14. 14
L a voz de Marian Pettibone tenía el timbre de un programa de radio de los años sesenta, y a Lyle le pareció, mientras la oía, que hablaba desde el fondo de una época en la que las cosas, simplemente, se hacían.
-Perdone la hora -dijo ella-. Y la insistencia. Pensé que quizá le gustaría saber que he subido.
-¿Dónde?
-Al tejado. Del Legion Hall. -Se oía el viento, un silbido largo en un metal, y una cuerda de bandera golpeando un mástil-.
Es la Escoba. Una tradición del Comité. Cada año, a las dos en punto, alguien sube al tejado con una escoba de ramas y barre el mal año, y baja, y brindamos.
Lo hace la bruja. Llevo treinta y siete años siendo la bruja. Antes lo hacía mi marido.
-Marian, no suba. Bájese. Por favor.
-Ya estoy arriba, Lyle.
-Todavía puede bajar.
-Podría. -Una risita seca-. Llevo cuarenta minutos sentada en la cornisa, con una escoba en las rodillas y la sensación de ser un cuadro.
Desde la última vez que me asomé, la plaza estaba vacía.
Hay helada. Se me ha pegado el vestido a la teja.
-Se calló-. Mire, es que no me iba a pasar la noche escondida bajo una mesa.
Y me interesaba hablar con usted sin que me oyera nadie.
Aquí arriba, con este viento, no me oye ni Dios.
Lyle se sentó en el taburete, con el cable estirado hasta la pared. A su alrededor, las camillas alineadas esperaban, con sus cuerpos tapados y sus ropas dobladas, y la manta gris sobre la última, en la que dormía un niño con una capa roja.
-Hay un niño -dijo.
El silencio duró tanto que pensó que se había cortado la línea.
-¿Un niño? -dijo Marian, y su voz había perdido la cadencia-. ¿Aquí? ¿En la lista?
-Doce años. Es el hijo de Orla Doherty. La supervisora.
-No -murmuró-. No, no, no. Eso no puede ser. -Un ruido, el de una teja que se mueve-. Nunca un niño. Nunca. Esa era la regla. Era la primera. La única que importaba.
-¿Qué regla?
-Que ningún niño del valle muriera antes de tiempo.
-Respiró-. Escuche, Lyle. Voy a decirle una cosa que no debo, porque se me ha acabado el tiempo de ser decente.
Esto no lo inventó Gordon. Gordon solo lo cuida.
Lo llevamos todos desde hace ciento treinta años: las familias de siempre, las diecinueve o veinte que fundaron esto, y las que entraron después.
Hubo una vez un médico, y un invierno, y una promesa.
Hay un Libro. Hay una cuota. Y nosotros cenamos en el Legion Hall mientras se llena, sin teléfonos, sin mirar la hora, como quien espera en un velatorio.
-¿Y los que mueren?
-Nunca fueron de los nuestros. -Lo dijo con una voz muy baja, que le costó-.
Nunca eran gente del valle de verdad, ¿sabe?
Forasteros, gente de paso, borrachos de la carretera, viejos solos a los que nadie iba a echar de menos.
El Libro elegía así. No lo decidíamos nosotros, pero sabíamos qué clase de nombres traería, y eso nos dejaba dormir.
Una especie de misericordia. -Una pausa-.
Qué cosa más espantosa he dicho. Qué cosa más espantosa he creído durante treinta años.
-Esta noche -dijo Lyle- hay una entrenadora de natación. Una enfermera. Un chaval de campo a través. Hay gente que tiene madre y que tiene nombre.
-Ya lo sé. -Un hilo de voz-. Mi nombre estaba en la lista, y mi nombre lo conocen en cada puerta del valle.
Gordon me lo dijo en septiembre, después del funeral de Ruth: «Marian, este año va a ser distinto».
Yo creí que hablaba de dinero. -Se rio, sin gracia-.
El Libro ya no elige como antes, Lyle. Ruth era la única que lo mantenía quieto.
Sin ella, ha empezado a escoger por su cuenta.
-¿Hay algo que se pueda hacer?
-Eso me lo ha preguntado usted tres veces esta noche, sin decirlo.
-Una pausa-. Hay un modo de cerrarlo. Ruth lo sabía.
No me lo contó. Discutió con Gordon en agosto, a gritos, aquí, en esta misma sala, mientras yo ponía los manteles.
Ella le dijo: «Lo voy a cerrar, Gordon».
Él le dijo: «No te dejaré». Y tres semanas después, ella murió.
-Fue un aneurisma.
-Sí, claro. -Un silencio-. Y escúcheme, Lyle.
No sé qué quería decir Ruth con lo último que escribió.
Me lo dijo de palabra, el día antes. Que otro lo cierre, que no sea él.
No sé quién era él. Pensé que hablaba de Gordon.
Luego pensé que hablaba de usted, y que le daba miedo que fuera usted el que lo hiciera. Ya no sé qué pensar.
Lyle tragó saliva.
-¿Conoce a Orla?
-He visto cómo coge un vaso. Una buena mujer.
-Su hijo está aquí. A las dos y media. Ella ha salvado a otro chico, y el Libro... -Se detuvo.
-Y ha cobrado en lo que más quería.
-Sí.
-Ay, Dios mío. -Esta vez sí hubo temblor-. Entonces ya lo sabe. Sabe lo que cuesta.
-Sí.
-Y ahora irá a hacer algo.
-Dijo que tendría hasta las dos y media para encontrar la manera de que no pague nadie.
-No hay manera. -Marian respiró hondo, muy despacio, y habló con una ternura quebrada, la de quien da un consejo a una persona que ya se ha ido-.
No hay manera, Lyle. Pero hay otra cosa.
Algo que no está en las libretas de Ruth, porque Ruth no la usó, y porque se la oí decir a mi marido, una vez, la última noche de su vida.
-¿Qué?
-El Libro acepta voluntarios.
-En 1989 fue mi hora -continuó ella-. Bruja, a las dos, en el tejado del Legion.
Hasta el disfraz era el mismo, qué ironía.
Teníamos treinta y un años y una hija pequeña.
Everett, mi marido, un hombre pequeño, con bigote, que no servía para nada que no fuera estar a mi lado, lo supo antes que yo.
Lo supimos con semanas de antelación, no importa cómo.
La noche del 31, a las doce, entró en la cocina con mi vestido y mi sombrero puestos.
Se había puesto mi disfraz. «El Libro no discute quién paga, Marian, solo que se pague entero», me dijo.
«Dame el sombrero y vete a casa con la niña».
Yo le dije que no. Me besó en la frente.
Dijo que ya estaba mayor para disfrazarse de otra cosa.
Y a las dos menos tres, en este mismo tejado, barriendo, resbaló en la helada. -Una pausa-. Lo vi desde la ventana.
El viento silbó en el auricular. Lyle tenía los ojos cerrados.
-Treinta y siete años -dijo Marian-. Treinta y siete años he tenido de más, gracias a un hombre que sabía hacer una sola cosa. Y esta noche el Libro vuelve a por lo que no cobró. No pierde cuentas. Eso es lo que no entendimos nunca. Nunca perdona, solo aplaza.
-Si Orla...
-Si Orla se pone el disfraz de su hijo, el Libro la aceptará. Es todo lo que sé. -Un hilo de voz-. No sé si se puede salvar al niño para siempre. Sé que de momento sí. Y sé que a mí, a esta edad, no me cuesta nada decírselo. No tengo nada que perder, Lyle. Lo perdí en 1989.
-No debería haberme...
-Debería. -Firme, de golpe-. Es su decisión. Y no la de usted, ni la mía. Dígaselo. Es lo menos que podemos hacer por ella.
Lyle tenía la boca seca. Miró el reloj. Eran las 01:52.
-Hay otra cosa -dijo Marian-. Y es lo último.
Ruth no se fiaba de Gordon. Lo conocía desde hacía treinta años y le tenía más miedo que a todo el Libro.
Decía que Gordon quiere el Libro abierto para siempre.
Que se lo ha creído, que lo ama, como se ama una cosa que da de comer.
Y desde septiembre, desde que ella murió, no come, no duerme, no se afeita bien.
Se le ha puesto la cara que se le ponía a Ruth cuando se acercaba su fecha.
-Se calló-. Pregúntele a Gordon cuánto le queda a él.
-¿Qué quiere decir?
-Pregúntele.
-Marian...
-Me están llamando -dijo-. Los de la Cena. Se han dado cuenta de que no estoy.
Lyle oyó, lejos, una voz de hombre que gritaba el nombre de Marian desde la calle. ¡Marian! ¡Baja de ahí, que te vas a helar! Después otra, una voz de mujer. Marian dejó escapar un suspiro largo, con un matiz casi cómico.
-Qué pesados -dijo-. Me tendrán que dar tiempo para terminar la escoba.
-Marian, quédese quieta. Por favor.
-Si no me muevo, se va a hacer más largo. -El viento había cambiado. Una teja se deslizó con un siseo-. Gracias por llamar, Lyle. Ha sido usted el único que me ha avisado. Ha sido un detalle precioso.
-Marian...
-Dígale a Orla que lo siento.
Lyle miró el reloj de la pared. Las 02:00 en punto, con el segundero pasando por las doce.
Se oyó un crujido. No fuerte; el de un pie sobre hielo, o una teja que cede, o un hombre pequeño con bigote que llevaba treinta y siete años esperando. Un jadeo corto, de sorpresa, sin dolor. Luego un deslizamiento largo y cada vez más rápido, la escoba de ramas rozando la pizarra, y un golpe.
Nada más. La línea se quedó abierta. Entró un ruido de pasos corriendo sobre grava, de una voz de mujer que gritaba un nombre una y otra vez, y el eco de una ventana abriéndose en el Legion Hall, y una música de órgano que alguien había puesto en el comedor y que seguía sonando, ajena, inocente, a todo volumen.
Lyle colgó.
En la camilla de la sala, la bruja con su sombrero de punta y su raya perfecta se había quedado sin cuerpo.
Quedaba el terciopelo con lunares, doblado en cuatro.
Quedaba el sombrero. Quedaba, apoyada sobre el vestido, la escoba de ramas atada con una cinta, con un reborde de escarcha que se fundía despacio sobre la mesa de acero.
Treinta y siete años.
A su espalda, el dinosaurio verde esperaba su hora.
A las 02:15 su ventilador, que Lyle había apagado con un dedo, giró solo, una vez, con un zumbido pequeño y alegre, y la cabeza de goma se levantó sobre la camilla, inflándose, hasta que fue de nuevo una cosa enorme y ridícula con los brazos cortos extendidos.
Después, sin ruido, el hombre que iba dentro se deshizo en el aire, la ropa y la piel y el olor a quemado, y el disfraz se desinfló, despacio, exhalando un último suspiro de goma que llenó la sala.
Lyle miró el vacío un rato. Después descolgó el teléfono y marcó el número de Orla Doherty.