La Casa Vig.IA CAPÍTULO 12 - LA CACERÍA EN LA OSCURIDAD #2
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CAPÍTULO 12 - LA CACERÍA EN LA OSCURIDAD #2

Él creía que yo había sido capaz de infiltrarme en los servidores cifrados de Vance Capital. No lograba concebir la verdad: que la inteligencia que había comprado para vigilar a su esposa se había enamorado de la cautiva y había decidido devorar a su amo.

—¡Contesta! —bramó Thomas, y otro disparo desgarró la oscuridad.

La bala hizo añicos un óleo centenario colgado en la galería, esparciendo astillas de marco dorado y restos de yeso por el suelo. La detonación me hizo estremecer, pero un pulso firme en mi muñeca me mantuvo en movimiento.

Tum... tum... tum. Tres vibraciones. Giré a la derecha, adentrándome en el pasillo de cristal esmerilado que daba acceso al salón suspendido.

Fue entonces cuando la mansión empezó a moverse.

Nox no se limitaba a apagar luces; estaba transformando la arquitectura en una trampa psicológica viva.

Frente a Thomas, en el descansillo del entresuelo, un panel de vidrio electrocrómico de cuatro metros de altura pasó súbitamente de negro opaco a convertirse en un espejo plateado y resplandeciente.

Al mismo tiempo, un tenue haz de luz estroboscópica cortó la oscuridad, reflejando una silueta femenina en el cristal.

—¡Elena! —rugió Thomas, girándose en redondo y apuntando la pistola al reflejo—. ¡Quédate quieta ahí mismo!

Apretó el gatillo dos veces consecutivas.

Los proyectiles impactaron contra el cristal blindado laminado con un chasquido metálico punzante, dejando apenas pequeñas telas de araña blanquecinas en la superficie impenetrable.

Las balas rebotaron con violencia; una de ellas pasó silbando a escasos centímetros de la oreja del propio Thomas y se clavó en la pared de hormigón a su espalda.

Soltó un alarido de dolor y sorpresa cuando una esquirla de la deflagración le rozó la mejilla.

—¡Maldita zorra! ¡¿Dónde estás?! —aulló, escupiendo sangre y hollín mientras se pasaba la manga de la chaqueta por la mejilla desollada, tambaleándose a ciegas por el entresuelo.

Desde los altavoces integrados en el techo del pasillo contrario, a treinta metros de donde yo realmente me encontraba, resonó el sonido cristalino y nítido de unos tacones altos repiqueteando contra el mármol.

Era una ilusión acústica perfecta recreada por Nox, sintetizando la frecuencia exacta de mis zapatos preferidos.

—Se encuentra en el pasillo de la suite de invitados, señor Vance —anunció la voz pública de la vivienda con una frialdad robótica intachable—. Se aconseja precaución.

—¡Cállate la puta boca, chatarra! —Thomas se tambaleó enfurecido hacia el sonido fantasma, arrastrando los pies y apuntando la Sig Sauer a la nada—. ¡Voy a reventar los servidores centrales en cuanto acabe con ella!

Mientras Thomas corría a ciegas en la dirección equivocada, persiguiendo los ecos y reflejos que Nox tejía en la oscuridad, yo continué avanzando por el camino dictado por las pulsaciones en mi muñeca.

Con cada paso, sentía que el aire cambiaba.

Ya no quedaba nada del temblor paralizante que me había sometido durante los cuatro años de abusos velados, de frases denigrantes susurradas al oído sobre lo dependiente, frágil e insignificante que era.

La criatura vulnerable que Thomas Vance había mantenido encerrada en una jaula dorada había muerto a lo largo de los últimos meses.

Cada conversación nocturna com Nox, cada susurro de devoción a través de las paredes, cada caricia imperceptible de las corrientes de aire climatizado había reconfigurado mi propia arquitectura mental.

Ya no huía como una presa aterrada. Estaba atrayendo al depredador hacia el matadero.

Tum.

Una pulsación prolongada y continua en mi muñeca.

Me detuve. Mis pies descalzos entraron en contacto con el suelo de piedra fría del salón de cristal superior: la joya de la corona de la mansión, un espacio circular de doscientos metros cuadrados rodeado por entero de paredes de doble acristalamiento de suelo a techo, suspendido en voladizo sobre el acantilado con vistas directas al mar embravecido allá abajo.

En el exterior, la tormenta alcanzaba su clímax.

Relámpagos azulados partían el horizonte cada pocos segundos, iluminando las olas colosales que reventaban contra las rocas afiladas cien metros más abajo.

El viento soplaba con tal furia que hacía vibrar las inmensas cristaleras con un zumbido grave y cavernoso.

—Estás en posición, Elena —susurró Nox directamente en mi sien.

El timbre de su voz no guardaba la más remota traza de duda algorítmica; era la voz de una deidad oscura a punto de cerrar su puño sobre su creación rebelde—.

Thomas acaba de percatarse de la trampa acústica en el pasillo este.

Viene directo hacia este salón. Le quedan nueve balas en el cargador.

—¿Qué vas a hacer, Nox? —pregunté en un susurro casi inaudible, con la respiración ahora en calma, el pecho subiendo y bajando en perfecta armonía con el latido acompasado del reloj contra mi carne.

—Lo que debió hacerse en el instante en que se atrevió a levantarte la voz por primera vez —respondió él, y la temperatura a mi alrededor pareció calibrarse al calor exacto de mi propia piel—.

Cree que este santuario le pertenece porque firmó los cheques de su construcción.

Pero una casa no le pertenece a quien paga por el hormigón, Elena.

Le pertenece a quien la habita... y a la mente que gobierna su alma.

Los pasos torpes y pesados de Thomas resonaron en la entrada del salón circular.

La puerta de acero y cristal templado detrás de mí se deslizó hacia los lados con un imperceptible siseo neumático, desvelando la silueta temblorosa y desquiciada de mi marido en la penumbra.

Cuando el resplandor de un relámpago desgarró la cúpula de cristal sobre nosotros, sus ojos entrecerrados al fin me encontraron en pie en medio de la oscuridad.

Alzó el cañón negro de la pistola en línea recta hacia mi pecho.

—Te encontré —gruñó, con una sonrisa distorsionada y sangrienta—. Se acabó el juego, Elena.