Trece Bandejas 21. 21
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Llevaba media hora delante del libro sin tocarlo.

Había hecho antes otras cosas. Había intentado levantar la losa, con las dos manos y todo el peso del cuerpo, hasta que los tendones del cuello le zumbaron y comprendió que ni diez hombres la habrían movido.

Había hablado a la mano abierta que asomaba bajo la piedra, con el anillo del Rotary, cerrada ya, helada, y le había dicho en voz baja un par de cosas que habría querido decirle a Haverty hacía mucho.

Se había limpiado la sangre de la sien con la manga.

Había mirado los nichos, que seguían respirando, uno tras otro, con una luz pálida y un ritmo lento de sueño, y había pensado que doce de ellos dormían y que el decimotercero esperaba.

Después había vuelto a mirar el libro.

No tuvo voz. Fue la letra. Debajo de las trece líneas de la página izquierda, donde el papel estaba en blanco, algo se movió en la superficie, un hilo negro que avanzaba como una gota por un cristal y que fue dibujando, despacio, con una caligrafía de lazos amplios y exquisita, que Lyle ya había aprendido a reconocer, una línea.

Firme aquí, si es tan amable.

Esperó. La tinta se secó con un brillo húmedo. Debajo, otra línea empezó a escribirse sin prisa.

Su hija estará a salvo. Todos los niños estarán a salvo.

La mano de Lyle, que sostenía sin darse cuenta la pluma de firmar, se había quedado a medio camino de la página, y la retiró.

Era cortés. Eso era lo peor. Había esperado una amenaza, una voz grave que le hablara desde el fondo del pozo, y en cambio le llegaba el trato afable de un empleado de banco.

Lo que hay abajo es cortés, había escrito un hombre hacía ciento treinta años. Era cierto.

Si lo prefiere, puede tomarse unos minutos.

Se los tomó. Quince. Se quedó de pie con el agua cada vez más alta, mirando la hoja de papel grueso y la tinta fresca y las trece líneas de nombres, y pensó en todo lo que le habían dicho esa noche.

Marian, al borde de un tejado. Amos, con su lucidez de golpe.

Haverty, quebrado. Ninguno le había mentido del todo.

Tenían razón en casi todo, y eso lo hacía todo más difícil.

Era verdad que un niño que muere en una cantera en febrero es una cuenta que nadie va a poder pagar.

Era verdad que, con el Libro quieto y un Guardián sentado en él, no moriría.

Era verdad también que cada octubre cinco o seis personas bajarían por un hueco con una etiqueta en el dedo, y que el Guardián las conocería a todas por el nombre, y las firmaría, y no podría tocarlas.

Pensó en Orla con su capa. En Caitlin con los colmillos puestos. En una mujer menuda con una escoba en las rodillas, mirando el valle desde un tejado, que había tenido treinta y siete años de más gracias a un hombre pequeño y de bigote.

No se compra la seguridad de unos con las vidas de otros sin saber nunca a quién se cobra.

Lo había dicho él. Se lo había dicho a Haverty en un despacho. Lo había dicho con la boca, y ahora le tocaba decirlo con las manos.

Fue entonces cuando oyó la voz.

-¿Papá?

Venía de muy lejos, del arco de entrada, rebotando entre las bóvedas con un eco de cueva. Era una voz joven, ronca, con un temblor, y Lyle se dio la vuelta tan deprisa que el agua se le subió por el pecho y le cortó el aire.

Josie estaba en el umbral.

Llevaba una sudadera ajena, enorme, de color mostaza, con las mangas dobladas, y unos pantalones de chándal empapados hasta las rodillas, y en los pies, hundidos en el agua, unos zapatos de felpa de abuela, con pompones.

El pelo pegado a la cara. En las manos, la linterna de un móvil, que alumbraba el suelo con un círculo de luz pálida.

Parecía una niña de ocho años que se ha escapado de casa.

-¡No bajes! -gritó Lyle.

-Ya he bajado.

-Josie, por favor, no te acerques...

-Papá, he cruzado el pasillo. Esta agua está caliente. Es asqueroso. -Avanzó entre las ondas, con el móvil en alto, hacia la luz de los nichos-. No me hagas darme la vuelta.

-Te prometiste quedarte.

-Y me quedé. Hasta las cinco. -Una tos-.

Maggie empezó a toser como si se ahogara y Janet dijo que era agua en el pulmón, que a veces ocurre horas después, y llamó a la ambulancia.

Y yo fui en la ambulancia, ¿vale? No iba a dejarla sola.

Y en urgencias Patsy, la enfermera, me dijo que estabas abajo, que te había visto bajar con el administrador a las cinco menos veinte y que no habías vuelto a subir.

Estaba con Maggie y no podía dejarla, y yo no iba a esperar a nadie.

Bajé sola. Nadie me paró: en urgencias estaban todos con Maggie, y las que no, llorando por algo que nadie me quiso contar.

La puerta de acero estaba abierta, y la puertecita del fondo también, y detrás un pasillo que no sé por qué existe.

-Se detuvo a dos metros-. Papá. ¿Qué es esto?

Lyle quiso explicárselo y no supo por dónde. Al final dijo:

-Es lo que lleva años pasándole a este valle.

Josie miró alrededor. Los nichos. Las luces. La losa. La mano. Miró la mano mucho tiempo, con la boca entreabierta.

-¿Quién es?

-El administrador del hospital.

-¿Está...?

-Sí.

-Lo siento -dijo ella, con una voz muy pequeña, y lo sentía de verdad.

Se acercó. Cuando llegó al atril, a un metro de él, el agua le llegaba a las costillas. Levantó el móvil. Leyó, en la página, las tres líneas de la tinta fresca. Los labios se le movieron: Firme aquí, si es tan amable. Su hija estará a salvo. Todos los niños estarán a salvo.

-¿Su hija -dijo despacio- soy yo?

-Sí.

-¿Y qué quiere que firmes?

-Un papel. -Intentó sonreír-. El Libro necesita a alguien que lo cuide. Que firme una vez al año a unas personas que van a morir. Y a cambio, ningún niño del valle muere antes de tiempo. Tú tampoco. Ni tus hijos.

-¿Y si no firmas?

-Si no firmo... -Respiró-. Hay un modo de cerrarlo. De acabar con todo. Con el trato, con la cuota, con los nombres, con las deudas aplazadas, como la del hijo de Orla. Pero entonces también se acaba la parte buena. Los niños de Alder Notch pasan a morir como los de todas partes.

-Como yo.

-Como tú.

Josie se quedó callada. El agua le lamía las costillas, y por un momento solo se oyó el chapoteo suave de la superficie contra los nichos y el zumbido bajo de la piedra.

En la página, la tinta fresca de la última línea se había secado.

Debajo, sin prisa, con la elegancia de siempre, el libro escribió:

Quedamos a la espera.

-¿Tú qué harías? -preguntó Lyle.

Era una pregunta que nunca habría hecho a nadie, y la formuló sin dignidad.

-Yo me tiré al agua -dijo Josie-. Sin saber lo que costaba.

-Lo sé.

-¿Cuánto costó?

Lyle no contestó.

-Papá. -Lo miró con una seriedad que no le conocía, con la cara de su madre y los ojos de él-. ¿Cuánto costó lo mío?

-Yo.

-¿Tú?

-Maggie vivió, y el Libro cobró a alguien que tú querías. Y era yo. Lo supe desde las doce y diez. -Se pasó una mano por la cara-. Hay una bandeja arriba con mi nombre. A las seis de la mañana.

-¿A las seis?

-Sí.

-Faltan quince minutos.

-Sí.

Josie bajó la linterna. En la penumbra verdosa de los nichos, con el agua hasta las costillas, parecía muy pequeña y muy firme.

-¿Y si lo cierras, qué pasa contigo?

-Que sé mi fecha. Como Ruth. Como los Guardianes.

-¿Es una fecha mala?

-No lo sé.

-Pues entonces cierra.

-Josie...

-Papá. -Una pausa corta-. Yo no quiero vivir en un sitio donde unos pocos pagan para que yo esté tranquila. Y si lo quisiera, tampoco querría que lo pagases tú. Cierra el libro.

-No entiendes lo que...

-Sí lo entiendo. -Alzó la barbilla-. Lo que no sé es qué tienes ahí que te impide moverte.

Lyle tardó en comprender que lo decía en serio.

Miró hacia abajo. El agua le llegaba ya casi a la cintura, tibia, oscura, y en la superficie se reflejaban los nichos, y su propia cara, deformada por las ondas.

Estaba de pie, con las manos a los costados, sin hacer ni un solo movimiento, y se dio cuenta de que llevaba un buen rato así.

No era la elección. Era el agua. El libro estaba a un metro y medio de él, en el centro de la sala, donde la profundidad era mayor.

Para llegar a la última línea y estampar el sello tenía que dar tres pasos más, y a cada uno el agua subiría un palmo, y a la altura del atril le llegaría al pecho.

Era un hombre que no entraba en el agua más allá de los tobillos.

Se lo dijo a su hija. No supo cómo. Le salió así, en el borde de un sótano inundado, con la voz de un niño de once años:

-Es que tengo miedo.

-Ya lo sé.

-¿Lo sabes?

-Papá, llevo dieciséis años viéndote mirar la piscina desde la grada. -Una sonrisa, pequeña y clara-. Nunca me lo has dicho. No hacía falta.

-Tuve un hermano.

-Lo sé. Tío Rémy. La abuela me enseñó la foto una vez. Con el flotador de pato.

Lyle cerró los ojos.

-Mírame -dijo Josie.

Los abrió.

Estaba delante de él, mojada hasta los hombros, y le había tendido una mano. No una mano de niña: la de una nadadora, ancha, de nudillos fuertes, con las uñas cortas y la palma callosa de barra y de cuerda. Se la miró.

-Es solo agua, papá -dijo-. Está tibia. Yo estoy aquí. Y me sé el viraje de memoria.

La cogió.

Fue una de las cosas más difíciles que había hecho en su vida, y más sencilla de lo que esperaba.

Dio un paso. El agua subió, le pasó por el estómago, le llegó al esternón.

Dio otro. Notó que la respiración se le hacía corta y el sonido de los nichos más agudo.

Josie lo sostenía por el codo. «Respira -decía-.

Respira despacio. Mira el libro.» Dio el tercer paso, y llegó al atril con el agua hasta el pecho y la mano de su hija apretándole el brazo.

El libro estaba abierto delante de él. La página, de papel grueso y amarillo, con trece líneas de nombres en la columna izquierda. Los tachados y los cumplidos. Los de los márgenes. Y al final, la tinta fresca, que a las 05:56 había añadido una frase más, la última, de la misma letra elegante:

Como usted desee. Se le cobrará su fecha.

Lyle sacó del bolsillo interior de la bata el sello de latón.

Estaba tibio, y el mango de madera ennegrecida se le asentó en la palma como si lo hubiera tenido allí toda la vida.

Volvió la cara hacia Josie. Ella le sostuvo la mirada, pálida, empapada, con los labios apretados y los ojos grandes, y asintió.

Puso su mano encima de la de él.

Bajaron juntos el sello sobre la página.

No hubo ruido. El latón tocó el papel, en el espacio blanco, debajo de las trece líneas, y la tinta, que había estado seca, se alzó un instante como un aliento, y de debajo del sello, invertida, salió una palabra.

Lyle la leyó cuando levantaron el sello, con la caligrafía perfecta de siempre, estampada de derecha a izquierda y a la vez de izquierda a derecha, como las cosas que se leen en un espejo y en el papel.

CERRADO

Lo dijo en voz alta. No lo había planeado.

-Cerrado.

El agua bajó.

Bajó como baja una bañera, con un gorgoteo largo, por un sumidero de piedra en el centro de la sala que el agua había tapado toda la noche y que ahora, de pronto, tragaba.

Se llevó con ella el calor y el peso, y dejó en el suelo una capa de barro y una película de humedad que brillaba bajo la linterna del móvil.

Los nichos se apagaron uno por uno, de derecha a izquierda, como quien apaga las luces de una casa antes de acostarse.

El último, el XIII, el que no brillaba, se quedó a oscuras sin un parpadeo.

La bóveda dejó escapar un suspiro largo, aliviado, casi humano, y en medio de la sala, sin que nadie la tocara, el libro se cerró solo con un golpe seco y definitivo, el de una puerta que cae en su marco.

Se quedaron los dos de pie, en la oscuridad, empapados, con la linterna del móvil iluminándoles la cara desde abajo.

Josie no soltaba su mano.

-¿Estás bien?

-Sí.

-¿Seguro?

-Seguro.

Eran las 05:58.

Algo cambió en el bolsillo de la bata. Un calor suave, de pequeño animal, contra el costado izquierdo.

Lyle metió los dedos entre la tela mojada y sacó la cartulina color hueso que había arrancado, a las 04:08, del dedo de su propio cuerpo en la bandeja trece.

Estaba seca. El borde se estaba ennegreciendo, despacio, con ese roce de papel quemándose que ya había aprendido a reconocer, y donde antes estaban las dos líneas de siempre, L.

PELLETIER , 06:00 , la tinta se retiró, y de debajo, trazo a trazo, subió otra.

Josie acercó la linterna. Leyeron los dos.

L. PELLETIER

11 de marzo de 2041

Causas naturales

-¿Qué dice? -preguntó Josie, aunque lo estaba viendo.

Lyle lo leyó dos veces. Hizo una cuenta rápida, de contable, con los labios. Catorce años, cuatro meses y diez días. Tendría sesenta y dos. Ella tendría treinta y uno, y quizá unos hijos, y una piscina a la que él no se acercaría más que a la grada, o sí.

-Que tengo tiempo -dijo.

-¿Es mucho?

-Es la mitad de lo que me habrían dado por firmar. -Plegó la cartulina-. Pero es la que me tocaba.