Las bragas del revés CAPÍTULO 13 · EL HOMBRE QUE ELIJO #2
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CAPÍTULO 13 · EL HOMBRE QUE ELIJO #2

Seguimos hablando mientras caminábamos. Repasamos las cuatro jornadas de distancia y las cosas pequeñas que cada uno había hecho para no escribir al otro.

Berto había abierto nuestro chat unas cuantas veces.

Yo había pasado por delante de un sitio donde vendían los churros que le gustaban y había seguido andando por puro orgullo.

—Eso sí ha sido cruel —dijo.

—Estaba enfadada.

—Los churros no tenían culpa.

—Tú tampoco estabas allí.

—Peor todavía.

Cuando llegamos a una esquina, Berto se detuvo.

—Quiero pedirte otra cosa.

—Dime.

—Si volvemos a discutir así, no desaparezcamos cuatro días sin acordar qué significa la distancia. Me pasé medio tiempo sin saber si seguíamos juntos.

La misma incertidumbre había estado en mi casa.

—Podemos decirlo. «Necesito dos días y seguimos siendo pareja». Algo así.

—Poco sexy.

—Muy útil.

—Me sirve.

—Y si alguien necesita terminar, se dice con todas las letras. Nada de usar silencio para obligar al otro a adivinar.

Berto asintió.

—Eso me sirve todavía más.

Seguimos caminando.

La reparación empezaba a parecerse a eso: no borrar la pelea, sino sacar de ella información que nos evitara hacer exactamente el mismo daño la próxima vez.

Le cogí la mano.

—He borrado Tinder.

—Yo hace meses que no entro.

—Podías haberlo dicho.

—Pensaba que era evidente.

—Nada es evidente contigo. Usabas fotos de seis años.

Se rio. Yo también.

La tensión se deshizo sin un gran gesto.

Al llegar a una zona más tranquila, volvimos a sentarnos. La conversación se abrió hacia cosas que no habíamos hablado nunca por miedo a parecer demasiado serios.

—¿Tú quieres casarte algún día? —pregunté.

Berto pensó.

—No necesito casarme para sentir que una relación es seria. Pero tampoco me opongo. Si estoy con alguien y nos apetece, sí.

—Qué entusiasmo.

—¿Quieres que diga que llevo soñando con mi vestido desde niño?

—No, la verdad.

—Entonces esa es mi respuesta.

—A mí me pasa parecido. Me daba rabia no haberme casado y al mismo tiempo no sabía si quería hacerlo.

—Porque te importaba la casilla.

—Eso es.

—Podemos no marcarla.

—O marcarla si un día queremos.

—También.

Hablamos de vivir juntos, de hijos, de dinero.

El dinero fue el tema más fácil porque ambos teníamos trabajos estables y vidas separadas. Aun así, descubrimos diferencias.

—Yo ahorro para emergencias —dije.

—Yo también tengo uno.

—¿Cuánto consideras emergencia?

—Depende de la emergencia.

—Mala respuesta.

—Tengo un fondo.

—¿De cuántos meses?

Berto agachó la cabeza, pillado.

—Esto sí es una cita contigo.

—Contesta.

—Seis.

—Eso me deja más tranquila.

—¿He aprobado?

—No había examen.

—Mentira.

Nos reímos. Hablar de dinero, vivienda y futuro sin convertirlo en promesa matrimonial hizo que la relación se sintiera más adulta que cualquier etiqueta.

Ningún tema terminó con una decisión. Eso me pareció una señal de madurez mucho más útil que fingir certezas.

Berto me contó una incidencia del trabajo.

Yo le hablé de una clienta que había enviado un Excel protegido con contraseña y luego olvidó la contraseña. El mundo volvió a ser normal.

Al llegar a mi calle, me besó.

—¿Te quedas? —pregunté.

—Si quieres.

—Quiero.

Subimos.

Al entrar pedimos una pizza y Berto insistió en elegir una película que aseguraba que era tan mala que resultaba brillante. El sexo podía esperar. A los veinte minutos yo ya había perdido el hilo.

—Esto no tiene sentido —dije.

—Ahí está su encanto.

—El protagonista lleva tres escenas huyendo de un robot que camina despacio.

—Metáfora del capitalismo.

—Te lo acabas de inventar.

—Puede.

Me acurruqué contra su costado. Berto me pasó un brazo por encima sin dejar de mirar la pantalla.

Mi cuerpo se relajó antes que mi cabeza. Cuatro días de tensión se fueron deshaciendo hasta que cerré los ojos.

Cuando desperté, Berto había bajado el volumen y estaba leyendo mensajes en el móvil con una mano, sin moverse para no despertarme.

—Podías haberme llevado a la cama —murmuré.

—Podía. Estabas cómoda.

Me incorporé.

—Yo peso bastante menos que tú y aun así te he dejado sin circulación.

—Eso es amor verdadero.

Amor cayó entre los dos con un peso distinto.

Esta vez ninguno fingió que era una forma de hablar.

—Te quiero —dije.

Las palabras salieron sin la preparación del parque. Eso me gustó. No quería que todo lo importante necesitara un discurso.

Berto tardó unos segundos en reaccionar, con la boca medio abierta.

—¿Qué?

—Nada. Estoy disfrutando del momento antes de arruinarlo hablando.

—Muy bien.

—Yo también te quiero.

—Ya puedes arruinarlo.

—Tu pizza lleva piña.

—Vete a la mierda.

La película siguió de fondo mientras nos besábamos.

Después sí fuimos al dormitorio.

Y esa vez el sexo no arregló nada. Lo arreglado ya estaba hablado.

Cuando abrí los ojos, Berto seguía dormido.

Durante unos segundos tuve el impulso absurdo de comprobar si la conversación del día anterior seguía siendo verdad. Berto dormía de lado, ocupando más colchón del razonable, con las gafas en la mesilla y una mano abierta sobre la almohada.

Me levanté sin hacer ruido y preparé café.

Cuando apareció en la cocina llevaba el pelo inexistente igual de despeinado que siempre, cosa que seguía siendo un misterio, y una camiseta mía demasiado ajustada que había cogido por error.

—Eso es mío.

Miró la camiseta.

—Ahora entiendo el problema de ventilación.

—Quítatela.

—Estoy vulnerable.

Le puse una taza delante.

Berto bebió y apoyó la cadera contra la encimera.

—¿Estamos raros?

Pensé un momento.

—Un poco, sí.

—Eso me parece bien.

—¿Que estemos raros?

—Preferiría raro de verdad a fingir que ayer arreglamos todo y hoy somos expertos.

Me gustó la respuesta.

—Tengo que trabajar —dije.

—Yo también.

—Y esta noche he quedado con Marta.

—Yo con Ser.

—Me parece perfecto.

Ninguno canceló sus planes para demostrar nada.

Antes de irse, Berto dejó mi llave sobre la encimera porque había cambiado de pantalón. La cogió, volvió a engancharla a su llavero y me besó.

—Cinco cincuenta —dijo.

—No vuelvas a perderla.

—Eso sí sería una crisis seria.

Cerré la puerta detrás de él y me quedé con una cocina por recoger, dos tazas usadas y la sensación agradable de que volver a estar juntos no exigía pasar las siguientes cuarenta y ocho horas pegados.