18. 18
Ahora lo seguía otra vez, escaleras abajo, con los hombros hundidos.
-Esa sábana -dijo.
Lyle no contestó.
-Esa sábana. -Ray señaló la camilla del fondo con un dedo grande y muy firme-. Estaba en la cabeza de Gerry Doucette cuando lo saqué del garaje. Le recuerdo los agujeros. Le dije: «Gerry, ¿vas de fantasma?». Y me dijo que ensayaba el susto para los nietos.
-Ray.
-¿Cómo ha llegado aquí?
-Siéntate.
-No me voy a sentar.
-Ray. -Lyle dio un paso hacia él-. Te lo voy a decir. Todo. No te voy a mentir otra vez. Pero primero déjame ponerlo a él donde tiene que estar.
Fue una frase mal elegida y los dos lo notaron.
Ray se quedó callado, con las manos colgando.
Lyle y Reggie pasaron a Dale a la mesa de acero con las manos pegadas a los costados, tal como se hacía siempre, sin prisa, y Lyle le quitó el yelmo de plumero y lo dejó sobre el carro.
Alguien, sin duda Dale, había escrito con rotulador en el interior de la coraza de cartón, con una letra infantil y torcida: Sir Dale, el Valiente . Lyle lo leyó. Cerró la coraza.
Reggie salió sin decir nada. Quedaron los dos en la sala, y el cuerpo, y el zumbido.
-Dímelo.
Se lo dijo.
Lo hizo de pie, junto a la mesa, sin sentarse, con la vista fija en la espalda de Ray, que se había vuelto hacia la pared de azulejos.
No usó eufemismos. El montacargas, la campanilla, la etiqueta con la hora.
Los disfraces que eran las causas. El cuerpo que se iba cuando la persona moría.
La regla de Calloway. Quien salva, paga.
Que había llamado a Ray, a las diez y cinco, y que le había inventado una enfermera, y que Ray había ido y había sacado a Gerry del garaje a las diez y cuarenta y uno.
Que nueve minutos después, un caballero de cartón había subido por el montacargas con una etiqueta que decía D. Osgood - 03:40 .
-Y me preguntaste por él -dijo Ray, sin volverse.
-Sí.
-A las once menos diez. Y yo te dije que era mi cuñado.
-Sí.
-Y sabías, desde las once menos diez, que a las cuatro menos veinte iba a... -Se calló.
-Sabía la hora. No la causa del todo. -Lyle tragó saliva-.
Podría haberte llamado, Ray. Podría haberte dicho: Ve a por él .
Y habrías corrido. Lo sé. Puede que no hubiera servido de nada, porque no sé si una deuda se puede desviar; y si servía, habría sido otra vez lo mismo: otro cuerpo, de alguien que quisieras. Y esta vez no habría sido un cuñado.
-Eso lo decidiste tú.
-Sí.
-Decidiste qué precio pagaba yo y qué no.
-Sí.
Ray se dio la vuelta. Tenía los ojos secos y la boca apretada, y en la cara, que había envejecido diez años en una noche, no había rastro de violencia, y eso era lo peor. Lo miraba como se mira una pieza de una máquina que ha fallado.
-Maté a un chico -dijo, bajito-. A las tres y diez. Con diecinueve años. Se llamaba Teddy Marsh. Su madre me trae pastel de arándanos cada Acción de Gracias. Y mi cuñado ha muerto en una cama de urgencias, y está aquí, y tú... tú has estado todo el rato con una lista de nombres.
-Ray...
-Esa mujer. La enfermera. Orla. -Su voz se quebró por primera vez-. La he visto sentada en su cocina con la capa de su hijo atada al cuello. ¿También era un precio?
-Lo pagó por su hijo.
-¡Era un crío!
-Lo sé.
-¡Esto es una carnicería!
No gritó. Lo dijo con una voz muy baja, quebrada, que le salía del esternón, y de las dos cosas que Lyle habría podido hacer, defenderse o dejar que cayera, eligió la segunda. Se quedó de pie, sin moverse, aceptándolo todo, como un hombre al que han dicho el precio de una cosa que ya ha comprado.
Ray se pasó una mano por la cara. Cuando la bajó, estaba mirando otra vez la sábana.
-Dime una cosa. ¿Esto se acaba?
-No lo sé.
-¿Hay modo de que se acabe?
-Puede que sí. -Lyle respiró-. Con el amanecer. Con un sitio y un sello. No lo sé del todo.
-Entonces búscalo.
-Voy a ello.
-Y cuando lo tengas... -Ray alzó un dedo. Parecía haber perdido el hilo, y lo recogió de algún sitio-. Cuando lo tengas, no me lo cuentes. No quiero oír cómo termina. -Cogió la placa de la mesa de acero-. Y no me llames más. A mí no me toques con esto. Ya has pagado con cuanto tenía.
Salió sin cerrar la puerta. Subió las escaleras despacio, con las botas pesadas, sin pedir perdón a nadie.
Lyle no se movió durante un rato largo. Después salió al pasillo.
La puerta de acero estaba abierta de par en par.
No la había dejado así. Al otro lado, bajo la luz amarilla del montacargas, la cancela de tijera plegada, estaba la camilla de 1952, con su sábana, como un taxi esperando con el taxímetro en marcha.
Alguien la había depositado allí mientras él estaba en urgencias.
A las 03:25, según el reloj de la pared, si había sonado la campanilla, la había oído sin enterarse.
La sacó. La llevó a la luz. Levantó la sábana.
Era un rey de cartón. Una corona dorada, de las de papel, mal doblada, con los picos sin coser.
Una capa de felpa blanca con motas negras, de las que imitan armiño, y un cetro de plástico con una bola de espejo en la punta.
Y debajo, con las manos cruzadas sobre el pecho como un rey de piedra en un sepulcro, una cara que Lyle conocía muy bien.
Los cabellos plateados, peinados hacia atrás.
La cara recién planchada. Una expresión de total tranquilidad, de quien ha dicho siempre lo que había que decir.
G. HAVERTY
05:10
Lo miró un rato.
No sintió triunfo. Ni siquiera sorpresa.
Lo que sintió fue algo mucho más antiguo, un reconocimiento cansado, el de quien oye una palabra por segunda vez y la reconoce como si siempre la hubiera sabido.
Volvió a tapar la cara. Arrancó con cuidado la cartulina color hueso del dedo gordo, y la metió en el bolsillo de la bata.
Eran las 04:02. Quedaban una hora y ocho minutos.
La bandeja trece lo esperaba en la cámara frigorífica.
Entró. Sin mirar atrás, sin tocar nada, fue hasta el fondo, donde la cinta amarilla con su leyenda en letra vieja seguía pegada, intacta, como el primer día.
FUERA DE SERVICIO. La rasgó con la uña. Debajo, en el centro de la chapa, había una cerradura pequeña, de latón, con un ojo en forma de ocho, y la llave que había guardado en el bolsillo desde las once de la noche, con su chapa estampada, tenía exactamente el mismo dibujo.
Metió la llave. Giró.
El cajón se deslizó sobre sus guías sin el menor roce.
Dentro había un hombre de cuarenta y siete años, de un metro noventa, con una bata blanca de técnico de morgue y unos zapatos de suela gruesa.
Estaba tumbado, con las manos sobre el estómago, y los ojos cerrados, con una expresión muy cansada, de una mansedumbre que le dio vergüenza reconocer.
Tenía el pelo revuelto. La espalda, aun en reposo, un poco encorvada.
En el bolsillo del pecho de la bata, una pluma.
La etiqueta, atada al dedo gordo del pie derecho:
L. PELLETIER
06:00
Nada más. Ninguna causa. La casilla en blanco, como un espacio que alguien deja para que el interesado lo rellene.
Lyle se quedó mirándose. Era la primera vez en su vida que se veía desde fuera, desde arriba, con la luz fría de los fluorescentes sobre la cara, y le pareció, con una curiosidad que no esperaba, que no era un hombre tan feo.
Tenía unas manos buenas. Tenía las manos de su padre.
Se agachó, y con dos dedos, sin que se le moviera la mano, soltó el cordel del dedo y se guardó la etiqueta en el bolsillo.
El teléfono de pared sonó en la sala a las 04:11.
Corrió.
-¿Papá?
La voz le llegó desde el fondo de una cueva, con un zumbido de motor y una calefacción a todo volumen. Era la voz de Josie, ronca, con una ligera tos, de alguien que lleva horas sin dormir y que tiene mucho que decir.
-¿Josie?
-Papá, tienes seis llamadas perdidas. He puesto el móvil a cargar en el coche de la madre de Delaney, que lleva un cable, y cuando se ha encendido casi se me cae.
Seis. ¿Qué te pasa? ¿Estás bien? -Una pausa-.
Papá, no sé si tengo que contarte una cosa.
O sea, la tengo que contar, claro, pero no sé cómo.
-Josie. Dime dónde estás.
-En el coche, aparcada delante de casa de Delaney. Estamos todos aquí. -Soltó una risita rara-. Papá, me tiré al agua.
Lyle se apoyó en la pared.
-Te tiraste al agua.
-En la cantera. Maggie. -Se le quebró la voz, y la recompuso con un esfuerzo-.
Maggie se cayó del muelle a las doce y pico, la tabla se rompió de golpe, sin avisar, y no salía, papá.
No salía. Y yo... -Un jadeo-. Fui yo. La saqué yo.
Le hice el boca a boca, y vomitó, y respira.
Está viva. Está en casa de Delaney, en el cuarto de invitados, con la madre de Delaney, que fue enfermera, vigilándola.
Dice que está bien, que solo tiene que descansar.
-Se rio, y lloraba-. Papá, te lo juro. Me tiré al agua.
Y todavía me tiemblan las manos. ¿Tú sabías que podías hacer eso? ¿Que podías hacerlo sin pensar?
Lyle cerró los ojos.
No dijo ninguna de las cosas que había pensado.
No dijo a las 00:10 . No dijo lo sabía .
No dijo te has salvado y me has cobrado, y yo he estado media noche rezando para que no fueras tú .
Tampoco le preguntó cómo había sabido ella que tenía que tirarse, porque sabía la respuesta: no lo había sabido, lo había hecho.
Era lo que había hecho siempre desde que era una niña de ocho años y se lanzó a una piscina para recoger un patito de goma que se le había caído a un crío.
-Estoy muy orgulloso de ti -dijo.
-¿En serio?
-Es lo más grande que he oído en mi vida.
-Papá, no llores.
-No lloro.
-Estás llorando. Se oye.
-Es la línea.
-Ya. -Un silencio cálido-. Me debes un desayuno.
-Te debo todos.
-Y tú tenías razón, ¿vale? Con lo de la cantera. Ya está, ya lo he dicho. -Una pausa-. Voy a dormir un rato en el coche. Janet, la madre de Delaney, dice que me quede hasta que amanezca. ¿Te parece bien?