Trece Bandejas 13. 13
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E l teléfono de Orrin Fisk llevaba veintisiete timbres sonando cuando por fin lo cogieron.

Lyle los había contado. Había decidido que, si pasaban de treinta, colgaría, y a los veintisiete oyó un golpe, un roce, una maldición en voz baja y la voz de un hombre mayor, ronca y desconfiada, que ladró un «¿Sí?» en el tono de quien ha subido una escalera para contestar a una broma.

-¿El señor Orrin Fisk?

-Eso dice el buzón.

-Soy Lyle Pelletier, del Hospital Saint Odile. Usted estuvo ingresado el invierno pasado por una neumonía y me han encargado un seguimiento.

-¿A la una de la madrugada?

-Lo siento. Es el turno de noche.

Hubo un silencio al otro lado. Un reloj de pared marcaba el segundo con un golpecito seco, y por debajo de él se oía un murmullo de estufa de leña.

-A la una de la madrugada -repitió el hombre, y soltó una risa por la nariz-. Desde que murió Dolores, hijo, nadie me llama a esta hora. Ni para venderme un seguro.

Llevaba media hora sin saber qué hacer con las manos.

Después de que Haverty se fuera, y de que Orla viera a su hijo y se marchara, se había quedado en la sala de autopsias con el niño tapado por una manta de lana y la hoja de Orla en el suelo, abierta, y había comprendido, con una lucidez sin dramatismo, de las que llegan a las tantas, que había una sola cosa que no estaba permitido hacer sin pagar: salvar .

Todo lo demás era gratis. Podía quedarse con las manos colgando y ver cómo los nombres de las etiquetas se iban cumpliendo uno por uno, igual que se ve caer una cortina de lluvia.

O podía hacer lo único que, por sórdida que fuera la lógica de aquel sitio, seguía siendo suyo: no dejar solo a ninguno.

Había abierto la historia clínica de Orrin Fisk en el terminal del despacho. Wickett Corner, RFD 2. Viudo. 71 años. Fumador pasivo durante cuarenta años de pipas ajenas. Un teléfono fijo, el único de la ficha.

-¿Cómo se encuentra? -preguntó.

-Vivo -dijo Orrin Fisk-. Que ya es bastante.

Hablaron. Era, descubrió Lyle, un hombre que no había hablado con nadie desde el domingo y que se había guardado todas las palabras.

Le contó que la neumonía se le había quedado en una tos vieja, de invierno, que ya no iba al médico porque el médico lo mandaba a otro médico, y que las vacas las vendió hacía seis años, cuando las rodillas dijeron que no.

Que le quedaban unas gallinas, un gato que se llamaba Gus, tres hileras de tomates que daba a los vecinos y un silo de hormigón de nueve metros, desde el que todavía se veía, en días claros, la torre de la iglesia de Tamarack.

Que Dolores había muerto un 4 de marzo, a la hora de la cena, con la cuchara en el aire, y que desde entonces comía de pie.

-¿Y esta noche? -dijo Lyle-. ¿No duerme?

-Esta noche tengo faena. -Un resoplido de orgullo-. Los de la cantera suben por mi camino a las dos, de vuelta, borrachos como cubas. Cuarenta años llevo asustándolos. Les salgo al paso con una sábana, con una calabaza, con lo que sea. Este año, de astronauta.

-¿De astronauta?

-Es lo que quise ser. -Se oyó algo parecido a una sonrisa-.

De crío, quiero decir. Lo vi en la tele del bar de Wickett, la llegada a la Luna.

Me pasé tres meses con una cazuela en la cabeza.

Mi nieto dejó el traje aquí en agosto, uno de esos de plástico, con su bandera y su mochila, y esta tarde lo he sacado del armario y me lo he probado.

Me queda grande por todas partes menos por el pecho.

-Seguro que está imponente.

-Soy un viejo disfrazado de otra cosa. -Una pausa-. Pero cuando lo llevo puesto no me duele la rodilla. Será el casco.

A las 01:12 la campanilla de la morgue sonó a su espalda.

Lyle cerró los ojos un segundo. Después dijo «un momento, señor Fisk», con una voz que logró que sonara casi normal, y dejó el auricular sobre el archivador, descolgado, con el cable colgando. Salió corriendo al pasillo.

Abrió la puerta de acero. El roce de cadenas. Sacó la camilla. Ya había aprendido que la mejor manera de hacerlo era no mirar hasta tenerla en la luz, y la llevó hasta la sala y la dejó junto a las otras. Levantó la sábana.

Un espantapájaros.

Era un hombre corpulento, de cincuenta y tantos, con un abrigo de lana deshilachado y unos pantalones de peto, relleno por el cuello y las mangas con un buen puñado de paja que asomaba a mechones.

La cabeza llevaba un saco de arpillera, con los ojos pintados y una boca grande y cosida con hilo gordo, de sonrisa torcida.

Del saco, por debajo de la tela, salía un olor penetrante, seco, de maíz tostado y madera quemada, y en las manos, sobre los nudillos, la piel estaba brillante, abullonada, de un rojo húmedo.

Fuego. Alguien le había atado una cuerda al cuello con aire de ironía y eso era lo único que no estaba chamuscado.

H. GREER - 02:50

Greer. La granja Greer, el laberinto de maíz de la carretera de Greer's Crossing, que cada octubre colocaba un cartel con una calabaza gigante en el cruce de la ruta 9.

La había visto de lejos, sin entrar. Miró la etiqueta un instante, con el pulso en los oídos, hasta que oyó, muy débil, desde el despacho, una voz que lo llamaba por el nombre de pila.

-¿Hijo? ¿Sigues ahí?

-Sigo -dijo, ya con el auricular otra vez en la mano. Le temblaba la mandíbula-. Perdone. Un compañero. Una urgencia.

-Pues tú sabrás lo tuyo. -Una tos larga, húmeda-. Ya iba a colgar yo, que se me enfría el té.

-No cuelgue -dijo Lyle, y fue una súplica, y los dos la oyeron-. Todavía no. Hábleme de... de Gus.

A Gus lo había encontrado Orrin, hacía ocho años, dentro de un cubo de pienso.

Un gato naranja y gordo con una oreja rota, que se pasaba el día sobre la tapa del silo y bajaba solo a comer.

Era un gato muy serio. Tenía manías. Esa tarde se había metido otra vez en el silo, por la trampilla de abajo, y llevaba desde las seis sin salir.

Orrin lo había llamado con una lata de sardinas.

Nada. A las diez le había parecido oírlo, un maullido muy chico, desde dentro, en la oscuridad. Luego nada. A las doce otra vez.

-Lo estoy oyendo ahora -dijo, y la voz había cambiado, se había vuelto más atenta, más blanda-. ¿Lo oyes? Espera.

Lyle no oía nada, salvo la estufa de leña y el reloj de pared. Y luego, muy lejos, por la línea, un hilito de sonido, agudo, tembloroso.

-Es él -dijo Orrin-. Ahí está, el muy pillo. -Se rio-. Qué tonto es. Se habrá caído a la tolva.

-Señor Fisk...

-Voy a por él.

Lyle abrió la boca. Señor Fisk, los silos tienen gases.

No entre. Quédese en la casa. No lo haga.

Las frases estaban ahí, completas, al alcance de la lengua, y se le atascaron en la garganta como espinas.

Si lo decía, y Orrin daba el paso de quedarse fuera, y Orrin sobrevivía, el Libro cobraría.

Un cuerpo nuevo subiría por el montacargas a los pocos minutos, y sería alguien a quien Orrin quisiera: un nieto de doce años, por ejemplo, que había dejado un traje de astronauta en un armario en agosto.

Fue la decisión más fea de su vida. La tomó en menos de un segundo, con la parte del cerebro que decide qué mano se mete en el fuego.

-Mi padre -dijo, y se oyó, con asco, decirlo- contaba cosas de los silos. De los gases.

-Sí. -Orrin, ya en marcha, resoplando-. El óxido de nitrógeno. Huele a lejía. Hay que ventilar. No te apures, hijo, que llevo cincuenta años abriendo esa tapa. Esta tarde he dejado la trampilla abierta, para que corriera el aire.

-Entonces estará bien.

-Estaré bien.

Lyle oyó una puerta, el chirrido de una bisagra y un golpe de viento.

Un perro lejano. Pasos sobre grava, el sonido de una mano que tantea una pared, y después otro, hueco y metálico, de una escalera.

Orrin había descolgado el teléfono inalámbrico, o lo llevaba consigo, o el cable de ese viejo teléfono era tan largo como una vida entera, porque la voz le llegaba a ráfagas, cada vez más desde dentro.

-Ya estoy. -Respiraba con cierto esfuerzo-. Qué oscuro. Esto huele raro. Huele a lejía... y a manzana. Una cosa dulce. ¡Gus! ¡Gus, bonito!

-¿Ha entrado?

-He bajado el primer peldaño. -Una pausa-. Es curioso. Me hace gracia.

-¿Qué le hace gracia?

-Es esto. -Soltó una risa floja-. Que tenga puesto el traje. Un viejo en un silo, disfrazado de astronauta, buscando un gato. -Un ruido de tela-. Mira, Dolores. Mira lo que me hacen hacer.

Lyle apretó el auricular con las dos manos.

-Señor Fisk.

-Sí, hijo.

-¿Cómo se encuentra?

-Muy bien. -La voz sonaba lejana, espesa, como si hablara con la boca llena de algodón-.

Estoy... ligero. Es el casco, ya te lo dije.

Se me ha pasado hasta lo de la rodilla. Y huele...

Dios, qué bien huele. A casa. A cuando era pequeño.

A heno. -Un silencio largo, y luego, muy bajo, casi para sí-: Qué tontería. Si Dolores me viera.

El reloj de la pared de la morgue marcó la 01:29. Fuera, muy lejos, el gato maulló.

-Señor Fisk -dijo Lyle, a voz en grito-. Señor Fisk, salga de ahí.

No contestó. Se oyó un golpe blando, seco, como el de un saco que resbala por una escalera, y a continuación, durante varios segundos, nada: el roce de una estufa de leña en una cocina vacía, a doscientos metros, el tictac del reloj, y encima de todo, agudo, insistente, el maullido de un gato que se pregunta por qué no viene nadie.

-Señor Fisk. -Lyle gritaba-. ¡Orrin! ¡Orrin!

A la 01:30, en la sala de autopsias, algo suspiró.

Un sonido pequeño, de tela que se afloja.

Lyle no volvió la cabeza. Con el auricular pegado a la oreja y los ojos cerrados, supo exactamente lo que estaba ocurriendo en la camilla del astronauta: el casco de plástico se hundía, el traje blanco se aplanaba sobre la mesa, la bandera quedaba arriba, doblada, ordenada, como la deja un hombre que se lleva siempre sus cosas.

Se quedó escuchando al gato. Tardó mucho en colgar.

Había una cosa que no le había dicho a nadie.

Cuando tenía once años, en el río de Berlin, un día de julio en el que su madre le había encargado vigilar a su hermano pequeño mientras ella tendía la ropa, él había apartado la vista un minuto para mirar unos pájaros.

Un minuto. Rémy tenía nueve años y un flotador de plástico con forma de pato.

Lyle no volvió a mirar el agua con la tranquilidad con que otros la miran.

Y esta noche, otra vez, había apartado la vista a propósito, y no había sido un pájaro.

La campanilla sonó a las 01:35.

Se levantó por pura obediencia, como un animal que oye una orden antigua.

Abrió la puerta, sacó la camilla, y la luz del pasillo le mostró un traje de rayas blancas y negras, un gorro del mismo tejido, y una bola de plástico con una cadena sujeta al tobillo.

Un presidiario de carnaval. Era un chico joven, de unos diecinueve años, delgado, con las orejas separadas y un lunar en el cuello, y la cara, de una dulzura imprevista, tenía la expresión de un niño al que acaban de regañar y que todavía no ha decidido si se lo cree.

En el pecho, sobre el traje de rayas, a la izquierda, un círculo oscuro de bordes quemados.

T. MARSH - 03:10

Lo dejó con los demás. No tuvo fuerzas para el inventario. Aún se tambaleaba cuando el teléfono de pared volvió a sonar, y esta vez lo descolgó sin pensar, esperando oír un gato.

-¿Lyle? -dijo una voz de mujer, queda, cantarina, sin un solo temblor-. Soy Marian.