Las bragas del revés CAPÍTULO 12 · EL HOMBRE QUE ME TOCÓ #2
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CAPÍTULO 12 · EL HOMBRE QUE ME TOCÓ #2

Pensé en Dani. Habíamos estado juntos casi tres años. Una noche, cuando yo tenía treinta y dos, vimos un piso en internet porque él quería mudarse. Tenía tres habitaciones. Dani había señalado una y dicho que podía ser despacho «hasta que hiciera falta para otra cosa».

Yo entendí perfectamente qué quería decir.

Aquella conversación no terminó en discusión ni en ilusión.

Sentí presión, una pequeña contracción en el pecho que entonces interpreté como miedo al compromiso.

Meses después la relación terminó por razones mucho más corrientes: queríamos vivir en lugares distintos, discutíamos demasiado y nos habíamos vuelto expertos en posponer una ruptura que los dos veíamos venir.

Durante años había recordado aquel piso como una oportunidad perdida.

Sentada con la libreta, me pregunté por qué.

Dani nunca me pidió matrimonio. Yo tampoco quise aquel piso. Ningún hijo había existido fuera de una habitación vacía en una pantalla. Sin embargo, mi memoria había construido una puerta que supuestamente cerré mal.

Escribí:

«No perder una opción no es lo mismo que querer una vida.»

La escribí en una línea entera y me pareció demasiado seria para mí. Estuve a punto de tacharla, pero la dejé.

Después escribí «hombre alto» y sentí vergüenza, aunque nadie pudiera leerme.

No había nada malo en que me gustaran los hombres altos.

Tampoco en preferir pelo, barba, músculos o lo que me diera la gana.

El problema aparecía cuando una preferencia se convertía en una escala de valor y yo empezaba a preguntarme si estar con Berto significaba haber perdido capacidad de elección.

Pensé en él doblando una funda de cohetes en la lavandería.

En la forma en que había hablado con mi madre sin pedirme que lo defendiera.

En cómo trabajaba cuando había un problema y dejaba de bromear sin cambiar de personalidad.

En sus piernas invadiendo mi lado de la cama nueva.

En la noche anterior a nuestra discusión, cuando me había escrito para avisar de que llegaría diez minutos tarde porque sabía que yo odiaba esperar sin información.

Esas cosas no cabían en una fotografía.

También pensé en lo que me molestaba. Sus cajones abiertos. Su tendencia a comprar comida como si esperara un temporal. El desorden de su casa. Las bromas cuando yo necesitaba treinta segundos de seriedad. No quería construir una versión santa de Berto para compensar la crueldad de mi pregunta.

Lo quería entero, incluido lo que me sacaba de quicio.

Pasé a otra página.

Escribí «LO QUE TENGO» y me arrepentí inmediatamente porque sonaba a inventario de almacén. Taché el título y puse «MI VIDA AHORA».

Pensé en el trabajo que me gustaba, en mi piso, en mi madre aprendiendo a callarse algunas cosas y en Marta y Nerea. Al llegar a Berto, me detuve en su nombre.

En aquella lista no aparecieron «pareja estable», «posible marido» ni «última oportunidad». Escribí su nombre: Berto.

Me pareció suficiente.

Una señora se sentó en el otro extremo del banco con un perro pequeño. El animal intentó oler mi bolso y ella tiró suavemente de la correa.

—Perdona.

—No pasa nada.

Cerré la libreta. Había pasado más de una hora y empezaba a hacer frío.

Antes de irme compré pan. Esa decisión ridículamente normal me ayudó a bajar la conversación de la cabeza al cuerpo. Volví andando, puse una lavadora y preparé algo de cena. No llamé a Berto porque aún no tenía derecho a exigir que él estuviera preparado cuando yo acababa de ordenar mis ideas.

A las diez saqué la libreta otra vez.

Añadí una última frase debajo de su nombre:

«Quiero seguir eligiéndolo mientras los dos queramos estar.»

Tampoco necesitaba que aquella frase prometiera para siempre.

El alivio que sentí no se parecía al de haber encontrado una respuesta correcta. Se parecía más a dejar de hacer una pregunta equivocada.

El sábado dediqué la mañana a cosas deliberadamente poco dramáticas.

Fui al mercado, compré fruta, cambié una bombilla del pasillo y comí tarde frente a una serie que llevaba semanas posponiendo. Después caminé hasta una tienda para devolver una chaqueta y volví a casa sin llamar a Marta ni a Nerea.

Quería comprobar una cosa conmigo misma.

La casa seguía gustándome sin Berto dentro. El silencio no me daba miedo. Podía cocinar para una persona, elegir una película sin negociar y acostarme atravesada en la cama si me apetecía. Había hecho todo aquello durante años y no se había convertido de repente en una sala de espera.

Eso importaba.

Si iba a buscarlo, no quería hacerlo porque unos días sola me hubieran demostrado que no soportaba mi vida sin pareja. Mi vida seguía ahí, con su trabajo, sus amigas, su madre, sus cajones ordenados y una cantidad excesiva de productos de limpieza.

Lo echaba de menos dentro de una vida que no necesitaba rescate.

A media tarde encontré en el congelador un recipiente con salsa que había hecho semanas atrás. Tenía una etiqueta con fecha. Me acordé de Berto riéndose de mis etiquetas y sonreí.

La tontería doméstica me recordó algo más útil que cualquier lista: echarlo de menos no era lo mismo que necesitarlo para llenar un hueco.

Cogí el cuaderno y añadí una frase debajo de las que había escrito:

«Quiero estar con él incluso sabiendo que puedo estar sola.»

La leí varias veces. Seguía pareciéndome cierta.

Al volver a guardar la libreta pensé en la aplicación que seguía instalada en una carpeta del móvil. Aún quedaba una puerta pequeña que no había cerrado por pura inercia.

Antes de escribirle a Berto, abrí Tinder. Mi perfil seguía existiendo aunque la aplicación llevaba meses olvidada en una carpeta.

Entré en ajustes.

Lo borré.

Después de eliminar el perfil, la pantalla quedó vacía. Esperaba sentir una renuncia y solo sentí alivio. Ya no quería volver a buscar, una certeza mucho más clara que cualquier reflexión sobre listas.

Lo importante era que Berto no representaba ninguna última oportunidad. Si mañana nuestra relación terminaba, preferiría estar sola un tiempo antes que convertirlo en una señal de que había elegido mal por su aspecto.

La elección existía mientras la hacía, aunque no garantizara el futuro.

Cerré la aplicación sin hacer captura ni convertir el gesto en declaración. Era una puerta que ya no me interesaba.

Después escribí a Berto.

«¿Podemos hablar mañana?»

Respondió unos minutos después con un simple «Sí». El chat se quedó ahí y agradecí que, esta vez, una respuesta tan breve bastara.