17. 17
R ay Kimball pedía perdón a las puertas antes de abrirlas.
No lo hacía en voz alta. Era una disculpa de la espalda, de los hombros, un modo de entrar sin ocupar el sitio de nadie.
Medía uno noventa y ocho, pesaba cien kilos, y había crecido en una casa de techo bajo, con un padre que le daba un golpecito en el brazo cada vez que se agachaba y una madre que hablaba bajito.
A los cuarenta y siete años seguía entrando en las habitaciones como quien llega tarde a un funeral.
-Kimball. Muerte súbita en domicilio. Pruitt Lane, dieciocho. Mujer, cuarenta y un años. La hermana ha llamado. Dice que... -Un crujido-. Dice que se ha ahorcado con una capa de niño. Hay un menor en la casa.
Ray se quedó con el micrófono en la mano.
-¿Nombre?
-Doherty. Orla Doherty. Es enfermera del Saint Odile.
Lo repitió él mismo despacio, para saber que lo había oído.
Condujo hasta Alder Notch con el cristal bajado, porque una cosa que le enseñó su padre era que un hombre que va a ver algo malo debe respirar antes aire de verdad.
Olía a escarcha y a hoja pisada. La ruta 9 estaba vacía.
En un cruce le pareció ver, muy lejos, hacia el este, un resplandor naranja sobre una ladera, y pensó alguien ha encendido una hoguera , y no pensó más.
Pruitt Lane era una calle de casas de madera con los porches iluminados y las últimas calabazas de la noche pudriéndose al fresco.
La del dieciocho tenía luz en todas las ventanas, y en el escalón de entrada, con una manta por los hombros y una taza de algo que no bebía, había una mujer de cincuenta años, pelo castaño, ojos que habían llorado y dejado de llorar. Se levantó al verlo.
-Es usted el policía.
-Ayudante del sheriff, señora. Ray Kimball.
-Maeve -dijo ella-. Soy su hermana. -Tragó saliva-. Está en la cocina.
Ray entró pidiendo perdón a la puerta.
La cocina era pequeña, con una mesa de formica en el centro y una lámpara baja que daba un cono amarillo sobre un hule de cuadros. En una silla, con las manos extendidas sobre el hule y el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante, estaba Orla Doherty.
La conocía. No mucho, pero lo bastante. Hacía siete años, en la habitación 214 del Saint Odile, había estado sentado dos noches seguidas junto a la cama donde se moría su padre, un viejo de manos de cantero y pulmones de ceniza, y una enfermera que olía a té y a jabón le había traído una silla mejor y una manta.
Al tercer día, a las cinco de la mañana, cuando todo terminó, ella le había apretado el brazo con una firmeza que no admitía el llanto y le había dicho: Ya ha dejado de dolerle, señor Kimball.
Eso es lo único que importa. Ray no la había vuelto a ver sin que ella le preguntara por su madre.
Llevaba una capa roja. Un lazo doble en el cuello. Los ojos cerrados. Parecía una mujer que se ha quedado dormida esperando una noticia.
En la mesa, junto a su codo derecho, había una aguja larga clavada en un carrete de hilo negro.
Una caja de galletas de mantequilla, con la tapa abierta.
Unas tijeras. Ray las miró. Después miró el cuello de la capa, y el lazo, y la línea fina bajo él.
Había visto ahorcados. Había visto a un hombre colgado de una viga en un granero, y a una chica en una escalera de incendios, y conocía el aspecto que tenía una cuerda cuando había habido lucha.
Esto no tenía nada de eso. No había nada alrededor que pudiera haber apretado: ni un mueble volcado, ni un cable, ni una silla caída.
Solo una capa que se había cerrado alrededor de un cuello, sin cuerda, sin soporte, sin otra mano.
-¿Ha tocado algo? -preguntó.
-No. Bajé a las dos y media pasadas, cuando... -Maeve se pasó una mano por la boca-. Ella me dijo que no bajara. Que pasase lo que pasase, no bajara. Me hizo prometérselo. Pero no se oía nada, y cuando no se oye nada en una casa...
-Lo comprendo.
-Se cosió ella la capa. -Una risa breve, de espanto-. Mi sobrino la había cosido con una cortina, y ella la cortó, y luego la cosió otra vez, así, mire. Fíjese qué puntadas. Son las peores del mundo. Dijo que mañana me lo contaba.
Ray miró la costura. Subía por el hombro, torcida, rabiosa, y por un segundo, sin entender por qué, tuvo ganas de llorar.
Pasaron las voces del equipo de emergencias, los pasos, la camilla.
Un paramédico joven, con barba de tres días y un chaleco con reflectantes, certificó con gesto de agotamiento lo que no hacía falta certificar.
El doctor Ashby, el médico de guardia, llegó a las 02:42, miró, tocó, firmó el parte con una sola palabra en la casilla de la causa: asfixia .
Ray anotó. Preguntó a Maeve si había alguien más en la casa, y Maeve dijo que arriba dormía su sobrino, un niño de doce años que no se había enterado, y que prefería no despertarlo hasta que fuera de día.
Ray dijo que se lo parecía a él también.
Al salir, en el porche, a las 02:55, se quedó parado con la mano en la baranda.
Pensó en la llamada.
No quiso pensarla, y llegó entera, como llegan las cosas que se han retenido a base de no mirarlas.
Las diez y cinco de la noche: Lyle Pelletier, con una voz rara, pidiéndole que fuera a casa de un tal Doucette porque una enfermera de Pellam Mills había olido gas.
Ray había ido. Había encontrado a Gerry Doucette con una sábana en la cabeza, medio muerto de monóxido, y a su mujer fuera de sí.
Y a las diez y cincuenta, la segunda llamada, breve y absurda: ¿Conoces a un tal Dale Osgood?
Salía en una lista.
No había contestado a nada. Lyle le había prometido una explicación y dos cervezas.
Orla Doherty, enfermera del Saint Odile. Lyle Pelletier, técnico de la morgue del Saint Odile. Y una capa.
-Dios mío -dijo Ray, muy bajito, a nadie.
Sacó el móvil. Marcó a su hermana.
-¿Carol? Perdona la hora. ¿Dónde está Dale?
-Ray, son las tres.
-Ya lo sé.
-Está donde está todos los sábados. En el Alce Rojo. Con esa armadura de cartón, que lleva dos semanas dando la lata con ella. ¿Por qué? ¿Qué pasa?
-Nada. Una cosa del turno.
-Ray.
-No pasa nada, Carol. Duerme.
Colgó. Subió al coche patrulla y condujo hacia Greer's Crossing.
El Alce Rojo era un bar de camioneros de techo bajo, con el rótulo de neón de un alce que había perdido una pata y cuarenta años de cerveza en las tablas del suelo.
Los sábados cerraba a las tres, y los de Halloween a las tres y media, por una tradición que nadie recordaba haber votado.
Ray llegó a las 03:03. Dejó la sirena apagada.
Cruzó el aparcamiento con la mano en la cartuchera, no por una razón, sino por el hábito de la noche, y abrió la puerta del bar con el hombro, pidiéndole perdón al cristal.
El interior era un calor húmedo, de cuerpos y de tabaco. Cuarenta personas, quizá. Un televisor encendido sin sonido. Media docena de disfraces tristes: un pirata, una enfermera de goma, un vaquero sin sombrero. En la barra, de espaldas a Ray, había un caballero.
La armadura de cartón estaba forrada de papel de aluminio, con rodilleras de gomaespuma, un yelmo con un plumero rojo y un escudo con un león dibujado con rotulador, y debajo de todo ello, enorme, barbudo, rojo de cerveza y de risa, estaba su cuñado.
Dale Osgood levantaba una jarra con la mano izquierda y con la derecha blandía una espada de espuma sujeta con cinta americana, y cantaba una cosa que no era una canción, con los ojos casi cerrados, en medio de un círculo de amigos que se desternillaban.
-¡Cuñado! -gritó, al verlo-. ¡Ray! ¡Mira, Ray! ¡Mira cómo me han dejado!
-Hola, Dale.
-¡Ven a brindar!
-Estoy de servicio.
-¡Estás siempre de servicio, hombre! -Se rio-. ¡Eh, vosotros! ¡Aquí viene la ley!
Ray se acercó despacio, pidiendo perdón a las mesas.
Dale estaba bien. Estaba sano, vivo, rojo y exuberante, con un solo defecto de cálculo, que era haber empezado la noche a las ocho y haber sumado ocho horas de cerveza.
Ray lo miró a los ojos. Está bien , pensó.
Es un hombre grande, borracho y feliz. Es una lista de nada.
-¿Cómo van las cosas? -preguntó.
-De maravilla. Mira, ahí está mi ex empleado, el presidiario.
Ray siguió la espada. En una mesa del rincón, solo, con un vaso de refresco en la mano, estaba Teddy Marsh.
Lo conocía de vista. Diecinueve años, delgado, con las orejas separadas y un lunar en el cuello, dependiente hasta el miércoles de la ferretería Pelham, que gestionaba Dale.
Esa noche iba disfrazado de presidiario: un traje de rayas blancas y negras, un gorro del mismo tejido, una bola de plástico atada al tobillo con una cadena.
Estaba mirando la barra, con una expresión de niño al que han regañado y que todavía no ha decidido si se lo cree.
-Lo despedí el miércoles -dijo Dale en voz alta, para quien quisiera oírlo-. Le faltaban cuarenta pavos de la caja. Que si fue él, que si no. ¡Ven a brindar, Teddy! ¡Que no te guardo rencor!
Alguien se rio. Teddy no.
Se levantó. Fue un movimiento sin aspavientos, el de quien va al servicio.
Empezó a caminar hacia la barra con la bola de plástico arrastrándose tras él con un ruidito de cadena sobre las tablas.
Ray se tensó; no por nada, solo porque había algo en la manera en que el chico llevaba la mano derecha pegada al costado, tapada por el puño de la manga.
-Eh -dijo Ray-. Teddy.
Teddy se detuvo a dos metros de Dale.
-No quería... -dijo.
Fue una frase floja, mal terminada, de las que se dicen a una pared.
Dale, que no le prestaba atención, estaba contando algo a un amigo con la espada en alto.
Teddy sacó la mano de la manga. Brilló algo largo, de cocina, de los que cortan pan, y Ray, que ya iba hacia él con las manos por delante, llegó un segundo tarde.
Fue muy rápido. Fue tan rápido que años más tarde, al recordarlo, Ray no pudo reconstruir qué parte había visto y qué parte se la había inventado.
El brazo del chico, corto, seco, desde abajo hacia arriba.
El cartón de la armadura cediendo con un chasquido de caja.
La cara de Dale, con la sonrisa todavía puesta, sorprendida, como si le hubieran dicho algo en otro idioma.
Y el sonido, el único, de un cuerpo grande que se arrodilla sobre las tablas de un bar.
Eran las 03:05.
El Alce Rojo se quedó en silencio. Un silencio completo, de cuarenta personas que no respiran, con el televisor mudo parpadeando encima de todos.
Ray desenfundó.
Lo hizo sin pensarlo, y se oyó a sí mismo decir con una voz que no reconoció, plana y clara:
-Teddy. Suelta eso.
El chico lo miró. Tenía el cuchillo en la mano derecha, bajo, apuntando a las tablas, con una mancha oscura que subía por la hoja hasta el mango.
Le temblaba el labio inferior. A sus pies, Dale Osgood se llevaba las dos manos al pecho, entre las costillas, y las manos se le ponían rojas, y empezaba a decir «Carol» con una voz espesa, muy bajita.
-No quería -dijo Teddy-. Ray. No quería. Es que lo dijo delante de todos. Dijo... -Se le quebró la voz-. Mi madre se lo había pagado. Los cuarenta. Se lo pagó el jueves. Y él no...
-Lo sé. Suelta el cuchillo.
-Es que yo...
-Teddy, mírame. Suelta eso. Ya viene la ambulancia. Ya viene gente. Va a estar bien.
No sabía si era verdad. Lo dijo con la voz con que se habla a los caballos.
Los cinco minutos que siguieron fueron los más largos de su vida.
Teddy no soltó el cuchillo. No lo levantó.
Se quedó de pie, con el mono de rayas, la cadena de plástico, la bola, llorando sin ruido, y repitiendo «no quería, no quería», y alguien detrás de Ray gritó que había llamado al 911, y la voz de una mujer decía «Dale, Dale, aguanta», y Ray, con la pistola a la altura del pecho del chico y la mano más firme de lo que tenía derecho a estar, hablaba y hablaba, de su madre, de la cena, del jueves, de que todo tenía arreglo.
A las 03:10, Teddy dio un paso.
Ray vio el movimiento, y vio el cuchillo, y vio la mano que se levantaba.
Años después, cuando intentara contarlo, diría que no se acordaba de si el chico se volvió hacia Dale o hacia él, ni de si lo que subía hacia la garganta era un gesto de amenaza o una forma desesperada de llevarse la hoja a la cara.
Solo sabría que sonó un disparo, y que no recordaba haber apretado el gatillo.
El chico se quedó un segundo en pie. Después se sentó, muy despacio, con la bola de plástico entre las piernas, y bajó la vista a la mancha oscura de bordes quemados que se le abría sobre el pecho, a la izquierda, sobre las rayas negras, y levantó los ojos a Ray con la expresión exacta de un niño regañado al que alguien le acaba de dar la razón.
-Ah -dijo.
Fue lo último.
La ambulancia llegó a las 03:17. Hank, el de la barba, se arrodilló junto a Dale, y su compañero junto a Teddy, y uno de los dos movió la cabeza sin que Ray tuviera que preguntar.
Ray bajó la pistola y no la guardó; se quedó mirándola, con el cañón apuntando al suelo, hasta que alguien se la quitó con suavidad.
Subió con Dale a la ambulancia.
Dale estaba consciente a medias, con un tubo y una mascarilla y las dos manos todavía apretadas contra la armadura. Ray se sentó a su lado, en el banco de metal, con la placa en el regazo. Le cogió una mano, que estaba pegajosa y caliente. Dale lo miró con unos ojos de cachorro grande.
-Ray -murmuró, bajo la mascarilla-. Ray. ¿Se ha ido el chico?
-Se ha ido.
-Pobre crío.
-Calla, Dale.
-Dile a Carol... -Un jadeo-. Que el perro... que no le dé de comer a deshoras.
-Se lo diré.
-Es un buen perro.
Ray se quedó mirando el techo del vehículo. Pensó en una voz por teléfono. ¿Conoces a un tal Dale Osgood? Pensó en una enfermera con una capa roja y en un hombre que se llamaba Lyle y que llevaba treinta años sin pedirle nada.
En urgencias del Saint Odile, a las 03:25, entró detrás de la camilla con la placa en la mano, y la mano temblaba, y ya no la pudo parar. Al fondo del pasillo vio a una enfermera que lloraba. Al otro lado, una puerta abierta, una luz de pasillo, un celador ancho y canoso que empujaba una silla.
-Busco a Lyle Pelletier -dijo.