16. 16
Declan está vivo , pensaba Lyle. Lo repetía como se repite un número de teléfono en el que no se confía. Declan está vivo. Declan duerme arriba. Declan tiene diecisiete caramelos en el estómago y ninguna idea.
-Doherty -dijo Reggie.
Lo dijo mirando el suelo. Era un hombre ancho, canoso, de manos grandes y bien cuidadas, y empujaba la camilla con el cuidado de quien lleva una bandeja de copas.
-De Pruitt Lane. La encontró la hermana. Ha venido el equipo de Hank, el de la barba. -Se detuvo-. Patsy ha subido a sentarse al baño. Dice que ahora vuelve.
Lyle se levantó, entumecido, y se acercó a la camilla. Reggie, sin que se lo pidieran, retiró la sábana hasta la altura del pecho y se apartó dos pasos, con las manos a la espalda.
Orla estaba sentada, o casi. Le habían tendido el cuerpo con las piernas rectas, pero conservaba la inclinación de la espalda de quien ha pasado mucho rato sobre una mesa.
Tenía los ojos cerrados. La boca, ligeramente entreabierta, no mostraba rastro de sufrimiento, y la cara tenía una paz que Lyle no le había visto nunca en vida, la de alguien a quien por fin han dicho que puede dejar el turno.
El pelo suelto. El lápiz seguía enredado en él, torcido, y Lyle lo miró un instante.
Llevaba la capa.
Una capa roja, de terciopelo viejo, con flecos recortados de mala manera, atada al cuello con un lazo doble.
En el hombro derecho, a la altura de la clavícula, una costura de ocho centímetros subía en diagonal, y las puntadas, de hilo negro y grueso, torcían a un lado y a otro, de largo desigual, más gordas y más feas que las que recorrían el borde. Había en ellas obstinación.
Debajo del lazo, apenas visible en la piel pálida, una línea fina, rosada, como el trazo de un lápiz.
-Dicen que no se ha resistido -murmuró Reggie-. Hank dice que... no había forcejeo. Que la casa estaba limpia. Que ni un cordón en ninguna parte, como si alguien hubiera estado recogiendo.
-Lo estuvo.
-Ya.
Reggie no preguntó. Había en su silencio el tacto de una larga profesión, la de acompañar a otros hasta la puerta de un sitio sin entrar con ellos.
-El crío no se ha enterado -dijo al cabo-. Dormía en brazos de la hermana. Ella no le ha dejado bajar. Dice que le prometió que no bajaría.
-Se lo prometió Orla.
-Eso.
Lyle tendió la mano. Desenredó con dos dedos el lápiz del pelo de Orla Doherty, despacio, con una torpeza que no esperaba tener, y se lo guardó en el bolsillo del pecho de la bata, junto a la pluma de firmar.
Después tomó el formulario azul de ingreso, el de los muertos de verdad, el que hasta esa noche había sido la única cosa en la morgue que no le hacía daño.
Lo rellenó despacio. Nombre, edad, procedencia.
Hora de la defunción, según el parte de Hank: 02:30.
Causa, a la espera de certificación. En la última línea, la de la firma, se detuvo.
Leyó el formulario entero antes de firmar. Cada línea. Cada letra pequeña al pie. Nada decía Guardián de turno . Era solo un papel con un nombre, con una hora y con un hombre que había perdido a una amiga. Firmó. Fue el primer recibo de su vida que firmó con los ojos abiertos.
-Gracias, Reggie.
-Yo no he hecho nada.
-Por traerla tú.
El celador asintió. Se dio la vuelta para irse, y se detuvo un segundo en la puerta, y habló sin volverse.
-Treinta años, y esta es la segunda vez que lloro en un ascensor.
Se fue.
Lyle pasó un rato cerca de ella, sin hacer nada.
Después fue hasta la camilla pequeña, tomó la capa doblada del niño, y la desplegó.
Era mejor tela de lo que le había parecido, terciopelo de cortina de buena casa, con el cuello cosido con una hilera de puntadas muy parecidas a las del hombro de Orla, de largo desigual, torcidas a derecha y a izquierda.
Dos manos habían cosido. Una de ellas tenía doce años.
La otra había aprendido esa misma noche.
La volvió a plegar. La metió en una bolsa de plástico de las de efectos personales y escribió con rotulador, en la etiqueta, D. Doherty. Entregar . Alguien tendría que dársela a un niño.
A las 02:50 subió a la azotea.
No fue una decisión. Fue un modo de salir de un cuarto.
Cogió la escalera de servicio, pasó por delante de la puerta de urgencias, que dejaba escapar el rumor de un televisor y de una enfermera que lloraba con la cabeza entre las manos, y siguió hasta una puerta metálica, al final del rellano de la tercera planta, que daba a un tramo de peldaños de hormigón y a otra puerta, más estrecha, con una barra horizontal.
Era la azotea de los fumadores. Grava gris, una chimenea, un cartel de «Prohibido el acceso» que nadie respetaba.
Hacía mucho frío, el frío exacto de las noches de helada en que el aire parece de cristal, y la luna, casi llena, se había ladeado hacia el oeste, de modo que el valle entero quedaba debajo, extendido, con sus hileras de farolas y la mancha negra de la cantera y las crestas de los montes recortadas contra un cielo más claro que la tierra.
Fue hacia la chimenea, porque sabía por qué había subido.
Detrás de la chimenea, medio oculta tras un tubo de ventilación, había una lata de café vacía, sujeta con un trozo de alambre.
Dentro: un paquete de tabaco rubio, arrugado, con seis cigarrillos; un encendedor de plástico; un trozo de papel doblado.
La doctora Calloway había dicho siempre que no fumaba, y todo el hospital sabía que fumaba, y los dos hechos coexistían con la misma ligereza con que coexisten las cosas que no hacen daño a nadie.
Lyle había dejado el tabaco a los treinta años. Sacó un cigarrillo, lo encendió al tercer intento, y aspiró.
Tosió hasta que se le llenaron los ojos de lágrimas.
El humo le dejó en la garganta un sabor a ceniza y a herrumbre, y entre las lágrimas y el esfuerzo de respirar se le ocurrió, de pronto, que probablemente era la primera vez que hacía algo que a nadie le importaba.
Se sentó en el borde de la chimenea. Se quedó con el cigarrillo entre los dedos, mirando el valle.
Eran las 02:52 cuando lo vio.
Al este, lejos, sobre la ladera negra donde la carretera de Greer's Crossing rodeaba la montaña, había un resplandor.
No era una luz de pueblo. Era naranja, irregular, con un temblor interior, y mientras lo miraba creció un poco, y de él se desprendió una columna de humo que subió recta hacia la luna y se abrió en lo alto, como una mano.
Un incendio en un campo. Lyle recordó un cartel con una calabaza gigante en el cruce de la ruta 9, y una hilera de callejas entre maíz seco de dos metros, y un hombre con un saco de arpillera en la cabeza.
H. GREER - 02:50.
No llamó a nadie. No sabía cuántas personas había en ese campo, ni si todas estaban en la cuenta, ni si una llamada habría protegido a alguien ajeno al pacto.
Sabía solo que cada paso que se había dado esa noche para salvar a alguien había costado un cuerpo, y que sus manos ya no distinguían un aviso de un paso.
Se quedó sentado en la chimenea, con la colilla ardiendo entre los dedos, viendo cómo un campo ardía muy lejos, en silencio, sin una sirena, como un incendio de dibujo.
Pensó en Josie. Pensó en las manos de Maggie, que no sabía si estaban frías. Pensó que a las doce menos veinte, por teléfono, una voz le había dicho que no le estropeara la noche.
Dejó caer el cigarrillo entre la grava. No lo apagó.
Bajó con el paso de un hombre al que han cambiado las piernas.
En la sala, el espantapájaros ya no estaba.
La camilla donde había dejado a Hollis Greer con su saco de arpillera y su paja a mechones mostraba solo ropa: un abrigo de lana deshilachado, unos pantalones de peto, un saco con los ojos pintados y una boca cosida de sonrisa torcida.
Del hilo grueso que mantenía cerrada la boca subía un olor, muy leve, a maíz quemado.
Contó.
Los trajes doblados eran nueve, repartidos por las camillas como los muebles de una casa en mudanza.
La sábana de Gerry, con sus dos agujeros.
La capa de raso de Caitlin y su cartera rosa.
La cola verde de Maggie, con las conchas encima.
El traje negro con los huesos pintados de Brendan.
El astronauta de plástico con su bandera.
El vestido de terciopelo y el sombrero de punta y la escoba de ramas, con una brizna de escarcha seca, de la bruja.
El dinosaurio, vacío y arrugado. Los restos del niño.
Los de Hollis. Quedaban dos con nombre en una etiqueta: un presidiario de rayas, con una bola de plástico encadenada al tobillo, y un caballero de cartón, con una espada de espuma sujeta con cinta. Teddy Marsh, 03:10. Dale Osgood, 03:40.
Once. Nueve que se habían ido y dos por cumplirse. Para llegar a trece faltaban otras dos: la bandeja precintada de la cámara, que no pensaba abrir, y una que todavía no había subido.
Estaba contando de nuevo, con un dedo en el aire, cuando levantó la vista y vio la luz.
Era una luz diminuta, roja, al fondo del pasillo, en lo alto de la pared encalada, justo encima de la puerta de acero.
Un punto. Lyle se quedó quieto. Hacía años que había una cámara de seguridad en ese rincón, una cajita gris con una lente oscura y un cable que salía por un agujero y se perdía en el techo, y Lyle sabía que llevaba muerta desde 2008, desde la penúltima reforma, porque se lo había dicho el técnico que vino a quitarla y que nunca la quitó.
Sabía además que no tenía luz. Que nunca la había tenido.
Ahora la tenía. Un piloto rojo, fijo, sin parpadeo.
Lo miró un buen rato. El piloto no se movió.
Lyle levantó una mano, despacio, con la palma abierta, como se saluda a alguien al otro lado de un cristal.
No supo por qué lo hizo. Después fue a coger la pluma del bolsillo y se encontró con el lápiz de Orla entre los dedos, y se quedó con él en la mano, y la luz roja de la pared siguió encendida, mirándole.