No me hables de la tía Pura a las dos menos veinte.

—Otra cosa —dijo él a las dos menos diez, ya casi dormido.

—Qué.

—Los martes.

—¿Qué pasa con los martes?

—Que no hay pista.

Celia abrió los ojos en la oscuridad.

—Es verdad.

—Que ya no hay martes. La pista está cerrada, la máquina la desmontan el miércoles y Rosalía y Amancio no van a ir a ningún sitio a las once.

—Ya lo sé.

—Digo que lo has usado para pedírmelo y no existe.

—Ya lo sé —dijo Celia—. Por eso lo he usado.

A las tres menos cuarto, Celia se despertó, cayó en que estaba despierta y no se movió, boca arriba en la oscuridad.

Y se puso a hacer lo que hace ella, que fue una lista.

El once de mayo, la gestoría. Cinco preguntas escritas.

El diecisiete de abril, la renovación, que podía ser que sí o podía ser que no.

El papel de debajo del salero, que había que actualizar y que ya tenía dos letras y tres horas apuntadas.

La habitación pequeña, que estaba vacía y que había que decidir para qué.

Su madre, a las nueve. Cuarenta y un invitados que iban a ser más.

Y lo único que no estaba en ninguna lista, que era que aquel hombre había dicho que sí en dos segundos y medio, sin condiciones, sin pedirle nada a cambio y sin decir «vale».

Se giró y le puso una mano en la espalda para comprobar que existía.

—¿Qué haces? —dijo él, dormido.

—Nada. Comprobar.

—Existo.

—Duérmete.

Se durmió a las tres y veinte.

El domingo por la mañana, a las nueve y diez, mientras Celia hablaba por teléfono con Valladolid en el salón y se oía llorar a su madre desde la cocina, Iñigo bajó a por el pan.

Volvió a los doce minutos.

Y a las diez menos veinte, cuando ella colgó y salió al pasillo, se lo encontró en la entrada, agachado delante del buzón con un rotulador permanente y una tira de cinta de carrocero.

Encima de la etiqueta vieja, que ponía ARCE y estaba puesta desde que compró el piso, había pegado la cinta.

Y encima de la cinta, con una letra bastante mala, ponía:

ARCE / OLMEDO

—Es provisional —dijo Iñigo sin girarse—. El lunes compro una de las de plástico, de las que se meten en la ranura.

Ella estuvo de pie en el pasillo, descalza, delante del hueco rectangular de polvo donde habían estado las dos cajas.

—No —dijo—. Déjala así un tiempo.