CAPÍTULO 16 · R’AMEN #3
Mi madre fue de las últimas. Antes de marcharse me abrazó en la entrada.
—Nunca habría imaginado tu boda así —dijo.
—Yo tampoco.
—Y ha sido preciosa.
—Gracias. Yo también lo creo.
Pilar miró a Sergio, que estaba recogiendo vasos con el colador todavía puesto.
—Aunque eso no lo entiendo.
—Con que tú lo entiendas, vale.
—Mejor.
Después abrazó a Berto y le pidió que cuidara el anillo hasta que lo ajustáramos. Él prometió solemnemente no dejarlo debajo de ninguna mesa.
Cuando se fue, me quedé con una sensación extraña. Durante años había temido decepcionar a mi madre por no vivir como ella esperaba. Acababa de verla emocionarse en una ceremonia que habría considerado una locura doce meses antes.
Quizá ninguna de las dos necesitaba que la otra cambiara de vida. Bastaba con aprender a mirarla sin usar la propia como plantilla.
Cuando se fue la última visita, la terraza parecía el final real de cualquier celebración pequeña: vasos a medias, migas, servilletas movidas por el aire y una cuchara de madera abandonada en una maceta.
Sergio había dejado el colador sobre la mesa.
—Por fin sin autoridad religiosa —dije.
Berto lo cogió.
—Respeta a tu ministro.
—Nuestro ministro se ha ido en taxi porque ha bebido tres copas de cava.
—La fe agota.
Javi nos había prohibido recoger, pero recogimos de todos modos. Berto apiló platos mientras yo guardaba comida. Trabajamos en silencio durante un rato. El vestido verde tenía una mancha que probablemente no saldría y los pies me dolían a pesar de haber llevado zapatos cómodos.
—¿Te ha gustado? —preguntó Berto desde la cocina.
—Mucho.
—Te noto un «pero».
—No hay pero. Estoy cansada.
Asomó la cabeza.
—Puedo aceptar eso.
—Qué evolución.
Terminamos sentados otra vez en el suelo, esta vez sin invitados. El anillo seguía guardado para que no se perdiera y la terraza había recuperado un aspecto casi normal.
—Lo de los papeles —dijo Berto—. Quiero dejar una cosa clara antes de que tu madre abra una carpeta.
—Demasiado tarde. Seguro que ya tiene separadores.
—Si quieres hacerlo pronto, lo hacemos. Si prefieres esperar, esperamos. Lo de hoy no te obliga a convertir mañana en una carrera administrativa.
—Quiero hacerlo alguna vez.
—Yo también.
—Por las cosas aburridas.
—Herencias, decisiones médicas, impuestos, seguros...
—No sigas, me estoy excitando.
Berto se llevó una mano al pecho, fingiendo emoción.
—Podemos poner música romántica mientras rellenamos formularios.
—Ahí sí te dejo usar espaguetis.
Apoyó la cabeza contra la pared.
—¿Te molesta que hoy haya dicho delante de todos que quiero casarme contigo y mañana sigamos viviendo en dos pisos?
—Me habría molestado más que trajeras tus veinte tazas esta tarde.
—Son veintidós.
—Eso confirma mi punto.
Nos quedamos callados un poco. Desde dentro llegaba el ruido de Javi fregando algo a pesar de haber jurado que tampoco limpiaría.
—He pensado en tu padre cuando estabas diciendo los votos —dijo Berto.
Entrelacé los dedos con los suyos.
—Yo también.
—No sabía si decirlo.
—Está bien.
—¿Te habría gustado que estuviera?
—Muchísimo.
La respuesta bastó. Berto me cogió la mano y pasó el pulgar por mis nudillos.
—Mi padre se habría reído del colador —dijo.
—El mío habría preguntado cuánto costaba.
—Buen equipo.
La imagen me hizo gracia.
La tristeza pudo quedarse allí sin estropear la tarde. Había aprendido que una emoción no expulsaba a las otras. Podía echar de menos a alguien, tener los pies destrozados, estar cansada y seguir sintiéndome feliz.
Javi apareció con una bolsa de basura.
—Se acabó. Fuera de mi casa. Quiero dormir.
—Nos has ofrecido la terraza —protestó Berto.
—No residencia permanente.
Recogimos nuestras cosas. Sergio había olvidado la carpeta azul y el colador.
—Llévaselo —dije.
—El colador se queda.
—Ni hablar.
—Es una reliquia de nuestra boda.
—Es un utensilio usado por un señor sudado.
Javi lo metió en la bolsa de Berto antes de que pudiéramos seguir discutiendo.
En el taxi de vuelta, descansé la frente contra el cristal. Berto llevaba mi mano sobre su pierna.
—¿Señora de algo? —preguntó.
—Ni se te ocurra.
—Era por comprobar.
—Sigo siendo Cristina.
—Me parece bien.
Al llegar a casa abandoné los zapatos junto al perchero y fui directa a lavarme la cara. Cuando volví, Berto había dejado el colador encima de mi mesa del salón.
—Eso no vive ahí.
—Pensé que quizá quisieras verlo por la mañana.
—Mañana voy a querer café.
—También.
Lo guardó en una bolsa.
Nos acostamos agotados. No hubo gran noche de bodas, ni falta que hacía. Berto cayó boca arriba y yo tuve que darle un empujón cuando empezó a roncar.
—Te acabas de comprometer a quererme —murmuró medio dormido.
—Quererte y dormir contigo siguen siendo contratos distintos.
Se giró de lado.
—R’amen.
—Sergio gastó el único permitido.
—Entonces retiro.
Me acerqué y apoyé la frente contra su espalda.
Aquel día había empezado con resaca y una carpeta azul. Terminaba con una mancha de salsa, un colador dentro de una bolsa y la tranquilidad de haber dicho algo serio sin obligarlo a parecer solemne.