11. 11
CANCELADA
El cuerpo se retiró hacia atrás con la lentitud de siempre.
El rosa de las mejillas, el azul de los labios, la hoja de roble pegada en la sien.
Cada cosa fue yéndose en orden, sin un sonido, hasta que la camilla quedó vacía, con la cola de licra verde doblada en cuatro y las conchas de plástico encima, ordenadas por tamaño.
Alguien la ha salvado.
Fue entonces cuando oyó el golpe.
Uno solo. Seco, hueco, no demasiado fuerte. Venía de detrás de la puerta aislada de la cámara frigorífica, y sonó como el golpe que da un hombre al llamar a una puerta que sabe que no se va a abrir.
Lyle se incorporó despacio.
Atravesó la sala. Con la mano en el tirador, dudó el tiempo de una respiración, y abrió.
El aire frío le dio en la cara. Tres grados.
Los tubos fluorescentes, que se encendieron con un parpadeo, mostraron las bandejas de acero alineadas en dos filas de seis, con los números pintados a mano en las puertas, y al fondo, sola, la trece, con su precinto de cinta amarilla, FUERA DE SERVICIO, la letra más vieja que él.
No había nada distinto. La cinta intacta. Las bisagras en su sitio. El único sonido era el murmullo del motor.
Se acercó. Puso la palma de la mano sobre la chapa, a la altura del número, y la retiró de golpe. La chapa estaba tibia. No caliente: tibia, con una calidez muy ligera y muy precisa, la de un objeto en el que alguien ha apoyado la cara hace unos minutos.
No la abrió. Lo supo del todo: no la abriría.
La libreta lo decía en una línea que ahora le pesaba como una lápida: La bandeja trece no es para los de fuera.
Es la del Guardián. Los demás pagarés llegaban de lejos, por el montacargas.
Este no tenía que llegar de ningún sitio: ya estaba en casa, y él había firmado seis recibos.
Era una puerta y, al otro lado, algo que ahora tenía su forma, y cualquier cosa que viera allí sería verdad para siempre.
Dio un paso atrás. Dos. Cerró la cámara, y notó que le temblaban las manos con tanta violencia que tardó tres intentos en apretar el pestillo.
Alguien la ha salvado, y se paga con alguien que se quiere.
Se lanzó al teléfono. Marcó el móvil de Josie de memoria.
Sonó cuatro veces, cinco. Saltó el buzón con la voz grabada de su hija, alegre y desafiante: «Soy Josie, no me llames, escribe».
Colgó. Volvió a marcar, y esta vez el tono fue corto y mecánico, y la voz distinta de una operadora: El número al que llama está apagado o fuera de cobertura.
Orla bajó a las 00:17, con una hoja doblada en la mano y la bata sin abrochar, y no soltó el teléfono de la pared hasta las 00:25.
Lyle, que esa noche había aprendido a reconocer el instante en que una persona deja de pensar y empieza a hacer, la oyó construir su historia con una paciencia de albañil.
Hemos tenido un atropello en la ruta 9, señora Tierney, un conductor ebrio, hace menos de media hora.
Estamos avisando a las familias de los corredores nocturnos.
Su hijo figura en la lista del club. Mentía con una sencillez de enfermera, sin florituras.
Al otro lado, una voz de mujer dijo algo que le hizo cerrar los ojos.
-Salió a correr a las doce -repitió, para Lyle, tapando el auricular-. Con el traje de los huesos. Por la ruta 9, hasta la gasolinera de Tamarack: cinco kilómetros de ida y otros cinco de vuelta. Como cada noche.
Pidió a Fiona que lo llamara. Fiona lo llamó cinco veces desde su cocina, y a cada tono sin respuesta Orla se fue quedando más quieta. Corre con los cascos puestos. No oye ni el teléfono.
-Señora Tierney. -La voz le salió muy dulce-. Quédese en casa y tenga el coche listo. Voy a buscarlo yo.
Colgó. Fue hasta el respaldo de una silla, cogió el abrigo, y Lyle tardó en comprender que no hablaba en sentido figurado.
-Orla.
-Está en la ruta 9. Con el coche lo tengo en diez minutos. -Se abrochó los botones sin mirarlos-. Le he dicho a Patsy que me ha surgido una urgencia de familia. Se queda con la planta.
-No tienes por qué ir tú.
-¿Quién, entonces? ¿Ray? -Lo miró-. Ray ha pagado esta noche sin saber por qué. Si alguien tiene que dar el paso, que sea alguien que sepa lo que cuesta. Es lo único justo que se me ocurre.
-Orla, si pagas...
-Lo sé. -Se detuvo en la puerta, con una mano en el marco-. Son las 00:25. Si lo traigo antes de la una y veinte, vive. Prefiero tener algo que pagar a no haber hecho nada.
-Orla.
-Si baja Haverty, no me has visto.
Lyle oyó cómo subía las escaleras de dos en dos, y después nada.
Cuando la puerta de arriba se cerró, llamó a su exmujer.
Colleen contestó al sexto timbre con la voz de quien duerme con una almohada entre las rodillas.
-Lyle. -Un bostezo-. Son las doce y media.
-¿Sabes dónde está Josie?
-En la cantera, con el club de natación. Me llamó a las once. Se queda a dormir en casa de Delaney. Te lo dije esta tarde, Lyle.
-No me lo dijiste.
-Te lo dije. Tú estabas pensando en otra cosa, como siempre. -Un suspiro-. Está bien. Estoy tranquila. No hagas una tragedia.
-Colleen.
-¿Qué?
Lyle abrió la boca. Sé que sucede algo. Sé que el Libro ha cobrado por alguien, y la única persona que me quiere más que a nadie es mi hija. Las frases se le acumulaban contra los dientes.
-Nada -dijo-. Perdona. Es que me pareció que había... una cosa. En la cantera.
-Duérmete, Lyle. -No fue desagradable; fue cansado-. Te llamará mañana.
Se quedó con la mano sobre el teléfono. A las 00:41, en la sala contigua, el esqueleto de licra negra con los huesos pintados se quedó sin etiqueta.
Lyle lo vio por la puerta abierta. La cartulina se ennegreció por los bordes, se escribió una palabra y el cuerpo comenzó a retirarse, con su pecho hundido y su huella de parachoques, hasta no ser más que un traje doblado sobre una camilla.
El teléfono sonó a las 00:43.
-¿Lyle?
Era Orla, con un motor de fondo y la voz de quien ha corrido con las piernas de otro.
-Está cancelado -dijo él, sin saludar-. A las 00:41.
-Lo sé. Lo he visto en su cara. -Respiró-.
Venía por el arcén de la ruta 9, a cuatro kilómetros del desvío, con los cascos puestos y ese traje que brilla como una linterna.
Me he cruzado delante con el coche y he dado bocinazos como una loca.
No quería subir. Le he contado lo del conductor ebrio y me ha dicho que estaba entrenando.
Le he dicho que soy enfermera de verdad y que, si no se subía, le ponía una inyección.
-Una risa rota-. Se ha subido. Al sentarse se ha estremecido, como si le quitaran una mano de encima.
Fiona acaba de llegar a la gasolinera, en bata y con las llaves en la mano.
Se lo he dejado allí. -Una pausa-. ¿Y Maggie?
-Cancelada. A las 00:11.
-¿Y quién ha pagado?
-No lo sé. -Mintió a medias, por una puerta de la cámara que no había querido abrir-. No ha subido nada. Todavía.
-Entonces no pasa nada. -Fue una frase hueca, que sonó mal en el auricular, y los dos lo notaron-. Vuelvo. Estaré ahí en un cuarto de hora.
Colgó.
Haverty llegó a las 00:46 con dos vasos de papel y la misma cara recién planchada, pero Lyle, que lo miraba ahora con otros ojos, vio que la plancha había pasado con prisa.
Los ojos no combinaban con la boca. Había una grieta de sueño en la comisura, y los hombros, tan rectos al principio de la noche, descendían un grado.
Dejó los vasos sobre el mostrador. Caminó despacio entre las camillas, con las manos a la espalda, como un director de museo en una exposición que no es suya.
-Veo mucho movimiento -dijo.
Se detuvo ante la de Caitlin Rourke, la capa de raso doblada. Después ante la de Maggie Gagnon. Después ante la de Brendan, con su traje doblado en cuatro, y ante la de Gerry, con la sábana. Contó con el dedo, sin hacer ruido.
-Tres cancelaciones, Lyle, y una cuenta cumplida, la de la señorita Rourke, qué se le va a hacer. -Se volvió-. Ha estado muy ocupado.
Lyle no contestó.
-Lo digo con admiración, créame. Es usted un hombre decente, y los hombres decentes, ante una lista, salvan lo que pueden. Es lo que cabía esperar. -Cogió uno de los vasos y se lo ofreció-. Café.
-No, gracias.
Haverty se quedó con el vaso en la mano. Lo miró, un momento, como si no supiera muy bien qué hacer con él. Luego lo dejó en el mostrador.
-Faltan los recibos de Osgood y de Wheelock. -Sacó del bolsillo su pluma-. Si quiere, yo mismo se los acerco.
-No voy a firmar más.
Lo dijo con una voz que no le pareció la suya. Más baja de lo que esperaba, más tranquila, como si la hubiera sacado de un cajón donde llevaba años guardada.
Haverty parpadeó.
-¿Perdone?
-No voy a firmar más recibos. Ni los de esos, ni los que vengan.
Hubo una pausa. Fuera, por el hueco de la escalera, bajó el eco de unos pasos lejanos que podían ser de cualquiera. Haverty, sin prisa, volvió a guardar la pluma. No parecía enfadado. Parecía, más bien, un hombre al que le han dado una noticia que esperaba pero que había querido que tardara más.
-Es una pena -dijo-. Marian me ha llamado. Me ha dicho que usted había llamado a Marian. Quería pasar la noche en paz.
-Yo también.
-Todos queremos cosas. -Una sonrisa breve, amable-. Se lo diré con el máximo respeto, Lyle. Un cuerpo sin recibo se va igual cuando le toca. Lo que se queda esperando es el recibo. Y espera con una paciencia que usted y yo no tenemos.
-¿Por qué yo?
-A su tiempo. -Recogió el abrigo del respaldo de la silla, se lo puso con un movimiento ceremonioso, y se detuvo un momento en el umbral-. Una cosa más, y no es una amenaza, es una advertencia de amigo. Lo que no se firma queda pendiente. Y lo pendiente, Lyle, tiene intereses.