CAPÍTULO 15 · OTRA SIDRA
Berto insistió en que quedáramos exactamente en el mismo punto de Gascona.
La tarde anterior, Marta me había preguntado si creía que iba a pedírmelo.
—He visto una joyería abierta en su ordenador.
—Eso parece una pista fuerte.
—También puede comprar un anillo para su hermana.
—¿Por qué iba a comprarle un anillo a su hermana?
—No sé. Cumpleaños.
—Cristina.
—No quiero darlo por hecho.
—Bien. Pero arréglate las uñas.
—Vete a la mierda.
No me arreglé las uñas. Sí elegí una camisa que sabía que le gustaba, lo cual me pareció un compromiso razonable.
—Esto roza la recreación histórica —le dije.
—He pensado traer una peluca.
—Como aparezcas con pelo me voy.
Berto llegó doce minutos tarde.
Un año antes yo habría utilizado esos doce minutos para revisar el perfil, comparar la foto con la calle y decidir si el hombre que se acercaba era exactamente el que esperaba. Esta vez no miré Tinder. Miré la esquina.
Lo vi aparecer sin peluca, con una camisa azul, la barba recién arreglada y una bolsa pequeña en una mano. Caminaba deprisa y se tocaba el bolsillo del pantalón cada pocos pasos.
Sonreí antes de que llegara.
—Llegas tarde.
—He vuelto a casa dos veces.
—¿Por qué?
—Una por las llaves.
—¿Y la otra?
Berto se inmovilizó.
—No puedo revelar esa información.
Miré el bolsillo que acababa de comprobar.
—Discretísimo.
—Estoy sometido a mucha presión.
—Nadie te la ha puesto.
—Mi propio cerebro es una organización hostil.
Me besó. El gesto tuvo algo distinto. No por el beso, que conocía bien, sino por la falta total de sorpresa. Allí estaba Berto, exactamente el hombre que sabía que iba a llegar. Sin versión previa en la cabeza. Sin tener que reconciliar una fotografía con un cuerpo.
—¿Qué? —preguntó al verme mirarlo.
—Nada importante.
—Esa mirada siempre trae expediente.
—Estaba pensando que esta vez sí eres el de la foto.
Berto entendió enseguida. Bajó la vista hacia su camisa.
—Espero que mejor vestido.
—Más nervioso.
—También.
—Y te queda bien.
—¿La camisa?
—Todo.
Su sonrisa se hizo más pequeña.
—Gracias. Hoy sí me lo creo.
Entramos sin necesidad de aclarar nada más entre nosotros.
Antes de entrar me dio una bolsa pequeña.
—¿Qué es esto?
—Abre.
Dentro había una bufanda nueva, muy parecida a la que me había prestado la primera noche.
—La original sigue existiendo —dijo—, pero pensé que una recreación exacta podía rozar la superstición.
—¿Me estás regalando una bufanda por nuestro aniversario?
—Y cena.
—Menos mal.
Me la puse. Olía a tienda, no a él. Pensé en cómo una prenda absurda podía contener un año entero sin necesidad de convertirla en símbolo cada semana.
—Una —dijo Berto.
—Eso dijiste la otra vez.
—Y mira qué bien salió.
—Me desperté en el suelo.
—Detalles.
Entramos en la misma sidrería. El camarero no era el mismo y la mesa estaba ocupada, cosa que Berto pareció tomarse como un ataque personal a su organización.
—Podemos sentarnos en otra —dije.
—Ya, pero esa era nuestra mesa.
—Berto, sobreviviremos.
—Tienes razón.
Nos sentamos al fondo.
La primera botella fue tranquila.
A mitad de la primera sidra hicimos una especie de balance informal.
—Mayor sorpresa del año —dijo Berto.
—Tu mensaje del rabo.
—Eso fue el primer día.
—Sigue compitiendo fuerte.
—La mía es que te gustan los juegos de mesa.
—No me gustan.
—Has ganado tres veces.
—Me gusta ganar.
—Eso explica mucho.
—Mi mayor sorpresa de verdad —dije— es que hayas aprendido a cerrar los cajones.
—No he aprendido. Tengo miedo.
—También sirve.
Hablamos de viajes, de mi madre, de su hermana y de cosas pequeñas que el año había convertido en nuestras.
La noche se parecía muy poco a la primera cita y precisamente ahí estaba lo bonito.
Recordamos la cita y discutimos sobre el momento exacto en que yo me había quitado el abrigo.
Berto aseguraba que fue antes de la segunda sidra. Yo sostenía que después.
Acabamos repasando las cosas en las que nos habíamos equivocado el uno con el otro. Berto propuso el juego porque, según él, después de un año ya tenía derecho a presentar reclamaciones formales.
—Empieza tú —dije.
—Pensé que eras mucho más borde.
—Eso no es una equivocación.
—Déjame desarrollar. Pensé que eras borde porque te daba igual caer mal. Luego descubrí que te importa muchísimo y te defiendes antes de que nadie pueda opinar.
Levanté el vaso.
—Esto se está poniendo desagradablemente preciso.
—Me toca beber si he acertado o bebes tú.
—Te estás inventando las reglas sobre la marcha.
—Por supuesto.
Bebió él, satisfecho.
Me quedé pensando. Había respuestas fáciles. Podía volver a sus fotos, al aspecto que esperaba encontrar o a la cama de noventa. Ya habíamos hablado de todo eso demasiadas veces.
—Yo pensaba que eras gracioso porque necesitabas gustarle a todo el mundo.
Berto ladeó la cabeza.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que haces bromas también cuando estás solo y nadie te las ha pedido. Es peor.
—Qué alivio.
—Y pensaba que siempre estabas cómodo.
Dejó el vaso en la mesa.
—Esa sí te la compro.
—Al principio confundía que supieras reírte de ti con que nada te afectara. Luego descubrí que puedes pasarte una tarde entera pensando en una frase y seguir haciendo chistes.
—Es una habilidad inútil.
—Bastante.
Berto me rozó los dedos sobre la mesa.
—También pensé que acabarías intentando cambiarme cosas.
—Te cambié la cama.
—Eso era una intervención humanitaria. Hablo de mí.
Entendí lo que quería decir.
—Yo pensaba que acabarías cansándote de que necesitara estar sola.
—Todavía me cuesta a veces.
—Lo sé.
—Pero ahora sé que no significa que estés haciendo una lista de razones para dejarme.
Aquello quedó entre nosotros sin volverse pesado. Un año antes, cualquiera de esas confesiones habría necesitado media hora de explicaciones y dos bromas para salir. Esa noche podían caber entre un vaso de sidra y una discusión sobre si la tortilla de aquel sitio llevaba demasiada cebolla.
—Mi turno —dijo Berto—. Pensaba que eras de las que guardaban las cosas importantes para el momento perfecto.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que el momento perfecto te pone nerviosa y acabas hablando en una cocina, en un coche o montando un mueble.
—Es eficiente.
—Mucho. Contigo las conversaciones decisivas tienen pésima ambientación.
—Me niego a discutir sentimientos con velas.
—Lo sé.
Seguimos un rato. Acertamos algunas cosas y fallamos otras.
Ninguna conclusión cambió lo que ya sabíamos.
Lo bueno fue poder mirar nuestras versiones iniciales sin necesidad de insultarlas.
Habíamos sido dos personas intentando entenderse con bastante información equivocada y una capacidad limitada para decir lo que querían.
—Tengo memoria visual —dijo.
—Tienes interés en reescribir tu victoria.
—No hubo victoria.
—Bien contestado.
La segunda botella nos puso más sentimentales.
Berto sacó el móvil y me enseñó la primera conversación de Tinder. Había guardado capturas antes de borrar la cuenta.
—Esto es inquietante.
—Archivo histórico.
Leí mi primer mensaje sobre impresoras y me dio vergüenza.
—Parecíamos normales.
—Durante quince minutos.
—Luego apareciste tú con seis años de retraso fotográfico.
—Momento clave.
Encontramos el meme de la resaca, que Berto también conservaba.
—Borra eso.
—Es patrimonio.
—Todo en tu vida acaba siendo patrimonio cuando no quieres tirarlo.
—Exacto.
Hablamos del año: de la lavandería, la cama, mi madre y la discusión del listón. Berto me confesó que después de aquella pelea había estado convencido durante dos días de que íbamos a terminar.
—Yo también.
—No dormí nada.
—Yo sí, pero fatal.
—Eso es dormir.
—No me quites dramatismo.
Cuando salimos, Gascona estaba llena. Era una noche templada y había grupos en la calle.
Berto metió la mano en el bolsillo mientras yo fingía interesarme por un cartel, pero la sacó vacía.
—¿Qué haces? —pregunté.
—Nada.
—Tienes cara de estar haciendo algo.
—Estoy buscando el móvil.
Estaba en su otra mano.
—Berto.
—Mierda.
Me eché a reír.
—¿Has perdido algo?
—Creo que no.
—¿Seguro?
Se palpó otro bolsillo.
Su cara cambió.
—Dame un segundo.
—¿Qué has hecho?
—Quédate aquí, por favor.
—¿Dónde voy a ir?
Berto volvió casi corriendo hacia la sidrería.
Me quedé en la calle riéndome sola. Dos mujeres que estaban cerca me miraron. Una de ellas sonrió.
—¿Te ha dejado plantada?
—Creo que ha perdido algo.
—Eso dicen todos.
Berto reapareció al cabo de un rato, rojo y respirando deprisa.
—Estaba debajo de la mesa.
—¿El móvil que llevabas en la mano?
—Otra cosa.
Sacó una cajita del bolsillo.
Las dos mujeres soltaron un «oh» simultáneo.
—Genial —murmuró él—. Público.
—Tú querías Gascona.
En cuanto nuestras miradas se encontraron, Berto se olvidó del resto.
Durante unos segundos no abrió la caja. Se quedó respirando, con una concentración que me habría hecho reír si yo misma no estuviera temblando.
—Tenía esto mucho mejor en casa —dijo.
—Ya me imagino.
—Sergio dijo que improvisara.
—Ese es tu primer error.
—El primero fue Tinder.
—Cierto.
La gente alrededor empezó a notar lo que ocurría. Una pareja dejó de caminar. Un camarero se asomó desde una puerta. Yo habría querido que desaparecieran todos y, al mismo tiempo, me gustó que el mundo siguiera alrededor de nosotros.
Cuando abrió la caja, vi el anillo y también la marca roja que la carrera le había dejado en la frente. Tenía una gota de sudor junto a la sien y el borde de la camisa se le había salido un poco del pantalón.
Aquella imagen se parecía mucho más a nosotros que cualquier escena que él hubiera ensayado en casa.
—¿Quieres respirar un poco? —pregunté.
—Llevo respirando cuarenta años y ahora parece que se me ha olvidado.
Las dos mujeres que estaban cerca se habían callado. Una pareja más joven fingía mirar un escaparate mientras nos observaba por el reflejo. Desde una sidrería llegó el ruido de vasos y conversación. Nadie había detenido la calle por nosotros.
Berto se rio sin apartar la vista de mí.
—Había pensado decirte muchas cosas.
—Puedes decirlas.
—Ahora me parecen todas de folleto.
—Entonces no las digas.
Guardó la caja un segundo entre las dos manos.