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L a tourtière aterrizó boca abajo sobre el linóleo, que es la única forma en que aterriza la comida cuando uno la necesita.
Lyle ni siquiera la miró. Se había puesto de pie con tanta violencia que la silla había patinado hacia atrás hasta golpear el carro de instrumental, y los bisturís, alineados con esmero, tintinearon en sus bandejas como una pequeña orquesta alarmada.
Se quedó inmóvil. En la radio, el locutor había pasado a hablar de un patrocinador de neumáticos.
Esperó. No ocurrió nada más. Ningún zumbido, ni una segunda campanilla.
Lo que había oído, pensó, era una tubería.
El Saint Odile tenía ciento treinta y tres años de tuberías, y algunas de ellas, con la edad, habían adquirido la afición a imitar instrumentos musicales.
Una vez, durante una noche de diciembre, una conducción de calefacción había interpretado casi entera la primera estrofa de un villancico, y Amos había jurado que era el espíritu de un anciano bedel.
Salió al pasillo para comprobarlo, porque comprobar las cosas era lo que Lyle hacía cuando el miedo amenazaba con convertirse en una opinión.
La puerta de acero estaba abierta.
No del todo. Una de las dos hojas se había desplazado unos treinta centímetros sobre sus carriles, con un resto de chirrido que todavía vibraba en el aire.
El cable trenzado colgaba de la jamba, cortado limpiamente, y el precinto de plomo, con su año estampado, se balanceaba en la punta como un péndulo.
Lyle lo miró con atención. No había marcas de cizalla.
El cable no estaba cortado. Estaba, de alguna manera, desabrochado .
Del hueco salía un aire frío y mineral que olía a piedra mojada, a metal viejo y a algo más, un olor que tardó en reconocer porque no tenía nada que ver con la muerte. Olía a sótano de la infancia. A la gruta de una cantera en julio.
Empujó la hoja con la palma de la mano. Cedió sin esfuerzo.
Dentro, iluminado por el resplandor amarillo de los fluorescentes del pasillo, había un montacargas de carga: una caja enrejada de hierro, del tamaño de una cocina pequeña, con una cancela de tijera plegada a un lado y un panel de mandos con dos botones de baquelita cuarteada.
El suelo era de tablones. Del techo colgaban cadenas.
Y en el centro, sobre una camilla de ruedas metálicas de un modelo que no se fabricaba desde la guerra de Corea, había un cuerpo cubierto por una sábana.
La sábana tenía dos agujeros a la altura de los ojos.
Lyle respiró por la nariz, despacio, tal como le habían enseñado cuando empezó en el oficio. Después miró hacia arriba. El hueco del montacargas era un pozo negro. Del fondo ascendía una corriente fría, el soplo de una casa enorme.
-Vale -dijo en voz alta, porque hablar solo era un procedimiento más-. Vale.
Había una explicación. Los chavales de Alder Notch llevaban años intentando colarse en el sótano del hospital la noche de Halloween.
Dos años atrás habían dejado una calavera de plástico con una nota dentro de la cámara frigorífica.
El año anterior, un aprendiz de electricista había apagado el cuadro general durante cuarenta segundos y se había identificado después con un mensaje en la puerta de la farmacia.
Había alguien, eso era seguro, con acceso al segundo sótano y una necesidad enfermiza de impresionar a un hombre de cuarenta y siete años que no se impresionaba.
Lo único que no encajaba era la camilla. Los chavales no tenían camillas de 1952.
Tiró de ella hacia fuera. Las ruedas rodaron con un lamento seco, y la camilla salió del montacargas con una docilidad sospechosa, como un perro que reconoce una casa.
En cuanto el último eje cruzó el umbral, a su espalda se oyó un chasquido metálico.
Lyle se volvió. La cancela de tijera se había cerrado sola.
Después, con la lentitud de algo que no tiene prisa, el montacargas emitió un zumbido grave, y la cabina empezó a descender en la oscuridad, con un roce de cadenas, hasta que el sonido se disolvió en el pozo.
Sin electricidad. Sin cables conectados a nada. Lyle miró el vacío durante quince segundos, hasta que le dolió la nuca.
Después cerró la puerta de acero con las dos manos. Quedó encajada con un golpe seco, y el precinto, que seguía colgando de su cable, dejó de balancearse. No tenía la menor idea de por qué lo había hecho.
Empujó la camilla hasta la sala de autopsias, donde la luz era mejor.
El protocolo, y Lyle era hombre de protocolo, exigía identificar, inspeccionar, documentar y registrar. En ese orden. Con los guantes puestos y la ficha delante, pasó a la fase de identificación, que es la más tranquilizadora porque consiste en leer.
En el dedo gordo del pie derecho, atada con un cordel, había una etiqueta de cartulina.
No era de las de la morgue, que eran azules y venían impresas por el proveedor del condado.
Era una cartulina color hueso, de bordes ligeramente quemados, con una anilla de latón, y en ella alguien había escrito a pluma, con esa caligrafía de lazos amplios que se enseñaba cuando todavía se enseñaba caligrafía, dos líneas:
G. DOUCETTE
22:41
Nada más. Ni fecha ni causa. Ni la clásica casilla del forense. Solo un nombre y una hora.
Lyle miró el reloj de la pared. Eran las 20:09.
Un error de transcripción, pensó. Las 22:41 sería la hora de la defunción, y quien la hubiera escrito había adelantado el reloj.
Cosas que pasan. Lo que no entendía era quién había escrito una hora de defunción en una cartulina de 1952 y quién había metido a un muerto en un montacargas sin electricidad.
Retiró la sábana.
Era un hombre de unos sesenta años, bajo y ancho, con un bigote cano y manos de quien ha trabajado con herramientas.
Vestía una camisa de franela a cuadros y pantalones de pana con las rodillas desgastadas, y unas botas de trabajo bien atadas.
Los ojos estaban cerrados. En la cara, en el cuello y en la parte alta del pecho tenía el color más hermoso y más equivocado que puede tener un cadáver: un rosa de cereza, vivo, de postal.
Lyle había visto ese color unas cuantas veces en diecinueve años, y siempre en inviernos, siempre en casas con estufas defectuosas.
Es el color del monóxido de carbono. La sangre que se ha llenado de él se vuelve alegre, casi sana, y engaña a los que no saben mirar.
La expresión del hombre era plácida, la de quien se ha quedado dormido en una butaca delante de la televisión.
Tomó la temperatura central con el termómetro de penetración.
Cuatro grados y una décima. Hizo girar con suavidad el cuerpo y miró la espalda.
Las livideces, las manchas oscuras que deja la sangre al asentarse cuando el corazón se detiene, estaban fijadas, profundas, violáceas, y no se desplazaron cuando las presionó con el pulgar.
Eso solo ocurre pasadas unas doce horas.
Esas llevaban más. Treinta, treinta y seis. Un día y medio, quizá.
Este hombre llevaba muerto desde antes de la tarde del día anterior.
Y la camisa tenía en el cuello una arruga de planchado reciente.
Lyle retrocedió un paso. Abrió el cuaderno de turno y escribió en una línea vacía, con su letra redonda, Doucette, G. , y luego, tras un instante de duda, sin ingreso registrado . Lo tachó. Era lo que correspondía anotar, pero le pareció un modo muy poco profesional de rendirse.
Examinó el bolsillo trasero de los pantalones, que es donde los hombres guardan la cartera.
Dentro había un permiso de conducir de New Hampshire a nombre de Gerard J.
Doucette, sesenta y dos años, domiciliado en 14 Mill Street, Pellam Mills.
La foto, de color algo desvaído, mostraba al mismo hombre, el mismo bigote, con una expresión de paciencia insolente.
Había también un carnet de socio de una asociación de cazadores, veinticuatro dólares en billetes de uno y de cinco, y la tarjeta de una ferretería.
-Gerry -dijo Lyle-. ¿Qué haces tú aquí?
En el cajón del escritorio había un listín telefónico del condado, de los gruesos, de papel amarillo, que nadie había tirado porque nadie se había atrevido a ser el primero.
Buscó Doucette, y Doucette tenía una entrada: Doucette, Gerard y Lorraine, 14 Mill St., Pellam Mills .
Cogió el teléfono de la pared. Marcó. Mientras sonaba, ensayó mentalmente tres fórmulas de cortesía y las rechazó las tres.
Descolgaron al quinto timbre.
-¿Sí? -Una voz de mujer, cálida y un poco ronca, con el acento llano del norte. Detrás se oía una televisión y un perro que ladraba por motivos propios.
-Buenas noches, señora. Perdone la hora. Soy del Hospital Saint Odile. Estamos haciendo una... verificación de rutina de datos de contacto para el seguro de salud.
-¿A las ocho de la noche de Halloween?
-Sí, señora. Es... un retraso del departamento.
-Dios mío, qué gente. -Hubo un ruido de cuchara contra un cazo-. ¿Qué necesita?
-Solo confirmar que su marido, Gerard Doucette, está... disponible.
-¿Gerry? Está en el garaje, peleándose con la caldera, como todos los años. Dice que este invierno la arregla él solo o se muere en el intento. -Se rio, una risa breve de mujer acostumbrada-. Si quiere le grito. Tiene que oírme, porque para otras cosas se hace el sordo.
-No hace falta.
-Pues entonces, mejor. Que lo conozco, y se enfada si lo sacan de las tripas de esa máquina. ¿Es usted el nuevo?
-¿El nuevo?
-Del seguro. Siempre llama un chico distinto.
-Soy nuevo -dijo Lyle-. Perdone otra vez. Que pasen buena noche.
Colgó. Se quedó con la mano apoyada en el auricular, que estaba tibio, como si alguien lo hubiera sostenido mucho tiempo.
En la camilla, a cuatro metros, un hombre de bigote cano seguía mirando el techo con los ojos cerrados y una expresión de gran sosiego.
En el garaje de una casa de Pellam Mills, a dieciocho kilómetros, ese mismo hombre estaba vivo, con la cabeza metida en una caldera, y al parecer de excelente humor.
Lyle se quitó los guantes. Los dobló, uno dentro del otro, con la precisión de siempre. Volvió a taparle la cara a Gerry Doucette con la sábana, con un cuidado casi ceremonioso.
Abrió la carpeta azul, que había quedado sobre el archivador.
Había leído una vez, en un manual de psicología que le prestó Orla, que ante una situación que supera su capacidad de comprensión, las personas tienden a agarrarse a la rutina más cercana, del mismo modo que un hombre que cae de un tejado se agarra a lo primero que encuentra, aunque sea una teja.
No recordaba el título del libro; recordaba la sensación de reconocerse en la descripción.
Arrancó un formulario. En la línea del nombre escribió G. Doucette . En la de la hora, 20:12 . En la tercera, con la pluma que llevaba en el bolsillo del pecho, firmó: L. Pelletier .
La hoja blanca la dejó sobre el archivador. La rosa, debajo, se quedó dentro de la carpeta, tal como había dicho Haverty, con su firma calcada en carbón sobre un texto que Lyle, por una vez en su vida, no se paró a leer.