Las bragas del revés EPÍLOGO · ESTA VEZ APOSTA
100%

EPÍLOGO · ESTA VEZ APOSTA

Seis meses después firmamos los papeles en el juzgado un viernes por la mañana.

No lo hicimos por completar una historia ni porque la ceremonia de Sergio nos hubiera sabido a poco. Lo hicimos porque un día, revisando seguros y cuentas, Berto preguntó si queríamos dejar resueltos los derechos legales que sí importaban cuando dos personas construían vida juntas.

—Eso ha sonado muy romántico —dije.

—Puedo repetirlo con flores.

—Con la de ayer tengo de sobra.

Pedimos información, reunimos papeles y fijamos fecha.

El proceso fue mucho más burocrático que emocionante, algo que a mí me tranquilizó.

Después de un año peleándome con la idea de que las instituciones daban valor a las relaciones, me gustó que firmar tuviera una función práctica y no una coronación.

Fuimos Berto, yo, mi madre, Marta y Sergio, que tuvo prohibido llevar el colador.

Nerea no pudo venir porque cerraba un asunto en la oficina y apareció directamente en la comida posterior. Sergio intentó compensar su falta de indumentaria religiosa con una corbata de pasta estampada.

—Eso también está al límite —le dije.

—No has regulado estampados.

—Error mío.

En el juzgado esperamos veinte minutos en un pasillo junto a otra pareja y un hombre que tramitaba no sé qué documento. La escena tenía cero magia y mucha luz fluorescente.

Berto buscó mi mano y entrelazó los dedos con los míos.

—¿Nerviosa?

—Menos que en la terraza.

—Allí había colador.

—Factor de riesgo.

Nos reímos justo antes de entrar.

—Discriminación religiosa —protestó.

—Código de vestimenta —contesté.

La ceremonia civil duró menos que encontrar aparcamiento.

Firmamos donde nos dijeron, escuchamos las fórmulas legales y respondimos con claridad. Ningún beso fue exigido, pero Berto me dio uno al salir del despacho.

—Ahora sí —dijo Sergio desde detrás—. Jurídicamente aburridos.

—Qué orgullo.

Mi madre sacó el móvil para hacer una foto en el pasillo.

—Poneos juntos.

—Mamá, hay gente esperando.

—Una foto.

La hicimos. Salimos con una carpeta de documentos y ninguna sensación de transformación.

Yo seguía siendo yo y Berto seguía discutiendo con Sergio por la corbata, que me pareció una forma bastante perfecta de estrenar el matrimonio legal.

Nos fuimos a comer con la misma ropa de esa mañana, sin flores ni montaje especial. Mi madre lloró otra vez.

La comida después del juzgado fue en un restaurante pequeño cerca del centro. Nerea llegó cuando ya habíamos pedido y apareció con una carpeta de trabajo bajo el brazo.

—He venido directamente de salvar una empresa —anunció.

—Has enviado tres nóminas —dije.

—Cada una era una vida.

Se sentó entre Marta y Sergio y pidió una copa.

Mi madre había llevado un sobre. Cuando intentó dármelo, lo devolví.

—Mamá.

—Es un detalle.

—Nos has invitado a comer.

—Eso es otra cosa.

Berto intervino.

—Pilar, como sigamos así tendremos que abrir contabilidad de bodas.

—Ya tenéis contabilidad para todo.

—Precisamente.

Acabó guardando el sobre con la promesa de usarlo en algo que hiciéramos juntos. No pregunté cuánto había dentro.

Sergio pidió brindar.

—Voy a ser breve porque mi autoridad ha quedado hoy oficialmente sustituida por funcionarios.

—Nunca tuviste autoridad —le recordó Marta.

—Gracias por el apoyo. Brindo por vosotros y por haber demostrado que se puede celebrar dos veces la misma decisión sin que ninguna tenga que competir con la otra.

Berto levantó la copa.

—Eso ha sido sorprendentemente normal.

—Cobro extra por discursos normales.

Chocamos los vasos.

Yo miré a mi madre, a mis amigas, a Sergio con su corbata ridícula y a Berto sentado a mi lado. La firma de aquella mañana había añadido protección jurídica a nuestra vida. La terraza había añadido un recuerdo. Ninguna de las dos cosas necesitaba borrar la otra.

Para entonces Berto ya vivía conmigo.

La mudanza ocurrió en dos fines de semana y tres discusiones.

La primera fue por los cables.

—No puedes guardar esto —dije levantando un cargador de un teléfono que nadie fabricaba desde hacía quince años.

—Puede servir.

—¿Para qué?

—Adaptadores.

—No sabes para qué.

—Precisamente por eso no se tira.

La segunda fue por libros. Yo había calculado mal el espacio y acabamos comprando otra estantería. La tercera fue por una caja entera de tazas.

—Vives solo y tienes veintidós tazas.

—Tenía visitas.

—¿Una excursión escolar?

Conservamos doce. Berto escondió dos más en una caja de herramientas y las descubrí un mes después.

Habíamos decidido conservar mi piso porque tenía una habitación más y porque su contrato terminaba antes. La mudanza reveló que poseía una cantidad indecente de cables, tres teclados que «todavía servían» y cuatro cajas de libros que no cabían en ninguna estantería.

También reveló que mi piso no estaba tan preparado para compartir como yo creía. Tenía armarios llenos de cosas «por si acaso», una habitación de invitados que funcionaba como almacén elegante y una manera muy específica de colocar cada objeto.

Berto intentó dejar su cafetera en la encimera.

—Ahí no.

—¿Por qué?

—Ahí va la tostadora.

—Podemos moverla.

La idea me pareció casi ofensiva durante dos segundos.

Después me eché a reír.

—Vale. Mueve la tostadora.

—Qué momento histórico.

—No lo estropees.

Compartir casa también significaba que yo dejara de tratarla como un museo de mis hábitos.

La prueba verdadera de que el piso había dejado de ser solo mío llegó un martes cualquiera.

Volví de trabajar y encontré dos pares de zapatillas que no conocía junto a la entrada. Oí a Sergio desde el salón.

—...te digo que el problema es el adaptador.

Me paré con las llaves en la mano.

Berto asomó la cabeza.

—Hola. Ser ha venido un momento.

—Ya lo veo.

Sergio apareció detrás con un cable.

—Prometo no oficiar nada.

—Me tranquiliza muchísimo.

Fui al dormitorio, me cambié y cerré el armario con más fuerza de la necesaria. Berto tardó unos minutos en entrar.

—Te ha molestado que viniera.

—Me ha molestado llegar y encontrar gente en casa sin saberlo.

—Es Sergio.

—Sé quién es Sergio.

—Pensé que no pasaba nada.

Me senté en la esquina del colchón.

—Ese es el problema. Has pensado que como es tu casa puedes invitar a alguien, y tienes razón. También es mi casa y necesito saber si voy a encontrarme visitas cuando llegue agotada.

Berto se apoyó en la puerta.

—Podría haberte escrito.

—Con eso me bastaba.

—Lo siento.

—Tampoco quiero que ahora me pidas permiso cada vez que venga alguien.

—Entonces aviso.

—Avisas.

—Y tú no conviertes «avisar» en un formulario de solicitud con cuarenta y ocho horas.

—Depende de quién venga.

Se rio y yo también.

Cuando Sergio se fue, Berto volvió con las dos tazas que habían usado.

—Esto me hace pensar en una cosa —dijo.

—Qué miedo.

—Sigo diciendo «tu casa» alguna vez.

—Yo también.

—Y cuando has dicho que también es la mía me ha gustado.

Con eso terminó de desarmar la irritación que quedaba.

—Pues recoge tus zapatillas de la entrada, propietario emocional.

—Ese cargo no existe.

—Desde hoy sí.

A partir de ahí empezamos a negociar cosas que nunca aparecen en una mudanza.

A quién se avisa cuando viene alguien. Qué compras comunes pagábamos desde una cuenta compartida y cuáles seguían siendo de cada uno.

Cuánto dinero queríamos tener siempre separado.

Quién podía usar el despacho cuando el otro trabajaba desde casa.

Ninguna conversación fue especialmente romántica. Algunas resultaron más íntimas que los votos de la terraza.

Una noche revisamos beneficiarios de seguros y contactos de emergencia. Berto leyó un formulario con gesto de aburrimiento.

—Aquí pone relación.

—Esposo.

Me miró por encima de las gafas.

—Qué raro suena.

—Muchísimo.

—¿Pongo marido?

—No es una casilla creativa.

Marcó la opción correspondiente.

—Ya está.

Seguimos con el formulario.

Me gustó descubrir que una vida compartida también se construía así, decidiendo quién recibe una llamada si pasa algo y quién paga el detergente.

Había pasado demasiado tiempo imaginando que el compromiso se demostraba en grandes decisiones.

La mayoría de los días se parecía más a una contraseña del wifi apuntada en un cajón y a dos nombres en el mismo recibo de la luz.

La funda de cohetes vino también.

—Esto se queda —dijo.

—En el armario.

—Se usa.

—Cuando yo esté fuera.

—Negociación matrimonial excelente.

La vida juntos no se volvió más elegante por habernos casado.

También tuvimos que aprender a estar solos viviendo juntos. Al principio, si los dos estábamos en casa, Berto asumía que haríamos algo. Yo necesitaba tardes enteras leyendo sin hablar.

—¿Estás enfadada? —preguntó una vez desde la puerta del salón.

—Estoy leyendo.

—Llevas dos horas sin decir nada.

—Eso es lo mejor de leer.

—Ah, vale.

Volvió a su despacho. Media hora después me mandó un meme desde la habitación de al lado.

Lo miré y me reí.

«Vivimos a ocho metros. Podrías decírmelo desde el pasillo.»

«No quería interrumpir.»

Encontramos nuestro sistema. A veces cenábamos juntos y después cada uno desaparecía en una habitación.

Otras veces pasábamos horas en el sofá. La convivencia no exigía fusionarnos.

Berto seguía dejando un cajón abierto. Yo seguía revisando dos veces que la puerta estuviera cerrada.

Él seguía roncando. Yo seguía robándole manta y luego culpándolo.

También conservamos parcelas que no compartíamos.

Marta seguía siendo la persona a la que llamaba cuando necesitaba hablar sin que nadie intentara arreglarme nada. Berto mantenía sus noches de juegos con Sergio y Javi. Algún viernes cenábamos separados y llegábamos a casa a horas distintas.

Cuando Berto se fue un fin de semana con sus amigos después de la mudanza, me preguntó tres veces si me parecía bien.

—Te juro que si vuelves a pedirme permiso voy a esconderte el cargador del móvil.

—Estoy calibrando la convivencia.

—Calibra desde otra provincia.

Se fue.

Pasé el sábado con Marta, dormí atravesada en la cama y cené cereales porque no me apetecía cocinar. El domingo por la tarde eché de menos el ruido de sus llaves.

Cuando entró, dejó la mochila en el suelo.

—¿Me has echado de menos?

—La cama ha estado estupenda.

—Eso no responde.

Lo abracé.

—Un poco.

—Acepto un poco.

Aquella independencia me tranquilizaba. Casarnos no había cerrado las puertas de nuestras vidas anteriores.

Habíamos hecho sitio. Era muy distinto. Tampoco habíamos decidido tener hijos, y el tema volvió una tarde después de visitar a la hermana de Berto.

Sus sobrinos se habían pasado cuatro horas corriendo y al llegar a casa caímos en el sofá.

—Estoy agotada —dije.

—Yo también.

—Y ellos no eran responsabilidad nuestra.

—Dato importante.

Nos quedamos callados.

—Sigo sin saberlo —admití.

—Yo también.

—Antes eso me habría puesto nerviosa.

—¿Y ahora?

Pensé.

—Ahora me pone nerviosa menos días.

Berto enlazó sus dedos con los míos.

—Eso parece progreso.

Dejamos la decisión abierta y pedimos cena.

Tampoco habíamos decidido no tenerlos.

El tema podía existir sin convertirse en amenaza y a veces hablábamos de él.

Una de esas conversaciones ocurrió después de que una compañera de Berto anunciara un embarazo. Él me lo contó mientras cocinábamos.

—Me he alegrado por ellos —dijo— y luego he pensado en nosotros.

—Yo también pienso a veces.

—¿Ha cambiado algo?

—No sé. Algunos días me imagino con un hijo y no me parece horrible. Otros me imagino nuestra vida así y me gusta tal como está.

—A mí igual.

—Muy útiles los dos.

—Somos un equipo excelente.

Nos reímos.

No convertimos la noticia ajena en una emergencia propia. Otras veces pasaban meses sin mencionarlo. Descubrí que podía vivir con una pregunta abierta sin sentir que el reloj me estaba persiguiendo.

Una noche de noviembre llegué tarde de cenar con Marta y Nerea.

Habíamos celebrado que Nerea había sobrevivido a otro mes de aplicaciones sin borrarlas. Marta llegó tarde porque su hijo tenía entrenamiento. Yo les conté que la convivencia iba bien y, por supuesto, ambas buscaron inmediatamente problemas.

—¿Sigue roncando? —preguntó Nerea.

—Muchísimo.

—¿Y los cajones?

—Ha mejorado.

Marta sonrió.

—Entonces el matrimonio funciona.

—El juzgado ha tenido un impacto enorme sobre sus hábitos domésticos.

—¿Y tú?

—Yo sigo abriendo la ventana.

—Perfecto. Equilibrio.

Al despedirnos, Nerea me abrazó.

—Te veo bien.

—Estoy bien.

Esta vez la frase no necesitó explicación. Berto estaba en el sofá viendo una película. Me descalcé y dejé el bolso junto a la puerta.

—¿Qué tal? —preguntó.

—Nerea ha tenido otra cita desastrosa.

—¿Fotos antiguas?

—Peor. Coach motivacional.

Berto hizo una mueca.

—Pobre mujer.

Fui al dormitorio, me quité el vestido y lo dejé sobre una silla. Cuando estaba buscando el pijama, Berto entró.

—Has dejado algo en el pasillo.

Llevaba mis bragas colgando de un dedo.

—Gracias por el servicio.

Las miró.

—Están del revés.

Me eché a reír.

—Esta vez ha sido aposta.