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L a campanilla sonó tres veces en treinta y cinco minutos, y a la tercera Lyle ya no se preguntaba quién gastaba la broma, sino con qué dinero.

Esta vez no hubo ninguna maniobra. Sacó la camilla del hueco. La cancela se plegó sola, la cabina descendió con su roce de cadenas, y Lyle cerró la puerta sin mirar atrás, como quien deja a un perro dentro de un coche y se jura que volverá enseguida.

En la sala de autopsias, bajo la luz, levantó la sábana.

Era una mujer joven, de unos treinta años, con el pelo negro teñido y el rostro maquillado de un blanco de teatro, y llevaba puesta una capa de raso con cuello alto y forro rojo, de las que se compran en bolsas de plástico en la sección de temporada de cualquier supermercado.

Tenía en la boca unos colmillos de resina, bien encajados, un poco torcidos hacia la izquierda.

Parecía dormida. Parecía, sobre todo, extraordinariamente limpia.

Lo que le resultaba raro no era la cara. Era el color. La palidez no era maquillaje, o no solo: era la de un cuerpo al que han quitado hasta la última gota.

En la cara interna del antebrazo derecho, a la altura del codo, un corte largo, profundo y limpio abría la carne hasta la arteria.

Un corte de cristal. Un vaso roto, quizá, o un espejo.

Había visto desangrarse a mucha gente en diecinueve años de oficio y sabía lo que eso dejaba: manchas en la ropa, en el suelo, en el pelo.

Esta mujer no manchaba nada. Ni la capa, ni la camilla.

Era como si la sangre se hubiera ido con tanto tacto que no hubiera querido molestar.

La etiqueta, atada al dedo del pie, era de la misma cartulina color hueso, con las mismas letras de pluma:

C. ROURKE

23:48

En el bolsillo interior de la capa había una llave con un llavero de latón en forma de tapón de botella.

Grabado en el llavero, con el relieve gastado de mil dedos, ponía PINEWOOD TAP · HOBBS LANDING.

Detrás, una cartera de plástico rosa con un permiso de conducir ( Caitlin M.

Rourke, 29 años, 7 Birch Court ) y sesenta y tres dólares en billetes de uno, doblados en un fajo grueso, de los que se reciben en propinas.

Lyle fue al teléfono y marcó el número del bar, que conocía porque aparecía en el tablón de anuncios del vestuario, junto a una oferta de pollo frito para llevar los viernes.

-Pinewood. -La voz de un hombre mayor, entre vasos y música de rockola-. Dígame.

-Buenas noches. Busco a Caitlin Rourke.

-Está sirviendo una ronda, no puedo ponerla ahora. Va disfrazada de vampira, ¿sabe? Se ha puesto los colmillos a las seis y no hay manera de que se los quite. ¿Quién la busca?

-Un asunto de su madre. Nada grave.

-¡Caitlin! -gritó el hombre, sin tapar el auricular-. ¡Teléfono, es por tu madre!

Pasaron unos segundos de ruido: cristales, una risa de borracho, un taburete arrastrado. Luego una voz, joven, un poco ronca, ligeramente distorsionada por un objeto que le entorpecía la boca.

-¿Mamá? ¿Qué pasa? ¿Está bien la abuela?

Lyle no contestó. Era la voz de alguien que tenía mucho que hacer esa noche y todos los años que se le habían prometido para hacerlo.

-¿Hola? -dijo Caitlin Rourke, con los colmillos puestos-. ¿Hola? No oigo nada.

Lyle colgó muy despacio, como si el aparato fuera de cristal.

Volvió a la sala de autopsias y se quedó mirando el cuerpo. Después, sin saber bien por qué, se agachó, le retiró con dos dedos los colmillos de resina, y los dejó sobre el carro, junto a las pinzas. Le parecía impropio que se los dejara puestos. Y eso era todo lo que había decidido hacer por ella.

Después, como hacía con todo, rellenó el formulario: C. Rourke , la hora, su firma. La mano lo hizo sola, y Lyle la dejó hacer.

A las 21:10 sonó la campanilla.

La tercera camilla traía una sirena.

Lyle supo que algo iba a salir mal antes de levantar la tela, porque el olor que subió del montacargas era el del agua de cantera: un olor a granito frío y a hojas pudriéndose, de aguas profundas y quietas, que había olido de niño durante todos los veranos.

Sacó la camilla. Iluminada por los fluorescentes, la cola de licra verde, de escamas bordadas, resplandecía como la de un pescado recién sacado.

Llevaba un sujetador de conchas de plástico, una redecilla en el pelo y, en la sien, pegada con una gota de agua, una hoja de roble.

Nada más. Ni abrigo ni manta, en una noche en la que a cualquiera se le empañaba el aliento.

Retiró la sábana de la cara.

El cuerpo lo reconoció antes que la cabeza. Dio un paso atrás, chocó con el carro, y los instrumentos tintinearon.

Maggie Gagnon.

Treinta y cuatro años. Los hoyuelos, ahora hundidos.

La cicatriz diminuta en la barbilla que se hizo a los nueve años contra el borde de una piscina.

Había sido la primera, tres veranos atrás, en notar que el viraje de Josie flojeaba por la izquierda, y había pasado doce semanas de martes y jueves por la tarde corrigiéndolo, sin cobrar nada extra, porque, le había dicho, «tu hija nada como si el agua se lo debiera, y alguien tiene que decirle que el agua no tiene prisa».

Lyle la había visto sentada en la grada una semana antes, riéndose a carcajadas de algo que había dicho otro padre, con la cabeza echada hacia atrás.

Se obligó a seguir el procedimiento. Los dedos no le temblaban, y por eso se dio cuenta de que le temblaba otra cosa, más adentro.

Presionó con la palma sobre el esternón de Maggie, con suavidad, tal como se hace para comprobar si hay líquido en los pulmones.

Por la comisura de los labios azulados salió un hilo de agua turbia con olor a roca mojada.

Ahogamiento.

La etiqueta del pie:

M. GAGNON

00:10

Lyle sacó el teléfono con las dos manos. Buscó el grupo de padres del club de natación, el único donde figuraba el número de Maggie, y escribió, con unos dedos que se negaban a ser suyos: Maggie, ¿todo bien por ahí? ¿Josie está contigo?

La respuesta llegó en cuarenta segundos.

Todo bien, entrenador papá!!! Josie está pegada a la hoguera con otros ocho idiotas, todos con parka encima del disfraz. Yo llevo un abrigo de plumas sobre la cola y parezco una sirena embarazada. Se me congela la cola, que sepas. Deja de espiar y vete a dormir.

Lyle leyó el mensaje tres veces. Después se sentó en el taburete de acero que utilizaba para las autopsias largas, junto a la mujer que acababa de escribirle, y se quedó un rato mirando la pared de azulejos con los codos sobre las rodillas.

-Eres una sirena -dijo al fin-. Estás en la cantera. Estás de maravilla.

No hubo respuesta, naturalmente. En la radio, un comentarista se lamentaba de una ocasión perdida en la tercera parte. Firmó el recibo de Maggie con el mismo cuidado con que habría firmado cualquier otro, y ese cuidado, visto después, le pareció una forma muy particular de crueldad.

Se levantó y fue hasta el corcho del despacho donde colgaba el cuadrante de la semana y, debajo, con rotulador azul, escribió una lista:

Doucette - 22:41 Rourke - 23:48 Gagnon - 00:10

Se quedó mirándola. Una lista de horas, sin ningún poder. Era un hombre al que le gustaban las listas porque en las listas no había misterio, y casi todo lo terrible que había visto en su vida lo había soportado así: poniéndole una lista.

Hubo otra cosa que le llamó la atención, y fue lo que más tardó en entender, porque se parecía demasiado a un chiste.

Tres cuerpos, tres disfraces, tres causas de muerte.

Un fantasma al que le había faltado el aire.

Un vampiro al que se le había ido la sangre.

Una sirena ahogada. No tuvo que mirar mucho para ver el hilo.

Era un humor de taller, de alguien con mucho tiempo y ninguna piedad.

Cada disfraz decía de qué se moría el que lo llevaba.

A las 21:30 la campanilla sonó otra vez. Lyle ya estaba delante de la puerta de acero cuando se abrió.

El cuarto cuerpo era un chico de diecinueve o veinte años, delgado, con unas piernas largas de corredor, vestido con un traje de licra negra sobre el que alguien había pintado, con pintura fluorescente, los huesos de un esqueleto.

En la penumbra del pasillo brillaban con un verde cremoso, y bajo los fluorescentes la pintura seguía brillando más que la cara.

Tenía el pecho hundido. No hacía falta apretarlo para saberlo.

La licra estaba desgarrada a la altura de la cadera, y debajo se distinguía una huella ancha y oscura, con el dibujo rectilíneo de un parachoques.

No había sangre. Solo la forma. Lyle pensó que la ausencia de sangre era la parte más sucia de aquella noche, más aún que los cuerpos.

Era como si alguien hubiese preparado el decorado de un accidente y se hubiese olvidado de que, en los accidentes de verdad, siempre hay un charco.

B. TIERNEY

01:20

En la cartera, un permiso a nombre de Brendan P.

Tierney, diecinueve años, 22 Orchard Lane, Tamarack, y una credencial del equipo de campo a través de la Universidad Estatal.

Lyle tecleó el apellido en el terminal del despacho, al que tenía acceso de consulta por si alguna vez llegaba un cadáver sin papeles.

La historia clínica de Brendan era una lista de cosas pequeñas: una muñeca rota a los catorce años, una alergia a la penicilina, un expediente de vacunas impecable.

En la casilla del contacto de emergencia figuraba la madre: Fiona Tierney . Un teléfono fijo.

Rellenó el recibo a nombre de B. Tierney antes de coger el teléfono. No habría sabido decir por qué había que hacerlo en ese orden.

Eran las nueve y cuarenta. Marcó.

-¿Diga? -Una voz de mujer, joven aún, con una cadencia irlandesa que ya no era acento sino costumbre.

-Señora Tierney, siento molestarla a esta hora. Llamo del Saint Odile. Estamos actualizando los datos de contacto de los pacientes que han cumplido la mayoría de edad este año y...

-Brendan cumplió los dieciocho hace un año. -Divertida-. Ya tiene diecinueve. Nos mandaron una carta la semana pasada.

-Sí, claro. Lo comprobaba.

-Está aquí. Está en el sofá, a mi lado, viendo una película de miedo que no me deja ver a mí porque dice que me asusto. -Alzó la voz sin apartarse del auricular-. ¡Brendan, saluda, que es del hospital!

-Hola, hospital -dijo, a lo lejos, una voz joven, aburrida y viva.

-¿Quiere algo más? -preguntó Fiona Tierney.

Lyle se quedó con la boca abierta unos segundos, un tiempo suficiente para que ella añadiera, en un tono distinto, un poco más cauteloso:

-¿Pasa algo? ¿Quién es usted?