9. 9
O rla se quitó el reloj de la muñeca y lo dejó sobre la mesa de acero, con la esfera hacia arriba, para no tener que volver a mirarse la mano.
Faltaban cuatro minutos. Lo supo Lyle, y lo supo ella, y los dos fingieron durante unos segundos lo contrario, mientras en el centro de la sala la camilla de Caitlin Rourke esperaba con su capa de raso sobre el pecho, con la perfecta indiferencia de las cosas que ya han ocurrido.
-Llamo al bar -dijo Orla.
-No.
-Es un número. Lo tengo apuntado. «Pinewood Tap, Hobbs Landing». Diré que soy la enfermera que ha atendido a su madre y que la abuela se ha caído. Es una mentira que yo sé hacer bien. Diré que la chica tiene que venir ahora mismo.
-Orla.
-Le quedan cuatro minutos, Lyle.
-Lo sé.
-Entonces dime por qué estoy aquí discutiendo contigo en vez de marcar.
Se movió hacia el teléfono de pared, y Lyle le cogió la muñeca. No con fuerza. La sostuvo como se sostiene una cosa que podría romperse. Ella se detuvo y lo miró con una furia fría, clara, de enfermera, la que reserva para los familiares que se interponen entre un paciente y una bomba.
-Suéltame.
-Mira lo que ha pasado con Ray.
-Ray ha salvado a un hombre.
-Y ha perdido un cuñado.
-Un cuñado que ni siquiera ha muerto.
-Todavía.
Ella apretó los dientes.
-Eso lo has decidido tú. Has decidido que es un precio. Pero a lo mejor es solo una cifra, Lyle, y a lo mejor... a lo mejor el Libro no cobra más de lo que puede. No sabes cuánto cobra. Lo que sabes es lo que ha escrito una mujer que murió sin hacer nada.
-Ruth intentó hacer algo, y lo anotó. Quien salva, paga: el que consigue desviar la muerte con sus propias manos.
A los pocos minutos sube otro cuerpo, de alguien que quiere el que ha dado el paso.
Mi cuñado, escribió, y lo subrayó tres veces.
-Respiró-. Tú llamas, y Caitlin sale corriendo del bar.
El paso es suyo, y paga ella. Con quien quiera.
Has leído la ficha: vive con su abuela. La del párkinson.
Orla no se movió. La cara se le puso de un color neutro, sin sangre, pero no cedió.
-Eso no lo sabes.
-Es lo que dice la libreta.
-Entonces que lo decida ella. Se lo cuento todo y que elija.
-¿Por teléfono, en un bar, con la música puesta, a una chica con una bandeja en la mano? ¿Y qué precio le pones a la elección? ¿Una anciana enferma que no se entera de nada?
-Eso lo decides tú por ella. -Se soltó con un tirón seco-.
Tú me has dado el nombre de la pieza que falta, Lyle, y prefiero saberlo a no saberlo.
Pero a mí no me hables del precio como si fuera una excusa, porque yo llevo veinte años trabajando en sitios donde todo tiene precio y siempre hay alguien que paga, y aun así me sigo levantando cada mañana a ponerle una vía a quien la necesita.
-Esto no es una vía.
-Todo es una vía.
El zumbido de la cámara frigorífica llenaba la pausa.
Ninguno de los dos miraba el reloj, que seguía sobre la mesa, mudo, con la esfera hacia el techo, y por eso ninguno vio cómo los dedos de Caitlin Rourke se abrían un milímetro sobre la sábana, un movimiento mínimo y tonto, de quien suelta un objeto muy ligero.
A las 23:48 el borde de la etiqueta empezó a oscurecerse.
Lyle lo sintió antes de verlo: un roce de papel quemándose.
Orla se volvió. La cartulina color hueso, atada al dedo gordo, se curvó sobre sí misma, ennegreció, y esta vez no se escribió nada sobre ella.
No hubo ninguna palabra. Quedó en blanco, un rectángulo de ceniza ligera que se deshizo en un soplo.
Y el cuerpo siguió el mismo camino que el de Gerry, al revés.
Fue más lento. Fue peor. En Gerry había sido una marea que se retira; en Caitlin fue una marea que se levanta.
Un color se asentó en la cara, un rubor leve y falso, como el de las muñecas, y las manos se llenaron de una calidez que no era de nadie.
La capa respiró. Los labios, pálidos, se pusieron de un rosa pequeño, y por un segundo, un segundo largo, Lyle creyó ver a una mujer joven, con el pelo teñido de negro y los colmillos torcidos hacia la izquierda, mirando al techo con la boca entreabierta, a punto de decir algo muy importante.
Después no hubo nada. La camilla quedó vacía. Sobre la sábana, impecable, doblada en cuatro, la capa de raso con su forro rojo, y junto a ella, muy pequeña, una cartera de plástico rosa que nadie había tocado.
Orla se había llevado las dos manos a la boca.
-Ay, Dios -dijo, con un hilo de voz-. Ay, Dios, Lyle. Era ahora.
-Sí.
-Ahora mismo se está...
-Sí.
-¿Y está en el suelo de un bar, desangrándose, con un trozo de cristal en el brazo, mientras nosotros...?
No terminó la frase. Se sentó en el suelo, de golpe, con la espalda contra la pared, las piernas encogidas, y se quedó mirando la camilla vacía con unos ojos grandes, secos, llenos de un asombro furioso.
Lyle cruzó la sala. Se sentó a su lado.
-Podías haberla dejado elegir -dijo ella al cabo-. Podías haberle dicho la verdad y haberla dejado decidir si su abuela valía lo que valía ella.
-Habría pagado una anciana sin enterarse de nada, Orla.
-Eso es lo que tú crees que habría pasado.
-Es lo que dice la libreta.
-Todo se elige. Tú has elegido. -Se tapó la cara con las manos y habló a través de ellas-. Lo único que te pido es que no me digas que es lo único que se podía hacer, porque no lo es. Es lo único que tú podías hacer. Ya es distinto.
Lyle no contestó. Era verdad y era injusto, y las dos cosas a la vez, y no tenía nada que oponerles.
A las 23:56 sonó el teléfono del interno.
Orla se levantó antes que él. Atendió, escuchó, y su voz volvió a ser la de la supervisora del turno de noche, la voz que daba instrucciones en una crisis sin que se supiera de dónde la sacaba.
-Soy Doherty. ¿Cuántos minutos? -Una pausa-. ¿Mujer, veintinueve años? ¿Hobbs Landing? -Un silencio-. Voy.
Colgó. Se quedó un segundo parada, con la mano en el auricular, como quien comprueba que algo no se ha movido.
-Ambulancia entrando. -Se pasó la lengua por los labios-. Una exanguinación por un vaso roto en una pelea de bar. Llevaban ocho minutos de camino. -No terminó-. Sube a buscar el cuerpo cuando te avisen.
Se fue. Sus pasos subieron la escalera, rápidos, y Lyle los oyó hasta que la puerta de arriba se cerró.
Se quedó solo con la capa de raso. La levantó.
Debajo de la tela no había nada, ni siquiera el olor del cuerpo, solo el frío de la camilla y un rastro tenue de laca de pelo.
Buscó con la vista el carro de instrumental.
Había dejado los colmillos de resina allí, junto a las pinzas, hacía tres horas, quitados de la boca de una mujer que todavía respiraba en otro sitio, por un respeto que ahora le parecía ridículo.
El carro estaba limpio. Las pinzas, el espéculo, el cortahuesos. Ningún colmillo.
A las 00:07 la puerta de la escalera se abrió y bajó una camilla.
La empujaban un celador y un paramédico joven, con barba de tres días y un chaleco con reflectantes, que olía a humo de bar y a sangre y a desinfectante barato.
Lyle sacó el formulario azul de ingreso, el de verdad, el que se usaba con los muertos reales, y lo puso sobre el mostrador con una sensación de alivio absurdo.
-Hobbs Landing -dijo el paramédico, de pie, quieto, con los brazos colgando-.
Pinewood Tap. Una pelea entre dos borrachos.
Uno le tiró un vaso al otro desde el otro lado de la barra, y el vaso se rompió contra el estante, y un trozo del tamaño de una mano le entró a la chica por el antebrazo.
Ni siquiera estaba en la pelea. Pasaba con una bandeja.
-¿A qué hora?
-Dieron el aviso a las 23:40. Llegamos en cinco minutos. Le abrió la arteria de lado a lado. -Cogió aire-. Murió ya en la ambulancia, a las 23:48. Hice todo lo que pude. -Lo dijo mirando a otra parte.
Lyle asintió. Levantó la sábana.
La mujer del pelo teñido de negro tenía la cara blanca, hecha de cera, y el antebrazo derecho envuelto en un vendaje que ya no servía para nada.
Ahora sí. Había sangre, mucha, seca ya en las manos y el cuello y la tela de la capa de enfermería que le habían echado por encima, y el hedor cobrizo, de monedas viejas, llenó la sala de golpe, un olor a muerte verdadera que el cuerpo de arriba, el del adelanto, no había tenido.
Entre los labios entreabiertos, ligeramente torcidos hacia la izquierda, asomaban los colmillos de resina.
Alguien se los había vuelto a poner. O nadie se los había quitado nunca.
Lyle firmó el parte. Era la primera vez en toda la noche que firmaba algo con tranquilidad.
Orla bajó diez minutos después. No entró enseguida; se quedó en la puerta de la sala mirando el cadáver real de Caitlin Rourke, con una mano en el marco y la otra cerrada, y en esa postura Lyle comprendió que su silencio no era resignación, sino una obra de ingeniería.
-Tenía los colmillos puestos -dijo.
-Sí.
-Yo vi los de aquí. En el carro.
-Se han ido.
Orla asintió. No parecía sorprendida, ni asustada, ni triste. Parecía una persona a la que se le está terminando la paciencia con algo más grande que ella.
-Hank me ha dicho a qué hora dieron el aviso -dijo-. A las once y cuarenta. Ya estaba en el suelo del bar mientras discutíamos. -Se pasó una mano por la cara-. No habría servido de nada, y no lo sabíamos. Eso tampoco me lo perdono.
-Tengo que subir a poner al día el parte -dijo-. Pero antes voy a hacer una llamada.
-¿A quién?
Ella no contestó. Sacó de la bata el papel doblado donde había anotado los datos de Brendan Tierney, y descolgó el teléfono de la pared. Lyle vio el dedo marcar, número a número, sin vacilar, con la precisión mecánica de alguien que ha decidido pagar una deuda antes de saber la suma.
-Orla.
-Calla.
Sonó una vez. Dos. A la tercera, alguien respondió al otro lado, y Orla, con una voz de repente dulce, la voz que usaba con las madres asustadas de la sala de partos, dijo:
-¿Señora Tierney? Siento muchísimo molestarla a esta hora. Soy la enfermera Doherty, del Saint Odile.