CAPÍTULO 13 · EL HOMBRE QUE ELIJO
Quedamos el domingo en un parque porque ninguno quería que la conversación terminara refugiada en una cama.
Yo había llegado veinte minutos antes y había dado dos vueltas al parque para gastar nervios. Llevaba el discurso preparado en la cabeza, pero cada versión sonaba peor que la anterior.
Cuando vi a Berto sentado, tuve el impulso de ir directamente a abrazarlo, pero me contuve para no usar el contacto como atajo para saltarme la conversación.
Él se levantó al verme y se quedó quieto.
—Hola.
—Hola.
Nos dimos dos besos torpes.
Berto olía al mismo perfume de siempre. Ese detalle doméstico, casi insignificante, me dio ganas de llorar. Cuatro días eran muy poco tiempo y, sin embargo, bastaban para echar de menos una voz, un olor y una forma de sentarse junto a mí.
—Te he traído café —dijo.
—Gracias por traerlo.
—No sabía si querrías.
—Quiero.
Nos sentamos. Me obligué a no empezar con una broma. La cortesía resultaba casi absurda después de meses durmiendo juntos, pero confirmaba que la distancia de cuatro días había sido real. Berto tenía un café para él y otro para mí.
—No sabía si seguías tomándolo con leche —dijo.
—No he cambiado tanto en cuatro días.
—Nunca se sabe.
Durante unos segundos miramos a la gente pasar.
—Lo siento —dije.
Berto no respondió enseguida.
—Sé que no estabas intentando humillarme.
—Lo hice igualmente.
—Sí, y dolió.
Agradecí que no me quitara la responsabilidad para hacerme sentir mejor.
—La pregunta iba mucho más allá de ti —continué—. Salió de toda la mierda que llevo años pensando que debería haber hecho.
Berto sostuvo el vaso entre las manos.
—Explícame eso.
—Yo tenía una lista que nunca escribí. Casarme a una edad. Tener hijos o saber que no los quería. Estar con un tipo determinado. Y cuando llegaste tú, nada encajaba con esa lista. Al principio pensé que eso significaba que estaba bajando el listón.
Lo vi tensarse y seguí antes de que pudiera interpretarlo mal.
—Pero estaba equivocada sobre el listón. No he bajado nada. He cambiado lo que mido.
Berto dejó pasar un segundo.
—Eso suena preparado.
—Llevo tres días ensayándolo.
Se le escapó una sonrisa mínima.
—Se nota.
—Quiero estar contigo porque me haces reír, porque puedo hablar contigo, porque me gustas y porque te deseo. También porque dejas los cajones abiertos y eso me da motivos para enfadarme con alguien cada mañana.
—Romántico.
—Déjame acabar.
—Perdón.
—No eres el hombre que me tocó. Eres el hombre que elijo.
—Y no te elijo a pesar de tu cuerpo —añadí—. Eso también quiero dejarlo claro. Sería otra forma de tratarte como si fueras un examen moral para demostrar que soy buena persona.
Berto frunció un poco el ceño.
—Me alegra que digas eso.
—Me gustas. Me gusta tocarte. Me gusta tu cara cuando te quitas las gafas y no ves una mierda.
Me gustan tus manos. Me gusta tu barriga cuando estamos en la cama y me gusta apoyarme en ti en el sofá.
No necesito inventar que la belleza no importa.
Necesito aceptar que mi deseo no funciona como una lista de requisitos.
Berto sostuvo mi mirada.
—Eso sí no sonaba ensayado.
—No lo estaba.
—Mejor.
Me dio un poco de vergüenza haber sido tan explícita en un banco público, pero no retiré nada. Y me jode haber necesitado hacerte daño para entender la diferencia.
Berto bajó la mirada al café.
—Eso sí ha sonado mejor.
Berto dejó el vaso en el suelo.
—Hay una parte que necesito escuchar aunque sea incómoda.
—Dime.
—Si cuando me miras ahora todavía piensas en el tío de las fotos.
Pensé antes de contestar.
—A veces recuerdo que eras distinto. No lo voy a negar. Pero no deseo a ese tío. Ni siquiera lo conozco. Era una versión tuya de hace años que yo convertí en expectativa antes de verte.
—Era lo que necesitaba saber.
—Y tú tampoco eres una versión peor de él.
Berto sonrió sin humor.
—Eso cuesta más algunos días.
—Lo entiendo.
—No quiero que sea tu trabajo arreglarlo.
Berto bajó los ojos al café unos segundos antes de seguir.
—Hay algo que nunca te he explicado bien de las fotos.
Esperé.
—Sé que fue una trampa. No voy a maquillarlo. Pero no las dejé solo porque pensara que así tendría más citas.
—¿Entonces?
Se pasó un dedo por el borde del vaso.
—Después de romper con Laura dejé de hacerme fotos durante bastante tiempo. Si salía con amigos, me colocaba detrás. Si alguien sacaba el móvil, hacía la broma antes de que disparara. Cuando abrí Tinder elegí las últimas en las que me reconocía de una manera que me gustaba.
—Aunque ya no fueras así.
—Precisamente. En mi cabeza seguía siendo yo. Solo que con unos años menos, menos peso y más pelo. Cada vez que pensaba en actualizar el perfil me daba una pereza horrible enfrentarme a la diferencia.
Pereza no encajaba del todo con su cara.
—Eso no suena a pereza.
Berto sonrió sin mucha alegría.
—Vale. Me daba vergüenza.
Agradecí que no lo convirtiera en confesión dramática. Lo dijo como quien admite algo que lleva tiempo sabiendo.
—Sergio me lo decía —continuó—. Javi también, aunque con más tacto. Yo siempre respondía que tampoco había cambiado tanto. Luego te vi la cara en Gascona y supe exactamente cuánto me había mentido.
—Berto...
—No te lo digo para que te sientas culpable. Aquella cara me vino bien. Fue una hostia pequeña y bastante merecida.
—Podías haber actualizado antes de Tinder.
—Claro. Y tú podías haber ignorado a Merche durante veinte años. La gente hacemos cosas poco inteligentes cuando una inseguridad lleva demasiado tiempo en casa.
Eso me hizo bajar la guardia.
—¿Te sigues escondiendo en las fotos?
—Menos. Desde que cambié el perfil empecé a obligarme a no borrar todas las que me mandan. Hay una del cumpleaños de Ser que es espantosa y la conservo por disciplina.
—Quiero verla.
—No tanto.
—Ahora forma parte del proceso terapéutico.
Berto soltó una risa y luego volvió a ponerse serio.
—Lo que quiero decir es que no necesito que tú me cures eso. Me ayuda saber que me deseas, claro. Sería idiota decir lo contrario. Pero si convierto cada inseguridad mía en una prueba que tú tengas que aprobar, acabaremos agotados.
—Y si yo convierto cada miedo mío en una evaluación sobre si te elegí bien, también.
—Ese es el acuerdo.
Me acerqué un poco en el banco.
—Entonces podemos hacer una cosa.
—A ver.
—Si algo nos duele, lo decimos sin exigir que el otro borre el pasado. Yo no puedo cambiar mi reacción de Gascona. Tú no puedes cambiar las fotos que pusiste. Sí podemos evitar usarlas para ganar discusiones futuras.
Berto pensó.
—Me parece bien.
—Y si un día necesitas que te diga que estás guapo, lo pides como una persona normal.
—Eso va contra mi formación.
—Practica.
Se acomodó las gafas.
—Cristina, ¿estoy guapo hoy?
Lo miré. Llevaba una sudadera azul, barba de dos días y una mancha mínima de café en el puño.
—Estás bastante bien, pero tienes café aquí.
—Qué poco compromiso con el ejercicio.
Le limpié la mancha con una servilleta.
—Te deseo. No he dicho que vaya a mentirte sobre la lavandería.
Berto me sostuvo la mirada.
—Esto sí me sirve.
—A mí también.
—Y tú puedes pedirme lo mismo.
—¿Que me digas si estoy guapa?
—O que te recuerde que estar conmigo no te obliga a decidir hoy si quieres hijos, una boda o una casa con jardín. A veces te inventas exámenes y luego te presentas sola.
—Eso ha sido ofensivamente preciso.
—Trabajo con diagnósticos.
—Trabajas con servidores.
—Los servidores y tú compartís tendencia a complicaros cuando alguien toca una configuración antigua.
Lo empujé con el hombro. Berto sonrió y por fin bebió el café, que ya debía de estar frío.
Algo importante había cambiado. Hasta entonces yo pensaba en sus inseguridades como una habitación a la que debía entrar con cuidado. Berto acababa de abrir la puerta y enseñarme que también sabía salir de ella solo.
Eso me gustó más que cualquier seguridad impostada.
—Entonces no lo haré. Pero puedo decirte lo que veo si me preguntas.
—Trato.
—Te lo agradezco.
—¿Estamos bien?
Berto pensó antes de responder.
—Estamos hablando. Para mí eso es estar bastante bien.
Berto metió una mano en el bolsillo de la sudadera y sacó un llavero.
Reconocí mi llave.
—¿Por qué llevas eso encima?
—Porque he estado a punto de devolvértela tres veces.
La sostuvo sobre la palma.
—El martes la quité de mi llavero. El miércoles la volví a poner. Esta mañana la saqué otra vez porque pensé que quizá llegar aquí con una llave de tu casa era dar por hecho que todo seguía igual.
Miré el trozo de metal. Me sorprendió cuánto podía complicarse una cosa que meses antes habíamos copiado en cinco minutos.
—La tuya está en el cajón de mi entrada.
—¿También pensaste en devolverla?
—Pensé en meterla en un sobre.
—Muy administrativa.
—No iba a poner sello.
La tensión cedió un poco en su cara.
—¿Qué hacemos?
—Con las llaves.
—Con las llaves.
Estuve a punto de contestar que se la quedara y ya. Me obligué a pensar qué significaba en realidad. Entrar a su casa para recoger un paquete. Regar una planta. Esperarlo dentro si él llegaba tarde. Nada de aquello equivalía a un juramento.
—Quiero que sigas teniéndola —dije—. Y no lo digo como prueba de que acabemos de reconciliarnos.
—Prácticamente romántico.
—Es una llave. Si un día terminamos, la devolveremos. Mientras estemos juntos, me resulta útil que puedas entrar.
Berto volvió a engancharla al llavero.
—Me gusta esa definición.
—¿Cuál?
—Mientras estemos juntos.
—Es bastante evidente.
—No. Normalmente hablamos como si decir «mientras» fuera quitarle valor a una relación. A mí me gusta pensar que no necesitamos fingir que conocemos el final para tomarnos en serio lo que tenemos ahora.
Se lo señalé con la llave.
—Acabas de hacer filosofía con una copia de cuatro euros.
—Cinco cincuenta. La llave de seguridad es cara.
La precisión del precio me hizo gracia.
Saqué del bolso la suya. La había llevado sin darme cuenta, enganchada al llavero pequeño donde guardaba las del trabajo.
—Mira.
Berto levantó las cejas.
—La del sobre.
—No llegué al sobre.
—Gran día para la cerrajería.
Volví a guardarla.