CAPÍTULO 14 · UN AÑO #3
Lo observé secar la mesa mientras Javi movía los vasos. Nadie me pidió instrucciones. Nadie rompió nada. Mi casa soportó una mesa desplazada diez centímetros, seis adultos hablando a la vez y una mancha de cerveza que salió con agua.
Cuando se marcharon, Marta se quedó la última porque esperaba un taxi.
—Me cae bien tu gente —dijo poniéndose el abrigo.
—No son mi gente.
Me miró.
—Cristina, llevan cuatro horas comiendo en tu casa y Sergio ha dejado un colador de plástico en tu cocina.
Fui a mirar. Efectivamente había uno junto al fregadero.
—Lo voy a tirar.
—Haz lo que quieras. Pero ya son un poco tu gente.
Cuando el taxi llegó, cerré la puerta y encontré a Berto recogiendo vasos.
—Sergio ha dejado esto.
Le enseñé el colador.
—Es propaganda religiosa.
—Va a la basura.
—Puedes conservarlo para escurrir una lata.
—No pienso legitimar su estrategia.
Berto se acercó, me rodeó la cintura y miró el salón desordenado.
—Ha estado bien.
—Marta os ha humillado.
—Eso no invalida la noche.
Apoyé la frente en su pecho.
Durante mucho tiempo había pensado en una relación como algo que entraba en mi vida y ocupaba un lugar determinado.
Con Berto estaba ocurriendo algo menos limpio.
Sus amigos empezaban a tener teléfonos guardados en mi agenda.
Marta escribía a Sergio para discutir una jugada.
Nerea le pedía a Javi recomendaciones de series.
Las fronteras seguían existiendo, pero ya no parecían muros.
En diciembre apareció un problema que nunca había tenido soltera: repartir fiestas.
Mi madre daba por supuesto que Nochebuena sería con ella. La hermana de Berto organizaba una comida el día de Navidad. Sergio había convocado una cena de amigos dos días después y Nerea quería hacer otra porque, según decía, «las parejas no pueden secuestrar a la gente durante quince días».
Abrí el calendario una noche.
—Esto parece una gira —dije.
—Podemos no ir a todo.
La posibilidad me pareció revolucionaria.
—Mi madre se enfada si no voy en Nochebuena.
—Entonces vamos. A mí me apetece.
—¿Y tu hermana?
—Navidad.
—Dos comidas seguidas.
—Sobreviviremos.
—Y el veintisiete Sergio.
Berto miró el calendario.
—A Sergio podemos verlo cualquier día del año.
—Te va a expulsar de la religión.
—Todavía no pertenezco.
Acabamos rechazando una cena y manteniendo las dos citas familiares. Nochebuena con Pilar fue ruidosa y larga. El día de Navidad condujimos hasta casa de Elena con una caja de dulces y sueño acumulado.
En el coche de vuelta, Berto me preguntó si estaba cansada.
—Mucho. El año que viene quiero una fiesta en casa y otra para nosotros.
—Se negocia.
—Y si nuestras familias protestan, les damos un calendario.
—Tu voz de Excel vuelve por Navidad.
Le di un codazo.
Me había preocupado que estar en pareja significara duplicar obligaciones. Descubrir que podíamos decir que no a algunas fue bastante más útil que cualquier promesa de encajar perfectamente en las familias del otro.
Dos días después de Navidad, Sergio apareció con un colador envuelto para regalo.
—Para cuando llegue el momento —dijo.
Berto se lo puso en la cabeza.
—Me favorece.
—Os odio a los dos —contesté.
En enero, Berto tuvo una semana horrible en el trabajo.
El jueves lo encontré dormido sentado en el sofá con el portátil abierto. Había estado conectado hasta las cinco de la mañana y volvía a empezar a las ocho.
Le quité el ordenador de las piernas y lo desperté lo justo para que fuera a la cama.
—Tengo que revisar una cosa.
—La revisarás cuando puedas leer sin bizquear.
—No bizqueo.
—Tienes un ojo mirando a Cuenca.
Protestó, pero obedeció.
Antes de irme a trabajar dejé comida hecha y una nota. Él también necesitaba resolver lo suyo sin tenerme jugando a enfermera alrededor.
Esa forma de cuidarnos me gustaba más que los sacrificios teatrales. Hacer sitio sin ocuparlo todo. Una migración salió mal y pasó dos noches casi sin dormir. Yo no podía ayudarle con servidores. Le llevé comida, recogí su cocina y me fui a mi casa para que descansara.
—Pensaba que te quedarías —dijo.
—Necesitas dormir.
—Puedo dormir contigo.
—Roncas más cuando estás agotado.
—Cruel.
—Te quiero muchísimo desde mi piso.
Decirlo sonó completamente cotidiano.
Dos días más tarde su semana empeoró.
Me llamó a las ocho de la tarde desde la oficina para cancelar la cena que habíamos planeado, no para pedirme ayuda.
—Nos han vuelto a tirar un servicio y tengo para rato —me explicó—. No vengas, porque igual salgo a medianoche.
—¿Has comido algo?
—Una máquina ha contribuido con dos chocolatinas.
—Eso no responde bien.
—Responde con sinceridad.
Colgué sin discutir y pasé por un sitio de comida preparada al salir de la asesoría. No subí a su oficina. Dejé la bolsa en recepción con su nombre y un mensaje: «Esto sí es una incidencia que sé resolver».
Me llamó diez minutos después.
—He dicho que no vinieras.
—No he ido. Ha ido una lasaña.
—Eres insoportable.
—Come antes de insultarme.
—Gracias por la lasaña.
Al día siguiente me escribió a las seis y doce. Ya estaba en casa.
«La lasaña ha salvado una infraestructura crítica.»
Le contesté cuando me desperté:
«Inclúyela en el informe de incidencias.»
Esa tarde, al terminar mi jornada, fui a verlo. Seguía cansado, pero había dormido varias horas. Encontré la cocina limpia.
—Pensaba que anoche habías dejado esto como una zona de guerra.
—Lo hice. Esta mañana la he recogido.
—Te estás volviendo adulto.
—No difundas el rumor.
Nos sentamos en el sofá. Berto me contó lo justo sobre la avería para que yo entendiera por qué estaba agotado y dejamos el asunto ahí, sin convertir la noche en una clase de informática ni en una sesión de organización impartida por mí.
—Ayer estuve a punto de subir a tu oficina con la bolsa —admití.
—Te habría echado.
—Por eso la dejé abajo.
—Gracias por hacerlo así.
Lo que dijo me hizo mirarlo.
—¿Así cómo?
—Ayudando sin decidir que tenías que rescatarme. Cuando estoy saturado me pongo de mal humor si siento que alguien entra a organizarme.
—Lo tendré en cuenta.
Berto se rascó la barba.
—Y yo tengo que aprender que aceptar una lasaña no me convierte en dependiente.
—Es un aprendizaje complejo.
—Muchísimo.
Me apoyé en el respaldo.
—A mí me pasa al revés. Cuando estoy agobiada, me sale hacerme cargo de todo para que nadie vea que no llego.
—Eso lo he visto.
—Gracias por la delicadeza.
—Puedo fingir sorpresa.
Le di un golpe suave con el pie.
—Lo que quiero decir es que a veces voy a meterme donde no me llaman.
—Y yo a veces voy a interpretar ayuda como control. Si lo sabemos, podemos avisarnos antes de montar una guerra por una lasaña.
—O por un mueble.
—El mueble lo empezaste tú.
—Retiro la madurez que te había concedido.
El salón quedó en calma durante un rato. Berto cerró los ojos.
—Duerme —le dije.
—Si me duermo ahora, luego no descanso por la noche.
—Entonces no duermas.
Cinco minutos más tarde estaba dormido con la cabeza sobre mi hombro. Le quité las gafas y seguí leyendo un correo en el móvil hasta que se despertó. Cuidarlo empezaba a parecerse menos a hacer cosas por él y más a aprender cuándo convenía hacerlas.
En febrero, yo tuve gripe y Berto demostró que su concepto de cuidar consistía en aparecer con medicamentos, caldo y memes de gente moribunda.
—No me hagas reír, me duele todo.
—Eso mejora mi posición en la herencia.
—No estás en mi testamento.
—Todavía.
—Sal de mi habitación.
Se quedó.
La gripe de febrero me enseñó que recibir ayuda me costaba casi tanto como dársela.
El primer día todavía intenté trabajar desde el sofá. A las once mandé un correo con dos archivos equivocados y Nerea me llamó.
—Cierra el portátil.
—Tengo que terminar una cosa.
—Has adjuntado el modelo del trimestre pasado.
Comprobé el archivo y vi el error al instante.
—Puedo corregirlo.
—Puedes dormir. Yo lo corrijo.
Colgué de mal humor. Poco después sonó el timbre y Berto apareció con una bolsa de farmacia, caldo y una expresión demasiado satisfecha.
—Nerea me ha dado instrucciones.
—Traición empresarial.
—Dice que te quite el ordenador.
—No tienes autoridad.
—Tengo paracetamol.
Dejó las cosas en la cocina. Yo intenté levantarme para guardar el caldo y me mareé.
Berto me sujetó por el codo.
—Siéntate.
—Estoy bien.
—Eso es objetivamente falso.
Me senté.
Preparó una botella de agua, dejó las medicinas sobre la mesa con las horas apuntadas y calentó el caldo. No reorganizó la casa ni abrió armarios sin preguntar. Cuando necesitó una manta, me indicó cuál quería antes de tocar nada.
—Has aprendido —murmuré.
—Tu sistema de cajas etiquetadas facilita mucho una ocupación responsable.
Después de comer me acompañó hasta la cama.
—¿Te quedas?
—Si quieres.
Pensé en ello. Tenía fiebre, dolor de cabeza y ganas de dormir sin escuchar a nadie respirar.
—Prefiero estar sola un rato.
Berto asintió sin poner cara rara.
—Me voy al salón. Si dentro de media hora sigues dormida, me marcho y vuelvo por la tarde.
—Podrías irte ya.
—Podría.
—Estás usando mis frases.
—Funcionan.
Se quedó lo suficiente para comprobar que no necesitaba nada urgente y se fue. Al despertar encontré un mensaje.
«El caldo está en la nevera. Medicación a las cuatro. No hace falta que contestes.»
Me emocionó mucho más de lo razonable para alguien con treinta y ocho y medio de fiebre.
Por la tarde volvió con pan y dejó una bolsa en la puerta porque yo le había dicho que estaba durmiendo. No convirtió cuidarme en una forma de exigir compañía.
Cuando mejoré, se lo dije.
—Ha sido el servicio premium —respondió.
—Ha sido aprender a irte.
—También cobro por eso.
—Te pagaré en croquetas de mi madre.
—Contrato aceptado.
En abril empezamos a hablar de vivir juntos.
El asunto económico apareció antes que el romántico. Una noche sumamos alquileres, suministros, seguros y transportes en una hoja de cálculo. Berto se rio al verme abrir Excel.
—Sabía que nuestro futuro acabaría aquí.
—Cállate. Quiero saber cuánto ahorraríamos.
—Esto es una pedida de convivencia fiscal.
—Es una evaluación.