8. 8
L as hojas salieron de la impresora de urgencias todavía tibias, y Orla las bajó al sótano apretadas contra el pecho, como se llevan las cosas que uno no quiere que se arruguen. Las extendió sobre la mesa de acero de la sala de autopsias, en fila, con los bordes alineados.
-Cuatro -dijo-. Los que vi. Doucette ya no cuenta, gracias a Ray, así que quedan tres.
Tenía los ojos enrojecidos de mirar una pantalla sin parpadear. Se había soltado el pelo y vuelto a recogerlo con el mismo lápiz, un poco torcido.
-Rourke, Caitlin, veintinueve años, Hobbs Landing -leyó, sin necesidad de leer-.
Un ingreso hace dos años por una quemadura de plancha de cocina.
Vive con su abuela, que tiene párkinson.
Camarera, debe tres mil doscientos dólares al hospital y los paga a plazos de cincuenta.
Tierney, Brendan, diecinueve, Tamarack. Una muñeca rota a los catorce años, alergia a la penicilina, ningún ingreso desde entonces.
Gagnon, Margaret, treinta y cuatro, Alder Notch.
Dos visitas a urgencias: un esguince y una otitis de piscina.
-¿Qué tienen en común?
-Nada. -Pasó el dedo por las hojas como quien alisa un mantel-.
He mirado apellidos, parroquias, aseguradoras, médicos de cabecera, colegios.
Una barra, una pista de atletismo, una piscina.
Ni una intersección. Es como si alguien hubiera tirado dardos a un mapa con los ojos vendados.
Lo único que comparten es que nacieron aquí, en este edificio, pero este es el único hospital en cuarenta kilómetros a la redonda, de modo que eso lo cumple medio valle.
-Hay más -dijo Lyle.
Orla levantó la cabeza.
-¿Más qué?
-Cuerpos. Tres más. Y uno cancelado.
Se lo enseñó. Había dejado a Orrin Fisk y a la bruja en la sala contigua, tapados, cada uno en su camilla, y a Dale Osgood junto a la pared, con su espada de espuma todavía atada con cinta americana.
Orla los miró de uno en uno con una concentración casi cortés.
Con el astronauta tardó poco: levantó la visera de plástico, estudió la piel violácea, los puntos rojos en los párpados, y dijo «asfixia» sin que le temblara la voz.
A Dale lo miró más tiempo. Con el pulgar le abrió la coraza de cartón y vio la mancha estrecha, de un dedo, bajo el esternón.
-Arma blanca -murmuró-. Poca anchura. Es un cuchillo de cocina o una navaja pequeña.
-Es el cuñado de Ray.
Orla se quedó quieta.
-¿Cómo que el cuñado de Ray?
-Se lo pregunté por teléfono cuando subió. Me dijo que era el marido de su hermana. -Lyle tragó saliva-. Lo he pensado muchas veces desde entonces, Orla, y siempre llego al mismo sitio.
Pero ella ya se había vuelto hacia la última camilla, la de la bruja, y había apartado la sábana con el gesto práctico de quien destapa un plato.
El sombrero de punta. El vestido de terciopelo con lunares. El pelo blanco, muy blanco, peinado con una raya perfecta y una laca que habría resistido un huracán.
Orla no dijo nada durante unos segundos. Cuando habló, lo hizo con una voz pequeña y plana.
-Es Marian.
-¿Qué Marian?
-Marian Pettibone. -Se llevó la mano a la boca, y la retiró-. Marian, Lyle. Las calabazas. La presidenta del voluntariado. Me ha traído galletas todos los viernes de los últimos ocho años.
Lyle miró la etiqueta. M. PETTIBONE - 02:00 .
La había copiado en el formulario a las diez y media de la noche, con el teléfono pegado a la oreja y a Ray describiéndole una verja, y el apellido le había rozado algo en la memoria, un roce de papel pintado, y se le había ido.
Había firmado la hoja. Había visto sus letras redondas y pulcras sobre el nombre de una mujer a la que llevaba diecinueve años saludando en el vestíbulo, junto a una calabaza que sonreía con todos los dientes, y no la había reconocido, porque Marian Pettibone, con sus calabazas, sus galletas y su rigor, era una persona que uno no se imaginaba tumbada.
-Está en el Legion Hall -dijo Orla-. En la Cena. Ha estado en la entrada hasta las ocho, con un cartel de «Bienvenidos» y el sombrero puesto. Me ha dicho que me veía cansada.
Se dejó caer en el taburete. Lyle se acercó, le puso una mano en el hombro y ella no la rechazó.
-Tengo que contarte una cosa -dijo él-. Ahora. Antes de que suba el siguiente.
Se lo contó, con las libretas de la doctora delante, abiertas por las páginas de 1995, y con la lentitud de quien le explica una receta a un niño que se va a quemar.
La Cuenta. El disfraz. La hora. El cuerpo que se va cuando la persona muere.
Que hay un modo de salvar a alguien, y que lo había visto con sus propios ojos, y cuál era el precio.
Quien salva, paga: el que consigue desviar la muerte con sus propias manos, sepa o no lo que hace.
Orla escuchó sin interrumpirlo, con los codos sobre la mesa, mirando una mancha de la pared.
Cuando él llegó a la parte del cuerpo nuevo y la hora que lleva, levantó un dedo.
-Espera. ¿Cuánto tiempo hay entre que se paga y se cobra?
-Entre los cuerpos, horas. Doucette fue a las 22:41. Osgood es a las 03:40.
-Cinco horas.
-Casi.
-Cinco horas son muchas.
Lo dijo en un tono neutro, de quien toma nota de un dato. Lyle tardó unos segundos en comprender que no era una conclusión, sino el principio de un pensamiento que no se atrevió a preguntarle.
Después le enseñó la carpeta azul. Las seis hojas rosas. Las seis firmas calcadas con su nombre en el apartado de «Guardián de turno».
-Haverty me las dio a las siete y media -dijo-. «Por si acaso». -Se oyó a sí mismo reír, un sonido seco, impropio-. Me ha mirado a los ojos y me ha dado un café.
Orla sacó una de las hojas, la sostuvo a contraluz y la volvió a dejar con un cuidado exagerado.
-No vuelves a firmar nada.
-No.
-Ni una línea.
-Ni una.
-¿Y Amos? -dijo ella-. Si alguien lo sabía, tuvo que ser él. Cuarenta años en este sótano.
-Amos no distingue el martes del jueves desde hace dos años. -Lyle negó con la cabeza-. Lo he pensado. Subiría, y me miraría, y me llamaría por el nombre de otro.
-¿De quién?
-De mi hermano.
No añadió nada, y Orla no preguntó.
Se miraron. Justo cuando Lyle iba a decir algo sobre la regla de las trece firmas, la campanilla sonó otra vez.
Fue Orla quien llegó antes a la puerta de acero. La abrió con las dos manos, sin dudarlo, con un movimiento seco, de quien ha decidido que si va a ver una cosa horrible prefiere verla ya. Y lo que vio, bajo la luz amarilla del pasillo, fue un tiranosaurio.
Era un disfraz hinchable, de esos que se inflan con un ventilador de pilas colocado en la cintura, de un verde de golosina, con una cabeza enorme, dientes de goma, y los brazos cortos y ridículos levantados en un gesto de perpetua sorpresa.
El ventilador seguía funcionando. Zumbaba con un ruidito alegre, y la cabeza del dinosaurio se mecía con cada soplo, y el hombre que iba dentro, con la cara asomando por un agujero en la garganta, miraba el techo con los ojos entreabiertos y una expresión de desconcierto absoluto.
Orla se tapó la boca con la mano. Lyle creyó que lloraba; entonces vio que le temblaban los hombros por una risa horrible, involuntaria, que luchaba por sofocar.
-Perdona -dijo, entre dos hipidos-. Perdona. Es... mira esa cara. Es... Dios mío, qué vergüenza.
-No pasa nada.
-Sí pasa. -Se secó los ojos con el dorso de la muñeca-. Dame un segundo. Ya está. Ya.
Sacaron la camilla. El ventilador seguía zumbando.
En las manos del hombre, extendidas hacia fuera por los brazos cortos del disfraz, la piel tenía unas marcas rojas, ramificadas, que subían por las muñecas como las raíces de un árbol joven, y en el aire flotaba un olor tenue a ozono y a pelo quemado.
Electrocución. Lyle apagó el ventilador con un dedo.
La cabeza del dinosaurio se desinfló despacio, con un suspiro de goma, y se posó sobre el pecho del hombre como un sombrero cansado.
E. WHEELOCK - 02:15
Lyle hizo una cuenta rápida. Orrin a la 01:30. La bruja a las 02:00. Ahora el dinosaurio, a las 02:15. Las libretas lo decían: los cuerpos suben en el orden en que han de cumplirse, y solo los pagarés se saltan la cola. El orden se estaba respetando con la puntualidad de un tren.
-No lo conozco -dijo Orla.
-Yo tampoco.
-Lo buscaré.
Lyle cogió la pluma del bolsillo. La miró. En la carpeta azul, el formulario nuevo esperaba su nombre. Lo apartó con el canto de la mano, sin una palabra, como se aparta un plato frío, y Orla vio el gesto y no dijo nada.
Eran las 23:42.
-Tengo que llamar a Josie -dijo él.
Lo había estado posponiendo desde que leyó M.
GAGNON - 00:10 . Había encontrado mil modos de no hacerlo, y todos eran la misma cobardía con distintos nombres.
No podía decirle a Maggie que se alejara del agua: el paso sería suyo, y pagaría ella, con alguien a quien quisiera, y él no sabía a quién quería Maggie Gagnon.
Había además otra cosa, peor, que no se atrevía a mirar: en esa orilla, a las 00:10, estaba su hija, que nadaba como si el agua le debiera dinero.
Podía llamar a Josie. Llamar a su hija no era salvar a nadie. Era ser un padre.
Orla no preguntó nada. Le tendió el teléfono de pared y se apartó unos pasos con la mirada baja.
Josie respondió al quinto timbre, entre risas y estática y el chisporroteo de una hoguera.
-¿Papá? ¿Qué pasa?
-¿Dónde estás exactamente?
-En la cantera, ya te lo dije. -Un chasquido, el ruido de unos pasos sobre grava, y el ruido de la fiesta cayó de golpe, amortiguado-. Hay una hoguera enorme y un tío con una guitarra que sabe tres canciones. ¿Ha pasado algo?
-Quiero que te vayas a casa de tu madre.
-¿Qué?
-Ahora. Pide a alguien que te lleve. Quiero que te vayas.
-Papá, son las doce menos veinte.
-Lo sé.
-Hay cuarenta chavales, una hoguera y Maggie. Si me voy me quedo sin amigos hasta Navidad. -Una pausa-. ¿Por qué? ¿Estás bien?
Se le ocurrieron tres frases y las descartó las tres, porque cualquiera de ellas era el principio de una confesión o de un absurdo. No te acerques al agua. No dejes que Maggie se acerque al agua. Va a ahogarse. Una de ellas, la que más quería decir, era justo la que no podía.
-Hay muchos accidentes esta noche -dijo-. Los veo pasar por aquí. Los de Halloween. Y la cantera de noche, con la helada...
-Papá. -La voz de Josie había cambiado, no se había suavizado, pero había perdido el filo-. Tú siempre ves accidentes. Es tu trabajo. Es lo que haces. Ves a la gente cuando ya no puede discutir contigo.
Lyle abrió la boca y no le salió nada.
-Nado desde los ocho años -continuó ella-. Maggie me enseñó a hacer un viraje con una mano atada. No me va a pasar nada. Y esta noche, además, es la primera en mucho tiempo en que me río sin tener que preguntarme si estás de turno. ¿Vale? No me lo estropees.
-Josie...
-Te quiero, pesado. Mañana hablamos. Enciende la tele y pon algo de gente viva.
Colgó.
El auricular zumbó en su mano con el tono vacío de la línea. Lyle lo dejó en su soporte con mucha suavidad. A su espalda, Orla no se había movido, y por eso él supo que lo había oído todo.
-No puedes decírselo -dijo ella, al fin.
-No.
-¿Ni a Maggie?
-Si llamo a Maggie y se aparta del agua, el paso será suyo y pagará ella. Con alguien que quiera. -Se oyó decir-: No sé a quién quiere Maggie Gagnon. Lo único que sé es que a mi hija le enseñó a nadar.
Orla asintió, despacio, una sola vez, la clase de gesto con que se acepta una cuenta.
-Entonces tendremos que ocuparnos de las demás -dijo.
Fue ella quien propuso llamar a Marian. Lo hizo con una calma que a Lyle le pareció casi cruel y que era, comprendería después, la única forma en que Orla sabía soportar lo insoportable: asignándole una tarea.
Encontró el teléfono móvil de Marian en el directorio del voluntariado, pegado con celo en la pared de la sala de enfermeras, y lo dictó, y Lyle lo marcó con el pulgar.
Sonó cuatro veces. Al otro lado se oía, muy cerca, un tintineo de cubiertos y una risa grande, de varios, y por encima de todo ello el timbre de un hombre que daba las gracias a alguien por algo.
-Marian Pettibone.
-Marian. Soy Lyle Pelletier, de la morgue.
Hubo una pausa. No larga. Lo bastante para que él supiera que no había sorprendido a nadie.
-Lyle -dijo ella, y su voz tenía la cadencia afable y un poco cantarina de una presentadora de radio de otro tiempo-. Pensé que llamaría usted más tarde.
-Hay una bandeja con su nombre.
Un ruido de puerta. El tintineo de los cubiertos se alejó de golpe, como si alguien hubiera cerrado una tapa sobre él, y en su lugar entró un silbido de viento, de aire libre y de frío. Marian había salido a algún sitio.
-No me diga la hora -dijo.
-No pensaba.
-Es mejor así. Ruth se la decía a algunos, y no servía de nada. -Una respiración honda-. ¿Cuántos van?
-Siete cuerpos. Uno cancelado.
-Siete. -Lo repitió despacio, para sí-. Nunca pasaron de cinco. En treinta años. -Se calló-. Gordon tenía razón, y yo me enfadé con él por decirlo.
-¿Marian...?
-Escúcheme, Lyle. Soy una mujer de sesenta y ocho años y he tenido sesenta y ocho años buenos. No me hace falta que nadie venga a salvarme. Y si piensa hacerlo, le ruego que no.
-No voy a hacerlo.
-Eso es lo que dicen todos al principio. -Casi se rio-. Mírelo así: ya ha hecho lo más duro, que es preguntarse qué haría una persona decente. Lo demás es burocracia. Es una noche, y luego es todo el año. Hágalo como siempre se ha hecho.
-¿Cómo se ha hecho siempre?
-Firmando. -Una pausa, y un tono distinto, más grave, con la ternura rara de quien da un consejo a destiempo-. No firme más, Lyle. Es lo único que puedo decirle. Todavía puede elegir no firmar más. Pero ya lo han inscrito. Desde hace tiempo.
Colgó ella.
Lyle sostuvo el auricular un instante, mirándolo, como si pudiera devolverle la voz.
Después se volvió hacia Orla, que lo miraba desde el otro lado de la sala con una expresión que no logró descifrar, y entendió que acababa de oír, por primera vez, lo que había estado evitando pensar toda la noche. Desde hace tiempo.