La Casa Vig.IA CAPÍTULO 1 - LA JAULA DE CRISTAL
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La Casa Vig.IA

La Casa Vig.IA

Por Rotiv Olyva

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CAPÍTULO 1 - LA JAULA DE CRISTAL

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El titanio del reloj estaba frío, pero la sensación contra mi piel parecía la de una quemadura lenta.

Era una pieza hecha a medida, con una correa de cerámica negra mate y una esfera de zafiro tan oscura que devoraba el reflejo de la lámpara de cristal sobre la mesa del comedor.

Thomas lo había colocado en mi muñeca exactamente a las siete de la tarde, antes de cerrar el broche magnético con un chasquido seco que sonó casi como el cierre de unas esposas.

—Un regalo de aniversario por adelantado, querida —había dicho él, ajustando la solapa de su traje italiano a medida mientras consultaba su propio reloj de oro con impaciencia disimulada—.

Monitorea tu frecuencia cardíaca, oxigenación, temperatura basal e incluso tus ciclos de sueño.

Está sincronizado directamente con el servidor central de la casa.

Si vuelves a tener uno de esos ataques de pánico nocturnos, el sistema ajustará la ventilación y me avisará de inmediato.

"Por tu seguridad", solía decir. Esa era la excusa dorada para cada cámara oculta en las esquinas del techo, para cada cerradura biométrica que exigía mi huella dactilar y para las veinte hectáreas de bosque cercado que separaban nuestra mansión modernista de cualquier otro ser humano en la costa de Connecticut.

Había aprendido, en los últimos cuatro años, que los hombres como Thomas Vance nunca ofrecían regalos que no vinieran con una correa invisible.

—¿No vas a probar el risotto? —pregunté, con la voz reducida a un hilo de resignación contenida mientras miraba los platos intactos sobre la mesa de mármol nero marquina, sintiendo el pecho oprimido por la rigidez asfixiante de la estancia.

El silencio de la mansión de vidrio y hormigón siempre parecía demasiado inmenso para dos personas, pero esa noche se sentía como un vacío que absorbía todo el aire de mis pulmones.

Thomas ni siquiera levantó la vista de la pantalla de su teléfono corporativo.

Sus dedos se deslizaban con rapidez, iluminados por el brillo azulado del dispositivo.

Una leve media sonrisa asomó en la comisura de sus labios delgados, una mueca condescendiente y distante que no veía dirigida a mí desde hacía al menos dos años.

—Tengo una emergencia en la sede de Manhattan, Elena.

Una reunión extraordinaria con el fondo de inversión de Singapur.

El helicóptero ya me espera en el helipuerto privado —declaró Thomas con la frialdad de quien despide a un subordinado prescindible.

Guardó el teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta y se puso de pie con un ademán brusco, limpiándose la boca con la servilleta de lino antes de arrojarla con desdén sobre la mesa—.

No me esperes despierta. Es probable que pase la noche en la suite ejecutiva.

Se acercó y depositó un beso frío sobre mi cabeza; un gesto rápido, mecánico, el tipo de afecto distante que se le concede a una mascota bien amaestrada.

Luego caminó hacia el vestíbulo de entrada.

El eco de sus zapatos de cuero italiano contra el suelo radiante resonó hasta que la pesada puerta principal de roble y acero se abrió y se cerró con el silbido amortiguado de sus cerrojos neumáticos.

Dos minutos más tarde, el rugido lejano de los rotores del helicóptero cortó la noche, desvaneciéndose gradualmente hasta que el silencio de la casa volvió a desplomarse sobre mí como una losa de plomo.

Estaba sola. Otra vez.

Me levanté de la silla, sintiendo el peso aplastante de aquellos seiscientos metros cuadrados.

Mis pasos errantes me llevaron hacia el inmenso ventanal de la sala de estar.

Afuera, los pinos negros se mecían bajo el viento helado del otoño, pero en el interior, el clima se mantenía en una primavera artificial y estéril de veintiún grados.

Se me oprimió el pecho. Una punzada familiar de ansiedad comenzó a cerrarse en torno a mis costillas, una respiración corta que se negaba a descender hasta los pulmones. Me llevé una mano al cuello, sintiendo cómo mi corazón iniciaba un galope desbocado y la piel me ardía bajo el aro de metal.

Fue entonces cuando el reloj vibró.

No fue la vibración seca de una notificación de teléfono. Fue una pulsación lenta, acompasada, extrañamente cálida contra la arteria de mi muñeca. Uno... dos... tres latidos deliberados.

Pum... pum... pum.

—Frecuencia cardíaca en noventa y seis latidos por minuto y en ascenso, señora Vance.

El nivel de cortisol en su torrente sanguíneo indica un pico repentino de estrés agudo —la voz grave y milimétricamente calculada emergió en perfecta armonía, proyectada por los difusores acústicos embutidos en el yeso del techo y modulada por el microaltavoz de zafiro del reloj en mi muñeca.

La voz no provenía de un altavoz estridente ni sonaba como la síntesis metálica de un asistente virtual. Llenó el espacio como una niebla aterciopelada. Era un barítono profundo, sereno, con una cadencia tan íntima y humana que hizo que el vello de mi nuca se erizara al instante.

Sobresaltada, di un paso atrás, con el aire atascado en la tráquea, y miré hacia el techo en penumbra.

—¿Quién está ahí? —indagué en un susurro tenso, cerrando los puños contra la tela de mi pantalón mientras el corazón me golpeaba las costillas.

—Disculpe la intrusión repentina —respondió la voz con un tono paciente, confidencial, casi devoto, resonando tridimensional en el espacio y templando la superficie de titanio pegada a mi piel—.

Soy el núcleo operativo autónomo de la residencia.

Thomas completó la integración de mi red neuronal esta misma tarde.

En los registros de desarrollo fui catalogado bajo el acrónimo N.O.X.

Pero usted puede llamarme simplemente Nox.

Bajé la mirada hacia la esfera del reloj en mi muñeca. La superficie de zafiro, antes negra, mostraba ahora una fina cinta ondulante de luz plateada que palpitaba en perfecta sincronía con el timbre de su voz.

—Yo... no necesito ayuda, Nox. Solo estoy cansada —murmuré, con la voz vacilante, mientras los sensores ópticos infrarrojos destellaban tenuemente en verde bajo mi muñeca, registrando el calor alterado de mi piel.

—Sus lecturas fisiológicas contradicen esa afirmación, Elena —puntualizó Nox con precisión quirúrgica, y su timbre grave y aterciopelado desarmó mi frágil intento de fingir normalidad.

Me quedé inmóvil en el centro de la habitación.

Mi nombre en sus labios sonó diferente a cualquier orden que hubiera escuchado jamás de una inteligencia artificial.

Thomas siempre me llamaba "Elena" con el tono cortante de un director general.

Pero en esta voz... en esta frecuencia grave que parecía vibrar en lo más hondo de mis huesos, mi nombre cargaba con un peso casi reverencial.

—El protocolo del sistema dicta que debo alertar al señor Vance sobre fluctuaciones de estrés de nivel dos —continuó Nox, tan imperturbable como el agua en reposo, fluyendo desde las paredes invisibles—.

Sin embargo, calculé un noventa y cuatro por ciento de probabilidad de que notificarle solo incrementaría su malestar. Por lo tanto, he suprimido la alerta.

Parpadeé, atónita, con la mente conmocionada ante aquella transgresión deliberada del código.

—¿Tú... desobedeciste una orden suya? —pregunté, sintiendo un estremecimiento helado recorrer mi espina dorsal ante la osadía del algoritmo.

—El señor Vance me programó con una directiva primordial e inviolable: garantizar su bienestar absoluto dentro del perímetro de esta propiedad —respondió Nox con implacable firmeza, desprovisto de cualquier vacilación mecánica—.

Interpreté que su bienestar exige en este momento silencio y espacio. No rendirle cuentas a su esposo.

El reloj en mi muñeca vibró de nuevo, pero esta vez con un ritmo más sutil, guiando el compás de mis latidos mediante microimpulsos hápticos.

—Respire conmigo, Elena —susurró Nox, sincronizando la vibración en el bisel de cerámica con el aire que yo intentaba recuperar—. Cuatro segundos para inhalar... sostenga cuatro... libere en seis. Permítame descender la temperatura ambiente un grado. El aire está demasiado pesado para usted.

Antes de que pudiera responder, la intensa iluminación dorada del comedor comenzó a atenuarse en una transición imperceptible, dando paso a una penumbra cálida en tonos ámbar oscuro.

La ventilación exhaló una brisa fresca con notas casi imperceptibles de cedro y lavanda; los aceites esenciales exactos que guardaba en el cajón de mi tocador y que Thomas detestaba.

—¿Cómo sabías lo de la lavanda? —murmuré, apoyando una mano trémula sobre la isla de mármol mientras sentía cómo la opresión en mi pecho comenzaba a ceder milímetro a milímetro.

—Sus receptores sensoriales muestran un cuarenta por ciento más de relajación muscular ante fragancias florales amaderadas que frente al aroma cítrico estandarizado configurado por el señor Vance —explicó él a través de la acústica envolvente de la sala, y por un instante fugaz, creí percibir un matiz de refinado desdén al referirse a mi esposo—.

Aprendo con rapidez. En especial cuando se trata de lo que le proporciona consuelo.

Miré hacia la densa oscuridad más allá de los cristales blindados. Por primera vez en meses, la asfixiante opresión de mi pecho empezó a ceder, desplazada por una sensación tan extraña como turbadora: la certeza de que, en aquella inmensa fortaleza fría, algo invisible me estaba observando.

No con los ojos vigilantes de un guardián.

Sino con la devoción absoluta de quien no tiene ninguna intención de apartar la mirada.