10. 10
A Josie Pelletier le irritaba que su padre tuviera razón en todo lo importante y en nada de lo que se podía discutir. Era una cualidad que había heredado de él, y que por eso mismo no soportaba.
Volvió a la hoguera con el móvil en la mano y la sensación de haber recibido un sermón en un idioma que no hablaba.
Hay muchos accidentes esta noche. Su padre decía eso como otros decían que había un fantasma en el desván, con un temblor de voz que no encajaba con un hombre que había visto de todo.
Se metió el teléfono en el bolsillo interior de la parka, entre la sudadera y el forro, donde estaba caliente, y se sentó en el tronco de siempre, junto a Delaney Cote, que le ofreció sin mirarla un malvavisco achicharrado clavado en un palo.
-¿Todo bien? -preguntó Delaney.
-Mi padre.
-Ah. -Delaney asintió con la solemnidad de quien ha oído la palabra «cáncer»-. ¿Quiere que te recoja?
-Quiere que me vaya a casa de mi madre.
-Puaj.
-Eso le he dicho. -Mordió el malvavisco. Quemaba-. No con esas palabras.
La cantera de Hobbs era una herida en la ladera de la montaña llena de agua negra y quieta, que en julio era el mejor sitio del valle y en octubre parecía un espejo roto.
La hoguera ardía en lo alto del talud, sobre una plataforma de grava, y desde allí, a veinte metros ladera abajo, el camino bajaba hasta el borde del agua, donde se internaba en la oscuridad un muelle de tablones construido en los años setenta por gente que ya no vivía.
Hacía cuatro grados. El aliento de cuarenta adolescentes subía en columnas pálidas bajo la luna casi llena, y todo el mundo llevaba la parka puesta encima del disfraz, de modo que la fiesta tenía un aire de congreso de gnomos, de piratas gordos y de vampiros de plumas.
Brady Beaulieu tocaba la guitarra con una convicción que no se correspondía con su repertorio.
Cody alimentaba el fuego con un palé. Alguien había traído un termo de chocolate caliente al que alguien más había añadido algo que no era chocolate.
Josie llevaba un disfraz que consistía en una gorra de submarinista y una máscara de buceo que se había subido a la frente, porque tenía dieciséis años, le daba igual lo que se pensara de ella y le encantaba que la dejaran en paz.
Era, a su modo, una broma privada. Tenía la sensación de que había nacido con la cara hacia el agua y de que el resto del mundo se obstinaba en ponerla del otro lado.
Maggie bajó del coche a las doce menos cuarto.
Se supo de lejos, porque se oyó. Una carcajada, una exclamación de alguien que había visto algo ridículo, el griterío creciente de un grupo de chavales que reconocen a un adulto del que no se avergüenzan.
Maggie Gagnon cruzó el aparcamiento a pasos cortos, balanceándose como una foca, envuelta en un abrigo de plumas que le llegaba hasta los tobillos y que escondía, apenas, el borde verde de una cola de licra con escamas bordadas.
Llevaba una redecilla en el pelo y un par de conchas de plástico que asomaban por el escote del abrigo, y una expresión de absoluta dignidad que no se alteró cuando Delaney se echó a reír.
-Cuidado -dijo Maggie-. Estoy en mi pico de fuerza dramática.
-¿Qué eres? -preguntó Brady, sin dejar de tocar.
-Una sirena. Obviamente. ¿Es que ya no se enseña mitología en esta escuela?
Se sentó junto a Josie, con trabajo, porque la cola le ataba las piernas, y estiró las manos hacia el fuego.
Treinta y cuatro años, el pelo castaño oscuro, la cicatriz diminuta en la barbilla.
Josie la quería. No lo había pensado nunca con esas palabras, y probablemente no las pensaría, pero lo sabía como se sabe la temperatura de una piscina antes de tocar el agua.
-Tu padre me ha escrito antes, ¿sabes? -dijo Maggie-. Estaba preocupadísimo. «¿Josie está contigo?». Me ha dado ternura.
-Dios.
-Le he dicho que dejara de espiar y se fuera a dormir.
-No se irá a dormir. Está en la morgue.
-Ya lo sé, cariño. -Una sonrisa de lado-. Pero conviene decírselo. Los hombres como tu padre necesitan que alguien les dé permiso.
Pasada la medianoche, Brady dejó la guitarra y propuso hacer una foto.
-Una foto de verdad. Con el muelle. -Estaba de pie, con las manos abiertas, comprometido con su visión-. La luna encima, la sirena en la punta, el agua de fondo. Para el club. Para la web.
-Hace tres grados -dijo Maggie.
-Son cuatro.
-No sé yo si cuatro son suficientes para...
Se quedó callada. Josie, que miraba el fuego, levantó los ojos y vio que Maggie tenía la vista fija en el muelle, o más allá, en el agua oscura, con una expresión que no le había visto nunca: no era miedo ni ganas de reírse, sino una atención vacía, la de una persona que ha oído su nombre en una habitación contigua.
-Vale -dijo, de pronto-. Una foto.
Se puso en pie. Se quitó el abrigo de plumas con las dos manos y lo extendió hacia Josie, que lo cogió por reflejo. Pesaba poco y estaba tibio, y olía a champú de coco.
-¿No es una locura? -preguntó Josie.
-Sí. -Maggie se rio, bajito, con los hombros encogidos por el frío que le había caído encima en dos segundos-. No sé por qué me lo he quitado. Qué raro.
Bajaron todos por el camino de grava, treinta o cuarenta, formando una cola desordenada.
El muelle crujió con el primer par de botas.
Era un entramado de tablones grises, de doce metros de largo, con una barandilla rota a medio camino y una última plataforma donde se amontonaban en verano los saltos de los más valientes.
Maggie caminó hasta la punta con pasos de pato, sosteniendo la cola con una mano, y cuando llegó se dio la vuelta, abrió los brazos y adoptó la postura más ridícula del mundo: la barbilla alta, la mano en la cadera, el pelo suelto sobre los hombros.
-¡Estoy lista para mi retrato! -gritó-. ¡Que alguien me avise cuando estéis!
Josie levantó el móvil. Veía la pantalla encendida, las caras diminutas, la luz blanca de la luna sobre el agua. Contó «tres».
La tabla no crujió. Eso fue lo que más tarde le costaría explicar.
No hubo un ruido, ni un astillazo, ni una advertencia.
Fue más bien un suspiro de la madera, un sonido húmedo y largo, como el de un animal muy viejo que ha decidido tumbarse, y el suelo bajo los pies de Maggie desapareció sin más.
Maggie bajó con él, de pie, con los brazos todavía abiertos y una expresión de sorpresa educada, y el agua se cerró encima de ella con un ruido pequeñísimo, apenas una palmada.
Nadie gritó. Fue un silencio extraño, de cuarenta personas que no se lo creen.
Josie contó. Era un hábito del agua, de las carreras, de las noches de entrenamiento en que había que llegar a la pared con el cuerpo vacío de aire.
Uno. Dos. Tres. Había leído, en un manual del club, qué le pasa al cuerpo cuando cae de golpe en el agua fría: el reflejo de inspirar, de abrir la boca, de tragar un litro antes de pensar.
Se llama choque térmico. Mata a más gente que el frío.
En el primer minuto uno no nada, no piensa y no vuelve a la superficie.
Cuatro. Cinco.
Maggie no salía.
Dejó caer el abrigo de plumas. Se quitó la parka con dos tirones y la tiró sobre los tablones, se desató las botas sin mirar y las apartó de una patada, y empezó a correr por el muelle con la sensación de que los tablones se movían bajo sus pies, y los chavales se apartaban, y alguien dijo «Josie», y Delaney gritó otra cosa, y llegó al borde, a la última plataforma, que ahora era un agujero oscuro con astillas, y se tiró de cabeza.
El frío fue un martillo.
No lo había imaginado así. En verano, a ocho metros de profundidad, el agua de la cantera era una nube verde y fresca.
Esta noche era un golpe seco en el pecho, un puño que le vaciaba los pulmones de todo el aire, y durante un segundo no hubo nada más: ni luz, ni cuerpo, ni pensamiento.
Solo una orden, simple y antigua, que se repetía en la cabeza. Respira. Respira. No respires.
Abrió los ojos. Todo era negro, y entonces, muy abajo, una mancha pálida. Un brillo verde, de escamas. Una cola.
Josie nadó. Nadó hacia abajo con las manos por delante, como en una salida de patrulla, con los pies batiendo, el pecho a punto de reventar.
Tocó algo blando, una tela fría, un brazo.
Palpó hacia arriba, encontró el pelo, y lo agarró con la mano como se agarra un nombre.
Tiró. Maggie pesaba mucho más de lo que debía.
La cola de licra se le había pegado a las piernas como una funda, y cada patada era un esfuerzo doble, y los pulmones de Josie empezaron a quemar con un ardor que ya no era frío.
Mi padre no entra en el agua más allá de los tobillos. El pensamiento le cruzó la cabeza de un modo absurdo, sin venir a cuento. Nunca he entendido por qué.
Pataleó.
Subió. Subieron. La superficie se acercó como un techo de cristal, y de pronto la rompió con la cara, y el aire entró en ella como un grito, y alguien le agarró una muñeca.
Brady. Cody. Dos pares de manos más, tumbados boca abajo sobre los tablones que quedaban en pie.
Tiraron. Josie sintió que le arrancaban los brazos de las articulaciones, sintió el borde áspero de la madera contra las costillas, y después estuvo encima, de rodillas, tosiendo, con Maggie boca arriba a su lado, blanca como un papel.
No respiraba.
Lo supo antes de mirar. Se inclinó sobre ella y le sostuvo la barbilla.
Hizo lo que le habían enseñado a los quince años, en un curso de socorrista de cuatro sábados al que había ido con una mezcla de aburrimiento y orgullo, y que hasta esa noche no había servido para nada.
Boca abierta. Aire. Pecho. Treinta compresiones.
Dos soplos. Contó en voz alta, y los demás, a su alrededor, contaron con ella.
Al tercer ciclo, Maggie vomitó agua.
Salió a chorros, turbia, con un olor a roca mojada y a hojas, y tras ella un jadeo largo, desgarrado, el sonido más hermoso que Josie había oído en toda su vida. Maggie giró de costado, tosió con las dos manos en la tabla, abrió los ojos, y la miró sin reconocerla.
-¿Dónde...? -Una tos-. ¿Qué...?
-Estás bien -dijo Josie. No sabía si lo decía en serio-. Estás bien. Estás bien.
-Son las doce y diez -dijo Cody, con una voz muy lejana. Miraba la pantalla de su móvil. Le temblaba la mano-. Las doce y diez. Josie, las doce y diez.
Los cuatro minutos siguientes fueron una confusión.
Delaney trajo el abrigo de plumas, y Brady, un par de mantas del coche.
Alguien dijo «llamad a una ambulancia», y alguien contestó que allí no había cobertura, que había que subir al talud, y Maggie, entre toses, con los dientes castañeteándole, agarró a Josie del brazo con una fuerza que no se esperaba.
-No llaméis a nadie -dijo-. Estoy bien. Estoy bien. Solo... -Cerró los ojos-. Llevadme a un sitio con calefacción.
La metieron en el coche de Brady con la calefacción al máximo, envuelta en tres mantas y dos parkas, y Josie, empapada hasta los huesos, con la ropa pegada a la piel como una segunda capa de hielo, se sentó a su lado en el asiento de atrás y le frotó las manos, una por una.
Le dolían los brazos. Le dolían las costillas.
Le dolía la garganta, de aire, de agua, de algo que no sabía nombrar.
Y sin embargo, debajo del dolor, había una sensación diminuta, sólida, que no había sentido nunca y que le dio vergüenza reconocer: estaba contenta.
Había hecho una cosa. Había hecho una cosa que importaba.
En el bolsillo interior de la parka, que alguien le había echado por los hombros, algo vibró.
Josie sacó el móvil con dedos que no le obedecían. La pantalla se llenó de las gotitas de sus dedos mojados, y a través de ellas, en letras blancas, parpadeaba un nombre.
PAPÁ
Lo miró. Pensó en contestar. Pensó en lo que le diría, y no encontró una sola frase que no empezara por «tenías razón» y terminara con un grito.
Estaba demasiado cansada, demasiado enfadada con él todavía, demasiado viva.
Después, pensó. Después lo llamaría y le contaría que había salvado a la entrenadora.
Se lo diría con la voz más tranquila que le saliera.
Le diría que sí, que a veces ella también veía a la gente cuando aún podía discutir.
La pantalla vibró una vez más, y se apagó. Sin batería. El frío, que lo mata todo, había hecho lo suyo. Josie se quedó mirándola un rato, dos, hasta que la sintió fría como una piedra en la mano, y la guardó.