Trece Bandejas 6. 6
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L a etiqueta cambió mientras Ray todavía hablaba.

Lyle no la estaba mirando. Estaba mirando el suelo, con la frente apoyada en el borde del archivador y el auricular pegado a la oreja, escuchando a un hombre grande y honrado que le contaba cómo había arrastrado a otro por el césped.

Fue un ruido lo que le hizo levantar la cabeza: un roce de papel, el sonido que hace una hoja seca al enroscarse.

Al otro lado de la sala, en el dedo gordo del pie de Gerard Doucette, la cartulina color hueso había empezado a ennegrecerse por los bordes, como si la acercaran a una vela.

La tinta de la pluma se borró primero. Después, sobre el papel limpio, con la misma letra de lazos largos pero con un trazo ligeramente más rápido, aparecieron otras palabras.

CANCELADA.

-¿Lyle? -decía Ray en el teléfono-. ¿Sigues ahí?

-Sigo.

-Se está riendo, ¿sabes? Gerry. Dice que si llego a tardar más, mañana habría tenido que disfrazarse de verdad.

No oyó el resto. Estaba viendo cómo el cuerpo de Gerry Doucette perdía el color.

No fue una desaparición, ni un golpe de luz, ni nada de lo que se cuenta en las historias.

Fue como el descenso de una marea. El rosa cereza, tan hermoso y tan equivocado, se retiró de las mejillas, del cuello y del pecho, dejando una piel grisácea que a su vez se hizo translúcida, y luego tela, y luego aire.

La camisa de franela, los pantalones de pana, las botas atadas, todo fue aflojándose sobre la camilla como la ropa que alguien se quita antes de acostarse.

Lo último que quedó fue el bigote, durante un instante, en el aire, y después ni siquiera eso.

En la camilla quedó la sábana. Estaba doblada en cuatro, con los agujeros de los ojos en el centro, como la dejaría alguien muy ordenado.

-Gracias, Ray -dijo Lyle.

-¿Por qué?

-Por ir.

-No me des las gracias. Dime cómo lo sabías.

-Te lo cuento mañana.

-Me lo prometes con cerveza.

-Con dos.

Colgó. Se quedó de pie en medio de la sala y notó que le temblaban las rodillas, no de miedo, sino de algo que tardó en identificar porque hacía mucho que no lo sentía.

Una alegría limpia, sin ironía. Se rio, una risa corta y ronca, de hombre que ha olvidado cómo se hace, y le asustó su propio sonido en el azulejo.

Había salvado a un hombre. No al modo de los héroes, a base de brazos y de gritos, sino por teléfono, con una mentira y un favor y una sábana de cama. Había leído una cifra en una etiqueta y la cifra había dejado de ser verdad.

Pensó en todos los cuerpos que había tenido en esa mesa. Pensó, con una lucidez desconocida, que durante diecinueve años le había tocado llegar siempre un poco tarde.

Cruzó la sala y cogió la sábana doblada de Gerry Doucette. Pesaba menos de lo que debía. Tenía un olor suave a suavizante y a garaje, el olor de una casa de verdad, de una vida en marcha, y la sostuvo contra el pecho un momento, como se sostiene una cosa que alguien se ha dejado olvidada.

El teléfono sonó casi enseguida. Era Orla, que no había esperado a que él la llamara.

-¿Y?

-Se ha salvado.

Hubo un silencio en el que Lyle oyó, al otro lado, una respiración contenida que se soltaba con un ruido breve y rabioso.

-Vale -dijo Orla-. Vale. Sigo mirando. Llámame si hay algo más.

Se encontraba mirando el reloj cuando oyó la campanilla.

Eran las 22:50. Sonó otra vez, con su nota limpia de latón.

La sábana se le resbaló de las manos.

Abrió la puerta. El montacargas esperaba con una camilla, y sobre la camilla, un caballero.

Era un caballero de cartón: una armadura de cajas de embalaje pintadas con pintura plateada, rodilleras de gomaespuma, un yelmo con cresta de plumero rojo y, sobre el pecho, un escudo con un león dibujado con rotulador.

En la mano derecha, asegurada con cinta americana, una espada de espuma.

El hombre que la llevaba, de unos cuarenta y cinco años, grande de hombros, con una barba rala y una alianza gruesa, tenía una expresión de sorpresa, no de dolor, como si hubiera visto algo cruzar la habitación.

Bajo el borde de la coraza de cartón, a la altura del esternón, asomaba una pequeña mancha oscura de un solo dedo de ancho.

No había sangre derramada. Solo ese labio estrecho de carne.

D. OSGOOD

03:40

Lyle sacó la camilla y no se movió.

Pensó que no era posible, y se corrigió: no era posible tan pronto . Un cuerpo cancelado, y nueve minutos después otro, como el turno en una cola.

Comprobó el permiso de conducir. Dale R. Osgood, 46 años, 9 Cutler Road, Greer's Crossing. Un nombre que no le decía nada. Un carnet de pesca. Un pase de aparcamiento de la ferretería Pelham. Una foto doblada de una mujer rubia con dos adolescentes, con una sola palabra al dorso: Carol .

Ray, en cambio, conocía a medio condado. Fue hasta el teléfono de pared sin saber del todo qué iba a preguntar. Marcó su móvil.

-¿Qué? -respondió Ray, con un fondo de sirenas y de una mujer que sollozaba aliviada.

-Perdona. Una cosa rápida. ¿Conoces a un tal Dale Osgood?

Silencio.

No fue un silencio largo. Fue lo bastante largo para que Lyle supiera que había hecho una pregunta que no tenía vuelta.

-Es mi cuñado -dijo Ray, con una voz muy distinta-. El marido de mi hermana Carol. ¿Por qué lo preguntas?

-Salía en una lista.

-¿Una lista de qué?

-De nada. Un error. Me he confundido de nombre.

-Lyle.

-Perdona, Ray. Me he confundido. Gracias por lo de Gerry.

Colgó antes de que pudiera decir nada más, y de pie, con la mano aún en el teléfono, hizo lo que hacen las personas obligadas a mirar de frente algo que no quieren ver: se puso a contar.

Un cuerpo cancelado a las 22:41. Un cuerpo nuevo a las 22:50.

El cuñado de la persona que lo había salvado.

Un hombre con una hora posterior, 03:40, casi cinco horas después de la del anterior.

No formuló la conclusión. Pero la conclusión entró de todos modos, sin llamar, y se sentó, y le miró.

Lo repuso. El Libro, o lo que fuera, no perdía cuentas. Si le quitaban una, la reponía con otra. Con alguien cercano al que se la había quitado.

Lyle dio un paso atrás, chocó con el taburete y se sentó.

Había llamado a Ray. Ray había salvado a Gerry. Y el precio de Gerry, el precio de su sábana de cama, de su bigote y de su alegría y de sus nietos que vendrían mañana, lo iba a pagar un hombre grande con una barba rala que ahora mismo estaba en algún bar de Greer's Crossing y que no sabía nada.

Había usado a su amigo como arma. Y ni siquiera lo había hecho a sabiendas.

Y todavía faltaba lo peor, porque el cuerpo de Dale Osgood no era la muerte de Dale Osgood.

Era el pagaré. La cartulina decía 03:40, casi cinco horas más tarde, y en ese momento Dale estaba en algún sitio de Greer's Crossing, vivo, acabándose una cerveza o discutiendo con su mujer, sin saber nada.

Quedaba tiempo. Tiempo para volver a llamar a Ray. Y tiempo para no hacerlo.

Levantó el auricular. Lo sostuvo un rato largo contra el pecho.

Si llamaba, Ray correría de nuevo, porque Ray corría siempre, y quizá salvaría a Dale, y entonces, si la regla era lo que Lyle empezaba a temer, la Cuenta volvería a cobrar, y esta vez lo haría con lo que Ray más quisiera, que no era un cuñado.

Si no llamaba, un hombre de cartón y de espuma iba a morir a las 03:40 de una herida que Lyle podía ver desde donde estaba, y lo iba a hacer con su conocimiento.

Colgó sin marcar. No tomó una decisión; la aplazó, que es lo que hacen los hombres de procedimiento cuando el procedimiento se acaba.

En la mesa, el formulario de Dale Osgood esperaba en la carpeta azul.

La hoja blanca. Debajo, la rosa. Lyle sacó una pluma del bolsillo, y en el último instante no la usó.

Se quedó con ella en la mano. Después levantó las dos hojas del formulario de Gerry Doucette, que había firmado hacía casi tres horas, y separó con la uña la hoja rosa de la blanca.

La copia rosa, la que según Haverty debía quedarse en la carpeta, era idéntica a la blanca, con una excepción.

En la parte superior, en letra más pequeña, impresa en un negro que parecía haberse secado hacía siglos, había una línea que Lyle no había leído.

Y en el espacio del nombre, justo debajo de ella, aparecía, calcada por el carbón, su propia firma.

GUARDIÁN DE TURNO

L. Pelletier