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H ay llamadas que se hacen para que otra persona haga lo que uno no se atreve a hacer. Se llaman favores.
Eso era justo lo que le inquietaba. Cuando uno no ha pedido nada en treinta años, la primera vez le cuesta más de lo que cuesta.
-Kimball.
-Ray. Soy Lyle.
-Hola. -Un crujido de papel, el ronroneo de un motor al ralentí-. ¿Algo en la morgue? ¿Un fiambre sin papeles?
-No exactamente. Escucha, esto va a sonar raro. Me ha llegado un aviso. Una enfermera de Pellam Mills que ha pasado por urgencias dice que ha olido a gas en casa de unos conocidos. Doucette. Mill Street, el catorce. No ha querido dejar el nombre.
-¿Una enfermera?
-Eso me han dicho.
-¿Que ha olido a gas desde urgencias ?
-Ha pasado por la casa de camino. Yo solo repito.
Hubo un silencio en la línea, el de un hombre que sopesa una petición razonable proveniente de una fuente poco razonable.
-¿Tú has estado bebiendo? -preguntó Ray, sin ofender.
-Café. Mucho.
-Lyle...
-Te lo pido a ti porque no sé a quién más pedirlo. Solo ve a mirar. Es todo.
El motor al ralentí subió de tono.
-Estoy a media hora -dijo Ray al fin-. Voy. Pero me debes una explicación y una cerveza.
-Las dos.
-Treinta años sin pedirme nada, y ahora esto. -Un resoplido, casi afectuoso-. Estarás en tu sótano.
-Estaré en mi sótano.
-Pues no te muevas.
Colgó. Lyle se quedó con el auricular en la mano. Había mentido a un amigo de treinta años para que fuera a una casa ajena. Había inventado una enfermera, y lo había hecho con una naturalidad casi profesional, que era, de todo lo ocurrido esa noche, lo más desagradable.
-Podías haberle puesto nombre a la enfermera -dijo Orla.
-No se me ha ocurrido.
-Se nota que no mientes mucho. Es lo único que me tranquiliza de ti. -Se descruzó de brazos. No sonrió-. Tengo que subir.
-¿Ahora?
-Si en media hora no estoy en mi planta, Haverty mandará a alguien a buscarme, y no quiero que vuelva a bajar a ver qué hacemos.
-Miró la taza como si fuera de otra persona-.
Y arriba tengo un ordenador con las historias de medio valle.
Voy a mirar quiénes son tus cuatro. Dónde viven, con quién, qué edad tienen.
Y si hay algo que podamos hacer sin que Ray se entere de que le has mentido.
-Orla...
-No me voy, Lyle. Cambio de sitio. -Ya estaba en el pasillo-. Cuando pasen las 22:41, me llamas. Y si no te llama Ray antes, te llamo yo.
Sus pasos subieron la escalera deprisa, esta vez, sin el compás de Haverty. Lyle los oyó hasta que se cerró la puerta de arriba. Después, sin otra cosa que hacer, se sentó.
A las 22:15 sonó la campanilla.
Lyle había aprendido a distinguir las cosas por el sonido.
Esta vez fue más breve, más seca, sin la nota larga de las anteriores, como la campanilla de un empleado con prisa.
Abrió la puerta de acero, sacó la camilla, y la cabina descendió con su roce de cadenas, que ya había dejado de parecerle un sonido y se había convertido en un lugar.
En la camilla había un astronauta. Traje blanco de tela, casco de plástico, bandera en el hombro, una mochila hecha con una caja de cartón.
Un hombre mayor, de cara seca y cuarteada, de campesino.
La piel, bajo el casco, tenía un tono violáceo de asfixia, con puntitos rojos en los párpados. La etiqueta decía O. FISK - 01:30 .
Lo dejó en la sala de autopsias, firmó el formulario con la mano que le sobraba, copió «O. Fisk» y la hora y no hizo el inventario de efectos personales. Era la primera vez en diecinueve años que se saltaba un paso del procedimiento, y apenas lo notó.
A las 22:30 la campanilla sonó de nuevo.
Esta vez el teléfono de pared sonó casi a la vez. Era Ray, que llamaba desde el coche.
-Estoy entrando en Pellam Mills -dijo-. Mill Street. Es una calle de casas pequeñas con buzones. Y huele a leña. De momento no huele a gas.
-Sigue.
-El catorce tiene luz en la cocina. Y el garaje está abierto.
Lyle, con el auricular entre el hombro y la oreja y el cable estirado hasta el límite, arrastró la camilla hasta la sala.
En ella había una bruja: sombrero negro de punta, vestido de terciopelo con lunares, escoba de ramas atada a la mano con una cinta.
Una mujer de edad, de pelo muy blanco y muy bien peinado.
La etiqueta, con la caligrafía de pluma: M. PETTIBONE - 02:00 .
El apellido le rozó algo en la memoria, un roce de papel pintado en una habitación a oscuras.
Pero Ray le estaba describiendo, en ese momento, una puerta lateral y un perro que ladraba tras una verja, y el roce se perdió.
Lyle copió «M. Pettibone», anotó la hora, firmó el formulario con la misma letra pulcra de siempre y dejó la hoja blanca en el archivador.
Se dijo que luego revisaría las pertenencias, porque ahora no podía permitirse distraerse.
-Voy a entrar -dijo Ray.
-Ve con cuidado.
-¿Con cuidado de qué? ¿De un gas que no huelo?
-De lo que sea.
-Dios mío, Lyle. -Un portazo de coche-. Me estás poniendo nervioso.
El auricular quedó mudo. Lyle se había quedado con la boca pegada al plástico. Por el aparato llegaban los pasos de Ray sobre grava, el chirrido de una puerta de garaje y una voz remota, de mujer, que gritaba desde dentro de la casa algo sobre el perro.
Eran las 22:36. Faltaban cinco minutos.
Hay un modo de esperar que no consiste en esperar, que consiste en ocupar el cuerpo con una tarea para que el cuerpo no sepa lo que está esperando la cabeza.
Lyle ordenó los carros. Revisó la cámara, que seguía a tres grados.
Cambió la pila de la radio, que no la necesitaba.
Pasó delante de la camilla de Gerry Doucette, retiró la sábana de la cara y la volvió a poner.
Lo hizo tres veces. A las 22:39 se sentó en el taburete frente a él, con el auricular en una mano y la otra sobre la rodilla.
-Aguanta, Gerry -dijo.
El hombre del bigote cano no contestó, naturalmente, pero la expresión de su rostro, tan placentera, tan inconsciente de lo que le esperaba o de lo que ya le había ocurrido, le resultó de pronto insoportable.
-Aguanta.
El teléfono crepitó. Lyle se levantó tan de golpe que la banqueta cayó hacia atrás.
-¿Ray?
-Lo he sacado. -Ray respiraba como si hubiera corrido, con un temblor de rabia y de alivio mezclados-.
Madre mía, Lyle. Estaba dentro del garaje, con la caldera abierta, con una sábana de cama en la cabeza, con dos agujeros para los ojos.
Dice que estaba ensayando el susto para los nietos, que vienen mañana.
Tenía la cara tan colorada como un tomate.
Se estaba durmiendo, de pie, sin darse cuenta.
-¿Está vivo?
-Está sentado en el césped, tosiendo y cabreado. Y su mujer está fuera de sí. El detector de la pared llevaba sin pilas desde marzo. Hay una grieta en el intercambiador. Un cuarto de hora más y... -Una pausa-. Está bien, Lyle. Cabreado, pero bien. ¿Cómo has sabido tú lo del gas?