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Trece Bandejas

Trece Bandejas

Por Lucy W. Gilbert

© inepub.com

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E l Hospital Saint Odile llevaba ciento treinta y tres años en pie por la sencilla razón de que nadie había encontrado una forma barata de derribarlo.

Era un edificio de ladrillo oscuro, con tres plantas a la vista y dos que no lo estaban, plantado en lo alto de la colina de Ward Street como un abuelo huraño que se negara a jubilarse.

Cada pocos años la junta hablaba de reformas, alguien calculaba el coste, y el Saint Odile seguía donde estaba, con sus ventanas estrechas y altas, atendiendo partos, fracturas y neumonías con la misma terquedad con que atendía a los muertos.

A los muertos los atendía Lyle Pelletier.

Para llegar al sótano podía haber usado la puerta de servicio, que quedaba a doce pasos de su plaza. Pero el reloj de fichar estaba en el vestíbulo por razones que se habían perdido en la penúltima reforma, y la norma era la norma, de modo que cruzó la recepción entre las calabazas.

Había más de veinte, de todos los tamaños, dispuestas en escalones junto al mostrador con una simetría que solo podía obedecer a una voluntad única.

Cada una llevaba una vela eléctrica dentro y las velas parpadeaban al unísono, cosa que Lyle no sabía que se pudiera conseguir con velas baratas.

Marian Pettibone, presidenta del voluntariado desde hacía veintiséis años, había supervisado hasta la distancia entre las tallas.

Marian trataba al voluntariado como un general trata una guerra pequeña pero propia.

Incluso la calabaza más grande, la que sonreía junto a la máquina de refrescos con todos los dientes, parecía haber sido aprobada en comisión.

-Lyle.

La voz llegó desde la izquierda, con la cadencia exacta de alguien que llevaba un rato esperando y no quería que se notara.

Gordon Haverty estaba de pie junto al ascensor, con un traje gris perla y la corbata del Rotary, y sostenía dos vasos de papel como si fueran credenciales.

A los cincuenta y ocho años conservaba una cara que parecía recién planchada, el pelo plateado peinado hacia atrás y una sonrisa que llegaba siempre a tiempo.

Llevaba once años de administrador del Saint Odile y, en todo ese tiempo, nadie le había visto llegar a una reunión con las manos vacías.

Café, decía, abría más puertas que cualquier memorando.

-Gracias por venir -dijo, y le tendió un vaso.

Lyle ya tenía el termo lleno, pero aceptó el vaso, porque rechazar un café en Alder Notch era un acto casi político.

-Es mi turno, señor Haverty.

-Es su turno esta noche , que no es lo mismo. -La sonrisa se ensanchó un grado-. No sabe cuánto le agradezco que haya aceptado la guardia de Halloween. Sé lo que le cuesta con su hija. Es paga doble, naturalmente.

La paga doble ya estaba gastada. Era la cuota del club de natación de Josie, que su exmujer no podía cubrir sola y que Lyle cubría con horas extra y con una sensación de deuda que no se acababa nunca.

En diecinueve años, su nombre no había aparecido ni una sola vez en el cuadrante del 31 de octubre.

Todos los años, alguien, y siempre era Haverty, le había dejado la noche libre, como un favor del que ninguno de los dos hablaba.

Esa noche era la excepción. Lyle había dicho que sí en septiembre, cuando la doctora Calloway llevaba dos semanas enterrada, sin preguntar por qué, porque a un hombre al que le ofrecen dinero y una buena razón no le sobra tiempo para sospechar de lo segundo.

-Hay una cosa más. -Haverty sacó de debajo del brazo una carpeta azul y la abrió con el pulgar, como una baraja-. Desde que nos falta la doctora, el condado nos exige un poco más de papel. Traslados. Por si esta noche recibe alguno.

Dentro había un taco de formularios de dos hojas, una blanca y otra rosa, unidas por papel carbón. En la cabecera de cada uno, impreso en mayúsculas: RECIBÍ CONFORME. Debajo, una línea para el nombre, otra para la hora y una tercera para la firma.

-¿Traslados? -dijo Lyle-. No tengo ninguno programado.

-Imprevistos. Es noche de calabazas, Lyle. Los accidentes se acumulan. Cada cuerpo que reciba, lo firma. La copia blanca al archivo. La rosa déjela en la carpeta; yo paso a recogerlas. -Se encogió de hombros con una modestia ensayada-. Burocracia, nada más.

Lyle amaba la burocracia como otros hombres aman los atardeceres. Hojeó el taco, comprobó que las hojas estaban bien alineadas y que el carbón no tenía arrugas, y sintió algo muy parecido al agradecimiento. Nadie le había dado más papeles de los que pedía desde hacía años.

-Yo tengo la cena en el Legion Hall -continuó Haverty-. La de Todos los Santos. La presidencia obliga. Pero estaré localizable. Y no se preocupe: va a ser una noche tranquila.

Más tarde, Lyle recordaría que Haverty había dicho esa frase con la entonación de quien lee un papel que ha ensayado demasiado. En ese momento solo notó que el café estaba demasiado caliente y se lo bebió de todos modos.

Orla Doherty esperaba el ascensor con una taza de té y un parte de enfermería sujeto al pecho como un escudo.

Tenía cuarenta y un años, el pelo castaño recogido a la fuerza con un lápiz y unos ojos verdes y cansados que miraban el mundo con la paciencia de quien ha decidido que no merece la pena escandalizarse.

Era la supervisora del turno de noche y la única persona del Saint Odile que le hablaba a Lyle como si fuera un adulto con sentido del humor.

-Tres camas libres -dijo, sin saludar, porque en su relación el saludo se daba por hecho-. Ningún crítico. Y el de la 214 ha preguntado si esta noche pasa el fantasma del hospital. Le he dicho que sí, que se llama Lyle y que baja los jueves.

-Hoy es sábado.

-Se lo he dicho igual. -Miró de reojo a Haverty, que se alejaba por el pasillo con paso cordial, saludando a una celadora con la mano-.

Ha estado rondando por urgencias toda la tarde.

Dice que quería «asegurarse de que todo estuviera en orden».

En los ocho años que llevo aquí nunca ha querido que nada estuviera en orden en Halloween.

-Es una cuestión de seguros.

-Claro. -Orla bebió un sorbo de té y le tendió el teléfono con la pantalla encendida-. Mira cómo me lo ha dejado.

En la foto, un niño de doce años con el pelo revuelto posaba en el salón de una casa con tapetes de ganchillo, vestido con unos pantalones de chándal azules, una camiseta de licra y una capa roja que le llegaba a los talones.

-La ha cosido él mismo -explicó Orla-. Con un trozo de cortina de mi hermana. Se tropieza cada tres pasos y ha vuelto del recorrido con cuatro kilos de caramelos y ninguna dignidad. Está con Maeve, que le ha prohibido comer más de diez.

-¿Cuántos se ha comido?

-Dieciséis. Pero no se lo digas.

El ascensor llegó. Dentro, mientras bajaban, el teléfono de Lyle vibró en el bolsillo. Era un mensaje de Josie.

Voy a la cantera con Maggie y los demás. No me esperes despierto.

Josie tenía dieciséis años y nadaba como si el agua le debiera dinero.

Lyle, en cambio, no entraba en el agua más allá de los tobillos, por un motivo que guardaba en el sitio donde guardaba los motivos.

Escribió «Ten cuidado». Lo miró. Le pareció poco, pero cualquier otra cosa le habría parecido demasiado, así que lo envió.

Josie contestó con un pulgar. Cuatro grados fuera, helada anunciada para la madrugada, y los chavales de Alder Notch llevaban cuarenta años haciendo la hoguera de Halloween en la cantera de Hobbs, con parkas sobre los disfraces y esa fe de los dieciséis años en que el frío es una opinión.

Orla, que había leído la pantalla por encima de su codo con el descaro de una enfermera, no dijo nada.

-Mañana -dijo Orla en el sótano, cuando se abrieron las puertas- te invito a un desayuno y te cuento cómo se da un abrazo sin que parezca un robo.

-Tomo nota.

La morgue del Saint Odile ocupaba el primer sótano, al fondo de un pasillo largo y encalado que olía a desinfectante, a cera de suelo y, muy por debajo de ambos olores, a piedra húmeda, como un recuerdo del edificio que había sido antes de ser hospital.

Contaba con una sala de autopsias de azulejos blancos, un despacho minúsculo con un escritorio y un archivador, un vestuario con taquillas, una cámara frigorífica con trece bandejas de acero -de las cuales usaba doce, porque la trece llevaba años cerrada con un precinto de cinta amarilla y la leyenda FUERA DE SERVICIO escrita a mano, con una letra más antigua que Lyle- y, al final del pasillo, una puerta de acero pintada de gris que nadie abría.

Lyle se detuvo delante de ella, como hacía siempre al empezar el turno, sin saber por qué.

Era una puerta de doble hoja, del tamaño de un portón de garaje, sellada con un cable trenzado cuyo precinto de plomo llevaba estampada una fecha: 1974.

Depto. de Sanidad, Alder Notch . Detrás había un montacargas de carga que bajaba al segundo sótano, donde, según los planos municipales, estaba la morgue original, clausurada ese año por razones de salubridad.

Amos Hollister, que le había enseñado el oficio durante cuatro años y había trabajado en aquel sótano durante cuarenta y uno, aseguraba no haberlo abierto jamás.

Lyle lo había comprobado una vez en el cuadro de mantenimiento: la acometida del motor estaba cortada de raíz, con los cables sellados en una caja soldada.

Un montacargas muerto, detrás de una puerta muerta, en una sala sin uso. Cualquier hospital tiene cosas así, como cualquier casa tiene un armario del que nadie conoce la llave.

Su despacho estaba a la izquierda. Al lado, con la puerta cerrada, el de la doctora Calloway.

La placa seguía en su sitio: DRA. R. CALLOWAY - PATOLOGÍA.

Ruth Calloway había sido la patóloga del Saint Odile durante treinta y un años y forense del condado durante casi todos ellos.

Una mujer menuda, de voz seca y ojeras antiguas, que fumaba a escondidas en la azotea y nunca pronunciaba una frase que no fuera útil.

El 14 de septiembre, al terminar la jornada, se había sentado en su coche en el aparcamiento de personal y no lo había vuelto a arrancar.

Un aneurisma, dijeron. Tenía cincuenta y ocho años.

Siempre había sido ella quien se quedaba en la morgue el 31 de octubre.

Sola, con la puerta cerrada, hasta el amanecer.

Nadie preguntaba por qué una patóloga veterana pedía voluntariamente la guardia que nadie quería.

Y Amos, que durante cuarenta y un años no había pisado el sótano en esa fecha, le había contestado una vez que esa noche le daba el reuma, y había cambiado de tema con un empeño que Lyle atribuyó a la edad.

Se dijo que ese año todo sería sencillo. Los accidentes de Halloween eran siempre los mismos: un borracho, un coche, una escalera. Con suerte, nada.

Se puso la bata. Encendió la radio de transistores que tenía sobre el archivador, una Panasonic de 1988 que su padre le había regalado y que solo captaba AM, y la sintonizó en el partido de los Bruins, que iban perdiendo por dos goles contra un equipo que Lyle no logró identificar.

Revisó el cuaderno del turno anterior: dos ingresos naturales ese mes, ambos recogidos y entregados.

Comprobó la temperatura de la cámara, que marcaba tres grados con una ligera vibración de motor, y la báscula, y los carros, y la cinta métrica, y las etiquetas de los dedos, en el orden en que lo había hecho cada noche durante diecinueve años, con la convicción tranquila de que los rituales eran el modo en que un hombre educado le pedía al mundo que se portase bien.

Después se sentó a la mesa de acero de la sala de autopsias, que a esa hora hacía las veces de comedor, desenvolvió la tourtière y se la comió despacio, con una servilleta sobre las rodillas, mientras en la radio un locutor aseguraba que todavía había partido.

Abrió el taco de formularios, arrancó una hoja de prueba y escribió su nombre en la línea de la firma, solo para ver cómo quedaba.

Quedaba bien. La letra de Lyle era pulcra, redonda y un poco infantil, la letra de un niño al que habían enseñado que las cosas bien hechas se notan.

Eran las ocho y seis. Al otro lado de la pared, en el pasillo, los tubos fluorescentes zumbaban con ese murmullo que ya había dejado de oír hacía años, y que justo por eso notó cuando cambió.

No fue el zumbido, sino lo que había debajo. Un hueco en el aire, como el que se produce un segundo antes de que arranque una máquina.

A las 20:07, detrás de la puerta de acero que nadie había abierto desde 1974, sonó una campanilla. Una sola vez, limpia, de latón, del tipo que se usa en una recepción para llamar a un empleado que se ha distraído.