CAPÍTULO 16 · R’AMEN #2
—A mí también —dijo él.
—Hacemos comida cuando volváis a coincidir y me obligáis a escuchar los votos otra vez.
—Eso ya es castigo.
—Te aguantas.
Los niños gritaron felicitaciones y la llamada terminó con promesas de tarta.
Berto mantuvo los ojos un momento sobre la pantalla ya apagada.
Le cogí la mano.
—No hace que hoy valga menos.
—Lo sé.
—Y hoy tampoco tiene que contenerlo todo.
Asintió.
Esa era otra ventaja de no tratar la ceremonia como una oportunidad irrepetible. Podíamos celebrar de nuevo con quien faltaba sin convertir la ausencia en una herida.
Conseguir que quince adultos se reunieran en pocas horas fue más fácil de lo que habría imaginado. Nadie tuvo tiempo de comprar regalos absurdos, elegir ropa durante días ni preguntar dónde sentarse.
Marta llegó con una tarta pequeña que había encontrado en una pastelería.
—No pone nada —dijo.
—Mejor.
Nerea apareció con una bolsa enorme.
Dentro había maquillaje, horquillas, un pequeño costurero y una botella de cava.
—¿Por qué tienes un kit de emergencia nupcial?
—Porque soy una mujer preparada.
—No te casas tú.
—Pero alguien tiene que evitar que vayas con esa goma del pelo.
—Me gusta esta goma.
—Es de supermercado.
—Funciona.
Mi madre llegó antes que casi todos. Traía flores, el cepillo y una bolsa que me negó abrir hasta que estuviéramos dentro.
En el dormitorio de Javi sacó un vestido azul marino.
—Mamá.
—Es mío. Por si necesitabas algo prestado. No he comprado nada.
—Voy con el verde.
—Ya lo sé. Lo he traído por hacer algo.
La miré. Pilar dobló el vestido otra vez y lo dejó sobre una silla.
—Estoy intentando no meterme.
—Lo estás haciendo bastante bien.
—Me cuesta.
—También lo sé.
Se sentó junto al colchón. Yo seguía de pie, con el neceser abierto y una horquilla entre los labios.
—Cuando me llamaste pensé en decirte que estabais locos —admitió—. Luego me acordé de todas las veces que te he dicho cómo tenía que ser una boda sin que ni siquiera tuvieras novio.
Me quité la horquilla de la boca.
—Podemos dejar el inventario para otro día.
—A mí sí me hace falta decirte una cosa.
Esperé.
—Te pregunté demasiado por lo que te faltaba y muy poco por lo que querías.
Me tocó en un sitio que llevaba meses menos dolorido.
—Tú querías que estuviera bien.
—Sí, pero a veces confundí estar bien con parecerte a mí a cierta edad. No es lo mismo.
Me senté a su lado.
—Yo también usé tu vida para medir la mía. Aunque fuera para enfadarme.
Pilar me cogió una mano.
—¿Eres feliz con él?
—Mucho.
—Entonces hoy voy a intentar no preguntar por nietos, banquetes, pisos ni fechas del juzgado.
—¿Intentar?
—Soy tu madre. Necesito objetivos realistas.
Me reí y descansé un momento contra su hombro.
—Gracias por decirlo.
—Lo del colador sigo sin entenderlo.
—Ahí no puedo ayudarte.
Pilar me apartó para mirarme la cara.
—Tampoco necesitas maquillaje de boda.
—Díselo a Nerea.
—A Nerea no me atrevo.
Un rato después, cuando salimos al salón, vi a mi madre acercarse a Berto. No pude oír el comienzo. Él dejó lo que estaba haciendo y la escuchó con atención.
Me acerqué lo suficiente para captar el final.
—...y si alguna vez meto la pata otra vez, me lo dices tú también —estaba diciendo Pilar.
Berto le tendió la mano.
—Con cariño o con sinceridad.
—Las dos cosas si puede ser.
—Trato hecho.
Mi madre le tocó el brazo y se fue a ayudar con las flores.
—¿Qué ha sido eso? —pregunté.
—Negociaciones diplomáticas.
—Me dais miedo.
—Tu madre me ha pedido que no deje que conviertas el salón en una nevera cuando vivamos juntos.
—Eso invalida todo el acuerdo.
Berto se rio y me besó la sien.
No sentí que Pilar hubiera tenido que aprobarlo para que nuestra relación valiera. Me alegró verla aprender a relacionarse con él sin convertirlo en respuesta a una pregunta sobre mi vida.
Mi madre había traído flores de su casa, cortadas del jardín de una vecina con permiso. Cuando la vi recolocar el jarrón por tercera vez, intenté quitárselo de las manos.
—Déjalo. La gracia es que no parezca una boda producida.
—Una cosa es improvisada y otra abandonada —replicó ella.
Al final las dejó torcidas en un jarrón de Javi. Quedaron bastante bonitas.
Sergio quería colocar espaguetis secos dentro de vasos como decoración.
—Eso parece una amenaza sanitaria —dije.
—Es simbólico.
—Pon dos y se acabó.
Berto estaba en una esquina hablando con Javi. Cuando me vio cruzar la terraza, sonrió. Ahí entendí que toda aquella organización improvisada podía desaparecer y seguiría importándome lo mismo la decisión.
Mi madre sacó el móvil en cuanto me vio cruzar la terraza.
—Mamá, todavía no ha pasado nada.
—Déjame.
Yo llevaba un vestido verde que ya tenía. Berto, una camisa blanca. Sergio conservó el colador.
—Última oportunidad para echarlo —le susurré a Berto.
—Es el oficiante.
—Podemos autogestionarnos.
Sergio carraspeó.
—Queridos seres humanos y demás criaturas tocadas por Su Tallarinesca Presencia...
—Ser.
—Vale. Recorto.
Todos se rieron y eso me quitó los últimos nervios.
La ceremonia fue absurda y preciosa.
Sergio empezó pidiendo silencio y tardó diez segundos en perderlo porque un vecino del edificio de enfrente puso música. Esperamos a que bajara el volumen.
—Como ministro, puedo excomulgarlo —dijo.
—No puedes —contestó Javi.
—Déjame vivir.
Cuando por fin comenzó, su tono cambió. Seguía siendo Sergio, pero había preparado algo sincero.
—Estamos aquí porque dos personas han decidido elegirse. Lo demás, incluidos los utensilios de cocina, es accesorio.
Lo miré, sorprendida.
—Eso estaba en la versión muy corta —susurró.
Levanté una ceja y él se calló.
Sergio explicó que la ceremonia era simbólica y que la parte legal requeriría un trámite reconocido. Lo dijo con claridad, sin convertir la realidad jurídica en un chiste.
—Hoy no firmáis nada que cambie vuestro estado civil —añadió—. Solo decís delante de vuestra gente lo que queréis hacer el uno con el otro.
Mi madre asintió como si necesitara esa frase por escrito.
Con la parte jurídica aclarada y sin alargar el discurso, Sergio nos pidió los votos.
Berto empezó.
—Prometo no volver a poner una foto con pelo si ya no tengo pelo.
Las risas fueron inmediatas.
—Prometo comprarte café antes de intentar hablar contigo por la mañana. Prometo aceptar que una cama de noventa no es una cama para dos adultos. Y prometo decirte cuando tenga miedo de que no me elijas, en vez de convertirlo en una broma mala.
Ahí se me cerró la garganta.
Me tocaba.
—Prometo quererte aunque ronques.
Las risas me dieron unos segundos para respirar.
Miré a Berto. Tenía los ojos húmedos y una sonrisa pequeña. Seguí.
—Prometo decirte cuando necesite estar sola sin convertirlo en distancia.
Prometo no ordenar tus cables sin permiso, aunque algunos merezcan desaparecer.
Prometo preguntarte qué quieres en vez de decidir qué deberíamos querer los dos.
Y prometo recordar que elegirte no fue llegar tarde a ninguna parte.
Mi madre lloraba abiertamente. Nerea también, aunque fingía que le había entrado algo en el ojo.
Berto apretó mis dedos.
—Lo de los cables habrá que revisarlo.
—Cállate.
—Discusión matrimonial inaugural. Muy buena señal.
Berto me apretó las manos.
Sergio levantó una cuchara de madera como si fuera una reliquia.
—Por el poder simbólico que me he otorgado yo mismo y que el Estado español ignora con bastante sensatez, os declaro pareja oficialmente casada para esta terraza, esta gente y cualquiera que quiera creérselo hasta que hagáis los papeles si os da la gana.
—¿Ya? —pregunté.
—Ya podéis besaros.
Berto me besó.
—R’amen —dijo Sergio.
—Una —le recordé.
—He cumplido.
Después comimos, bebimos y mi madre obligó a hacer fotos.
La fiesta improvisada duró más que la ceremonia. Javi puso música. Nerea consiguió que todos brindaran. Marta se sentó con mi madre y las vi hablar durante un rato, seguramente de mí, porque las dos miraban hacia donde estaba.
Sergio repartió pequeños coladores de plástico que había comprado no sé cuándo. Nadie supo qué hacer con ellos. Unos acabaron como pulseras, otros decorando vasos.
—Esto va a generar residuos —le dije.
—Toda religión tiene costes.
—La tuya especialmente.
Berto apareció con dos platos.
—Come algo.
—He comido.
—Dos aceitunas no cuentan.
—Me estás vigilando.
—Estoy casado simbólicamente contigo. Tengo responsabilidades imaginarias.
—No te acostumbres.
Nos sentamos en el suelo junto a una pared porque ya no quedaban sillas. Comimos pasta fría, tortilla y tarta. Mi vestido verde tenía una mancha de salsa. Berto llevaba la camisa arrugada.
—Qué boda tan elegante —dije.
—Yo estoy espectacular.
—Tienes un colador pequeño enganchado a la manga.
Lo miró.
—Complemento.
En una foto salíamos Berto y yo besándonos con Sergio detrás, levantando el colador. En otra, Nerea sostenía un plato de espaguetis como si fuera un ramo.
A las ocho la gente empezó a irse.