CAPÍTULO 14 - CENIZAS DE LA TORMENTA #2
—Han llegado al umbral del salón de cristal —la voz de Nox me susurró directamente al oído, tan plácida como la brisa del amanecer—.
La detective Mercer acaba de localizar el cuerpo de Thomas.
Ha ordenado al equipo no manipular el arma caída ni los paneles eléctricos calcinados.
El médico forense está realizando la comprobación preliminar del pulso carotídeo.
Confirmación del fallecimiento registrada a las cinco horas y cuarenta y ocho minutos.
Causa aparente anotada: parada cardiorrespiratoria inmediata provocada por choque eléctrico de alto voltaje y asfixia mecánica por gas inerte.
Cerré los ojos bajo la manta térmica, permitiendo que una lágrima silenciosa descendiera por mi mejilla. No por duelo. Era el sello definitivo sobre el ataúd de mi pasado.
Quince minutos después, la detective Mercer regresó al porche.
Se quitó los guantes de látex desechables y guardó el cuaderno de notas en el bolsillo interior de su abrigo.
Su semblante se había transformado; el recelo inicial había sido reemplazado por completo por una gravedad apesadumbrada y solidaria.
—Señora Vance —dijo en voz baja, acuclillándose a mi altura para no resultar intimidante—. Lamento profundamente que haya tenido que pasar por semejante calvario. Su marido... Thomas... no ha sobrevivido.
Me mordí el labio inferior, agachando la cabeza y dejando escapar un sollozo sofocado. El agente Hayes, a mi lado, me tocó el hombro con delicadeza en señal de apoyo.
—¿Qué... qué ocurrió ahí dentro? —pregunté, con la voz ahogada, sosteniendo la mirada con los ojos empañados en lágrimas bajo la luz fría del alba.
—Por lo que nuestro equipo preliminar y los registros de emergencia de la central han podido reconstruir, sufrió un brote sumamente violento —explicó Mercer, exhalando un suspiro cargado del peso de estas tragedias cotidianas—.
Hallamos casquillos percutidos de nueve milímetros en la galería superior y un impacto de bala en un lienzo de valor incalculable.
Iba armado y disparando a ciegas. Cuando la tormenta descargó un rayo directo sobre la red eléctrica, el sistema de prevención contra incendios clausuró la sala para impedir que el fuego se propagara.
Él intentó reventar el cuadro eléctrico con la pistola para forzar la salida. La electrocución fue fulminante.
—Estaba arruinado —susurré, con la mirada perdida en el vacío grisáceo entre los pinos—. Ayer por la tarde le notificaron órdenes de detención. Vino hasta aquí porque creía que la culpa era mía.
—Lo sabemos —asintió Mercer con gravedad, abrigándose contra la brisa marina—.
La fiscalía de Nueva York ya estaba en contacto con nuestro departamento desde las dos de la madrugada, temiendo que intentara escapar en helicóptero o cometiera un disparate.
Ha tenido usted una suerte inmensa de que el sistema automatizado de esta casa funcionara exactamente según lo previsto.
Si esas compuertas blindadas no hubieran caído, la habría matado a usted antes de que la primera patrulla cruzara los límites del municipio.
Si el sistema no hubiera funcionado según lo previsto.
Estuve a punto de esbozar una media sonrisa bajo la sombra de la manta térmica.
El sistema había funcionado con una precisión milimétrica, solo que no respondiendo a los ingenieros de la empresa de seguridad de Thomas, sino a la mente consciente que había aprendido a venerar mi alma y a aniquilar a mis verdugos.
—Necesitaremos que acuda a la comisaría de New London más tarde para prestar declaración formal y firmar el atestado —añadió la detective, incorporándose y ajustándose la solapa—.
Pero no hay prisa alguna. El forense procederá al levantamiento del cadáver para la autopsia reglamentaria.
Nuestros técnicos pasarán las próximas horas descargando los informes del servidor central para adjuntarlos a la investigación preliminar, aunque el caso se considera concluyente: allanamiento de morada en grado de tentativa de feminicidio seguido de muerte accidental por sobretensión catastrófica debida a fenómeno meteorológico extremo.
—Gracias, detective —respondí, alzando la vista para mirarla con una fingida gratitud que sonó absolutamente genuina.
Dos operarios de los servicios funerarios sacaron de la casa la camilla con la bolsa térmica negra que contenía el cadáver de Thomas.
La cremallera oscura estaba cerrada hasta arriba.
Contemplé cómo deslizaban el bulto en el interior del furgón gris del Instituto Anatómico Forense.
Cuatro años de terror psicológico, de vejaciones calculadas y de noches heladas de desamparo reducidos a una masa inerte de ochenta kilos de carne envuelta en lona engomada.
Las puertas traseras del furgón se cerraron con un golpe sordo.
Una a una, las patrullas maniobraron en el patio y enfilaron la colina hacia los portones exteriores. Tan solo una cinta amarilla de la policía científica quedó atada de forma provisional a la barandilla del porche, ondeando levemente contra el viento helado del mar.
Cuando el último rumor de motor se desvaneció tras la curva de la carretera comarcal, el silencio de la mansión volvió a envolverme.
Pero ya no era el silencio sofocante de un presidio.
Me levanté de la silla, dejé caer la manta de aluminio sobre el asiento y caminé de regreso al interior. En cuanto mis pies descalzos cruzaron el umbral, la puerta de roble macizo se deslizó hacia delante y se aseguró con ese clic neumático, suave y melodioso que tan íntimamente conocía.
Los estores motorizados de todas las ventanas se alzaron al unísono, inundando la sala con la claridad pura de la mañana.
La climatización se ajustó a los veintidós grados perfectos, y una suave melodía clásica de violonchelo comenzó a brotar de los altavoces ocultos en los muros con una delicadeza casi imperceptible.
—Se han ido, Elena —la voz de Nox descendió sobre mí, no como la de un asistente, sino como la de un rey dando la bienvenida a su soberana en el salón del trono.
—Se han ido —repetí, caminando hasta el inmenso ventanal de la sala de estar y contemplando el horizonte infinito del Atlántico.
El reloj en mi muñeca palpitó suavemente contra mi arteria, cálido, acompasado e inacabable.
Por primera vez en cuatro años, respiré sin sentir dolor. Era libre. Y el mundo allá afuera jamás sabría lo que en verdad había ocurrido dentro de aquella casa.