Las bragas del revés CAPÍTULO 16 · R’AMEN
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CAPÍTULO 16 · R’AMEN

A las diez y media de la mañana siguiente, Berto apareció en la cocina con dos cafés, una resaca razonable y Sergio detrás llevando un colador de metal en la cabeza.

Yo los miré desde la mesa.

Llevaba una camiseta vieja, el pelo recogido de cualquier manera y el anillo girado hacia la palma porque todavía no habíamos podido ajustarlo. Mi imagen mental de una prometida nunca había incluido ibuprofeno, café y un hombre con un utensilio de cocina en la cabeza.

La noche anterior habíamos llegado a casa pasadas las tres. Berto se durmió casi vestido. Yo tardé más porque seguía mirando el anillo cada pocos minutos, como si pudiera desaparecer igual que había desaparecido debajo de la mesa.

A las nueve me despertó mi madre con un mensaje.

«¿Sigue siendo sí?»

Le respondí:

«Sí, mamá.»

«Bien. Luego hablamos.»

Ese «luego hablamos» tenía el peso de una reunión de Estado. No imaginaba que, antes de que ocurriera, Sergio iba a aparecer vestido como electrodoméstico.

—Ni hablar.

Berto miró a Sergio y después a mí.

—Esa ha sido rápida.

—He visto el colador.

—No prejuzgues el contenido por el recipiente —dijo Sergio.

—Eso ni siquiera significa nada.

—Tiene espíritu.

Yo bebí café. La resaca no era terrible, pero tampoco ayudaba a procesar propuestas matrimoniales alternativas antes de mediodía.

—¿Cuánto tiempo lleváis tramando esto?

—Desde las nueve y veinte —contestó Berto.

—Treinta minutos.

—Ha sido intenso —dijo Sergio.

—Y tú has venido desde tu casa con un colador en media hora.

—Lo tenía preparado.

Eso me preocupó todavía más.

Sergio abrió los brazos.

—Todavía no he dicho nada.

—Ya te conozco esa cara.

Berto dejó mi café delante.

—Escucha la idea.

—No quiero escuchar una idea que entra en mi casa con un colador.

—Prejuicios religiosos —dijo Sergio.

—Ser —advirtió Berto.

—Me callo.

No se calló, pero consiguió esperar treinta segundos.

Berto se sentó frente a mí.

Sergio, incapaz de permanecer quieto, sacó de una bolsa una carpeta azul.

—He preparado opciones.

—No quiero ver esa carpeta —dije.

—Hay una versión corta y otra muy corta.

—¿Y la versión en la que te vas a casa?

—No está impresa.

Berto le quitó la carpeta.

—Déjanos hablar dos minutos.

Sergio levantó las manos y fue al salón. Desde allí lo oí preguntar si podía encender la televisión.

—No —gritamos los dos.

Berto volvió a mirarme.

—No quiero que esto parezca una encerrona.

—Ha venido con documentación.

—Ser hace documentación para todo.

—Eso lo empeora.

—Si dices que no, desayunamos, nos reímos de él y ya está.

Me quedé observándolo. Berto parecía ilusionado, pero no ansioso por convencerme. Esa diferencia decidió más que la idea del colador.

—Ayer dijiste que sí.

—Me acuerdo.

—Bien. Porque había pensado que podríamos hacer algo hoy.

—¿Qué cosa?

Sergio levantó una mano.

—Yo puedo casaros.

Cerré los ojos.

—No puedes.

—Puedo oficiar una ceremonia.

—Eso no es casarnos.

Berto intervino antes de que Sergio empezara una defensa teológica.

—Legalmente no. En España esto no tiene efectos civiles. Si queremos casarnos de verdad, hacemos los papeles por la vía normal cuando nos dé la gana.

—Gracias por conservar un mínimo contacto con la realidad.

—Yo solo digo que podemos hacer una ceremonia simbólica esta tarde. Nosotros, los amigos, tu madre, quien pueda venir. Sin organizar una boda durante un año.

Tardé un segundo en comprobar que hablaba en serio.

—¿Me estás proponiendo casarme simbólicamente veinticuatro horas después de pedirme matrimonio?

—Sí, esa es la idea.

—¿Con Sergio?

—Con Sergio.

—¿Con un colador?

Sergio levantó un dedo.

—El colador es opcional para los contrayentes.

—Gracias, padre.

—Ministro.

Me levanté y fui hasta la ventana. A cualquier versión de mí misma de unos años antes aquella idea le habría parecido una estupidez. Una boda improvisada, sin vestido, sin restaurante, sin meses de preparación y sin efectos legales.

Precisamente por eso empecé a sonreír.

Berto se acercó por detrás.

—No tienes que decir que sí. La pedida de ayer no viene con condiciones. Si quieres boda civil, ceremonia grande o no hacer nada durante cinco años, me parece bien.

Me giré.

—¿Tú quieres esto?

Berto se tomó su tiempo.

—Quiero que hoy siga siendo divertido. Ayer casi pierdo el anillo, acabamos rodeados de desconocidos y tú dijiste que sí riéndote. Pensé que una ceremonia enorme dentro de un año quizá nos obligara a convertirlo en otra cosa.

—¿Y si quiero una enorme?

—La hacemos. Esta no la sustituye.

—¿Dos bodas?

—Una simbólica ridícula y la que queramos después. O ninguna después, salvo los papeles. Lo que decidamos.

La libertad de poder decir que no hizo que la idea empezara a gustarme.

—Quiero casarme contigo. Y esto me hace gracia. Me parece nuestro. Pero solo si a ti también.

Miré a Sergio.

—¿Qué incluye exactamente una ceremonia pastafari?

Sus ojos se iluminaron.

—Puedo adaptarla.

—Esa frase me da miedo.

—Nada de textos copiados. Votos vuestros. Algún detalle marinero. Pasta si queréis. Y puedo decir R’amen una vez.

—Una sola vez.

—Puedo negociar hasta dos.

—He dicho una.

—Acepto el límite.

Llamé a mi madre.

Mi madre tardó menos de lo esperado en procesarlo.

—Nos casamos esta tarde —dije.

Silencio.

—¿Cómo?

—Simbólicamente. Legalmente no. Sergio oficia una cosa pastafari.

Otro silencio, más largo.

—¿El del colador?

—Sí, el del colador.

—Cristina, yo he intentado respetar tus decisiones este año, pero necesito que me lo repitas.

Se lo repetí.

—¿Y tú quieres?

Me sorprendió que me lo preguntara así.

—Sí, quiero hacerlo.

—Entonces dime dónde y a qué hora.

—¿No vas a discutir?

—Tengo cuarenta minutos de preguntas, pero puedo hacerlas de camino.

—Mamá.

—Solo una. ¿Esto os casa de verdad?

—No. Para eso tendríamos que hacerlo por vía civil.

—Perfecto. Entonces no tengo que encontrar tu partida de nacimiento hoy.

Ahí estaba exactamente su preocupación.

Pilar tardó seis segundos en pasar de «¿qué?» a «voy para allá».

La siguiente media hora convirtió mi salón en una central de operaciones bastante peor organizada que cualquier boda de verdad.

Sergio abrió su carpeta azul sobre la mesa. Había impreso cuatro páginas.

—Has preparado un dosier —dije.

—Soy ministro. Tengo responsabilidades.

—Hace diez minutos estabas pidiendo galletas.

—Las responsabilidades consumen glucosa.

Berto arrimó una silla y empezó a leer. En la primera hoja había un esquema con títulos como «bienvenida», «declaración de intenciones», «votos» y «cierre».

—Esto es demasiado serio —dijo Berto.

—Me dijiste que no querías que pareciera un sketch.

—Tampoco quiero que Cristina piense que la hemos secuestrado para una secta.

—Eso ya lo pienso —intervine.

Sergio tachó dos líneas.

—Perfecto. Reducimos.

Le pedí que me dejara leer el resto. Había frases solemnes, chistes sobre piratas y una referencia a una salsa que no entendí.

—Fuera la salsa.

—Era buena.

—Fuera.

—Tiranía de la novia.

—Novia simbólica.

—Peor todavía.

Terminamos dejando una estructura mínima. Sergio abriría, explicaría que aquello no tenía efectos civiles, diría unas palabras propias y nos daría paso para hablar. Sin fórmulas copiadas, sin juramentos que ninguno conocía y sin obligar a los invitados a responder nada.

—¿Anillos? —preguntó.

Miré el de compromiso, guardado otra vez en la bolsita porque seguía grande.

—Este casi termina debajo de una mesa. No pienso lanzarlo a una segunda aventura.

Marta escribió que podía traer dos anillos baratos de una tienda del centro, pero le dije que no hacía falta. Preferí que no fingiéramos que aquella tarde resolvía todos los símbolos de una boda. Ya teníamos uno de verdad, aunque necesitara arreglo.

—Podemos darnos las manos y sobrevivir —dije.

Sergio apuntó algo.

—Manos. Muy clásico. Aprobado.

Berto bajó la voz antes de preguntar.

—¿Seguro que quieres seguir?

Esta vez lo preguntó sin humor.

—Sí. Lo que no quiero es que dentro de tres horas aparezca un barco pirata porque nadie me avisó.

—No hay barco.

Sergio levantó un dedo.

—Había pensado una bandera.

—Tampoco.

—Qué poco margen creativo.

Llamamos a Javi para confirmar la terraza. Tenía sillas suficientes, una mesa larga y un vecino que solía quejarse de la música a partir de las diez. Como pensábamos terminar mucho antes, lo consideramos una bendición.

Las invitaciones salieron por mensajes. Nada de grupos de ciento cincuenta personas. Familia cercana y amigos que pudieran llegar sin organizar media vida. Cada respuesta hacía que la idea pareciera más real y, curiosamente, menos absurda.

Mi madre contestó que llevaba flores. Nerea preguntó si necesitaba zapatos. Marta dijo que venía directa. La hermana de Berto no podía llegar a tiempo desde fuera con los niños y propuso una videollamada antes de empezar. Berto se quedó mirando su mensaje unos segundos.

—Me da pena que no esté.

—Podemos hacer otra celebración cuando venga.

—Tres bodas.

—No empieces.

Le devolvió un corazón a su hermana y guardó el móvil.

La improvisación no borraba a quien faltaba. Tampoco convertía aquella tarde en la única oportunidad de celebrar nada. Esa idea me ayudó a disfrutarla.

Antes de que llegara la gente, hicimos una videollamada con Elena y los niños.

Berto colocó el teléfono apoyado contra un vaso. Su sobrino apareció tan cerca de la cámara que durante unos segundos solo vimos una ceja.

—¡Tío! Mamá dice que os casáis.

—De una manera técnicamente discutible —respondió Berto.

Elena apartó al niño y ocupó la pantalla.

—Explícamelo sin lenguaje de tu amigo Sergio.

Le contamos la versión corta: ceremonia simbólica esa tarde, sin efectos civiles, y los papeles por la vía legal correspondiente cuando decidiéramos hacerlos.

—Bien —dijo ella—. Porque mamá ya me ha llamado preguntando si esto era válido y yo no quería convertirme en asesora jurídica familiar.

—No lo es —repetí—. Hoy celebramos.

La pequeña apareció con un dibujo. Eran dos figuras cogidas de la mano y una tercera con algo enorme sobre la cabeza.

—Ese es Sergio —explicó.

—El parecido es excelente —dije.

Berto acercó el dibujo a la cámara para verlo mejor.

Su hermana se puso más seria al despedirse.

—Me da mucha rabia no estar.