Trece Bandejas 4. 4
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E n ocho años de turnos de noche, Orla Doherty había visto a un hombre presentarse en urgencias con un cuchillo de cocina clavado en el hombro para pedir, con mucha educación, que no le cortaran la camisa; había asistido a un parto en el ascensor entre las plantas dos y tres a las cuatro de la madrugada; y una vez había convencido a un anciano con delirio de que su difunta esposa lo esperaba abajo, en la cafetería, y de que sería una descortesía hacerla esperar.

Nada de eso la había alterado. Tenía una teoría sobre el pánico: era un lujo, y las enfermeras no podían pagarlo.

Bajó con la taza de té. La dejó sobre el borde del lavabo de la sala de autopsias y miró las cuatro camillas alineadas bajo la luz, cada una con su sábana, cada una con una forma debajo.

Después miró a Lyle. Él estaba de pie al otro extremo, con las manos entrelazadas por delante, y tenía una expresión que ella había visto en los familiares que esperan a que alguien les dé una noticia.

-¿Quién se ha muerto? -preguntó.

-Cuatro personas.

-Eso lo veo. ¿Quiénes?

-Ven.

Lo hizo por orden. Primero levantó la sábana de Gerry Doucette y dejó que ella mirara. Orla se inclinó. Pasó dos dedos por el cuello sin tocarlo, como se hace con las cosas que uno ya sabe que están frías.

-Monóxido -dijo.

-Sí.

-Cuántas horas.

-Treinta, treinta y seis.

-Livideces fijas. -Seguía mirando-. Sí. Más de un día. ¿Un hallazgo? ¿Lo ha traído la policía?

-Ha subido por el montacargas.

Orla alzó la vista.

Lyle se lo contó todo, en el mismo orden en que había ocurrido, con la precisión de quien rellena un informe: la campanilla, la puerta, la camilla de 1952, las etiquetas, las horas, las llamadas.

Habló sin adornos ni énfasis, y eso fue lo que más la impresionó, porque en ocho años jamás lo había oído contar nada sin que le saliera una nota de disculpa.

Cuando terminó, ella permaneció un rato callada, con las manos apoyadas en el borde de la mesa.

-Es una broma -dijo.

-Ya lo pensé.

-Una broma de mal gusto. Algún crío de la cantera, un par de estudiantes de medicina...

-¿De dónde sacan cuatro cadáveres, Orla?

No contestó. Pasó a la siguiente camilla, retiró la sábana, vio la capa de raso, los colmillos que Lyle había dejado en el carro, la palidez que no era maquillaje.

Con un movimiento rápido, de oficio, giró el antebrazo derecho de la mujer y examinó la herida.

Se quedó mirándola un poco más de lo necesario.

-No hay sangre -dijo.

-No.

-Una exanguinación sin una gota fuera. -Soltó el brazo, y el brazo cayó con un golpe seco, sin elasticidad-. Esto no ha pasado en ninguna parte.

Pasó a la sirena. La miró un momento. Le puso la mano en la frente, tal como se hace con un niño febril, y la retiró con un gesto brusco, como si hubiera tocado un cable.

-Está helada.

-Está a cuatro grados.

-No, está... -Se miró los dedos-. Me ha subido el frío por el brazo. Hasta el codo.

-Sé lo que dices.

-No lo sabes, Lyle. -Lo dijo con una voz plana, nada ofendida-. Tú llevas diecinueve años con esto. A mí no me ha pasado nunca. Los cuerpos están fríos, pero se quedan donde están. Este me ha... me ha bebido el calor.

Era una frase absurda, y por eso mismo ninguno de los dos se rio.

-Es Maggie Gagnon -dijo él.

Orla tardó en entenderlo.

-¿La entrenadora de Josie?

-Le he mandado un mensaje hace veinte minutos. Me ha contestado. -Sacó el teléfono, lo desbloqueó, y se lo tendió con la pantalla encendida.

Ella lo leyó. Leyó «entrenador papá», leyó «se me congela la cola», leyó «vete a dormir». Leyó el mensaje dos veces. Después, lentamente, devolvió el teléfono sobre la mesa de acero, junto a la mano de Maggie Gagnon, como si temiera que el aparato pudiera contaminarla.

-Voy a necesitar -dijo- una taza de té más grande.

No fue a por ella. Se sentó en el taburete de acero, el mismo en que Lyle había estado sentado una hora antes, y sacó el móvil del bolsillo de la bata con una mano que se esforzaba por no hacer lo que hacen las manos. Marcó. Sonó dos veces.

-Maeve. ¿Está bien? ¿Está Declan...? Ponme con él. No, nada. Solo quiero oírlo.

Lyle desvió la mirada. Oyó, al otro lado de la línea, una voz infantil, muy aguda, que gritaba algo sobre un caramelo.

-Mamá, ¡es solo uno! ¡Lo juro! La tía dice que no, pero ¡es solo uno!

-Vale, cariño. Uno. -La voz de Orla no tembló; hizo algo más difícil, que fue suavizarse-. ¿Qué estás haciendo?

-Viendo una peli. Me he vuelto a poner la capa, ¿sabes? Es que la tía dice que no me la quite hasta que me duerma, porque me queda genial.

-Te queda genial.

-¡Ya lo sé! ¿Vuelves pronto?

-Mañana por la mañana, mi vida. Pórtate bien. Te quiero.

-Yo también, vale, adiós.

Orla bajó el teléfono. Durante unos segundos no dijo nada, y Lyle, con tacto, aprovechó para ocuparse del carro de instrumental, que no necesitaba que lo ordenaran.

-Hay que llamar a la policía -dijo ella por fin.

-¿Y qué les decimos?

-Que alguien está dejando cadáveres en tu sótano.

-Cuatro cadáveres de personas vivas. Que en este momento están sirviendo cervezas, viendo una película y...

-Se detuvo-. Y cantando en una cantera. Vendrán, mirarán, y se llevarán los cuerpos, que se pueden identificar con total claridad como personas que están en perfecto estado de salud.

Después nos preguntarán a nosotros qué hemos hecho.

-No hemos hecho nada.

-Dos personas mayores de cuarenta con acceso a un depósito de cadáveres, y una noche como esta.

Orla lo miró con una rabia cansada.

-No estás poniendo mucho empeño en convencerme de lo contrario.

-No sé qué decirte. -Se frotó la cara con las dos manos-. Lo único que sé es que a las 22:41, dentro de una hora, según esa etiqueta, un hombre de Pellam Mills que ahora mismo se está peleando con una caldera va a dejar de respirar. Y que yo estoy aquí.

Hubo un silencio que ninguno de los dos supo llenar. Fue entonces cuando oyeron los pasos en la escalera.

Eran pasos tranquilos, de zapato de cuero, sin prisa, con la regularidad de quien baja una escalera que conoce desde hace mucho. Se detuvieron un segundo en el rellano, como para dejar que alguien se preparara, y siguieron.

Gordon Haverty apareció en el umbral de la sala de autopsias con el abrigo doblado sobre el brazo y la corbata del Rotary en su sitio. No traía café. Eso fue lo primero que advirtió Lyle: por primera vez en once años, Haverty llegaba a un sitio con las manos vacías.

-Buenas noches, señora Doherty. -Un asentimiento cortés-. Lyle.

Miró las cuatro camillas. Las miró despacio, una por una, con el rostro tan tranquilo como el de un hombre que cuenta cabezas en una sala de reuniones.

No se detuvo en ninguna. No preguntó. Lyle, que llevaba toda la vida observando a las personas por el hábito del oficio, lo notó con una nitidez que le hizo daño: Haverty no estaba sorprendido. Estaba comprobando.

-Señor Haverty -dijo Orla, con una voz muy medida-. Hay cuatro cuerpos aquí que no han sido ingresados.

-Son traslados.

-Nadie los ha trasladado. Han subido por un montacargas que lleva cuarenta años sin corriente.

-Señora Doherty. -Sonrió con paciencia-. Esto es competencia de la morgue, no de enfermería. Agradezco su celo, de verdad, pero tiene un turno que atender.

-Estas personas están vivas -dijo Lyle.

Haverty lo miró. Fue una mirada larga, serena, casi afectuosa.

-Entonces no hay nada de lo que preocuparse.

Lo dijo de una manera que no pretendía convencer ni tranquilizar, sino cerrar un asunto. Lyle sintió algo moverse en el estómago, algo viejo, de cuando un adulto le decía una cosa y todo su cuerpo sabía que era mentira y la cortesía le impedía decirlo.

-Escúcheme con atención, Lyle. -Haverty dio un paso dentro de la sala.

Lo hizo con la delicadeza de quien entra en una casa donde ha vivido-.

No toque nada. No avise a nadie. Firme y archive.

Era el protocolo de la doctora Calloway, y lo cumplió durante treinta y un años sin un solo error.

No se le pide a usted nada que no se le pidiera a ella.

-¿Qué protocolo? -preguntó Orla-. No he visto ninguna norma escrita.

-Hay cosas que se hacen sin que se escriban, señora Doherty. Para eso existe la confianza.

-¿Y si yo no confío?

-Entonces la confianza de otros tendrá que bastar.

-Se volvió hacia Lyle, y por primera vez en toda la conversación bajó la voz, no por discreción, sino por una intimidad calculada-.

Sé que no es fácil. Sé que usted es un hombre de reglas y que esto no le parece una regla.

Pero lo es. Lo es desde mucho antes de que usted llegara a este hospital, y seguirá siéndolo cuando los dos nos hayamos ido.

Lo único que le pido es que haga esta noche lo que haría cualquier persona prudente.

-¿Qué es lo que haría una persona prudente?

-Nada. -Haverty le puso la mano en el hombro, un segundo, con un peso suave-. Esta noche no hay nada que usted pueda cambiar, Lyle.

Se colocó el abrigo sobre el brazo, saludó a Orla con una inclinación de cabeza, y salió. Sus pasos subieron la escalera con el mismo compás sin prisa con que la habían bajado, y los dos se quedaron escuchándolos hasta que la puerta de arriba se cerró con un golpe amortiguado.

Lo que Lyle sentía no era miedo. Era la sospecha incómoda de que el protocolo al que había dedicado media vida con la lealtad de un perro bien tratado había estado esperando todo ese tiempo a que alguien le diera una orden distinta.

A un hombre que obedece se le puede conducir a cualquier parte, con tal de que lo lleven despacio.

Orla había dejado de mirar la puerta. Lo miraba a él.

-Ahora -dijo- vas a decirme que no vas a hacerle caso.

-Dame un momento.

-No te lo voy a dar.

Lyle bajó la vista a su mano. Sostenía la pluma de firmar, sin tapar, y la punta había dejado un pequeño punto de tinta azul sobre la sábana que cubría a Maggie Gagnon. No sabía en qué momento la había sacado del bolsillo.