Trece Bandejas 12. 12
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E l niño llevaba la capa anudada al cuello con un lazo doble, de los que se hacen cuando uno quiere asegurarse de que no se va a caer.

No era una capa de tienda. Era una cortina.

Lo supo antes de acercarse, porque reconoció la tela: un terciopelo viejo, rojo oscuro, con un borde de flecos que alguien había recortado de mala manera.

Estaba cosida a la camiseta con hilo negro, en una hilera de puntadas que torcían a derecha y a izquierda, de largo desigual, las peores puntadas que había visto en su vida.

Las puntadas de alguien muy aplicado y sin ninguna idea de coser.

La ha cosido él mismo.

Se agarró al borde de la camilla con las dos manos, como un hombre que se sube a una barca.

En el dedo gordo del pie izquierdo, atada con un cordel, la cartulina de siempre, con la caligrafía de siempre.

D. DOHERTY

02:30

Pensó que lo estaba leyendo mal. Pensó que Doherty era un apellido corriente, de los muchos que había en Alder Notch, y que cualquier otro niño de doce años del valle podía llevarlo, como ocurre con los Pettibone y los Osgood, y entonces vio la cicatriz diminuta en la ceja derecha, y el diente de abajo un poco torcido, y las pecas, y recordó una foto en un teléfono, un salón con tapetes de ganchillo, y una voz diciendo, hacía cinco horas, con un orgullo cansado: se tropieza cada tres pasos y ha vuelto del recorrido con cuatro kilos de caramelos y ninguna dignidad.

-No -dijo en voz alta.

Era la primera vez en toda la noche que decía una palabra con tanta claridad.

-No, no, no.

Cogió la sábana. Pensó, con la lógica a medias de una pesadilla, que tenía que taparlo.

Que si lo tapaba nadie lo vería. Que Orla bajaría, miraría la sala, y se encontraría un cuerpo más con una sábana encima, uno como los otros, y no tendría que enterarse de nada.

Que podía ganar tiempo. Que podía ganar el tiempo suficiente para inventar algo.

Extendió la tela sobre el pecho, sobre el antifaz, sobre la capa roja con sus flecos y sus puntadas torcidas, y cuando subía hacia la cara oyó los pasos en la escalera.

Los reconoció por la prisa. Eran pasos que bajaban de dos en dos, y que se detuvieron un instante en el rellano. No está oyendo nada , pensó Lyle. No sabe nada. Y comprendió, con un vacío en el estómago, que no iba a tener tiempo.

Orla apareció en el umbral con el abrigo puesto y la hoja doblada en la mano. Llevaba el pelo revuelto por el viento y la cara roja del frío, y debajo del frío una calma tensa, trabajada, de quien se ha repetido mucho una frase por la escalera. Se detuvo.

Miró la camilla. Miró la sábana a medio colocar. Miró a Lyle, que aún sostenía la tela con las dos manos, a la altura del pecho del niño, y vio en la cara de él lo que no hacía falta que nadie le explicara.

La hoja cayó al suelo sin ruido y se abrió un poco, con un teléfono subrayado en rojo.

-Quítate -dijo.

-Orla.

-Quítate.

Lyle se apartó hasta la pared, con las manos en el aire.

Orla se acercó. Caminó hasta la camilla con pasos normales, los de una enfermera que se acerca a un paciente nuevo, y por un segundo Lyle pensó que se iba a quedar así: quieta, de pie, sin llegar.

Pero llegó. Echó la sábana a un lado. Se inclinó.

Le puso dos dedos en el cuello, a un lado, donde se busca el pulso, y mantuvo la mano ahí contando, con la mirada fija en el reloj de la pared, tal como lo había hecho cientos de veces con cientos de niños, y después la retiró.

Le abrió un párpado con el pulgar. Le palpó la mandíbula.

Le puso la oreja en el pecho, un minuto entero, con los ojos cerrados.

Cuando se incorporó, estaba blanca como la camilla.

Con el dorso de los dedos le apartó el flequillo de la frente. Tiró de la capa hasta dejarla recta. Pasó el pulgar por la hilera de puntadas, despacio, con mucha ternura, y dijo, con una voz que no era la suya:

-Mira estas puntadas. Son las peores del mundo. Le dije que se las hiciera Maeve, y no quiso. Dijo que era su capa.

-Orla, yo...

-Brendan Tierney está con su madre.

Lyle no contestó.

-Te lo dije. -No lo miraba-. Tú me lo dijiste, y yo lo leí en tu cara, y lo supe. Yo lo supe, Lyle. No intentes quitármelo.

-Escúchame...

-Voy a buscar a mi hijo.

Se volvió. Por un instante, en la cara de Orla Doherty, apareció algo que Lyle no había visto en ninguna cara adulta desde que era niño: una serenidad espantosa, absoluta, la de quien ha cruzado una línea y ya no tiene que volver a tomar una decisión.

Se ajustó el lápiz en el pelo. Se pasó las manos por el abrigo.

-Si baja Haverty, no me has visto -dijo-. Ni nadie.

-Orla, si lo salvas...

-Pagará alguien. Lo sé.

-Entonces...

-Entonces tendré hasta las dos y media para encontrar la manera de que no pague nadie. -Dio un paso hacia la puerta, y se detuvo, y lo miró por fin-. Nunca me han hecho falta tantas horas para una sola cosa. Tengo que irme, Lyle.

Subió. Lyle oyó cómo la puerta de arriba se abría, y se cerraba, y cómo sus pasos se perdían por el pasillo del vestíbulo, camino del aparcamiento, entre las calabazas de Marian Pettibone con sus velas eléctricas parpadeando al unísono.

Se quedó solo en la sala. La hoja seguía en el suelo, abierta, con el teléfono de Fiona subrayado en rojo. En la camilla, el niño del antifaz dormía con una sonrisa mínima, de sorpresa agradable, como si acabara de oír el final de una broma que tardó en entender.

Pagó ella porque yo no quise pagar.

Lo pensó entero, de una vez, sin adornos.

Había mirado una lista y había decidido, con una lógica de contable, qué precio podían pagar los demás.

Por Caitlin. Por Maggie. Por Orrin, que seguía vivo en su cocina.

Lo había llamado prudencia. Orla le había dicho en la cara cómo se llamaba, y luego había cogido el coche y había hecho lo que él no se atrevió.

Y el precio, que no distinguía de heroísmos, había ido a buscar lo que más quería.

En el fondo del armario de la sala, entre las batas de repuesto y la caja de guantes, había una manta de lana gris que guardaba para los inviernos largos, cuando la cámara fallaba y había que echarle algo encima a los que esperaban.

La sacó. La sacudió con un movimiento brusco, y la extendió sobre el niño, desde los pies hasta los hombros, con mucho cuidado, y la remetió bajo la capa roja, bajo las puntadas torcidas, como se arropa a alguien al que no se quiere despertar.

-Perdóname -dijo.

No le contestó nadie.