Epílogo
Los domingos hay que salir de casa a las siete menos cuarto.
Eso es lo primero que aprendió todo el mundo y lo que no se puede arreglar. La instalación está a cuarenta minutos en coche sin tráfico, y a las siete menos cuarto de un domingo no hay tráfico, pero hay que levantarse a las seis y media, y a un niño de seis años no se le explica eso.
La franja es de ocho a nueve y media. Es la única que había hasta septiembre y la pidió el club en marzo, y el club la paga, y el club es responsable de ella.
El primer domingo fueron catorce.
El segundo, once.
El tercero, que fue el que Celia vio, fueron doce, porque volvió uno que había faltado y no volvió otro.
—Bruno se ha apuntado a fútbol sala —dijo Vanesa en el aparcamiento, con el abrigo encima del pijama—. Y no me mires así, que yo lo he intentado.
—No te estoy mirando de ninguna manera.
—Es que son dos autobuses. Dos autobuses un domingo a las siete, con el niño dormido, para una hora y media de hielo. —Se subió la cremallera—. Y el fútbol sala está en el colegio de abajo y es a las once.
—Ya.
—Y encima le gusta.
—Vanesa, que no hace falta que me expliques nada.
—Es que me da una pena horrorosa —dijo, y se fue a por el café de la máquina.
La pista municipal es mejor. Eso también hay que decirlo.
Es más grande, el hielo está bien, la máquina es nueva y hace la mitad de ruido que Gloria, y los vestuarios son de este siglo. Hay taquillas que funcionan a la primera y hay una cafetería con máquina de café en vez de máquina de chocolate.
Y es una nave.
No hay grada de cinco filas con el barniz comido en la tercera.
Hay gradas de plástico azul para cuatrocientas personas, de las cuales el domingo por la mañana están ocupadas nueve.
No hay cristalera. No hay un cartel escrito a mano que ponga SOLO CALCETÍN LARGO, hay un cartel impreso que pone lo mismo.
No hay una señora de ochenta años cobrando doce euros y contando el cambio en voz alta: hay un torno y una máquina de tarjeta.
Y a las nueve y media hay que salir, porque a las nueve y media entra el hockey.
Nuria, la monitora, tiene treinta y cuatro años, es del club de aquí y es muy buena.
Eso se ve en cuatro minutos, que es lo que tarda en verse.
Cuenta cabezas en la puerta, separa a los treinta, o a los doce, en tres grupos sin que se enteren, y a Sasha la deja hacer lo que quiera porque Sasha ya no necesita que nadie le diga nada.
Grita menos que Bea. Eso es lo único.
Bea estaba en la grada.
En la fila dos, con el anorak puesto, un termo entre los pies y la carpeta azul de gomas encima de las rodillas, y llevaba allí desde las ocho menos veinte porque había venido en la Kangoo con los conos y las vallas y las había bajado ella.
Puede hacer eso. Puede traer el material, puede montarlo, puede recogerlo y puede estar en la grada. Lo que no puede es pisar el hielo con los críos si no hay otro adulto delante, y ese día Nuria estaba sola porque la madre que hacía de segunda se había puesto mala.
Así que Bea estuvo hora y media en la fila dos.
—Métete tú —le dijo Celia.
—No.
—Yo estoy aquí. Yo soy adulta.
—Tú eres adulta y no eres del club, y no estás en la póliza. —Bea le pasó el termo—. Y no me lo pongas fácil, anda, que llevo cuatro semanas sin ponérmelo fácil.
Estuvieron una hora sentadas viendo a doce niños dar vueltas.
Hablaron poco. De la Kangoo, que necesita pastillas de freno.
De la bolera de Alcorcón, donde Bea hace ahora los sábados además de los domingos, porque los sábados le han quedado libres.
De si Sasha se va a ir al club de aquí en septiembre, que es lo que le conviene y lo que Bea le está diciendo a la madre que haga, y que va a doler.
A las ocho y cuarenta, en el hielo, pasó una cosa que Celia apuntó en el móvil porque no tenía libreta.
Nuria paró la clase, se puso en el centro y dijo que iban a hacer una cosa nueva. Doce niños se quedaron quietos.
—Nombre y de dónde venís.
—¿Otra vez? —dijo Sasha—. Si eso lo hicimos el primer día.
—Y lo vamos a hacer otra vez, porque el primer día éramos catorce y hoy somos doce y hay dos que no estaban.
Y los doce dijeron su nombre y de dónde venían, y los diez que venían de La Aurora dijeron La Aurora, y los dos nuevos, que eran de allí, dijeron el nombre del club de la municipal.
Y ahí a Celia se le puso una cosa en la garganta que no se esperaba, porque hasta ese momento no había pensado que aquello, dentro de dos años, iba a ser un club con niños que no sabían lo que era La Aurora.
—Bien —dijo Nuria—. Pues ya está. A los conos.
Y ya está. Duró cuarenta segundos.
Y a las nueve menos veinte llegó Marga.
Con el abrigo rojo, unos zapatos que no eran zapatillas y un termo más grande que el de Bea. Había salido de su casa a las siete y diez y había hecho dos autobuses y un cercanías.
—¿Y usted qué hace aquí?
—Pues venir.
—Marga, son dos autobuses.
—Ya lo sé cuántos autobuses son, que los he cogido yo. —Se sentó en la fila dos, entre las dos, y abrió el termo—. ¿Quién falta hoy?
—Bruno.
—Ah. —Sirvió tres vasos—. ¿Fútbol?
—Fútbol sala.
—Es que el fútbol está abajo.
—Es que el fútbol está abajo, sí.
Y no dijeron nada más de eso.
Y hay una parte de esto que nadie contó y que a Celia le costó tres domingos entender.
Que lo que se ha perdido no es el hielo.
El hielo está, y es mejor. Lo que no está es lo de al lado.
En La Aurora, las madres se quedaban. Se sentaban en las cinco filas de madera, se tomaban un chocolate de la máquina a las diez de la mañana y estaban hora y media juntas, todos los sábados, durante años.
Se hacían favores. Se traían a los niños unas a otras.
Vanesa llevaba a Nayra cuando Fátima libraba tarde y Fátima llevaba a Bruno cuando Vanesa hacía turno.
Aquí no.
Aquí se deja al niño a las ocho, se sale al aparcamiento, se vuelve a las nueve y media y se va cada uno para su casa, porque son cuarenta minutos y porque a las once hay que hacer la comida. La grada de plástico azul, un domingo, tiene nueve personas sentadas y ninguna se conoce.
Eso no lo arregla una franja.
El Libro entró en el archivo municipal un martes por la mañana, y tardó siete semanas y cuatro papeles.
Hizo falta que Teresa firmara una oferta de donación como propietaria del fondo.
Hizo falta un inventario, que lo hizo Celia y que ocupó nueve folios.
Hizo falta un informe de un técnico del propio archivo diciendo que aquello tenía interés documental, que es el papel que ellos piden y que ellos mismos redactan, cosa que a Iñigo le siguió pareciendo un chiste hasta el final.
Y hizo falta un acta de entrega firmada por dos personas.
El acta la firmaron Teresa Belmonte y un funcionario que se llamaba Alberto y que estuvo cuarenta minutos explicándoles cómo iba a quedar catalogado.
Entró el libro de contabilidad, entraron las cuatro cajas de resguardos de abono desde 1984 menos la temporada mojada, y entraron las trescientas cuarenta imágenes del escaneo en dos copias.
—¿Y esto? —dijo Alberto, con el bloque de cinco hojas entre los dedos.
—Eso está pegado.
—Ya lo veo.
—Es de una gotera de los noventa —dijo Celia—. Hay presupuesto de restauración hecho y no hay dinero.
Alberto lo miró al trasluz, con el pulgar y el índice, sin forzar nada.
—Se puede separar —dijo—. En cámara de humedad. Eso lo hacemos aquí.
—¿Y cuándo?
—Pues cuando toque. —Cerró el libro con las dos manos—. Tenemos ciento y pico intervenciones por delante y dos personas.
—¿Ciento y pico?
—Ciento veinte y algo. Va por orden de entrada y por estado de conservación. —Levantó las cejas—. Yo no le puedo decir un año. Le puedo decir que esto está a salvo, que es distinto.
Y eso fue todo.
Están las tres pendientes ahí dentro, entre una entrada de octubre del ochenta y ocho y otra de marzo del noventa y tres, en cinco hojas que a lo mejor separa alguien en dos años, o en once, o nunca, y que están en un depósito con temperatura estable en el sótano de un edificio municipal, que es más de lo que han estado en treinta y cinco años.
Teresa no se quedó al final del papeleo.
Firmó, comprobó que el número de entrada estuviera escrito, le dio la mano a Alberto y dijo que tenía que irse.
—¿Adónde va? —le preguntó Celia en la puerta.
—A comer con mi hermana.
—No sabía que tenía una hermana.
—Pues tengo una hermana —dijo Teresa Belmonte—. Y desde el veintiuno como con ella los martes.
Antes de que se cerrara la caja, Celia pidió verlo.
Se lo dejaron encima de una mesa con guantes puestos y sin guantes, según quien lo pidiera, y ella lo abrió por el final, con las dos manos, sin pasar de noventa grados.
La última hoja seguía en blanco.
El renglón limpio, la raya vertical de la regla, las tres columnas hechas hace cincuenta y tantos años por un hombre con una plumilla, y nada.
Estuvo mirándola un rato.
Después la cerró y se la devolvió a Alberto, y no escribió nada, y no se lo pensó ni un segundo, y a esas alturas ya no se le hizo ni siquiera una decisión.
Pendiente se estrenó un jueves en el salón de actos del archivo, que tiene sesenta sillas y ninguna gradería, y se publicó al día siguiente en la plataforma del ayuntamiento y en la web de Marea.
No fue un estreno. Fue una proyección con sesenta sillas de las que se ocuparon cuarenta y dos.
Estuvieron Rosalía y Amancio, en la primera fila, con la manta pequeña.
Estuvieron Elvira y Domingo, discutiendo en el vestíbulo por dónde habían aparcado.
Estuvo Merche Ibáñez, que llegó a las siete, y estuvo Lorenzo Vilches, que llegó a las siete y diez y se sentó dos filas más atrás y luego se cambió.
Estuvieron Aixa y Doris, con la perra en el coche.
Y estuvieron Julián Herrera y Montse Cea, cada uno por su lado, en la fila seis, con una silla vacía entre los dos que no dejaron ocupar a nadie.
Duró cincuenta y ocho minutos.
Cinco piezas. 1972. Amancio y Rosalía. 1979. Elvira y Domingo. 1988. Merche y Lorenzo. 2011. Aixa y Doris. Y la sexta, sin año, Julián y Montse.
Y en el minuto treinta y uno, entre la tercera y la cuarta, la pantalla se puso en negro durante once minutos y cuarenta segundos.
En el centro, un número.
04.
Y debajo, en cuerpo pequeño, dos palabras.
No disponible.
Nada más. Ni un nombre, ni una fecha, ni un motivo.
Celia había estado hasta las dos de la mañana del miércoles con esas dos palabras. Tenía escrito «No disponible. Autorización retirada», y lo tuvo puesto seis semanas, y la última noche lo quitó.
Porque «autorización retirada» le cuenta a cualquiera que ahí dentro había algo que alguien no quiso que se viera, y eso, en un archivo, es una manera muy elegante de señalar una puerta.
Once minutos y cuarenta segundos de negro en un salón de actos son larguísimos. La gente se movió en las sillas. Alguien tosió mucho. Un señor de la fila tres se levantó a media pieza y volvió.
Y a los cuatro minutos y pico dejó de moverse todo el mundo, y esos siete minutos finales fueron cuarenta y dos personas en silencio mirando una pantalla apagada con un número, y Celia, de pie al fondo, con la espalda contra la pared, pensó que aquello no lo había hecho ella.
Al terminar no hubo aplausos hasta pasados tres segundos, que es la única manera de saber si algo ha funcionado.
Esa noche, en el móvil, tenía un mensaje.
Hola Celia. Hemos ido a verlo Sergio y yo esta tarde, los dos.
Nos hemos sentado atrás.
Muchas gracias por lo del número.
Un beso.
Y ya está. No decía nada más, y Celia no contestó hasta el día siguiente, y lo que contestó fueron cuatro palabras.
En junio, la instalación municipal les confirmó por escrito la franja de los sábados de nueve y media a once a partir de septiembre.
Llegó por correo electrónico un martes a las once y catorce de la mañana, con el asunto en mayúsculas y sin ningún signo de exclamación, y Bea se lo reenvió a Celia con dos palabras: ya está .
Doce niños. Ese es el número con el que llegaron a junio. En La Aurora eran treinta.
En septiembre volverán algunos de los que se fueron, dice Bea, porque los sábados a las nueve y media no son los domingos a las ocho. Volverán algunos. No todos.
Y la que va a dar esa clase se llama Nuria.
Bea Salgado sigue en el gimnasio doce horas de sala, en la bolera los domingos y ahora también los sábados por la tarde, y sigue sin el título de entrenadora nacional, y su madre se lo dijo en Semana Santa exactamente como ella había previsto.
Baja el material los domingos. Se queda en la grada. En septiembre lo revisan.
De La Aurora quedan una placa de metal de treinta centímetros con la pintura saltada, que está en el salón de una casa de la calle Bravo Murillo encima de una televisión, y un edificio vaciado con un cartel de una promotora en la fachada.
El rótulo lo quitaron el veintinueve. Kike vio cómo lo quitaban desde la acera de enfrente, porque fue el único que quiso ir.
Celia e Iñigo tienen cita el once de mayo con una gestoría de la calle Alcalá para hacer cinco preguntas, y las cinco preguntas están escritas en un papel que sigue debajo del salero y que ya tiene cuatro letras distintas y siete horas apuntadas al final.
No hay fecha de boda. Hay una lista de invitados que empezó en cuarenta y uno y va por cincuenta y tres, y que hace Adela Olmedo desde Valladolid sin que nadie se la haya pedido.
La habitación pequeña tiene ahora una mesa y una silla y ninguna caja.
Y el domingo, a las nueve y veinticinco, cuando Nuria sacó a los doce del hielo porque a y media entraba el hockey, Nayra se quedó la última.
Hizo el salto en la esquina del fondo, sin que nadie se lo hubiera pedido, con la pista ya medio vacía y con los del hockey esperando en la puerta con los sticks.
Le salió.
—¡Nayra! —gritó Nuria desde la barandilla—. ¡Fuera!
—¡Ya voy!
—¡Fuera he dicho!
—¡Que ya voy!
Y en la fila dos de una grada de plástico azul para cuatrocientas personas, tres mujeres con tres vasos de termo la vieron salir del hielo andando de lado, muy despacio, para que se notara que no tenía ninguna prisa.
—Esta es igual que tú —dijo Marga.
—Esta es peor —dijo Bea.
Y se bebieron el café, que estaba frío, porque a esas horas de un domingo el café siempre está frío.