Trece Bandejas 19. 19
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Lyle llegó hasta él por el vestíbulo, entre las calabazas de Marian Pettibone.

Las veintitantas velas eléctricas seguían parpadeando al unísono, con una disciplina que ya no tenía a quién obedecer, y cuando pasó por delante de la más grande, la que sonreía junto a la máquina de refrescos con todos los dientes, sintió que lo miraba.

Llevaba la carpeta azul bajo el brazo, y dentro de la carpeta seis hojas rosas, dos libretas negras, un lápiz de enfermera y una cartulina que no era suya.

El sello de latón le pesaba en el bolsillo interior de la bata, contra las costillas.

La puerta del despacho estaba entornada. Lyle empujó con la punta de los dedos.

Haverty estaba sentado detrás de su mesa, de espaldas a una ventana negra, sin chaqueta, con la corbata aflojada y el cuello de la camisa abierto, y esa fue la primera vez que Lyle le vio la garganta.

Tenía una piel fina, de papel de seda. La cara, que durante once años había parecido recién planchada, tenía ahora un aire de sábana que alguien ha dejado toda la noche en el suelo.

A la izquierda, en la librería abierta, siete pantallas de un blanco y negro desvaído mostraban siete rincones del Saint Odile.

El vestíbulo, con las calabazas. La puerta de urgencias.

Una azotea, con una chimenea y una colilla encendida en la grava.

El pasillo del sótano, con la puerta de acero abierta y, en lo alto, un punto rojo.

La sala de autopsias. La cámara frigorífica, con una bandeja abierta.

Y una séptima pantalla, apagada, negra del todo.

-Esperaba que subiera antes -dijo.

Lo dijo sin levantarse. Con una voz fatigada y amable, la de un hombre que lleva mucho rato esperando en una sala y que ha aprendido a no tomarse a mal la tardanza de los demás.

Lyle fue hasta la mesa. Sacó del bolsillo la cartulina color hueso, la del dedo gordo del rey de cartón, y la dejó sobre el cristal, entre una estilográfica y un pisapapeles con forma de bellota.

G. HAVERTY

05:10

Haverty la miró un buen rato. No la tocó.

-Sí -dijo-. Cinco y diez.

-Lo sabía.

-Desde el diecisiete de septiembre.

Se levantó. Fue hasta una librería de caoba, apartó con un dedo tres tomos de un diccionario jurídico, y descubrió una caja fuerte empotrada, pequeña, con una rueda de latón.

Giró la rueda sin apuro. De dentro sacó un libro más pequeño que el de la morgue, del tamaño de un misal, forrado en piel oscura, y lo dejó sobre la mesa junto a la cartulina.

Lo abrió por la mitad. Las páginas eran gruesas, un poco amarillas, y en la primera de las dos que quedaban a la vista había trece líneas, escritas con la misma caligrafía de lazos amplios, en una tinta ligeramente más negra que el papel.

-El Registro del Comité -dijo Haverty-. Lo guardamos aquí desde 1893.

Cada año, el 1 de noviembre, el Guardián nos lee los nombres, y los apuntamos.

Siempre fue un libro de cuentas pasadas.

El diecisiete de septiembre, la mañana después del funeral de Ruth, lo abrí por pura costumbre, para guardar un sobre.

Y había diez nombres, con su hora. Y el último era el mío.

Lyle leyó. Diez líneas en columna: Doucette, Rourke, Gagnon, Tierney, Fisk, Pettibone, Wheelock, Greer, Marsh, Haverty.

Tres de ellas, Doucette, Gagnon y Tierney, estaban tachadas con una raya fina.

Y en el margen, en una tinta algo más oscura, escritos esta misma noche, había tres nombres más, cada uno con su hora: Osgood , Doherty , y un tercero, el último, que Lyle no necesitó leer.

-He visto cómo aparecían -murmuró Haverty-. Desde aquí, esta noche, en directo. Un nombre tachado. Otro nuevo en el margen. Uno de ellos, un niño. No he podido... -Se pasó una mano por la boca-. No sé cómo se explica eso. Ruth lo habría sabido.

-¿Por qué usted?

-Porque el Libro le cobra al que cuida un pacto sin Guardián. Ruth me lo dijo en agosto: «Si me falto, Gordon, te toca a ti». Creí que hablaba de trabajo.

-Y no avisó a nadie.

-¿A quién? -Se sentó pesadamente, como si las piernas lo hubieran soltado-.

¿Y con qué? Cada paso es un precio, Lyle.

Ruth me lo enseñó cuando éramos jóvenes y ella todavía creía que se podía hacer algo.

Un nombre salvado, un nombre repuesto. Una vez, en el noventa y cinco, su primer año, intentó sacar a una mujer de un coche en Tamarack. Esa noche perdió a su cuñado.

-Walter.

-Walter. -Asintió-. Lo anotó, ¿verdad? Lo anota todo. -Una sonrisa breve-. Entonces ya sabe usted más que yo.

-Cuénteme el resto.

Lo hizo sin que hubiera que insistir, con una voz tranquila, de profesor, como quien repite una lección aprendida de niño.

En el invierno de 1892 a 1893, la difteria había entrado en el valle de Alder Notch por una escuela de Tamarack y no había salido hasta marzo.

Cuarenta niños. No había hospital. Había una casa de reposo y un médico, el doctor Josiah Ward, que enterró a cuarenta en el cementerio de la colina, el primero de ellos una niña de siete años que murió el 31 de octubre del 92, antes de que cayera la nieve, y que era su hija.

Ward gastó la herencia de su mujer en construir un hospital.

Bajo el hospital, en el segundo sótano, mandó excavar una sala de piedra con bóveda y trece nichos.

Con cinco hombres del valle, entre ellos el bisabuelo de Gordon Haverty, bajó a esa sala la noche del 31 de octubre de 1893, con un libro de cuentas en blanco, una pluma y un frasco de tinta.

-Escribieron cuarenta nombres -dijo Haverty-. Los de los niños. Y debajo, una promesa. Que ningún niño del valle volvería a morir antes de tiempo. Y que, a cambio, cada año, una noche...

-Algo respondió.

-No sé qué. Mi bisabuelo nunca lo dijo. Dejó una línea en una carta: lo que hay abajo es cortés .

-Se encogió de hombros-. Fueron tres, el primer año.

Tres adultos. Nadie los echó en falta, y la difteria no volvió.

Después cuatro. Después cinco. Hubo siempre un Guardián, el médico del hospital, que bajaba a firmar los recibos y tenía que aceptar una fecha, la suya, lejana.

Y un Comité que mantenía el secreto y daba la cena y leía los nombres al amanecer.

-Y ni un niño muerto en todo ese tiempo.

-Ciento treinta años -dijo Haverty-. Ni uno, Lyle.

Ni uno en ciento treinta años. No ha muerto un niño en este valle por una fiebre, por un coche, por un río.

Ni uno. Ni de leucemia. -Se le quebró la voz-.

Fíjese en las estadísticas. Los de la prensa piensan que es la pediatría del Saint Odile.

Es lo único que yo he hecho bien en mi vida. Haber cuidado de eso.

-A cambio de cinco o seis adultos al año.

-De gente sin familia. De borrachos, de viejos, de forasteros.

-Hasta esta noche.

Haverty cerró los ojos.

-Esta noche es distinta porque no hay Guardián.

Sin Guardián, el Libro no tiene mano. Escribe donde le duele.

-Abrió los ojos-. Una entrenadora a la que adoran los críos.

Una enfermera. Un niño. La presidenta del voluntariado, que llevaba treinta y siete años barriendo un tejado.

El administrador. Eso no es un sistema, Lyle.

Es una herida. Si no hay Guardián al amanecer, el Libro queda abierto del todo, y no se cierra nunca.

Cada noche escribirá lo que quiera. Y no le importarán los niños.

-Por eso quería que fuera yo.

-Por eso.

-Porque no he faltado a ningún turno.

-Porque no ha faltado ni a uno en diecinueve años. Porque es un hombre bueno. -Lo miró de frente-. Y porque cree que las reglas protegen a la gente. Es la mejor cualidad que puede tener un Guardián.

-Es la peor.

-A veces son la misma.

Lyle se quedó en silencio. En la pantalla del fondo, la de la azotea, la colilla entre la grava seguía humeando con una pequeña luz roja, y se le ocurrió, con una lucidez extraña, que Haverty había estado mirándola toda la noche.

-Me eligió porque firmo sin leer -dijo.

-Le elegí porque es capaz de ponerle su nombre a algo y no soltarlo.

Que no es lo mismo, aunque se parezcan. -Tomó aliento-.

Escuche. Quedan siete recibos. Los de Osgood, Wheelock, Doherty, Greer, Marsh, el mío y el suyo.

Diez nombres y tres pagarés son trece cuerpos, y cada cuerpo es un recibo: los que se cancelan cuentan igual.

Ahora mismo lo tienen apuntado, y a las seis el Libro le cobra a usted.

Con las trece firmas ya no hay marcha atrás: es usted el Guardián, y en lugar de esa hora le dan una fecha lejana.

El Libro recupera su medida. Se acaba el desorden.

Los nombres que quedan por cumplirse se cumplen, pero no vendrán más.

Y el año que viene, otra vez cinco, otra vez gente a quien nadie echa de menos, y todos los niños a salvo.

Los suyos. Los de Orla. -Se calló-. Y yo... Creo que el mío se suspendería.

-¿Cree?

-No lo sé. -Una verdad desnuda-. No se lo voy a negar. Podría ser. Con el Libro sujeto, puede que se me perdone. No lo sé.

-¿Y mi fecha?

-Larga. Ruth llegó a los cincuenta y ocho.

La suya vendrá escrita en la última copia.

-Hizo una pausa-. Treinta, treinta y cinco.

Verá crecer a su hija. Verá a sus nietos nadar.

Y se quedará con la plaza de forense del condado, que está vacía desde septiembre: sueldo de Concord, y nadie que le pregunte nada.

-Y cada 31 de octubre me bajaré a firmar con cinco o seis nombres, y los conoceré, y no podré tocarlos.

-Sí.

-Durante treinta años.

-Sí.

Lyle abrió la carpeta azul. Sacó las seis hojas rosas, las puso sobre la mesa, en abanico, junto a la cartulina. Seis firmas calcadas, redondas, pulcras. Haverty las miró con ternura.

-Es una letra preciosa -dijo.

-Es la letra de alguien que no sabía lo que firmaba.

-Es la letra de alguien que firmaba bien.

-No voy a firmar más.

Haverty se quedó inmóvil.

-Entonces va a cerrarlo.

-Sí.

-Sabe lo que eso cuesta.

-Los niños de Alder Notch van a morir como los de todas partes -dijo Lyle-. De fiebre, de coche, en el agua. Lo sé. Me lo ha dicho Amos esta noche, que ve a veces.

-Qué frase tan fácil -murmuró Haverty-. A las cinco de la mañana, con una hija viva en un coche aparcado.

-Lo sé. Lo hago igual.

-¿Y si mañana muere uno? ¿Un crío de seis años, en la cantera, en febrero, porque nadie lo ha cuidado, porque la mano que lo protegía ha dejado de ser mano? ¿Quién lo carga?

-Yo.

-No le va a bastar.

-Lo sé. -Lyle cerró la carpeta-. Pero no se puede comprar la seguridad de unos con las vidas de otros sin saber nunca a quién se le cobra. Eso lo he aprendido hoy. Ha costado mucho aprenderlo, y no lo quiero olvidar.

Haverty se levantó. Fue un movimiento rígido, de cuerpo que obedece a una voluntad lejana.

Rodeó la mesa. Se detuvo a un palmo, tan cerca que Lyle pudo ver las venas finas de los ojos y el pulso que le latía en la sien, y en la cara de aquel hombre aparecieron, una tras otra, y con una rapidez de máquina, las cosas que había sido: el administrador atento, el compañero de Rotary, el nieto de una promesa, el niño de una casa en la que se hablaba bajo.

Y detrás de todo eso, desnudo, un animal muy antiguo, muy asustado, que quería vivir.

-Por favor -dijo.

-No.

-Por mí, no. Por mí no lo haga. -Se le quebró la voz-. Tengo cincuenta y ocho años. Tengo una casa en Ward Street con un perro viejo y una mujer que duerme sin saber nada. Quiero llegar a los sesenta. Quiero... -No terminó-. Firme. Es una firma. Solo es tinta.

Lyle lo miró sin odio. Había esperado odiar, y al encontrarse con aquella cara rota solo sintió una piedad incómoda.

-Lo siento, Gordon.

Lo dijo con su nombre de pila. Era la primera vez que lo hacía.

Haverty bajó la mirada. Se quedó un momento muy quieto, y cuando la volvió a levantar su cara tenía otra vez una compostura deliberada, ensayada, como el corte de un traje.

-Entonces voy a bajar con usted.

-No.

-Es mi hora, Lyle. A las cinco y diez estaré donde me toque. Prefiero estar delante del Libro.

-Gordon...

-No me lo impedirá. -Una sonrisa casi dulce-. Es mi hospital.

Se puso la chaqueta. Se anudó la corbata con tres movimientos exactos.

Recogió la cartulina de la mesa y se la guardó en el bolsillo del pecho, sin mirarla, como un hombre que se guarda un resguardo.

Apagó con un dedo la lámpara de la mesa, y en la oscuridad las siete pantallas de la pared siguieron encendidas.

Salieron juntos. En el vestíbulo, las velas eléctricas de las calabazas parpadeaban a la vez, como siempre, con una constancia que ya no obedecía a nadie.