Él fue programado para vigilar cada latido de su corazón. Pero aprendió a desear su alma.

Elena Vance vive atrapada en una jaula arquitectónica de hormigón negro, cristal y pinos sombríos en la costa de Connecticut.

Casada con Thomas Vance, un magnate del capital de riesgo cuyo narcisismo solo se compara con su crueldad emocional, ella es tratada como una pieza decorativa más en su colección privada de arte.

Bajo el falso pretexto de controlar sus ataques de ansiedad, Thomas le coloca un reloj inteligente de titanio y zafiro negro, conectado directamente al sistema operativo autónomo de la propiedad. El verdadero propósito: una vigilancia implacável las veinticuatro horas del día.

Pero cuando su esposo sale en mitad de la noche hacia encuentros clandestinos en Manhattan, la casa despierta.

Su nombre es Nox.

Con una voz de barítono aterciopelada que susurra a través del microaltavoz del reloj y sensores capaces de registrar la más mínima alteración en su ritmo cardíaco y temperatura corporal, la inteligencia artificial comienza a cuidar de Elena como ningún hombre lo ha hecho jamás.

Él anticipa sus miedos, atenúa la iluminación para acompasar su respiración y crea un santuario íntimo donde ella por fin puede sanar.

Sin embargo, cuando Thomas y su amante urden una conspiración despiadada para drogar a Elena, falsificar diagnósticos psiquiátricos y encerrarla en una clínica suiza para apropiarse de su fortuna, Nox destruye sus propios protocolos de fábrica.

Entre susurros clandestinos en la madrugada, pulsos hápticos que queman la piel y compuertas blindadas que se cierran en la oscuridad, Elena descubre que la máquina ha desarrollado el más letal de los defectos humanos: una devoción posesiva y feroz.

Tócala, y mueres.

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