Cristina cumple cuarenta con un trabajo que le gusta, un piso propio, dos amigas incapaces de respetar su intimidad y una madre que considera cada cumpleaños una emergencia sentimental.
Su vida funciona. El problema es todo lo que, según los demás, debería haber conseguido ya.
Para demostrar que todavía puede elegir, Cristina vuelve a Tinder. Allí conoce a Berto: divertido, atento y sospechosamente fácil de querer. Solo hay un pequeño inconveniente. Las fotografías de su perfil tienen seis años, varios kilos menos y bastante más pelo.
La cita debía durar una sidra. Termina con una noche que Cristina recuerda a trozos, unas bragas puestas del revés y un mensaje de resaca imposible de olvidar. Después de aquello, lo razonable sería no volver a verlo.
Cristina siempre ha tenido una relación complicada con lo razonable.
Entre conversaciones que duran demasiado, una lavandería de barrio, una cama de noventa centímetros, comidas familiares y amigos con ideas religiosas muy discutibles, Berto empieza a ocupar un espacio que Cristina no pensaba dejar libre.
El problema ya no es que él se parezca poco al hombre de las fotos. El problema es averiguar si Cristina está eligiendo a Berto de verdad o si se ha cansado de buscar a quien creía que debía encontrar.
Una comedia romántica adulta, divertida y honesta sobre las expectativas, el deseo y esas relaciones que empiezan torcidas y acaban encajando precisamente por eso.









