CAPÍTULO 14 · UN AÑO #4
Los números eran claros. Mi piso era más grande, estaba mejor situado para ambos y tenía espacio para que Berto trabajara algunos días. El suyo tenía un alquiler menor, pero un dormitorio que ya estaba lleno con la cama nueva.
—Podríamos venir aquí —dijo.
—Podrías venir tú aquí.
—Eso quería decir.
—No quiero que parezca que invades mi casa.
—Podemos hacer cambios.
—Tampoco quiero que la conviertas en una cueva de cables.
—Negociación dura.
Decidimos esperar unos meses. La decisión de no apresurarnos también era una decisión.
La hoja de cálculo no cerró el asunto. Lo volvió concreto.
Dos semanas después hicimos una prueba bastante menos elegante.
Berto trajo una maleta con ropa para diez días y el portátil de trabajo.
La idea era comprobar cómo funcionábamos compartiendo mi piso durante una semana laboral normal, sin vacaciones, sin comidas especiales y sin la salida fácil de volver cada noche a su casa por costumbre.
—Esto suena a periodo de prueba —dijo mientras colocaba camisetas en un cajón que yo había vaciado.
—Las empresas serias lo hacen.
—¿Y al final me evalúas?
—Ya veremos tu desempeño.
La broma duró hasta que intentó dejar una regleta, dos cargadores y un cable de red atravesando el escritorio de la habitación pequeña.
—Eso no puede quedarse así.
—Necesito conectarme.
—Necesitas no tender una trampa para tobillos.
—Mañana compro canaleta.
—Con eso me vale.
Me sorprendió que la solución pudiera ser tan sencilla cuando yo ya había empezado a imaginar una discusión sobre cables. Al día siguiente compró la canaleta.
El tercer día llegó antes que yo y preparó la cena. El cuarto, yo tuve que quedarme una hora más en la asesoría y le escribí que no me esperara. Me contestó con una foto del sofá y el mensaje: «Estoy haciendo un esfuerzo heroico por no organizar una actividad conjunta».
Al llegar, estaba jugando con el ordenador y llevaba auriculares.
—Hola —dijo quitándose uno.
—Sigue con lo tuyo.
—He calentado comida.
—Gracias por pensar en ello.
Me duché, cené y me senté a leer. Pasamos casi dos horas en la misma casa sin conversar. No ocurrió ninguna tragedia.
El problema llegó el viernes.
Yo había tenido una semana pesada y quería pasar la noche sola. Berto había comprado ingredientes para cocinar y había dado por hecho que cenaríamos juntos.
Lo vi sacar una bolsa de la nevera.
—Creo que hoy necesito quedarme a mi aire.
Berto se detuvo.
—Podías habérmelo dicho antes. He comprado esto para los dos.
—Lo sé. Me he dado cuenta al llegar.
—¿Quieres que me vaya?
Los dos notamos que aquello llevaba más carga de la necesaria.
—Quiero estar sola un rato. No quiero echarte de mi casa.
—Ahora también estoy probando vivir aquí. Si cada vez que necesitas espacio tengo que volver a mi piso, no estamos probando nada.
Tenía razón y me fastidió.
—Entonces no te vayas.
—No quiero quedarme como un mueble al que soportas.
Dejé el bolso en el suelo.
—Berto, estoy cansada. Si intento explicarlo perfecto, voy a acabar hablando como una circular.
Él cerró la nevera.
—Dime lo mínimo necesario.
—Necesito una ducha larga, cenar sin conversar y leer un rato. Puedes estar aquí. De hecho, prefiero que estés aquí. Solo necesito no atender a nadie.
Su cara cambió.
—Eso sí lo entiendo.
—¿Te molesta?
—Un poco que lo hayas dicho cuando ya había comprado media cena especial. Pero puedo cocinarla mañana.
—Lo siento.
—Aceptado. Yo me pongo auriculares.
Aquella noche aprendí que pedir espacio no requería fabricar distancia. Berto cocinó para él, yo me hice una tortilla y nos cruzamos por la cocina sin actuar como desconocidos. Antes de acostarse dejó un vaso de agua en mi mesilla.
—No estoy intentando iniciar conversación —avisó.
—Gracias por el agua.
—Buenas noches, administradora.
—No fuerces tu suerte.
El domingo, cuando guardó la maleta para volver a su piso, sentí alivio y pena a la vez. La prueba había funcionado precisamente porque también había mostrado roces.
—¿Conclusiones? —preguntó.
—Necesitamos más armarios.
—Eso es un sí bastante romántico.
—Y un despacho que no parezca una central eléctrica.
—Canaleta. Ya hemos evolucionado.
No fijamos fecha para la mudanza. Saber que podíamos compartir espacio hizo que dejara de parecer una decisión enorme y empezara a parecer una cuestión de logística, dinero y ganas. Me gustó bastante más así.
A mediados de mayo celebramos mi cumpleaños cuarenta y uno.
La diferencia con el cumpleaños anterior fue tan evidente que me costó no convertirla en símbolo. Nadie me preguntó qué me faltaba. Nerea sí apareció con un globo, pero era una berenjena morada porque aseguró que los números estaban prohibidos.
—No quiero saber por qué berenjena.
—Era esto o un flamenco.
Marta llevó una tarta. Berto llegó tarde porque había tenido una incidencia y apareció con la barba empapada y un ramo pequeño comprado en una gasolinera.
—Son horribles —dijo al entregármelo.
—Bastante.
—Era lo único abierto.
—Me encantan.
Y era verdad.
Mi madre me abrazó y solo dijo:
—Feliz cumpleaños, cariño.
Nada de arroz.
Fue uno de los mejores regalos de la noche.
Berto me llevó a cenar después. Eligió un sitio pequeño, sin lujo ni anillos escondidos en el postre, y caminamos hasta casa.
—¿Qué quieres hacer este año? —preguntó.
Pensé.
—Viajar más. Trabajar un poco menos. Cambiar las cortinas del salón.
—Ambicioso.
—¿Tú?
—Seguir contigo.
Lo dijo con tanta sencillez que me agarré a su brazo.
El resto de mayo fue menos narrativo y quizá por eso me gustó.
La asesoría entró en una semana de cierres y yo cancelé dos planes con Berto. El segundo era una cena que habíamos reservado desde hacía días.
Le escribí a las siete:
«No salgo a tiempo. Lo siento.»
Me respondió con una foto de una mesa vacía y un vaso de agua.
«He informado al restaurante de que la responsable es Hacienda.»
Lo llamé.
—¿Estás ya allí?
—Acababa de llegar.
—Berto, lo siento mucho.
—Cristina, estoy vacilándote. He cancelado la mesa.
—Podías enfadarte un poco para que yo me sintiera menos culpable.
—Estoy fastidiado porque quería verte. No estoy enfadado contigo porque tengas trabajo.
Me apoyé en la silla del despacho.
—La diferencia es importante.
—Muchísimo. ¿Vas a cenar?
Miré el táper que había olvidado en la nevera de la oficina.
—Tengo comida.
—Entonces come y termina.
No apareció por sorpresa con flores ni se ofreció a resolver algo que no podía resolver. Yo tampoco convertí la cancelación en una prueba de que la relación se estaba enfriando.
Nos vimos cuatro días después.
Berto llegó a mi casa con una bolsa de comida y la puso en la mesa.
—He decidido no reservar nada.
—Medida sensata.
—Tampoco traigo una conversación sobre que últimamente trabajas demasiado.
—Te quiero.
—Espera. Sí traigo una pregunta.
—Retiro lo dicho.
—¿Esto va a ser puntual o estás volviendo a una época de quedarte hasta las nueve cada día?
Pensé antes de responder.
—Puntual. Hemos cerrado dos clientes a la vez y una compañera está de baja. La semana que viene debería normalizarse.
—Entonces perfecto.
—¿Y si no?
—Entonces me cuentas si estás bien con ese ritmo. Lo pregunto por ti, porque hace meses dijiste que querías trabajar un poco menos.
Me sorprendió que se acordara.
—Qué desagradable es que escuches.
—Especialidad de la casa.
Cenamos en mi salón y no salimos. Al terminar, me quedé tumbada con las piernas encima de las suyas.
—¿Hacemos algo por el aniversario? —pregunté.
—Gascona.
—Eso ya está decidido.
—Podemos hacernos regalos.
—No quiero un regalo caro.
Berto sostuvo mi mirada con una inocencia demasiado elaborada.
—Yo tampoco.
—Esa cara me preocupa.
—Tengo mi propia cara.
—Y yo llevo un año aprendiéndomela.
Se rio.
En aquel momento todavía no había visto la pestaña de la joyería. Solo pensé que probablemente estaba preparando alguna tontería. Me gustó no necesitar saber cuál.
A finales de mayo, casi un año después de conocernos, vi por casualidad una pestaña abierta en su ordenador con una joyería.
La pestaña solo dejaba ver la categoría, anillos, sin mostrarme el modelo ni el precio. Me aparté antes de convertirme en detective.
Durante toda la tarde luché contra la curiosidad. Berto actuaba normal, lo cual era sospechoso porque yo ya sabía que no tenía talento para guardar secretos.
—¿Qué miras? —preguntó mientras cenábamos.
—Tu cara.
—¿Y?
—Parece culpable.
—Siempre.
Decidí no decir nada. Si estaba pensando en pedirme matrimonio, quería darle espacio para hacerlo a su manera.
Berto cerró el portátil de golpe.
—Pornografía —dijo.
—Muy creíble.
—Muy específica.
—No he visto nada.
—Entonces estamos bien.
No pregunté.
Durante los cuatro días siguientes se comportó con la sutileza de un ladrón con cascabeles. Guardaba el móvil, cambiaba de tema cuando Sergio llamaba y una vez apareció con una bolsa que escondió en un cajón como si yo no supiera abrir cajones.
Decidí dejarle tener su secreto.
Cuando propuso volver a Gascona por nuestro aniversario, fingí sorpresa.
—¿A repetir el delito?
—A comprobar si la sidra sigue siendo peligrosa.
—Esta vez llevo las bragas bien puestas.
—Eso no puedo verificarlo desde aquí.
Le tiré un cojín.
Faltaban cuatro días para cumplir un año desde aquella cita que debía durar una sola sidra.