Trece Bandejas 20. 20
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L o primero que notó Lyle fue que el agua no estaba fría.

Había bajado por la escalera de servicio, había dejado atrás el pasillo con la luz roja, había cruzado la puerta de acero que nadie volvería a cerrar, y delante de él el montacargas esperaba con la cancela plegada y la cabina vacía, y al fondo de la cabina, a la altura de sus rodillas, detrás de un manojo de cadenas que colgaban desde el techo como raíces, había una puerta que no había visto jamás.

Era una puerta baja, de roble oscuro, con herrajes de hierro y un ojo de cerradura con forma de ocho.

Tenía el tamaño de una alacena. Alguien la había pintado, mucho tiempo atrás, con el mismo gris de las paredes, y la pintura se había desprendido a trozos, dejando ver la madera, que seguía allí, firme, con el dibujo de los años.

Haverty, detrás de él, con una linterna de bolsillo, murmuró algo que Lyle no oyó.

Pasaron agachados. Al otro lado empezaba una escalera de caracol de piedra, estrecha, con un pasamanos de hierro al que alguien había dado una mano de aceite hacía poco, y bajaron cuarenta y siete peldaños por un hueco que olía a piedra y a mineral y a algo que Lyle tardó en reconocer: aliento.

No era un olor, era un calor. Un calor lento, sostenido, como el de una casa donde acaba de irse alguien.

Notaba en el costado, a través de la bata, el sello de latón, tibio.

La escalera terminaba en un pasillo abovedado, de ladrillo, de unos veinte metros. El suelo estaba cubierto de agua.

Lyle se detuvo en el último escalón.

No era mucha. Cubriría, calculó, hasta los tobillos.

Una película oscura, quieta, que reflejaba la luz de la linterna de Haverty y la devolvía al techo en una red de ondas pálidas.

En el otro extremo, pasados veinte metros de agua, un arco de piedra y, más allá, una claridad débil, verdosa, como de acuario.

Un hombre que no entra en el agua más allá de los tobillos.

Un hombre que lleva treinta y seis años sin mojarse otra cosa.

Se oyó pensar la frase entera, de pie en el último peldaño, con la mano en el hierro del pasamanos, y le sobrevino, sin que lo llamara, el recuerdo de una tarde de julio y un pato de plástico flotando, rojo y amarillo, hacia el centro de un río.

Un minuto.

-Lyle -dijo Haverty detrás-. Son las cinco y cuatro.

Puso un pie en el agua.

Estaba tibia. Esa fue la sorpresa, y fue la que casi lo hizo retroceder: no el frío que había esperado, el frío mineral y espeso de las canteras y los ríos, sino un tibio blando, uterino, de agua de baño, que le subió por el empeine y por el tobillo como una mano.

Dio otro paso. Otro. Con los dientes apretados y los ojos clavados en el arco del fondo, avanzó entre las ondas, sintiendo el fango fino bajo las suelas, y detrás de él oyó los pasos de Haverty, que chapoteaba con las perneras recogidas y el aire de un hombre que cruza un arroyo en una excursión.

Pasaron bajo el arco.

La sala vieja era más grande de lo que había imaginado.

Una bóveda de ladrillo oscuro, con arcos de piedra que descendían hasta las paredes como las costillas de un animal y, en la clave del arco central, la piedra más alta, una corona tallada, se alzaba a ocho o nueve metros sobre un suelo cubierto de agua.

Alrededor, formando un semicírculo, había trece nichos excavados en la roca, cada uno del tamaño de una cama, cada uno con un reborde de piedra tallada y un número romano grabado en la clave del arco.

En cada nicho había una luz. No una lámpara, ni una vela: una claridad suave, pálida, que parecía salir de la propia piedra y que subía y bajaba despacio, con un ritmo regular, de quien respira dormido.

Doce de los trece latían con la misma cadencia.

El del extremo, el XIII, estaba vacío, apagado.

En el centro, donde el agua subía hasta las rodillas, había un atril.

Era de madera negra, tallada, con patas de garra de ave y una pendiente suave, y encima, abierto en la mitad, descansaba el libro.

Lyle había imaginado un volumen enorme, un misal de catedral.

Era peor: era un libro corriente. Un libro de cuentas, de tapa de cuero negro, de los que se vendían en cualquier papelería de principios de siglo, del tamaño de una bandeja de cafetería.

Tenía las esquinas gastadas. Una cinta roja, descolorida, marcaba una página.

Lyle se detuvo a tres metros.

-Gordon.

-Lo veo.

-Déjeme ir solo.

-No puedo.

El agua le llegaba ahora a las rodillas, y Lyle notó que le temblaba todo el cuerpo.

No de frío. Había llegado hasta ahí, a un metro de la profundidad que había evitado media vida, y notaba bajo los pies una sensación vaga, una succión muy suave, como si el suelo aspirara.

Dio otro paso. Notó la tela de los pantalones pegársele a las pantorrillas.

Mirando al atril, de espaldas a la entrada, no oyó los pasos de Haverty hasta que le agarró el brazo.

-Perdóneme -dijo Haverty, jadeando, y la voz le salía con una dulzura espantosa-.

Perdóneme, Lyle. De verdad. -Con la otra mano le estaba hurgando en el bolsillo de la bata, buscando el sello, con una rapidez torpe de ladrón-.

No puedo dejar que lo cierre. Usted no sabe lo que hace.

Yo sí lo sé. Deme el sello. Lo custodiaré yo, como lo custodiaron mis abuelos. Deme el sello y se acaba esta noche...

-Suélteme.

-Es un sello. Es solo...

Lyle se giró. Por primera vez en la noche empujó a alguien con toda su fuerza.

Los dos cayeron al agua, a medias, con un gran chapoteo, y el sello salió del bolsillo y fue a parar a la superficie con un golpe pequeño, y flotó, el pesado latón, con una dignidad absurda, a un metro de ellos, sobre la lámina oscura.

Haverty braceó hacia él. Lyle se levantó, con el agua hasta los muslos, empapado, y se dio cuenta de que, sin pensarlo, de pie y chorreando, había cruzado una frontera.

El miedo seguía allí, pero ahora tenía otra cosa delante.

Cogió el sello antes que Haverty. Lo apretó contra el pecho.

-Gordon -dijo-. La corona.

Haverty se detuvo. Se llevó una mano a la cabeza.

Alguien le había puesto una corona. Una corona de papel dorado, de las de cumpleaños, con los picos sin coser, encajada con un poco de torcimiento sobre el pelo plateado, que goteaba.

La tocó con los dedos. Al principio, con la expresión de quien toca un insecto.

Después, con un gesto de pánico, intentó arrancársela, y la corona, que era de cartón, no se despegó.

No era un objeto. Era una cosa de su cabeza.

-No -dijo Haverty-. No.

Sobre ellos, en lo alto, la bóveda emitió un sonido: una nota baja, larga, un suspiro de piedra, con una vibración que Lyle sintió en la clavícula.

Del arco central cayó un puñado de polvo, y después un trozo de argamasa del tamaño de un puño, que se hundió en el agua con un plop pequeño.

El agua se rizó. En el techo, una grieta fina empezó a avanzar entre dos arcos, con la lentitud de un dedo que dibuja.

-Corra -dijo Lyle, y no estaba seguro de a quién se lo decía.

Haverty no corrió. Se quedó de pie con el agua hasta las rodillas, con los brazos un poco separados del cuerpo, mirando hacia arriba, y en su cara, bajo la corona torcida, no había miedo.

Había algo mucho más extraño, un alivio, la expresión del que lleva siete semanas esperando una hora y descubre que no es tan terrible como la espera.

-Cinco y diez -dijo, sin mirarlo-. Qué puntual.

La losa cayó.

Era del tamaño de una puerta, y en una de sus caras, que Lyle vio girar en el aire, había una corona tallada.

Se desprendió de la clave de la bóveda con un estruendo que lo llenó todo, y bajó en vertical, sin una inclinación, casi sin velocidad, como un telón, y lo último que vio Lyle de Gordon Haverty fue una mano, abierta, con el anillo del Rotary en el dedo anular, y encima de la mano, un instante, un círculo de papel dorado.

El agua se levantó en una ola. Lo arrojó contra el atril.

Le golpeó la cabeza contra la madera negra, y por un momento solo hubo un zumbido, un blanco, y un polvo fino que le entraba por la nariz.

Cuando abrió los ojos, la ola se había calmado.

El silencio era total. Los doce nichos habían dejado de respirar un instante y volvían a hacerlo, pausados, uno tras otro, de izquierda a derecha, como quien reanuda una conversación.

Bajo la losa, que había quedado de través sobre el agua, solo se veía una esquina de chaqueta gris perla, y un rastro oscuro que se extendía en círculo, lentamente, sobre la superficie.

Lyle se incorporó. El sello, pegado todavía al pecho, no se le había soltado.

Se dio la vuelta hacia el atril. El agua le llegaba a medio muslo. Tenía la frente húmeda y sentía algo caliente en la sien. Había un hilo de sangre en el agua. Se lo limpió con la manga.

El libro seguía abierto. La cinta roja marcaba una página.

En la hoja de la izquierda, las líneas se amontonaban de arriba abajo, escritas con una caligrafía de lazos amplios, una letra de pluma que ningún hombre vivo habría podido trazar con tanta limpieza.

Nombres. Horas. Palabras al margen: cancelada , cumplida , cumplida , cancelada .

La última línea de la página, justo antes del borde, mostraba todavía el brillo húmedo de la tinta fresca, y una gota minúscula, a punto de deslizarse hacia el pie de la hoja.

L. PELLETIER - 06:00