Las bragas del revés CAPÍTULO 15 · OTRA SIDRA #2
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CAPÍTULO 15 · OTRA SIDRA #2

—Quiero casarme contigo sin convertirlo en una solución a nada.

Eso sí consiguió que dejara de reírme.

—Mi vida funcionaba antes de ti —continuó—.

La tuya también. Me gustaría que siguiéramos metiéndonos en la del otro porque nos da la gana.

Con nuestros pisos, o con uno. Con hijos, sin hijos o sin haberlo decidido aún.

Con tu madre dando táperes y Sergio intentando fundar religiones en terrazas. Quiero seguir estando.

Sentí una presión detrás de los ojos.

—Eso sí te lo habías preparado.

—La mitad. Lo de Sergio ha salido ahora.

—Se nota.

Berto apretó los labios, nervioso.

—También quiero que, si algún día estamos mal, puedas decírmelo sin pensar que aceptar casarte te obliga a aguantar. Y quiero poder decirte lo mismo.

—Esto está siendo muy poco comercial.

—Me dijiste que no querías velas.

—Te dije muchas cosas.

—Y las archivo todas.

Le apreté la mano.

—¿Quieres casarte conmigo y seguir eligiéndonos cuando esto deje de ser nuevo, con uno o dos internets, con mis ronquidos y tus ventanas abiertas en enero?

La sencillez de la pregunta me desarmó.

Cuando contesté que sí, no pensé en la edad, ni en calendarios, ni en la boda que mi madre habría organizado de haberle dado seis meses y una carpeta.

Pensé en Berto saliendo corriendo a buscar un anillo que había dejado bajo una mesa.

Pensé en el modo en que me había pedido que eligiera también los días malos, sin convertir el matrimonio en una garantía.

El anillo me quedó grande y estuvo a punto de girarse hacia la palma en cuanto levanté la mano.

—Esto resume bastante bien tu planificación —dije.

—La talla la vamos a corregir. La pedida ya no.

—Más te vale.

El aplauso empezó a nuestro alrededor antes de que termináramos de besarnos.

Nos quedamos allí un rato, atrapados entre felicitaciones de desconocidos.

Una camarera salió con dos vasos y nos los regaló. Berto quiso pagar. Ella se negó.

—Dejadlo, hombre. Estas cosas alegran la noche.

Las dos mujeres que habían presenciado la escena nos pidieron una foto. Yo habría dicho que no en cualquier otra circunstancia. Aquella noche acepté.

—Para demostrar que no te dejó plantada —dijo una.

—Casi pierde el anillo.

—Eso es mejor historia.

Berto puso una mano en mi cintura.

—Por favor, no lo difundáis como tutorial.

Nos reímos todos. Berto mandó un mensaje a Sergio y otro a Javi. Yo llamé a mi madre.

Pilar gritó tanto que tuve que apartar el teléfono.

—¿Está ahí? —preguntó mi madre.

—Sí, está aquí.

—Ponme con él.

Le pasé el móvil a Berto.

—Hola, Pilar.

Escuchó durante medio minuto con expresión de niño regañado.

—Sí. Sí, está bien. Un poco grande... Sí, lo arreglamos mañana.

Me devolvió el teléfono.

—¿Qué te ha dicho?

—Que el anillo tenía que ser una talla menos y que soy un desastre.

—Correcto.

—También que me quiere.

—Eso te lo dice para que no escapes.

Mi madre seguía al otro lado.

—¡Os estoy oyendo!

Nos reímos.

—¡Lo sabía!

—¿Cómo que lo sabías?

—Me preguntó tu talla de anillo.

Miré a Berto.

—Traidor.

—Necesitaba información.

—Y aun así te queda grande.

—Tu madre dijo una talla aproximada.

—No metas a mi madre.

Nerea respondió con doce mensajes y una llamada. Marta fue más tranquila hasta que oyó la historia del anillo perdido, momento en que se rio durante casi un minuto.

Después de hablar con mi madre y sobrevivir a los mensajes de Nerea, necesitábamos alejarnos unos metros del pequeño grupo que se había formado. Caminamos hacia una zona menos llena, todavía cogidos de la mano.

Yo miraba el anillo cada poco y lo sujetaba con el pulgar para que no girara.

—Vas a perderlo tú ahora —dijo Berto.

—No me provoques.

—Tengo una bolsita en casa para guardarlo hasta que lo ajusten.

—Claro que tienes una bolsita.

—La joyería proporciona recursos.

Entramos en una tienda pequeña a comprar agua. La chica de la caja vio el anillo, luego nuestras caras y sonrió.

—¿Acaba de pasar?

—Hace veinte minutos —dijo Berto.

—Casi no pasa porque lo dejó en un bar —añadí.

—Debajo de una mesa. Técnicamente sabía el edificio.

La chica se rio y nos deseó suerte. Salimos con dos botellas y una bolsa de patatas. Me gustó que, tan poco después de prometernos matrimonio, estuviéramos discutiendo por si necesitábamos también ibuprofeno para la resaca.

—¿Has pensado en boda? —pregunté mientras abría el agua.

Berto hizo una mueca.

—He pensado en casarme contigo. La boda me da más miedo.

—Buena respuesta.

—¿Tú?

—Durante años pensé que si alguna vez me casaba sería algo bastante normal. Registro, comida, poca gente. Luego mi madre seguramente habría conseguido inflarlo.

—Pilar tiene potencial.

—Muchísimo.

Caminamos un poco más.

—No quiero que mañana nos despertemos y de repente haya que decidir fecha, hijos, piso, hipoteca y vajilla —dije.

—Podemos prohibir la vajilla.

—Berto.

—Te entiendo. Esto no convierte todo lo demás en urgente.

La respuesta me relajó más de lo que esperaba.

—Quiero disfrutarlo.

—Yo también.

—Y quiero ajustar el anillo antes de que acabe en una alcantarilla.

—Eso sí es urgente.

Volvimos a entrar en Gascona sin intentar reconstruir la noche antigua. Pedimos otra ronda, hablamos con una pareja que había presenciado la pedida y terminamos riéndonos con un camarero que aseguraba haber visto propuestas mucho peores.

—Una vez escondieron un anillo en una croqueta —contó.

—Eso sí es una relación sin futuro —dije.

Berto se llevó una mano al pecho.

—Yo al menos lo perdí limpio.

Cuando pedimos el taxi ya no quedaba casi nada de nervios. La alegría se había asentado en un sitio más cotidiano. En el coche me apoyé contra Berto y miré las luces pasar por la ventanilla.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Estoy muy bien.

—Te lo pregunto porque llevas cinco minutos callada.

—Estoy intentando acordarme de esta parte.

Berto me besó el pelo.

—Yo también.

En casa bebimos más agua de la que nos apetecía y dejamos el calzado tirado junto al recibidor. Antes de acostarnos, me quité el anillo y Berto lo guardó en la bolsita de la joyería.

—Mañana vuelve a tu dedo —dijo.

—No me siento menos prometida por tenerlo en una cómoda.

—Eso también es buena señal.

En la oscuridad hablamos sin agenda de nuestros padres, de su hermana y de cómo mi madre seguramente ya había abierto un grupo de mensajes sin consultarnos. También intentamos explicar qué significaba para cada uno casarse.

—Para mí no es que ya no puedas irte —dije—. Suena raro, pero necesito que siga siendo posible.

Berto giró la cabeza hacia mí.

—Lo entiendo.

—Quiero que quedarse siga siendo una decisión.

—Entonces tendremos que tomarla muchas veces.

—Qué agotador.

—Podemos alternarnos.

La respuesta le quitó el poco dramatismo que quedaba.

La borrachera me estaba dando sueño. Apoyé la mano sobre su pecho y sentí su respiración bajo la palma.

—¿Cuál es el plan de mañana? —pregunté.

—Desayunar. Ajustar el anillo. Y quizá una pequeña cosa con Sergio.

Abrí los ojos.

—¿Qué pequeña cosa?

—Mañana.

—Esa respuesta nunca trae nada bueno.

Berto se rio en la oscuridad y me pidió que confiara un poco.

Cuando despertamos comprobé que su concepto de «pequeña cosa» seguía necesitando supervisión adulta.