18. 18 #2
-Me parece perfecto. Quédate. No salgas. Pase lo que pase, no salgas de ahí hasta que sea de día. ¿Me lo prometes?
-Qué dramático eres.
-Prométemelo.
-Vale. Prometido. -Bostezó-. Te quiero, pesado.
-Yo a ti.
Colgó ella. Lyle se quedó mucho tiempo con el auricular en la mano, oyendo el tono vacío.
Después fue hasta el vestuario, y abrió la taquilla número uno de la doctora Calloway, que seguía abierta desde las once de la noche.
Del fondo sacó un pañuelo de algodón y, dentro, un sello de latón del tamaño de un posavasos, con un mango de madera ennegrecida.
Se lo guardó en el bolsillo interior de la bata, junto a las dos cartulinas y el lápiz de Orla.
Había una persona que lo sabía. No era Haverty. Era la única persona en el hospital que había estado en ese sótano antes que nadie.
Subió a la tercera planta.
La residencia de larga estancia del Saint Odile tenía los pasillos a media luz y un olor a talco y a sopa de pollo.
Había una auxiliar dormida en una silla al final, con la boca abierta.
La habitación 307 estaba al fondo, con la puerta entornada y un televisor sin sonido en la pared, y en la cama de la ventana, apoyado sobre dos almohadas, con las manos sobre la colcha y los ojos abiertos fijos en la puerta, estaba un viejo de ochenta y un años con la cara llena de pliegues y unos ojos azules, muy claros, de una limpieza espantosa.
-Ya estás aquí -dijo Amos Hollister-. Tardaste.
-Amos.
-Siéntate, muchacho. Que no me queda mucho rato de cabeza. -Palmeó la colcha-. Me ha venido hace una hora, de golpe, como cuando te suena el teléfono. Sabía que ibas a llegar. Siéntate.
Lyle se sentó en el borde de la cama. Amos le cogió la mano con una mano seca, ligera como un guante, pero con una fuerza inesperada.
-Cuarenta Halloweens -dijo-. Cuarenta años en el sótano, y todos los treinta y unos de octubre me daban un sobre con un cheque y una semana en la costa.
Nunca pregunté. Me dijeron que era una gratificación del condado y a mí me valía.
-Sonrió con la boca sin dientes-. En el ochenta y tres me equivoqué de día.
Bajé a las tres de la mañana a buscar unas gafas, y oí la campanilla.
Una sola vez. Y el doctor Whitcomb, que entonces era el Guardián, me encontró.
No gritó. Me dio un café. Me lo contó todo.
«Nunca firmes, Amos», me dijo. «Si firmas, lo recibes».
Y yo no firmé. Doce años después, cuando le tocó a Ruth, fui yo quien se lo dijo a ella, y llegué tarde: ya había firmado el primero.
Pero yo no firmé nunca, y por eso estoy aquí.
-¿Por qué?
-Porque el que no firma se queda. -Ladeó la cabeza-. ¿Cuántas llevas tú?
-Seis. -Lyle se lo contó deprisa, sin adornos: la bandeja trece con su nombre y las seis de la mañana, y Josie, que había sacado a una chica del agua a las doce y diez.
Amos asintió, despacio, como quien oye confirmar una cuenta.
-Entonces ya te han apuntado, muchacho. -Le apretó la mano-. Seis firmas y una salvación que ha pagado alguien que te quiere: a las seis, el Libro sabe a quién cobrar. Pero apuntado no es Guardián. Guardián eres con las trece, y las trece las tiene que firmar tu mano.
-Quiero cerrarlo.
-Ya lo sé.
-¿Se puede?
Amos Hollister miró la ventana. Fuera, sobre las crestas, el cielo todavía era negro, pero con una raya más clara, casi invisible, a lo largo del horizonte.
-Se puede -dijo-. Hay que bajar. A la sala vieja.
La llave de latón abre la puerta del fondo del hueco.
Delante del Libro, con el sello en la mano, antes de que amanezca.
Dices una palabra y estampas el sello en la última página.
Y se acaban también las deudas aplazadas, las que alguien pagó por adelantado.
Todas. El que cierra se lleva su fecha: la que le tocaba de todos modos, sin descuento y sin recargo.
A los que obedecen, el Libro les paga con años.
Cualquier otra cosa que te cuenten es mentira.
-¿Qué palabra?
- Cerrado. -Una sonrisa breve-. No es muy poética. A Ruth le daba rabia.
-¿Por qué no lo cerró ella?
-Porque tenía miedo. -Amos lo dijo con una dulzura rara-.
No de la fecha. Ruth se sabía la suya desde los treinta, y no le daba miedo, le daba cansancio.
Tenía miedo por los niños. Porque mientras el Libro esté abierto, y con un Guardián que lo mantenga quieto, ningún niño del valle muere antes de tiempo.
Ni uno. Ni de fiebre, ni de coche, ni en el agua. -Una pausa-. En el agua tampoco, Lyle.
Lyle no se movió.
-Y si lo cierras, se acabó. Los niños de Alder Notch pasan a morir como todos. Como mueren en Concord, y en Manchester, y en Boston. De fiebre, de coche, en el agua. Esa es la cuenta que Ruth no quiso pagar. Es la cuenta que te toca a ti.
-Esta noche ha muerto un niño por eso.
-No. Ha estado a punto de morir un niño por culpa de un Libro sin mano.
-Los ojos azules se clavaron en los suyos-.
No es lo mismo. No te dejes engañar por Gordon.
Él te dirá que el Libro cuida del valle.
Te dirá que tu deber es firmar y que todo vuelva a su sitio.
Y puede que tenga razón. Puede que la vida de unos pocos sea un buen precio por la de todos los demás.
-Le soltó la mano-. Pero tú no eres el que lo decide. No lo has decidido nunca. Hoy sí.
Lyle se levantó. Se inclinó y besó al viejo en la frente, que olía a talco y a papel viejo, y Amos Hollister se rio, una risa breve, de pájaro, y dijo:
-Anda ya, hombre. Que se me va la cabeza.
Cuando Lyle llegó a la puerta, el viejo ya miraba el televisor apagado con una expresión plácida, ausente, y movía los labios, y no parecía reconocer a nadie.
Eran las 04:21.