CAPÍTULO 14 · UN AÑO
Después de aquella conversación, dejamos de tratar los meses como una cuenta atrás hacia algo.
A finales de octubre nos escapamos un fin de semana a Llanes y casi nos lo arruinó la lluvia.
Habíamos elegido el viaje porque necesitábamos pasar dos días fuera de nuestras casas, comer bien, caminar y no ver un ordenador. Ninguno lo había planteado como prueba de convivencia ni como escapada romántica de catálogo.
El primer problema fue el equipaje. Berto apareció con una mochila pequeña.
—¿Eso es todo?
—Son dos noches.
—Yo llevo una maleta.
—Eso es una decisión personal.
—Traigo botiquín.
—Yo ibuprofeno.
—Traigo dos pares de zapatos.
—Yo llevo puestos unos.
—Si llueve, ¿qué haces?
—Mojarme.
Lo miré con desprecio administrativo.
En el alojamiento descubrimos que solo había una toalla grande. Berto me la cedió y usó dos pequeñas unidas de una forma lamentable.
—Esto te pasa por viajar sin planificación.
—Estoy seco.
—Pareces envuelto en servilletas.
—Resultado funcional.
Viajar juntos fue aprender otra versión del mismo problema: yo quería prevenir cualquier inconveniente y él aceptaba demasiados.
A mitad del fin de semana encontramos un equilibrio sin redactar normas.
Habíamos reservado un alojamiento pequeño y Berto insistió en caminar por la costa aunque el cielo tuviera aspecto de querer denunciarnos.
Terminamos empapados, comiendo bocadillos dentro del coche.
—Plan perfecto —dijo.
—Tu definición de perfecto es preocupante.
—No nos hemos caído por ningún acantilado.
—El listón está bajo.
La palabra nos alcanzó a los dos. Lo miré y él sostuvo mi mirada durante un segundo antes de que siguiéramos hablando.
—Ese sí puede estar bajo —dijo al fin.
Me reí y el fantasma de nuestra discusión perdió otro poco de fuerza.
La lluvia nos concedió una tregua al llegar al alojamiento, lo justo para descubrir que los dos pares de zapatos que yo había defendido como una inversión estratégica estaban igual de mojados.
Los dejé junto al radiador y encontré a Berto intentando secar sus únicas zapatillas con el secador del baño.
—No pienso decir nada —le advertí desde la puerta.
—Tu cara está diciendo muchísimo.
—Mi cara ha traído calzado de repuesto y está decepcionada porque el universo no ha sabido valorarlo.
—Mi mochila cabe debajo del asiento del coche. Cada filosofía tiene sus ventajas.
El secador se apagó por exceso de temperatura. Berto lo dejó sobre el lavabo con una dignidad que no merecía.
—Esto forma parte de tu plan, supongo.
—Mi plan incluía cenar a las nueve y media.
Miré la hora. Eran las nueve y veintisiete y teníamos reserva a quince minutos andando. Había dejado de llover, aunque las nubes mantenían una amenaza razonable.
—Podemos llamar y decir que llegamos tarde —propuso.
—Podemos llegar.
—Con los zapatos empapados.
—Tengo otros.
Berto miró los míos junto al radiador.
—Cristina, tus otros zapatos también han participado en la catástrofe.
Me negué a reconocerlo hasta que metí un pie y noté el calcetín frío. Llamé al restaurante. La cocina cerraba pronto, pero nos guardarían la mesa si llegábamos en diez minutos. Colgué y busqué las llaves del coche.
—Conduzco yo.
—Has bebido una cerveza con el bocadillo.
—Media.
—Pues conduzco yo.
—Tú también has bebido media.
Nos miramos. La reserva murió allí.
Mi reacción automática fue abrir el teléfono y buscar otra cosa. Berto se quedó sentado con un calcetín a medio poner.
—Podemos comprar algo en el supermercado de la esquina y cenar aquí.
—Estamos de viaje.
—Precisamente. Nadie nos obliga a convertir cada comida en una experiencia.
Durante unos segundos me molestó porque yo llevaba semanas imaginando dos días sin obligaciones y, sin darme cuenta, había llenado el fin de semana de pequeñas obligaciones bonitas: una reserva, una ruta, un sitio donde desayunar y otra hora para salir. Todo voluntario y todo apuntado.
—Quería aprovechar —admití.
Berto dejó el calcetín y me miró.
—Lo estamos aprovechando. Esta tarde casi te lleva el viento y he comido el mejor bocadillo mojado de mi vida.
—Era de tortilla comprada.
—Sigo defendiendo mi declaración.
Fuimos al supermercado con los pies metidos en unas chanclas que el alojamiento prestaba para la zona común.
Yo llevaba un impermeable encima del jersey y Berto un pantalón que aún tenía una mancha de barro en la rodilla.
Compramos queso, pan, tomate, una botella pequeña de vino y un postre que ninguno habría elegido estando sobrio de hambre.
Cenamos sentados en el suelo, apoyados contra la cama, usando dos platos de desayuno que encontramos en un armario. Cuando abrimos el vino, Berto levantó el vaso.
—Por el fracaso del itinerario.
—No ha fracasado.
—Por su adaptación dinámica.
—Eso suena a reunión de empresa.
—Te estoy hablando en tu idioma.
Choqué mi vaso con el suyo.
Lo importante de aquella noche llegó más tarde, cuando yo estaba guardando los restos y vi mi lista del viaje abierta en el móvil. Tenía cuatro cosas pendientes que ya no haríamos. En otro momento habría intentado encajarlas por la mañana. Cerré la nota.
—¿Mañana qué hacemos? —preguntó Berto.
—Desayunar cuando nos despertemos.
—¿Sin alarma?
—Sin alarma.
—Voy a necesitar un documento firmado.
Le lancé una servilleta. Se rió y empezó a recoger conmigo.
El domingo amaneció con lluvia otra vez. Desayunamos tarde, caminamos menos de lo previsto y volvimos a Oviedo sin completar ninguna de las cuatro cosas de la lista. El fin de semana me parecía completo igualmente.
Poco después conocí a su hermana.
Elena, la hermana de Berto, vivía con su marido y dos niños de siete y diez. Berto llegó cargado con una bolsa de juegos y fue recibido como si hubiera regresado de una guerra.
—¡Tío Berto!
El pequeño se le colgó del cuello. Berto dio dos pasos hacia atrás, riéndose.
—Pesas más que la última vez.
—Porque he crecido.
—Eso es una excusa.
Elena había preparado una comida sencilla, de las que se vuelven complicadas en cuanto hay dos niños convencidos de que comer sentados constituye una vulneración de derechos. El mayor apareció con un juego de cartas bajo el brazo y anunció que después habría torneo.
—Yo no he aceptado participar —dijo Berto.
—Porque sabes que pierdes —respondió su sobrino.
—Acabas de convertirlo en un asunto de honor.
A los veinte minutos estaban los tres en el suelo del salón. La pequeña cambiaba las reglas cuando iba perdiendo, el mayor llevaba la puntuación en una libreta y Berto protestaba con una seriedad tan exagerada que los niños se doblaban de risa.
Me senté en el sofá con Elena.
—Cuando viene, dejan de existir para nosotros —me dijo mirando a su hermano.
—Tiene talento.
—Tiene paciencia hasta que hacen trampas. Ahí se convierte en policía internacional.
Como si la hubiera oído, Berto señaló una carta.
—Esa no estaba ahí.
—Sí estaba —dijo la niña.
—Te he visto sacarla de debajo de la pierna.
—No puedes demostrarlo.
Berto me señaló con una carta.
—¿Ves? Esta familia está perdida.
—Yo no pienso declarar.
Elena se rio y me preguntó por la asesoría.
Hablamos de trabajo durante bastante rato.
Ella coordinaba compras para una empresa de alimentación y conocía el placer específico de recibir un correo urgente a las cuatro y cincuenta y ocho de un viernes.
Terminamos comparando proveedores, cierres de trimestre y gente que enviaba hojas de cálculo fotografiadas en lugar de adjuntarlas.
Me gustó que no me tratara como «la novia de Berto» a la que había que interrogar. Me preguntó por mí porque quería conocerme, y yo pude hacer lo mismo sin buscar señales escondidas en cada frase.
Después de comer, los niños insistieron en salir al parque aunque el cielo estaba gris. Berto aceptó con la condición de que se pusieran chaquetas. La pequeña se negó.
—No tengo frío.
—Dentro de diez minutos sí.
—Tú tampoco llevas chaqueta.
Berto miró su camiseta y reconoció la derrota.
—Correcto. Espera.
Fue a buscar la suya.
Yo me quedé en la cocina ayudando a Elena a recoger.
—Le caes bien —dijo mientras guardaba platos.
—¿A cuál de los tres?
—A los niños también. Hablaba de mi hermano.
—Eso esperaba.
Elena me miró de lado, con una sonrisa que se parecía bastante a la de Berto.
—No te voy a contar historias de cuando era pequeño para avergonzarlo. Hoy.
—Agradezco el plazo.
—Lo que sí te digo es que lleva mucho tiempo más cómodo siendo el que hace reír que dejando que alguien se preocupe por él.
Me pilló con un vaso en la mano y tardé un segundo en contestar.
—Lo he notado.
—No tienes que arreglarlo.
—Tampoco pensaba hacerlo.
—Bien. Porque él tampoco tiene que arreglarte a ti.
Lo dijo mientras secaba una fuente y la guardaba en un armario, sin solemnidad alguna. Agradecí precisamente eso.
—¿Siempre eres tan diplomática?
—Trabajo con proveedores. La violencia está mal vista.
Nos reímos.
En el parque, Berto no fue un anuncio de paternidad.
Se cansó, protestó porque el pequeño quería subirse a un árbol y acabó negociando cinco minutos más antes de volver a casa.
Cuando la niña se hizo daño en una rodilla, la sentó en un banco, limpió el raspón con agua y esperó a que dejara de llorar sin prometerle que no dolía.
Me gustó verlo. También me gustó devolver a los niños a sus padres al final de la tarde y subir al coche sabiendo que nadie esperaba una conclusión.
—Tu hermana me cae bien —dije.
—Eso es grave. En dos comidas se aliará con mi madre y empezaréis a intercambiar información.
—¿Qué información?
—Fotos mías con flequillo.
—Pensaba que ya habíamos sufrido bastante con tu archivo histórico.
—No estás preparada.
Arrancó. Yo apoyé la mano sobre su muslo durante un momento y la dejé allí mientras salíamos de Gijón. Las cunas y los colegios no aparecieron en mi cabeza. Me limité a pensar que había pasado un buen día.
Durante esas semanas, mi madre dejó de preguntar por bodas.
En su lugar empezó a incluir a Berto en planes sin consultarme.
—El domingo vienes con él —dijo una tarde.
—¿Y si tiene cosas?
—Pues que me lo diga.
—No es tu hijo.
—Ya lo sé.