Trece cuerpos. Trece nombres. Ninguno ha muerto todavía.
Alder Notch, New Hampshire. Noche de Halloween.
Lyle Pelletier lleva diecinueve años en el turno de noche de la morgue del Hospital Saint Odile y confía en una sola cosa: el procedimiento. A las 20:07 suena una campanilla en un montacargas que nadie usa desde 1974.
Dentro hay un cuerpo con un disfraz puesto y una etiqueta atada al dedo del pie. Un nombre. Una hora. Una hora que todavía no ha llegado.
Cuando Lyle llama por teléfono, el hombre de la etiqueta está vivo, en su garaje, discutiendo con una caldera. Pero los cuerpos siguen subiendo, y cada uno trae su nombre y su hora.
Un administrador que reparte café y formularios. Un pueblo que lleva ciento treinta años guardando un secreto. Un montacargas que no se equivoca nunca.
Una sola noche. Una pregunta que ningún protocolo sabe responder: ¿qué harías tú si supieras la hora?







