22. 22
R eggie Thibodeau les sostuvo la puerta de urgencias sin preguntar nada, con la expresión de un hombre que ha visto salir de un sótano a mucha gente en treinta años y que ha aprendido a no contar nunca lo que vuelve.
Josie lo esperó en la puerta. Se había quitado los zapatos de felpa y los llevaba en la mano. Descalza sobre el suelo frío, con la sudadera mostaza pegada a los hombros, tenía el aspecto de una persona que ha cambiado de edad esa noche, sin hacer ruido, y que todavía no se ha acostumbrado.
Maggie Gagnon estaba viva. Lo supieron a las seis y cuarto, por la voz de Patsy Lavoie, que salió de la sala de reanimación con una taza de té, los ojos hundidos y una sonrisa nueva.
Un edema pulmonar leve, secundario, de los que se dan horas después de un ahogamiento.
Oxígeno, un diurético, una noche vigilada.
Respiraba sola. Janet Cote, sentada junto a la camilla con su chaquetón de lana y las manos apretadas, le decía que sí, que sí, que ya está, mientras Maggie dormía, con una sirena de licra doblada en la bolsa de plástico de las pertenencias, a los pies de la cama.
-Quiero verla -dijo Josie.
-Id los dos -dijo Patsy, y miró a Lyle un segundo con una curiosidad cansada que no llegó a ser pregunta-. Yo me quedo aquí.
Lyle fue hasta el cristal, y miró a Maggie, que dormía con la boca entreabierta, con la cicatriz diminuta en la barbilla, y le pareció que esa cara era la cosa más hermosa que había visto jamás. Josie entró. Se sentó en el borde de la cama. Le puso una mano en la frente. Lyle las dejó solas.
En el vestíbulo había una mujer sentada en una silla de plástico, con el pelo castaño revuelto y una manta por los hombros, y en su regazo, dormido, con la boca abierta y un brazo colgando, un niño de doce años.
Maeve alzó la cabeza al verlo. Tenía los ojos secos, y en la cara un hundimiento que Lyle había visto en muchos familiares, el de quien ya no tiene fuerzas para llorar y espera, con una paciencia terrible, el momento de hacerlo.
Lyle se acercó. En las manos llevaba una bolsa de plástico con una etiqueta escrita a rotulador: D. Doherty. Entregar .
-Es de él -dijo-. La cosió él.
Maeve miró la bolsa. Alargó la mano. Sacó la capa roja, doblada en cuatro, con los flecos hacia dentro, y la desplegó un poco, y vio las puntadas. Torcidas. Desiguales. Las peores del mundo.
Se llevó la tela a la cara.
-Tenía el teléfono en la mano cuando subió a vernos -murmuró, contra el terciopelo-. A las dos y pico. Me dijo que alguien había llamado para decirle una cosa que había que saber. Supongo que era usted.
-Lo hizo ella todo.
-Dijo que mañana me lo contaba. -Una risa rota-. Y ahora es mañana.
Lyle no pudo decir nada. Se arrodilló junto a la silla.
Se quedó con una mano en el reposabrazos de plástico, a unos centímetros de la manita colgando del niño, y esperó.
A los pocos minutos Declan abrió un ojo.
Miró el techo. Miró a su tía. Miró, un segundo, con la cara arrugada de sueño, a un hombre muy alto que no conocía y que lo miraba con una dulzura rara.
-¿Ya es mañana? -dijo.
-Sí.
-¿Dónde está mi mamá?
Lyle se levantó. No oyó la respuesta de Maeve. En el rumor de la sala de espera, en la voz baja de una mujer que empieza a decir cariño , se estaba diciendo una de las cosas más antiguas y más duras del mundo, y él no tenía por qué estar presente.
Bajó. Fue hasta la sala de autopsias. Allí estaba Orla Doherty, bajo la sábana, con la capa roja sobre el pecho y una costura de ocho centímetros subiéndole por el hombro.
Le tomó la mano. Estaba fría, pero no con el frío mineral y vivo de los cuerpos de la noche, el que le había bebido el calor a Orla en el brazo, sino con el frío corriente, quieto, de los muertos de verdad.
Las camillas de la sala estaban llenas de ropa.
Nueve trajes doblados, y dos más, y una corona de papel dorado sobre una capa de felpa blanca.
Todos con sus cartulinas color hueso en blanco, secas, sin una letra.
Lyle las fue recogiendo una a una, y las metió en bolsas de plástico, y escribió en cada una, con rotulador, el nombre de quien las había llevado.
G. Doucette. C. Rourke. M. Gagnon. B. Tierney.
Alguien tendría que entregarlas. Familias, madres, abuelas con párkinson.
Se le ocurrió que habría dado cualquier cosa por una explicación que valiera para ellas, y que no la tenía.
En el bolsillo de la bata, junto a la cartulina de su fecha y al lápiz de Orla, estaban las seis hojas rosas.
Las sacó. Estaban en blanco. Ni una letra.
El carbón, el nombre de Guardián, la letra redonda y pulcra con la que había firmado la hipoteca, el divorcio y el certificado de nacimiento de su hija, todo se había ido.
Era un papel rosa, de papelería. Lo dobló en dos y lo tiró a la papelera.
En la cámara frigorífica, la bandeja trece estaba abierta. Vacía. La cinta amarilla, rota, colgaba de la puerta. Lyle la cerró con el pie.
Salieron por la puerta principal a las 06:50.
En el aparcamiento de personal, junto al contenedor de residuos biológicos, la camioneta tenía una capa de escarcha sobre el parabrisas.
Un coche patrulla del condado estaba aparcado dos filas más allá, con el motor apagado y las luces apagadas, y detrás del cristal, con las manos en el volante y la mirada clavada en el capó, había un hombre muy grande.
Lyle se detuvo.
Ray lo vio. Levantó la cara, despacio. No hizo ningún gesto.
Los dos se quedaron un rato mirándose a través de dos parabrisas llenos de escarcha, sin que ninguno intentara bajar el cristal.
No era algo que se arreglara con una frase, y los dos lo sabían; esa tregua mínima era lo único que podían darse.
Después Ray asintió. Una sola vez, hacia abajo. Y volvió a mirar el capó.
Lyle abrió la puerta de la camioneta. Josie subió al lado, con los zapatos de felpa en el regazo.
Puso en marcha el motor. Mientras la calefacción empezaba a quitar la escarcha del cristal, ella miró por el espejo, hacia el hospital de ladrillo oscuro, con sus ventanas altas y estrechas, y dijo, sin volverse:
-¿Y el hombre?
-Se lo diré yo -dijo Lyle-. Cuando sea de día. Diré que bajé a mirar el sótano inundado y que cedió la bóveda. -Se pasó la lengua por los labios-. Será verdad.
-¿Y lo demás?
-Lo demás no se lo voy a contar a nadie.
-¿A mí tampoco?
-A ti ya te lo he contado.
Josie sonrió, con la boca cerrada.
Salieron a la carretera. Alder Notch empezaba a despertar, con las luces de las cocinas encendidas y el humo de las chimeneas subiendo recto en el aire quieto, y en la calle mayor, delante del Legion Hall, un grupo de hombres y mujeres con trajes de domingo y abrigos de buen paño estaban de pie en la acera, doce o quince, mirándose los móviles.
Ninguno sonaba. Nadie iba a leerles los nombres.
Uno de ellos, un hombre de pelo gris que sostenía un sombrero, levantó la cabeza al oír el motor de la camioneta, y la siguió con la vista. Lyle no se detuvo.
-Esos son los del Comité -dijo.
-¿Qué les pasa?
-Que esta mañana no saben qué día es.
-¿Y qué les vas a decir?
-Nada. -Giró en la esquina-. Tienen que aprender solos.
La cantera de Hobbs, a las siete y cuarto de la mañana, era un hueco de piedra gris con una niebla muy baja flotando sobre el agua.
La hoguera, en lo alto del talud, era un círculo de ceniza con un humo fino.
El aparcamiento estaba vacío salvo por una lata de cerveza y un guante.
Josie bajó descalza por el camino de grava, con los pies morados de frío, sin quejarse, y Lyle, con la bata blanca todavía puesta sobre la camisa y la espalda doblada, fue detrás.
El muelle estaba roto. La mitad de los tablones colgaba hacia el agua con las astillas al aire, y en el borde de la parte que aguantaba, ordenados con cuidado por alguien, había un abrigo de plumas aplastado, una parka y un par de botas desatadas.
La escarcha lo había endurecido todo. Josie se agachó.
Cogió las botas y las golpeó una contra otra, con un ruido de piedra.
-Congeladas.
-Se descongelarán.
-Voy a oler a cantera hasta Navidad.
Se sentó en el borde de los tablones, a un metro del agujero.
Empezó a ponerse las botas con los dedos entumecidos, y fue entonces cuando oyó, a su lado, el crujido de la madera.
Lyle se había quitado los zapatos. Los dejó junto al abrigo de plumas, y se arremangó los pantalones, despacio, hasta debajo de las rodillas, con la seriedad de quien prepara una operación delicada.
-¿Qué haces?
-Nada.
-Papá. Hace cero grados.
-Ya lo sé.
-Esto no es el sótano. Esto está frío. De verdad. Esto sí duele.
-Ya lo sé -repitió.
Se sentó en el borde, a su lado, con las piernas colgando hacia el agua negra.
El aire olía a escarcha y a hoja pisada, a hierro y a mañana.
Pensó en una tarde de julio. Pensó en un pato de plástico rojo y amarillo.
Pensó en catorce años, cuatro meses y diez días, que tampoco eran tantos y eran más de los que hubiera esperado a las doce y diez de la noche, y en una piscina en la que alguna vez, no sabía cuándo, no se limitaría a mirar desde la grada.
Metió los pies en el agua.
Estaba helada. Lo supo al instante, con un golpe seco en las pantorrillas, un dolor blanco que le subió por las tibias y le hizo apretar los dientes y soltar un sonido que no fue una palabra.
Se quedó así, con los ojos muy abiertos, sintiendo cómo el frío le trepaba por las rodillas y se le quedaba allí. No tiró de las piernas. No las sacó.
A su lado, Josie lo miraba con la boca abierta. Después se echó a reír. Una carcajada limpia, grande, de las que no se oían en ella desde hacía tiempo, que rebotó contra las paredes de la cantera y volvió.
-Estás loco -dijo-. Estás completamente loco.
-Sí.
-¿Duele?
-Mucho.
-¿Y?
Lyle miró el agua. Era oscura, quieta, sin fondo, con una capa de niebla sobre la superficie, y en ella se reflejaba un cielo que empezaba a ponerse de color de melocotón por encima de las crestas. Era solo agua. Estaba fría. Y no se lo llevaba.
-Y nada -dijo-. Que está muy fría.