CAPÍTULO 14 · UN AÑO #2
Berto recibió la invitación con entusiasmo porque Pilar cocinaba mejor que yo.
—Traidor.
—Es un dato objetivo.
El domingo mi madre le pidió ayuda para configurar una televisión y después le dio un táper enorme. Yo los vi discutir sobre un mando a distancia como si llevaran años haciéndolo.
La integración no ocurrió en una escena grande. Fue una acumulación de domingos. Empezó a preguntar si Berto venía a comer, que era una presión mucho más llevadera.
Los domingos con Pilar también necesitaron ajustes.
Al principio, mi madre trataba a Berto como a un invitado especial. Sacaba el mantel bueno, preguntaba tres veces si quería repetir y encontraba pequeñas averías justo cuando él llegaba.
La tercera vez que apareció un aparato con problemas, Berto se asomó al pasillo con una expresión de sospecha.
—Tu madre tiene una estrategia.
—No existe ninguna estrategia.
Pilar salió de la cocina con una radio pequeña.
—Ya que estás aquí, mira a ver por qué no carga.
—Mamá.
—Si no puede, no pasa nada.
Berto cogió la radio.
—Puedo mirarla. Pero voy a empezar a cobrar en croquetas.
—Eso ya lo hacemos.
La abrió, comprobó el cable y descubrió que el cargador estaba roto. Conocía sus límites: explicó qué había que comprar y devolvió la radio.
—Pensaba que los informáticos servíais para todo esto —dijo Pilar.
—Ese es un mito muy dañino.
—¿Entonces una lavadora tampoco?
—Una lavadora menos todavía.
Mi madre pareció sinceramente decepcionada.
A partir de ahí, las visitas fueron volviéndose más normales. Algunas veces Berto venía. Otras no. Pilar dejó de cocinar el doble si sabía que aparecería y un domingo incluso le pidió que llevara pan, prueba definitiva de que había dejado de considerarlo invitado.
También aprendió a no usarme de intermediaria.
—Pregúntale tú si quiere venir —le dije una mañana.
—¿No se lo preguntas tú?
—Tienes su teléfono.
—No quiero molestar.
—Le mandas doce vídeos de recetas.
—Eso es distinto.
Acabó escribiéndole.
Berto respondió directamente que ese domingo había quedado con su hermana y que iría el siguiente. Mi madre me llamó casi inmediatamente.
—Me ha dicho que no puede.
—Lo sé.
—Pues el domingo que viene hago fabada.
—Mamá, no tienes que premiarlo por volver.
—La iba a hacer igualmente.
Era mentira y las dos lo sabíamos.
A mí me gustó dejar de ser la responsable de su relación. Si Berto y Pilar iban a formar parte de la vida del otro, podían aprender a hablarse sin que yo tradujera cada frase.
Antes de que llegara diciembre compramos juntos un mueble para su salón.
La compra del mueble tuvo una causa: yo había decidido que dejar libros apilados en el suelo era una provocación personal y Berto aceptó que, con la nueva cama, ya había perdido el derecho a llamarse minimalista accidental.
Fuimos a una tienda grande un sábado por la tarde. Discutimos colores durante media hora.
—Blanco —dije.
—Parece oficina.
—Madera clara.
—Parece guardería nórdica.
—Negro.
—Se ve todo el polvo.
—Entonces qué quieres.
—No sé. Pensaba que tú eras la de las decisiones.
—No cuando las rechazas todas.
Acabamos eligiendo madera clara, la misma que Berto había descartado. En el coche se negó a reconocerlo.
—No es guardería nórdica. Tiene otra textura.
—Si tú lo dices.
Extendimos las piezas sobre el suelo del salón. Yo había ordenado bolsas, herrajes y tablas por tamaños. Berto abrió el manual, lo miró durante cinco segundos y empezó a unir dos laterales.
—Ese no va ahí —dije.
—Todavía no sabes qué voy a hacer.
—La pieza tiene una pegatina con un tres y estás usando la seis.
—Las dos tienen los agujeros en el mismo sitio.
—Entonces los números son una provocación del fabricante.
Berto siguió atornillando.
Me agaché, cogí el manual y le señalé el dibujo.
—Mira.
—Cristina, llevo montando ordenadores desde adolescente. Puedo con un mueble.
—Los ordenadores no pesan sesenta kilos ni guardan libros encima de tu cabeza.
—Tampoco suelen traer instrucciones traducidas como «insertar palo en lugar correspondiente».
—Pues aún así conviene leerlas.
Me oyó el tono antes que yo. Dejó el destornillador sobre el suelo.
—Si vas a revisar cada cosa que hago, lo montas tú.
—Estoy intentando evitar que tengamos que desmontarlo.
—Y yo estoy intentando hacer algo en mi propia casa sin pasar una auditoría.
Ahí me callé.
La discusión se mantuvo en un volumen civilizado, lo que volvió la incomodidad todavía más evidente porque ninguno podía refugiarse en una gran pelea.
Habíamos empezado por una tabla de aglomerado y debajo estaba una costumbre mía bastante menos graciosa: cuando algo podía salir mal, yo asumía que vigilarlo era una forma de ayudar.
Me senté sobre la alfombra.
—Te estoy poniendo nervioso.
—Un poco.
—Y tú me estás poniendo nerviosa a mí.
—Eso ya lo había deducido.
—No quiero hablarte como si fueras un empleado.
Berto se sentó enfrente.
—Y yo podría haber dicho que me molestaba antes de hacerme el ofendido con el destornillador.
—Eso habría sido útil.
—Estoy creciendo.
Cogí el manual y se lo tendí.
—Elige tú quién manda.
—Qué oferta tan atractiva.
—Hablo del mueble.
—Entonces mando yo en el montaje y tú compruebas al final si queda recto.
—Quiero derecho de veto si intentas poner una balda boca abajo.
—Concedido.
Seguimos. Me obligué a mantener las manos ocupadas ordenando tornillos cuando él trabajaba con una pieza.
Berto consultó el manual más veces de las que reconocería y me pidió que sujetara una tabla sin convertirlo en derrota.
Yo descubrí que podía ver una arandela mal colocada y esperar a que me preguntara.
A mitad del montaje puso música. En la tercera canción me tendió una cerveza.
—¿Tregua laboral?
—No sabía que estábamos en guerra.
—Has usado tu voz de Excel tres veces.
—No tengo voz de Excel.
—La tienes. Parece que vas a congelar una celda.
Bebí y le devolví la botella.
—Tu voz de informático también existe.
—¿Cómo es?
—Como si todo problema se arreglara reiniciándome.
—A veces funcionaría.
Le lancé una arandela. Cayó dentro de la caja.
Cuando terminamos, el mueble estaba recto, estable y bastante mejor de lo que habíamos temido. Berto colocó el primer libro y se apartó para mirarlo.
—¿Ves? En pie.
—Quedan dos tornillos.
—Son decorativos.
—No existen tornillos decorativos.
Buscamos durante diez minutos. Descubrimos que pertenecían a una pieza opcional para fijar el mueble a una pared de otro tipo. Berto levantó ambos como si acabara de ganar un juicio.
—Quiero una disculpa formal.
—Quiero que lo fijemos igualmente.
—Cristina.
—Seguridad.
Acabamos fijándolo.
Aquella discusión no tuvo moraleja espectacular. El mueble siguió siendo un mueble. Lo útil fue descubrir que podíamos irritarnos, decir por qué y continuar una tarde sin castigarnos con silencio.
Con el frío tuvimos nuestra primera discusión absurda de pareja estable: la calefacción.
La discusión empezó a las dos de la mañana.
—Cierra la ventana —dijo Berto desde debajo del edredón.
—Hace calor.
—Hace ocho grados fuera.
—Dentro hace veintitrés.
—Porque existe la calefacción, uno de los grandes avances humanos.
—No puedo dormir así.
—Yo no puedo dormir sintiendo aire polar en la oreja.
Cerré la ventana tres dedos. Berto protestó.
—Eso no es cerrar.
—Es negociación.
Al levantarnos compramos un termómetro para demostrar quién tenía razón. Descubrimos que ambos exagerábamos.
Berto quería dormir con la habitación a una temperatura que yo consideraba tropical. Yo abría la ventana. Él la cerraba.
—Esto es violencia térmica —protestó.
—Ponte una manta.
—Tengo manta.
—Pues úsala.
—Tú duermes casi desnuda y luego conviertes el dormitorio en una estación de esquí.
—Eso no es negociable.
Compramos un edredón más grueso para su lado.
Una semana después juntamos a los dos grupos de amigos en mi casa. La idea fue de Berto y me pareció sencilla hasta que empecé a calcular cuántas sillas tenía.
—Somos seis —dijo.
—Tengo cuatro sillas de comedor.
—Hay sofá.
—En el sofá caben tres si ninguno pretende conservar espacio personal.
—Ser no lo pretende nunca.
Llegaron Marta y Nerea con una tortilla, Sergio con una bolsa de hielo y Javi con cerveza. A los diez minutos ya habían movido una mesa sin preguntarme. Abrí la boca para protestar y me contuve al ver que, en efecto, así cabíamos mejor.
—Te ha dolido —dijo Marta a mi lado.
—Muchísimo.
—Has sobrevivido.
—Todavía están a tiempo de rayar el suelo.
La cena tuvo el caos normal de gente que se conoce a través de una pareja. Nerea interrogó a Sergio sobre el pastafarismo porque creyó que Berto exageraba.
—¿De verdad eres ministro? —preguntó.
—Ordenado y disponible.
—¿Puedes casar gente?
—Puedo celebrar una ceremonia. Otra cosa es que el Estado español tenga la gentileza de hacerme caso.
—O sea, no.
—O sea, espiritualmente ofrezco un servicio impecable y jurídicamente hay que hacer los papeles por otro lado.
Javi levantó su vaso.
—Lleva años intentando colar esto en cualquier celebración.
—Algún día me lo agradeceréis.
Desde el otro extremo de la mesa, Berto negó con la cabeza hacia mí.
—Ni se te ocurra.
—Yo no he dicho nada —respondió Sergio.
Aquella conversación duró menos de cinco minutos y terminó cuando Nerea quiso saber si el colador era obligatorio. Me gustó que el asunto quedara allí, como una rareza más de Sergio y no como una señal luminosa apuntando al futuro.
Más tarde jugamos a un juego de preguntas. Yo había pensado que Berto y sus amigos arrasarían porque se reunían para aquello desde hacía años. Marta resultó ser despiadada. A la tercera ronda, Sergio la acusó de haber ocultado capacidades estratégicas.
—Tengo un hijo adolescente —respondió—. Llevo años detectando mentiras con información incompleta.
Nerea se rio tanto que tiró parte de su bebida. Berto fue a por un paño antes de que yo pudiera levantarme.
—Quieta —me dijo al pasar—. Es mi turno de gestión de crisis.
—No tenemos turnos.
—Desde hoy.