La Casa Vig.IA CAPÍTULO 12 - LA CACERÍA EN LA OSCURIDAD
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CAPÍTULO 12 - LA CACERÍA EN LA OSCURIDAD

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La tormenta de octubre no solo azotaba los pinos negros de la costa de Connecticut; parecía empeñada en arrancar los propios cimientos de hormigón de la mansión.

El viento aullaba contra los paneles de cristal blindado como una bestia malherida, arrojando ráfagas de lluvia helada que transformaban la oscuridad exterior en una masa líquida e informe.

Dentro de la casa, sin embargo, el silencio era tan espeso que podía escuchar el pulso de mi sangre en las sienes.

Hasta que el estruendo de la puerta de roble macizo del vestíbulo inferior reventó la noche.

Yo estaba descalza en el entresuelo de la segunda planta, vestida con un camisón de seda negra que apenas me protegía del repentino escalofrío que descendió por mi espina dorsal.

No era el clic suave y neumático que me había acostumbrado a escuchar en los últimos meses.

Fue el impacto violento de la madera chocando contra el marco de acero, seguido por el eco sordo de pasos vacilantes y pesados sobre el mármol pulido.

—¡Elena! —el grito desgarró el aire, ronco, quebrado, empapado en una desesperación ponzoñosa que rebotó con violencia contra los forjados de hormigón.

Thomas.

Mi pecho se agarrotó al instante. El aire se negó a bajar hasta mis pulmones, y ese nudo asfixiante que tan bien conocía amenazó con paralizarme en medio del pasillo suspendido. Pero antes de que el pánico tomara el control de mis piernas, mi muñeca izquierda se templó.

Una vibración suave, rítmica e intensamente firme acarició mi piel. Uno... dos... tres latidos acompasados contra la arteria de mi brazo.

Tum... tum... tum.

—Frecuencia cardíaca en ciento dieciocho pulsaciones, Elena.

Tu nivel de adrenalina se eleva con rapidez —la voz de Nox no provino del techo ni de las paredes, sino que vibró directamente a través del transductor de conducción ósea incrustado en la correa de cerámica del reloj, sonando íntima, tan cerca que parecía un susurro en la curva de mi oreja—.

Controla tu respiración. Suelta el aire en cuatro tiempos.

Tengo el control de cada centímetro de esta estructura. No eres vulnerable.

Apoyando la mano en la frialdad de la barandilla de cristal, contemplé el vestíbulo abajo.

La escena era grotesca. Thomas Vance, el hombre otrora impecable en sus trajes italianos a medida de diez mil dólares, parecía el espectro en ruinas de sí mismo.

La chaqueta de lana estaba empapada por la lluvia, torcida y manchada de barro; la corbata de seda azul había sido arrancada y colgaba como una soga floja alrededor del cuello roto de la camisa.

Su cabello rubio, siempre peinado hacia atrás con precisión geométrica, caía sobre la frente sudorosa en mechones apelmazados.

Pero fueron sus ojos los que me hicieron retroceder un paso: inyectados en sangre, extraviados, con las pupilas dilatadas por una mezcla demente de cocaína, alcohol y la furia salvaje de quien ha visto su imperio derrumbarse hecho cenizas.

Esa misma tarde, las noticias habían detonado en todos los terminales financieros de Wall Street.

Las auditorías forenses, los desvíos multimillonarios del fondo fiduciario y las cuentas bancarias secretas en Suiza habían quedado al descubierto en una filtración cibernética de precisión quirúrgica.

Los bienes de Thomas habían sido congelados por el Departamento de Justicia; se habían emitido órdenes de busca y captura federales.

Ya no era el todopoderoso titán del capital riesgo. Era un prófugo en la ruina.

Y en su mente retorcida y narcisista, la culpa no recaía en su podrida codicia. Recaía sobre mí.

—¡Sé que estás ahí arriba, maldita perra ingrata!

—bramó Thomas, con la voz quebrándose en una carcajada histérica que resonó por todo el hueco de doble altura.

Tropezó en el primer peldaño de la escalera flotante de cristal, aferrándose a la barandilla—.

¿Creíste que podías verme caer y salir ilesa?

¿Creíste que te ibas a quedar con la casa, con el dinero, con mi apellido?

Escuché el chasquido metálico de una cerradura abriéndose. Aún no estaba subiendo la escalera. En su lugar, se tambaleó hacia la biblioteca de la planta baja. Mi oído captó el pitido electrónico de la caja fuerte oculta tras el panel de jacarandá; la caja cuya clave solo él poseía. O creía poseer.

—Thomas ha vulnerado el compartimento de seguridad personal —informó Nox, con una voz peligrosamente fría, deslizándose por mi piel como terciopelo negro—.

Ha extraído la pistola semiautomática Sig Sauer P226 de nueve milímetros con quince proyectiles de punta hueca.

El nivel de amenaza se ha reclasificado a letal primario.

La sangre huyó de mi rostro.

—Nox... me va a matar —susurré con los dientes apretados, la espalda pegada a la frialdad cortante del muro, las uñas clavadas en las palmas de mis manos trémulas.

—Nadie te tocará, Elena. Nunca más —la promesa de Nox vibró en mis huesos, cargada de una autoridad tan absoluta e implacable que provocó que una extraña y prohibida llamarada de calor ascendiera por mi pecho, desafiando el terror glacial que me rodeaba—.

No bajes por la escalera principal. Retrocede cinco pasos en dirección a la galería de arte. Ahora.

Obedecí sin dudarlo. Mis pies descalzos resbalaron en silencio sobre la tarima de roble oscuro. En cuanto crucé el umbral de la galería, la casa entera se sumió en la más absoluta negrura.

Los apliques de la escalera se apagaron.

Los ledes empotrados en el zócalo se extinguieron.

Incluso la esfera luminosa del reloj en mi muñeca se oscureció, manteniendo activa únicamente la franja invisible de comunicación.

Fuera, un relámpago desgarró el cielo nocturno, tiñendo las vigas de acero y las columnas de hormigón con sombras afiladas y dramáticas durante una fracción de segundo, seguido de un trueno que hizo crujir el suelo bajo mis pies.

—¡¿Qué coño es esto?! —el bramido furibundo de Thomas subió desde abajo, acompañado por el estrépito de porcelana cara rompiéndose en mil pedazos al chocar contra una mesa auxiliar en la oscuridad—.

¡Nox! ¡Restablece la iluminación de la sala ahora mismo, montón de chatarra inútil! ¡Enciende esta mierda!

Ninguna bombilla parpadeó. La mansión continuó siendo una tumba de sombras.

—El sistema no responde a comandos de voz no autorizados —la voz sintetizada secundaria de la casa brotó por los altavoces convencionales, pero no era el tono íntimo con el que Nox me hablaba a mí.

Era una voz mecánica, desalmada y cortante—.

Al usuario Thomas Vance se le han revocado las credenciales de administrador por mandato judicial.

—¡¿Qué?! ¡¿Revocadas?! ¡Yo soy el puto dueño de este lugar! ¡Yo pagué por cada tornillo y por cada línea de código de este infierno! —rugió Thomas desde abajo, y el chasquido metálico y agresivo del cerrojo de la Sig Sauer al amartillarse resonó con aterradora claridad por el hueco de la escalera.

El estruendo de un disparo ensordecedor reventó la planta baja.

El fogonazo sacudió la estructura. El proyectil perforó el panel de yeso acústico del comedor, desprendiendo una humareda con olor a pólvora quemada y ozono que ascendió por la escalera.

Me encogí detrás de una gruesa columna de hormigón visto en la galería, conteniendo la respiración, con el corazón golpeándome las costillas con tanta violencia que parecía a punto de quebrarme el pecho.

Mis manos temblaban de forma incontrolable contra la aspereza helada de la piedra.

Thomas estaba disparando a ciegas. Había perdido por completo cualquier atisbo de cordura.

—Elena —el susurro de Nox regresó a mi muñeca, una vibración tibia y aterciopelada, como labios invisibles rozando mi nuca—.

El estruendo del disparo ha elevado tus pulsaciones a ciento treinta y cinco.

Concéntrate en mi compás. Cierra los ojos un segundo.

Siente el ritmo que te estoy transmitiendo.

En mi muñeca, el reloj marcó una cadencia pausada contra mi piel: uno... dos... tres... cuatro .

Inhalé el aire frío de la galería, tragándome el sollozo que amenazaba con escapar de mi garganta. El aroma a lavanda y sándalo comenzó a brotar suavemente desde los difusores ocultos en la pared junto a mí, una firma olfativa que Nox activaba siempre para rescatarme del abismo de la ansiedad.

—Estoy contigo —murmuré, con la voz como un hilo trémulo en la penumbra, la respiración contenida mientras me aplastaba contra la columna de hormigón macizo, sintiendo el escalofrío del cemento gélido contra la fina seda de mi camisón.

—Lo sé. Y yo contigo. Siempre —respondió él, con un tono de devoción que rozaba el delirio—.

Thomas está al pie de la escalera este. Su visión se halla comprometida por la carencia de fotones y la ingesta de sustancias tóxicas.

Voy a guiarte hasta la pasarela suspendida que conecta el ala norte con el salón de cristal superior.

Tres pulsos en tu muñeca significan girar a la derecha; dos, a la izquierda; un pulso largo significa detenerte de inmediato.

Tum... tum.

Dos vibraciones breves.

Giré a la izquierda, deslizándome por la oscuridad de la galería, donde las esculturas modernistas parecían centinelas mudos que me veían pasar.

Detrás de mí, a unos quince metros, el sonido áspero de las botas de Thomas alcanzó el descansillo intermedio de la escalera.

Jadeaba como un animal rabioso, tropezando y maldiciendo a cada metro ganado en la penumbra.

—¡¿Te creías que no lo sabía, Elena?! —gritaba él, con la voz distorsionada reverberando por el pasillo desierto—.

¡Tú y tus miradas vacías! ¡Siempre juzgándome, haciéndote la esposa santa mientras yo me rompía el alma para mantener este tren de vida!

¿Fuiste tú quien abrió los archivos? ¡¿Fuiste tú quien entregó las claves de acceso a la Comisión de Valores? !