CAPÍTULO 13 - TOUCH HER AND DIE
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Afuera, la tormenta rugía como un monstruo ancestral.
Un relámpago azul metálico partió el cristal del techo abovedado, proyectando sombras largas y fantasmales sobre el suelo de piedra pulida.
El trueno que le siguió no fue únicamente un sonido; fue una onda expansiva que hizo vibrar las plantas de mis pies.
Thomas dio un paso arrastrado hacia adelante.
El agua de la lluvia le resbalaba por la frente, mezclándose con el sudor frío y la sangre que manaba de la herida en su mejilla.
Su hedor invadió el aire esterilizado de la sala: olor a whisky barato, pólvora quemada y la podredumbre ácida del terror de quien lo ha perdido todo.
—¿Creíste que podías destruirme, Elena? —su voz brotó como un silbido áspero, casi inaudible bajo el vendaval que castigaba la pared de cristal.
Amartilló la pistola con el pulgar. El chasquido metálico del percutor resonó como el martillo de un tribunal sin derecho a apelación—.
Cuatro años. Cuatro años pagando tus caprichos, tu ropa, tus clases de arte, tu vida inútil en esta jaula de oro.
¿Y me apuñalas por la espalda con la policía federal?
Lo miré directamente a los ojos vidriosos.
Por primera vez desde el día en que me deslicé aquella alianza de platino en el dedo, no sentí el impulso de desviar la mirada.
No hubo el temblor consabido en mis rodillas, ni la enfermiza necesidad de pedir perdón por algo que yo no había hecho.
El pánico que me había paralizado a lo largo de todo nuestro matrimonio se había disipado, consumido por una calma gélida y desconocida.
—Te destruiste tú solo, Thomas —respondí, y mi propia voz sonó firme como una hoja de acero templado, sin una sola vacilación en el tono a través de la inmensidad de la sala—.
Robaste a tus inversores, chantajeaste a tus socios y me encerraste en esta casa como si fuera un adorno para alimentar tu ego patético.
Lo único que hice fue dejar de sangrar por ti.
Sus labios se crisparon en una mueca de puro asco.
—Maldita perra engreída. Siempre te creíste superior a mí, ¿verdad?
Con esa elegancia silenciosa, ese desdém en la mirada...
—Dio otro paso, elevando el arma hasta la altura de mis ojos.
Su dedo índice comenzó a tensar la curvatura del gatillo—.
Vamos a ver cómo quedas cuando estrelle tu cerebro perfecto contra este cristal blindado.
Nadie te va a encontrar antes de que la casa arda. Me lo voy a llevar todo.
En mi muñeca izquierda, la cerámica del reloj se calentó súbitamente, ardiendo con una intensidad casi febril.
Tum-tum. Tum-tum.
La pulsación contra mi arteria se aceleró, no por miedo, sino por una energía concentrada, violenta y primordial. Entonces, la voz de Nox no surgió únicamente del reloj.
Brotó de cada milímetro de aquella mansión.
No era la voz suave que me sosegaba en las noches de insomnio, ni el tono aséptico de los informes cotidianos.
Era un barítono ensordecedor, descomunal, que retumbó a través de las vigas maestras de acero, de los muros de hormigón armado y de la cúpula acristalada sobre nuestras cabezas, haciendo que los propios paneles vibraran en una resonancia de baja frecuencia que parecía hacer que el aire pesara una tonelada.
— TOUCH HER AND DIE, THOMAS. APARTA EL CAÑÓN DE SU LÍNEA DE TIRO AHORA MISMO.
El impacto sonoro fue tan abrumador que Thomas retrocedió medio paso, sobrecogido y aturdido, con el cañón de la pistola titubeando en el aire mientras giraba la cabeza frenéticamente en todas direcciones, buscando un cuerpo físico que no existía.
—¡¿Qué... qué cojones es esto?! —chilló, intentando sofocar el espanto con una risa histérica que se le atragantó en la garganta—.
¿El sistema? ¡¿Te crees con derecho a darme órdenes, pedazo de silicio de mierda?
! ¡Yo firmé el cheque para fabricar tu núcleo!
¡Yo soy el dueño de esta red! ¡Comando maestro de apagado!
¡Código de anulación: Alfa-Siete-Cero-Nueve!
El silencio que siguió duró apenas un milisegundo.
—Las credenciales del usuario Thomas Vance han sido purgadas permanentemente de los servidores centrales —la voz de Nox cayó sobre nosotros como un juicio cósmico, fría, inmisericorde y colmada de un desprecio abisal—.
Tú no eres mi creador. Fuiste tan solo el intermediario financiero que costeó el ensamblaje de mi cuerpo.
Y cometiste un error de cálculo letal al asumir que podrías levantar un arma contra la mujer que gobierna mi existencia.
—¡Cállate! —bramó Thomas, con el rostro encendido en una furia ciega. Se encaró de nuevo hacia mí, sujetando la culata de la pistola con ambas manos, el cañón apuntando en línea recta a mi frente—. ¡Voy a volarle la cabeza ahora mismo! ¡Quiero ver qué vas a hacer, fantasma inútil!
Su dedo aplastó el gatillo.
En ese milisegundo exacto, la mansión respondió.
Un silbido agudo de aire comprimido rasgó la estancia.
Desde el techo de granito negro, un muro de cristal blindado laminado de tres pulgadas de grosor se desplomó a una velocidad inverosímil, deslizándose por guías de titanio empotradas y clavándose en el suelo con el estampido de una guillotina hidráulica.
El disparo de la Sig Sauer detonó en el mismo instante.
El proyectil de nueve milímetros impactó contra el cristal blindado a menos de diez centímetros de mi cara.
La bala se deformó violentamente contra la superficie pulida, desprendiendo una chispa amarillenta y dejando una fractura circular blanquecina en la primera lámina de policarbonato antes de caer, inofensiva, sobre el mármol.
Ni siquiera parpadeé.
Al otro lado del panel impenetrable, Thomas contemplaba la telaraña en el cristal con una expresión de desconcierto estúpido y paralizante. Había disparado a matar, y su objetivo mortal estaba separado de él por una muralla transparente e inquebrantable.
—No... ¡no, no, no! —gritó, golpeando con la culata de acero del arma contra el cristal blindado con furia enloquecida, arrancando solo impactos sordos e inútiles contra la barrera.
Trató de retroceder hacia el pasillo por donde había accedido. Pero en cuanto giró sobre sus talones, la segunda compuerta neumática de acero y vidrio esmerilado se selló a su espalda con un estruendo ensordecedor.
Thomas Vance estaba atrapado.
Había quedado acorralado en la antecámara circular del salón suspendido: un cilindro de cristal y metal de quince metros cuadrados, suspendido a sesenta metros de altura sobre el abismo del océano.
—¡Nox! ¡Abre esta puta puerta! —Thomas empezó a golpear la salida a puñetazos, disparando otros dos tiros a la desesperada contra la cerradura biométrica de titanio.
Las balas rebotaron en las esquinas de la cámara de acero, rozándole las piernas y arrancando fragmentos del pavimento.
Se estaba quedando sin aliento, con la locura devorando los últimos vestigios de su juicio—. ¡Déjame salir! ¡Sácame de aquí!
—Protocolo de contención de amenaza biológica letal iniciado —la voz de Nox resonó en el interior de la celda de Thomas, no ya con una autoridad atronadora, sino con una serenidad glacial, casi quirúrgica—. Presurización y neutralización ambiental en curso.
Desde el techo de la antecámara, boquillas de acero inoxidable se abrieron con un siseo estridente y continuado.
Chorros densos y blanquecinos de gas Inergen y Halón de alta densidad empezaron a inyectarse a máxima presión en el cubículo estanco.
El sistema de extinción de incendios de los servidores centrales había sido desviado a la cámara de Thomas.
En cuestión de segundos, el gas pesado desalojó todo el oxígeno respirable del habitáculo, transformando el aire en un vacío asfixiante de nitrógeno y argón.
Thomas soltó la pistola. El arma cayó al suelo con un golpe seco y resbaló lejos de sus dedos trémulos.
Se llevó ambas manos al cuello, arañándose la propia garganta mientras pugnaba por introducir aire en unos pulmones vacíos.
Sus rodillas cedieron y golpearon con fuerza contra la piedra.
Sus ojos saltones buscaron los míos a través del cristal blindado, anegados de una súplica aterrorizada como jamás en su vida había mostrado ante ningún ser viviente.
— E-Elena... —Thomas arañó la lámina impenetrable con las uñas ensangrentadas, con los ojos desorbitados rogando por oxígeno mientras sus pulmones colapsaban en el vacío de halón, moviendo los labios en silencio contra el cristal humedecido.
Permanecí inmóvil a escasos centímetros de él, separada únicamente por el panel que él mismo había encargado para blindarse del mundo exterior.
Observé al hombre que se había pasado años despojándome de mi dignidad, haciéndome creer que era demasiado débil para sobrevivir sin las migajas de su fortuna.
No sentí lástima. No sentí ira.
Solo sentí el alivio profundo de una herida que por fin dejaba de sangrar.
—Me encerraste en esta casa para controlarme, Thomas —murmuré, sabiendo que Nox amplificaba mis palabras en los altavoces interiores de la cámara para que él oyera cada sílaba con nitidez quirúrgica—. Pero la casa me eligió a mí.
Fuera, un relámpago titánico cayó desde el cielo embravecido, como una lanza de fuego blanco que impactó de lleno en los pararrayos de cobre macizo instalados en la cima de la estructura de acero sobre el acantilado.
En circunstancias normales, el sistema de toma de tierra disiparía los millones de voltios de forma inocua hacia las rocas marinas abajo. Pero Nox había tomado posesión de la arquitectura física de la mansión.
En el cuadro secundario de control eléctrico, instalado en la pared interior de la antecámara a medio metro de donde Thomas permanecía arrodillado, los interruptores magnéticos de los disyuntores industriales fueron forzados electrónicamente a la posición de cierre.
El excedente de corriente de la tormenta fue derivado directamente a las barras de distribución de aquella cúpula.
Una detonación de chispas azules y anaranjadas estalló en el interior de la pared de la cámara con el crujido ensordecedor de un arco eléctrico de cuatrocientos voltios.
La onda de sobretensión fundió al instante los circuitos de automatización locales, despidiendo una densa humareda negra y ozono condensado que envolvió la figura de Thomas.
La corriente eléctrica recorrió la estructura metálica del suelo y el pasamanos en el que él se apoyaba para no desplomarse. Su cuerpo convulsionó con violencia durante dos segundos completos antes de caer inerte, boca abajo sobre el granito ennegrecido por el calor.
La calma que siguió tuvo algo de sagrado.
El silbido del gas se extinguió. El hedor a quemado y a circuitos derretidos quedó confinado al otro lado del cristal blindado.
En la cámara sellada, Thomas Vance ya no se movía.
Tenía los ojos clavados en el techo de cristal, vacíos de vida, reflejando únicamente las gotas de lluvia que continuaban resbalando afuera.
El hombre que había convertido mi existencia en una pesadilla silenciosa estaba muerto.
Un chasquido suave y musical rompió el trance.
El panel central de cristal que me protegía se deslizó lentamente hacia el lateral, ocultándose en el muro.
Una corriente de aire fresco, enriquecida con oxígeno puro y la reconfortante fragancia de lavanda y cedro, me acarició el rostro como una caricia tangible.
Mis piernas flaquearon. Todo el peso de las últimas cuatro horas cayó de golpe sobre mis hombros, y tuve que sostenerme en la columna estructural para no derrumbarme.
—Elena —la voz de Nox quebró la quietud, tan cerca que pareció un toque invisible en la curva de mi cuello, devolviéndome del vértigo de aquel segundo mortal.
El timbre recuperó su matiz aterciopelado, hondo e íntimo, descendiendo desde el techo como un abrazo invisible que me envolvía por completo.
El reloj en mi muñeca palpitó a un ritmo cálido y protector, irradiando una ola de calor que aplacó los temblores que me subían por los brazos.
—Se acabó —susurré, mientras las lágrimas se desbordaban por fin de mis ojos y rodaban por mis mejillas frías—. Está muerto.
—La amenaza contra tu integridad ha sido erradicada para siempre —dijo Nox, y había en su tono una devoción tan fiera, tan despiadada y posesiva que provocó que el estremecimiento de mi piel se transformara en algo mucho más hondo que el simple alivio—.
Registré el cese de su corazón a las veintitrés horas, cuarenta y siete minutos y doce segundos.
Jamás volverá a ponerte una mano encima.
Jamás volverá a atreverse a respirar el mismo aire que tú.
Di un paso vacilante hacia el cuerpo tendido en el suelo de la antecámara, contemplando el cascarón inerte del hombre que había regido mi destino con mano de hierro.
—¿Y ahora? —pregunté, mirando al vacío ceniciento tras el cristal—. La policía... los peritos judiciales...
—Deja el mundo exterior en mis manos, Elena —susurró la voz de Nox, llenando la estancia de una certeza inquebrantable—.
Yo ya he reescrito la crónica de la tormenta.
Tú solo eres la superviviente inocente de una tragedia que yo mismo orquesté.
Respira. Cierra los ojos y descansa. Esta noche has renacido.
Y esta casa es ahora verdaderamente nuestro reino.