15. 15
O rla Doherty llevaba una hora cortando cordones, y estaba sentada en el último peldaño de la escalera de su casa, con unas tijeras de cocina en una mano y en la otra el cordón de una sudadera, cuando sonó el teléfono.
Había llegado a casa a la una y ocho, con las llaves ya en la mano y el corazón haciéndole un ruido pequeño y regular, el de un motor que no admite averías.
La casa de Pruitt Lane era una casa de dos plantas, con un porche de madera y los tapetes de ganchillo de la abuela de las dos en todas las superficies planas, y desde el recibidor se oía la televisión.
Maeve dormía en el sofá, con la boca abierta y un cuenco de palomitas sobre el pecho.
Declan, tumbado sobre una alfombra, de espaldas a la puerta, miraba una película de superhéroes con la capa por encima de los hombros y la máscara subida a la frente, y se giró con una sonrisa enorme y un pegote de chocolate en la mejilla.
-¡Mamá! ¿Ya vuelves? ¿Es mañana?
-No, cariño. Solo he venido a darte un beso.
Se arrodilló. Lo abrazó, y fue como abrazar una estufa pequeña, huesuda y caliente, que olía a azúcar y a niño, y mientras lo abrazaba con la cara hundida en su pelo, le soltó la hebilla del cuello de la capa y empezó a deshacerla. Declan protestó.
-¡Es mía! ¡La he cosido yo!
-Te la devuelvo en cinco minutos.
-¡Mamá!
Lo hizo con las tijeras de cocina. Fueron cuatro tijeretazos.
El terciopelo rojo, grueso, viejo, tardó en ceder, y cuando cayó al suelo en dos piezas que se plegaron como alas rotas, Declan la miró con una expresión que ella llevaría toda la vida en el pecho: la de quien ve que le han hecho daño sin entender por qué.
-Te compro otra -dijo Orla-. Una mejor.
-No quiero otra.
-Lo sé.
Metió los dos trozos bajo el grifo de la cocina, los empapó, los escurrió, y los dejó en el fregadero.
Le temblaban las manos y por eso se obligó a moverse despacio.
Pensó, con una lógica de enfermera, que si la causa era la capa, quitar la capa la quitaba de en medio, igual que se retira un objeto de un quirófano.
Volvió al salón, se sentó junto a Declan, le puso un cuenco de palomitas en el regazo y se quedó mirando el reloj. La una y quince. La una y veinte.
A la una y cuarenta, Declan fue al baño. Orla lo oyó cantar. Después un golpe, un ruido de tela, y un sonido ahogado, como de una tos que se rompe, y subió la escalera sin saber que corría.
Estaba en el suelo del baño, medio de rodillas, con las dos manos en el cuello y la cara de un color que no se debía ver en un niño.
La capucha de su sudadera, que había metido por la cabeza al ponérsela encima de la camiseta, se había enganchado en el pomo de la puerta con el cordón.
Tiraba de él, y el cordón se cerraba. Orla lo cogió por los hombros, soltó el nudo con dos dedos, y el aire volvió a entrar en el niño con un silbido horrible y largo.
Declan lloraba. Tosía. «Mamá, me ha... se me ha enganchado».
«Ya está, mi vida. Ya está». Lo acunó en el suelo, con el corazón desbocado, hasta que se calmó.
Después recorrió la casa.
Cortó todos los cordones de todas las sudaderas.
Desconectó los cables de las lámparas y los cargadores y los metió en un cajón.
Descolgó las cortinas. Se arrodilló delante del niño y le desató las zapatillas, y las guardó en el armario, y le quitó el cinturón del chándal.
Cada cosa que hacía le parecía razonable y absurda.
A las 02:00, mientras tiraba por la ventana un cinturón de albornoz, entendió.
No era la capa. Había sido una necia por creer que era la capa.
La capa solo era la firma. Lo de Brendan había sido una predicción, algo que iba a ocurrir si nadie lo impedía, y a una predicción se la desvía con un teléfono y una madre.
Esto era una deuda, y a una deuda no se la desvía: se paga.
Lo que el Libro quería era la asfixia, y la asfixia podía venir en un cordón, en un cable, en una bufanda, en una sábana mal doblada, en cualquier cosa de la casa que rodeara el cuello de un niño, y ella, que sabía apartar un obstáculo de un pasillo, no podía apartar el mundo entero de una cabeza de doce años.
Maeve se había despertado a las dos menos diez.
-Orla. ¿Qué haces?
-Nada. Una limpieza.
-Son las dos de la madrugada.
-Lo sé.
Maeve, que era mayor que ella y la conocía mejor, la miró un buen rato sin decir nada.
Después se levantó, cogió en brazos a un Declan medio dormido, y se lo llevó al sillón de orejas del salón, el único mueble de la casa sin un solo cordón a su alcance, y se sentó con él en el regazo.
Era el sillón del abuelo de las dos. Tenía un respaldo muy alto y un reposabrazos de madera muy ancho.
Orla, desde la escalera, vio a su hijo acurrucado en el pecho de su hermana, dormido otra vez, con una mano abierta sobre la camiseta del rayo, y se sentó en el último peldaño con las tijeras entre las rodillas, y se quedó mirándolos.
Pensó: Todavía tengo veinte minutos.
Pensó: No pasa nada.
Pensó: Voy a encontrar algo.
Cuando el teléfono sonó, a las 02:16, el aparato vibró dos veces sobre la mesita del recibidor antes de que ella tuviera fuerzas para levantarse. Lo cogió y lo llevó a la cocina, a oscuras, junto al fregadero donde los dos trozos de terciopelo mojados se pegaban al acero como piel.
-¿Lyle?
-Orla. -La voz era de un hombre al que han vaciado-. Tengo que decirte una cosa. No sé si debo. No sé si tengo derecho. Pero es tu hijo y es tu decisión.
-Dime.
Se lo dijo. Lo hizo despacio, sin adornos, con el mismo tono de informe que ella le había oído a las siete y media de la tarde.
Una mujer en un tejado. Un hombre pequeño con bigote que se había puesto el sombrero de su mujer en 1989.
El Libro acepta voluntarios. Es lo único que sé.
No dijo «hazlo». No dijo «no lo hagas». Dijo lo que sabía y lo que no sabía, y calló.
Orla se quedó mirando por la ventana de la cocina. En el jardín trasero, una hilera de cubos de basura brillaba con la escarcha, y encima, en el cielo, la luna se había ido corriendo hacia el oeste, grande y blanca, indiferente.
-Gracias -dijo.
-No me des las gracias.
-Gracias por decírmelo. Por no haberlo callado. -Respiró-. Ya no me quedan minutos para discutir, ¿verdad?
-Catorce.
-Entonces voy a colgar.
-Orla.
-No. -Casi sonrió-. No, de verdad. Hiciste lo correcto. Hoy has hecho bien una cosa muy difícil. Quiero que lo recuerdes. Y Lyle...
-¿Qué?
-Cuídala. A Josie. Dile que tenía razón su padre.
Colgó. Dejó el teléfono sobre la encimera con un cuidado exagerado.
Subió a ver a su hijo.
Declan dormía en el regazo de Maeve, que no dormía; tenía los ojos abiertos fijos en ella, brillantes, serios. Orla se arrodilló junto al sillón y le acarició la cara a su hijo con el dorso de la mano, con una lentitud de vigilia. Los párpados del niño temblaron. Abrió un ojo.
-¿Mamá?
-Sí, mi vida.
-¿Cuántos caramelos me he comido?
-No lo sé. Dímelo tú.
Declan se pasó la lengua por los labios, pensativo, con una sinceridad solemne.
-Diecisiete -dijo-. Pero la tía dice que fueron diez.
-Diecisiete, entonces.
-No se lo digas.
-No se lo diré.
Se rio, con la risa floja y torpe del que se vuelve a dormir, y se dio la vuelta contra el pecho de Maeve. Orla se quedó arrodillada. Lo miró un rato más largo de lo que la prudencia aconsejaba. Después se incorporó, miró a su hermana, y lo dijo en voz muy baja, sin que le temblara:
-Quédate aquí con él hasta que sea de día. Pase lo que pase. No bajes. No me llames. Si oyes algo, no bajes.
-Orla.
-Te quiero, Maeve.
-Orla, ¿qué...?
-Mañana te lo cuento.
Bajó a la cocina. Encendió la luz, la lámpara pequeña de sobre la mesa, la que daba un cono amarillo sobre el hule.
Sacó de un cajón del aparador una caja de costura de galletas de mantequilla que llevaba años sin abrir.
Hilo negro, grueso, de ese que se usa para botones de abrigo.
Una aguja larga. Se sentó. Fue hasta el fregadero y recogió los dos trozos del terciopelo rojo, goteantes, y los extendió sobre la mesa uno junto al otro, y ajustó el borde que ella misma había cortado, donde los flecos casaban.
Empezó a coser.
Lo hizo mal. Era una costurera pésima, la peor de las dos hermanas, y la aguja se le resbalaba entre los dedos y el hilo se enredaba.
Las puntadas le salían torcidas, a derecha y a izquierda, de largo desigual, una tras otra, una hilera de zigzags apretados que no aguantarían un tirón.
Pensó en lo que dijo hacía una hora, en el sótano, mirando la tela.
Son las peores puntadas del mundo. Y se rio, con una risa corta que se le quedó en la garganta, porque las suyas eran peores.
Eran las 02:27 cuando terminó. Mordió el hilo.
Sostuvo la capa en alto, bajo la lámpara, y la tela mojada goteó sobre el hule.
Era la misma capa. Con una cicatriz nueva, torcida, de ocho centímetros, que subía desde el borde hasta la altura del hombro, y que se confundía, entre las puntadas de un niño de doce años y las de su madre, hasta ser imposible decir de quién era cuál.
Se la puso sobre los hombros. Pesaba más de lo que parecía. Olía a niño, a caramelo, a champú de manzana, y también, muy débilmente, al grifo de la cocina. Se ató el cuello con un lazo doble, de los que se hacen cuando uno quiere asegurarse de que no se va a caer.
Se sentó. Dejó las manos sobre el hule.
Arriba, Maeve cantaba en voz baja una nana de Lowell que Orla no oía desde la infancia.
En la ventana, la luna ya había desaparecido tras el tejado de enfrente.
Quedaban dos minutos. Pensó en Lyle, y en su hija, y en la última frase que le había dicho.
Pensó en Brendan Tierney, en la cocina de su madre, con el traje de huesos todavía puesto y las zapatillas llenas de barro.
Pensó que había tenido más suerte de la que le tocaba, y que en una casa como esa, con tapetes, con una hermana arriba y un hijo que se había comido diecisiete caramelos, uno podía sentarse a esperar sin sensación de derrota.
Levantó la vista hacia el reloj de la cocina. Las dos y veintinueve.
Lo último en que se fijó, antes de que la cocina se quedara en silencio, fue en la hilera de puntadas torcidas que le subía por el hombro, a la altura del cuello, y que aguantaban.