Trece Bandejas 7. 7
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E l cortapernos seguía donde lo había dejado, en el suelo del despacho, junto al taburete. Lyle lo cogió con las dos manos y fue hasta el vestuario.

Lyle sabía que no se abren las taquillas de los muertos. Hay un protocolo para eso, que consiste en dejarlas cerradas durante tres meses y en entregar el contenido a la familia. La doctora Calloway no tenía a nadie que reclamara su taquilla.

Colocó las mandíbulas en la barra del candado. Cerró las manos. El latón cedió con un chasquido fino, y el candado cayó al suelo y rodó hasta la pared.

Lyle tomó la primera. Pesaba más que un libro de ese tamaño.

La abrió, y por unos segundos la sala de la morgue se quedó muy quieta a su alrededor, con el zumbido de los fluorescentes y la voz lejana de la radio, donde alguien explicaba por qué los Bruins iban a perder por tercera vez ese mes.

La letra de la doctora era pequeña, apretada, vertical: la letra de alguien que ha aprendido a escribir deprisa y que aun así no se permite un borrón. Las primeras páginas eran de otro tono: había pánico en la sintaxis cortada, en los subrayados, en la forma de apretar la pluma. Lyle leyó:

31 de octubre, 1995. Cuatro cuerpos esta noche. Hasta que pasaron por la puerta no me lo creí. Ahora lo anoto todo, para que quien venga después no tenga que pasar por esto sin una guía. No sé quién será. No sé si habrá alguien.

Las reglas, tal como las voy entendiendo (las completo con los años):

1. Hay un número. Cada año sube y baja. Este año, cuatro. Se llama la Cuenta.

2. Cada cuerpo viene con un disfraz y se muere de lo que el disfraz dice. No es casualidad. No es una broma. Es el modo que tiene el Libro de poner nombre a lo que ha de pasar.

3. La etiqueta lleva una hora. Es la hora a la que la persona morirá. Las personas siguen vivas mientras los cuerpos están aquí. Cuando la persona muere de verdad, el cuerpo se va. Suben en el orden en que han de cumplirse: el que antes muere, antes llega. Solo los pagarés se saltan la cola.

4. Se puede salvar a alguien. Lo comprobé a la una de la mañana con una mujer de Tamarack.

Pero la Cuenta no se pierde. A los pocos minutos sube otro cuerpo, y es alguien que quiere el que ha salvado.

El cuerpo no es la muerte, es el pagaré: sube enseguida, pero la hora que lleva es la del cobro, y llega después.

El Libro no pierde cuentas. Quien salva, paga: el que consigue desviar la muerte con sus propias manos, sepa o no lo que hace.

El que avisa o acompaña no paga, ni el salvado que se deja llevar; pero si alguien se salva a sí mismo después de un aviso, paga él. Mi cuñado. Mi cuñado Walter.

Lyle dejó de leer. Cerró los ojos un instante y volvió a abrirlos. La última frase estaba subrayada tres veces, y la tercera había rasgado el papel.

5. NO FIRMES LOS RECIBOS. Me lo dijo Amos Hollister cuando ya era demasiado tarde: «Si firmas, lo recibes».

El recibo es la forma que tiene el Libro de inscribirte como Guardián.

Seis firmas y ya eres casi suyo. Con trece, en una noche o en varias, ya no hay marcha atrás.

Yo llegué a las trece en el 98, sin saberlo, como una niña buena, porque me las ponían delante con la mejor intención.

6. Me dieron una fecha con la firma número trece. Va escrita en el reverso de la última copia. 14 de septiembre, el año en que cumpla cincuenta y ocho. Es todo lo que sé.

7. La bandeja trece no es para los de fuera. Es la del Guardián. Si hay un pagaré y no hay Guardián, el Libro lo cobra ahí, a quien esté apuntado. No la abras nunca.

Lyle se sentó en el banco del vestuario, con la libreta abierta sobre las rodillas, como un estudiante que se ha equivocado de examen.

Pasó las páginas. Había más. Treinta y un años de más.

Cada Halloween, la misma estructura: la fecha, el número de la Cuenta, los nombres con su hora y su causa, las anotaciones al margen, un balance sobrio de lo ocurrido.

Los números eran siempre modestos. Tres, cuatro, cuatro, cinco, cuatro.

Nunca más de cinco. Nunca nada que pudiera llamar la atención de un forense estatal, de un periodista o de un sheriff curioso: un borracho en una cuneta, un infarto en un porche, un niño de otro condado en una moto sin casco, un incendio.

Lo que cualquier valle sufre en una noche de calabazas y de licor.

Bajo las libretas, en una carpeta de cartón con gomas, encontró lo que ya esperaba.

Los certificados de defunción. Copias de todos, año tras año, impresos con el sello del condado y la firma de Ruth Calloway, MÉDICO FORENSE, en el recuadro de la causa.

Accidental. Accidental. Natural. Accidental.

Natural. Todos fechados entre el 31 de octubre y el 1 de noviembre.

Treinta y un años, ciento treinta y ocho certificados.

Ninguno que hubiera suscitado la menor sospecha, porque nadie sospecha de quien firma.

Él mismo lo habría firmado.

Le habrían llegado los cuerpos, los formularios, los papeles rosados, la mano amable en el hombro, la costumbre. Y año tras año habría hecho lo que se le pedía, con su letra pulcra y redonda, sin saber qué estaba firmando, porque nadie le había dado una razón para sospechar y todas para no hacerlo.

En el fondo de la taquilla, envuelto en un pañuelo de algodón, había un sello de latón del tamaño de un posavasos, con un mango de madera ennegrecida.

Las letras del grabado estaban invertidas y no se atrevió a descifrarlas.

Junto a él, una llave de latón con una pequeña chapa estampada: el número 13.

Se guardó la llave en el bolsillo del pantalón. El sello lo envolvió de nuevo y lo dejó en la taquilla.

Volvió a las libretas. Eligió la última, la de este año, y la abrió por el final.

Las entradas se interrumpían en septiembre.

La letra, que en las primeras páginas había sido tan firme, estaba ahora un poco más grande, más suelta.

Había un balance: el número de este año será mayor.

No sé cuánto. Sin mí, no habrá nadie que lleve la Cuenta, y el Libro no sabe contar con prudencia.

Se ha acostumbrado a que se le contenga.

Un par de líneas más abajo: Haverty lo sabe.

Haverty ha hecho todo lo que ha podido y no basta.

En marzo dejé una nota para Pelletier en su taquilla; a la mañana siguiente la tenía Gordon sobre su mesa, con una sonrisa.

Desde entonces escribo aquí, en lo único que no vigila.

Y debajo, apartada, la última anotación, escrita con una letra casi irreconocible, a lápiz:

14 de septiembre. Hoy. No tengo miedo. Solo cansancio. Que otro lo cierre. Que no sea él.

Nada más. La página siguiente estaba en blanco.

Lyle leyó la línea una vez, y otra, y una tercera.

Él. No había nada que dijera quién era ese «él».

Podía ser Haverty. Podía ser un hombre que todavía no había llegado.

Podía ser el mismo Lyle, sentado en un banco con una libreta abierta entre las manos, el hombre al que habían escogido precisamente porque obedecía.

O podía ser algo más viejo que cualquiera de ellos, escondido donde la doctora no había querido mirar.

Cerró la libreta. Dejó las demás en su sitio. Se levantó, y fue hasta el despacho con la carpeta azul bajo el brazo.

Cuando abrió la carpeta, fue directamente a las hojas rosas. Las extendió una por una sobre el escritorio, como cartas. Gerry Doucette. Caitlin Rourke. Maggie Gagnon. Brendan Tierney. Orrin Fisk. Marian Pettibone.

Seis. Y debajo de cada nombre, calcada por el carbón sobre la línea del Guardián de turno, la misma firma, la de L. Pelletier, con la misma letra redonda con que había firmado la hipoteca de su casa, el divorcio y el certificado de nacimiento de su hija.

Se quedó mirando esas seis firmas, pulcras, infantiles, perfectas, hasta que dejaron de parecer letras.

Después apagó la radio. En diecinueve años de turnos nunca lo había hecho, y sin el partido el sótano tenía otro sonido: un zumbido grave y constante, por debajo de los fluorescentes, que ya no podía fingir que no oía.